La boticaria de Dern Capítulo 10 - Después de que ella se fuera
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Capítulo 10 - Después de que ella se fuera

Vidar

Signe invitó a la boticaria a cenar en la forja un jueves sin avisarme.

Me enteré cuando ya era demasiado tarde para remediarlo: estaba en medio de una pieza de precisión, de esas que no pueden interrumpirse sin echar a perder las dos horas de trabajo previas, cuando oí pasos en el sendero de la ladera que reconocí como los de Alana antes de verla.

Reconozco su manera de andar ahora, después de semanas, el paso de alguien que aprendió el camino pero todavía le presta atención, distinto del de los residentes de Dern que suben sin pensar porque el camino está en la memoria del cuerpo y ya no en la mente.

Signe estaba en el porche de la forja con Brum y la expresión de quien técnicamente no ha hecho nada malo.

—Se queda a cenar —dijo Signe.

—Ya lo oí —dije.

—La invité yo —añadió, para aclarar.

—Ya lo entendí.

Alana llegó a lo alto del sendero con el olor a boticaria que tiene ahora, la combinación de tomillo de ladera y lavanda marina y azafrán que es distinto del olor a boticaria que habría esperado de Caldavar, más vivo, más presente.

Me miró con esa mirada suya que se demora en las cosas, que he aprendido a interpretar como atención y no como evaluación, una distinción que tardé más de lo debido en hacer.

—Signe me invitó —dijo.

—Lo sé —dije.

Una pausa en la que ninguno de los tres dijo nada. Brum miró a Alana con su desaprobación habitual, que empieza a ser menos desaprobación y más simplemente la cara de Brum, que por fisionomía no dispone de otra expresión, la misma conclusión a la que llegó toda la isla sobre mí hace años.

Fui a terminar la pieza.

✿

La cena fue cosa mía.

No había planeado una cena para tres, había lo que había en la despensa, que es lo que siempre hay porque Petra envía provisiones semanales y no planeo comidas más allá de lo inmediatamente necesario.

Había pan del día anterior, había pescado de Odi que llegó por la mañana, había patatas y hierbas del jardín que Signe mantiene en el lado este de la forja con la determinación de una niña que decide que va a cultivar hierbas y las cultiva.

Eligió qué plantar de la misma manera que elige todo: sin pedir la opinión de nadie, con total convicción, y el resultado es un jardín pequeño pero funcional con tomillo y cebollino y una variedad de salvia que creció de semillas que Maret le había dado antes de morir y que Signe guarda como si fuera una herencia, que lo es.

Hice lo que hice: pescado con las hierbas de Signe y patatas hervidas y pan calentado en la piedra.

Es una cena que existe porque los ingredientes existen y porque había alguien a quien alimentar aparte de Signe y de mí, y alimentar a una persona que está presente es algo que haces en Dern sin pensarlo porque es simplemente lo que se hace.

Lo aprendí de mi padre, que nunca dejó que nadie se fuera con hambre, una regla que nunca se enseñó con palabras sino con acción repetida durante suficientes años como para convertirse en instinto.

Signe puso la mesa con la eficiencia de alguien que lleva tres años haciéndolo sin que nadie se lo pida, que es como Signe hace la mayoría de las cosas: decide que son suyas y las hace, y en algún momento pasan a ser suyas de verdad y de nadie más.

La mesa tenía tres lugares ahora. Signe se sentó en el medio con Brum en el regazo, porque Brum en su regazo es su sitio habitual en las comidas, no porque disfrute de la mesa sino porque disfruta de Signe y Signe está en la mesa.

Brum observó a Alana desde el regazo de Signe con la expresión que toda la isla lee como hostilidad y que estoy empezando a releer como simplemente la cara de Brum.

Alana se sentó a mi lado.

No en el lado opuesto, que sería la posición más neutral, más propia de una invitada.

A mi lado, que es donde Signe se sienta cuando quiere decirme algo sin que parezca que me lo está diciendo.

No sé si fue una elección deliberada o simplemente el lugar disponible en la configuración que Signe creó con esa intención que tiene para estas cosas, que disfraza de accidente.

No pregunté.

✿

La cena duró más de lo habitual aquí.

Normalmente la cena aquí somos Signe y yo y el ruido de Signe relatando el día con ese aire de quien tiene más que decir que tiempo para decirlo, y yo escuchando con la atención que reservo para las cosas que importan sin necesidad de responder mucho, y Brum durmiendo en el delantal después de que Signe se acuesta.

Es una cena con un ritmo establecido, predecible, que me resulta cómodo del mismo modo que me resulta cómoda la temperatura de trabajo establecida: sé qué esperar, lo que libera la atención restante para ir a otra parte.

Con Alana el ritmo fue diferente.

Signe, que normalmente domina cualquier conversación por volumen y velocidad, redistribuyó el espacio de una manera que no entiendo del todo, estuvo más callada de lo normal, lo cual es inusual, e hizo preguntas en lugar de afirmaciones, lo cual es más inusual todavía.

Le preguntó a Alana sobre las hierbas que estaba destilando, sobre lo que había encontrado en el jardín de Maret que no aparecía en ningún catálogo de Caldavar, sobre cómo aprende una boticaria plantas nuevas cuando no hay catálogo que consultar.

Alana respondió con esa atención que tiene, sin apresurar las respuestas, dándole a cada una el tiempo que requería.

Habló del olor antes que del nombre, del tacto antes que de la identificación, de cómo cada sentido confirma o contradice al anterior, y de que la contradicción es tan útil como la confirmación porque marca dónde el conocimiento aún no ha llegado.

Escuché esto.

No con la atención parcial que mantengo para conversaciones que no requieren mi contribución, suficiente para estar presente pero no para quedar del todo afectado.

Con la atención que uso para el trabajo de precisión, donde cada detalle puede cambiar el resultado, donde perderse algo puede significar perder el contexto que cambia el significado de todo lo que sigue.

Eso me sorprendió menos de lo que debería.

El pescado salió bien. La salvia de Signe tiene algo que las variedades importadas no tienen, más intensa, con esa nota de piedra que el tomillo de ladera también tiene y que estoy empezando a entender como una característica de las plantas que crecieron en un lugar duro.

Maret dejó una buena herencia en el jardín de la forja también, no solo en el de la boticaria.

✿

El momento que quedó grabado fue cuando Alana se rió.

No por algo que yo dije, sino por algo que dijo Signe, que no recuerdo con precisión porque estaba prestando atención a la forma de la risa y no al contenido que la provocó.

Signe dijo algo con esa lógica lateral que tiene a veces, el tipo de observación que es precisamente incorrecta de una manera que es precisamente correcta, y Alana se rió.

No la risa contenida que la gente usa en la cena con alguien que no conoce bien, que es una risa que pide permiso.

Fue una risa que empezó antes de que decidiera si era apropiada, de las que se escapan antes del filtro.

Y se detuvo de inmediato cuando se dio cuenta, y me miró de reojo como para comprobar si yo había juzgado eso.

No lo había juzgado.

Había dejado de remover la olla por un segundo.

Reanudé antes de que pudiera darse cuenta de que me había detenido, o eso creo.

Signe sí se dio cuenta, lo cual es probable, porque Signe lo registra todo con esos ojos que son los ojos de Einar en su cara, la atención que él tenía para la gente y que lo hacía irresistible en cualquier habitación en la que entraba.

Einar habría hecho una broma en ese momento.

Yo no sé hacer bromas. Nunca he sabido. Einar intentó enseñarme varias veces y el resultado siempre fue algo que no era una broma, pero que a él le hacía gracia de todos modos porque, decía, la seriedad con la que yo la contaba era en sí misma cómica de una manera que a mí se me escapaba por completo.

Eres gracioso cuando no lo intentas, solía decir. El problema es que nunca dejas de intentarlo.

No dije nada cuando Alana se rio. Traje más pan a la mesa.

✿

Después de cenar, Signe se fue a la cama con Brum con la eficiencia de una niña que ha decidido que ya toca, que es cuando normalmente yo digo que ya toca, pero que esta noche Signe decidió por su cuenta sin que yo dijera nada.

Eso dejó la forja con dos adultos y el silencio particular que queda cuando Signe se va, que tiene su propia forma: el negativo del ruido que ella produce.

Alana se quedó un momento con la taza de té que había preparado para los dos con hierbas que trajo de la botica, sin pedir permiso, simplemente lo hizo, y era buen té, con esa cualidad de algo preparado por alguien que sabe lo que hace pero no necesita que se lo reconozcan.

—Cocinas igual que trabajas —dijo al fin.

La miré.

—¿Cómo es eso?

—Sin desperdicio —dijo—. Cada cosa tiene un propósito, cada movimiento es necesario.

Una pausa.

—Es poco común.

No respondí. Lo que ella describía es simplemente cómo deben funcionar las cosas; el desperdicio de movimiento o material es una ineficiencia que el trabajo no perdona, y lo aprendí tan pronto que nunca se me había ocurrido que fuera una característica distintiva.

—La forja enseña —dije al fin.

—O tú le enseñaste a la forja —dijo, con un tono que no era contradicción sino ajuste de perspectiva.

Me quedé con eso un momento.

—Einar solía decir que la forja y el herrero se enseñan mutuamente —dije—. Que después de suficientes años ya no sabes quién fue el maestro.

No había planeado decir eso. Salió con la naturalidad de las cosas que han sido ciertas el tiempo suficiente como para no necesitar ser filtradas antes de decirse.

Alana se quedó en silencio a su manera, que no es el silencio de quien formula una respuesta sino de quien deja que lo dicho ocupe el espacio que requiere antes de decidir qué hacer con ello.

—Einar —dijo al fin, con el cuidado de quien nombra algo que sabe que tiene peso.

—Mi hermano —dije.

—Lo sé —dijo—. Signe lo mencionó.