La boticaria de Dern Capítulo 9 - La Primera Lluvia #2
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Capítulo 9 - La Primera Lluvia #2

Signe tiene ocho años y describe el duelo y la adaptación con más precisión de la que la mayoría de los adultos que conozco serían capaces.

No porque sea precoz en el sentido apresurado con que los adultos a veces describen a los niños, como si la precocidad fuera simplemente adelantarse a la infancia.

Es porque Signe pasó tres años aprendiendo a leer lo que no se dice en un espacio de pocas palabras, y eso produce una claridad que no se alcanza de otro modo.

—Tu padre estaría orgulloso de ti —digo, porque es verdad y porque a veces decir la verdad obvia es el único regalo adecuado.

Signe me mira con esa franqueza suya.

—Lo sé —dice, con una convicción que no es arrogancia sino simple certeza—. Él era así. Se enorgullecía con facilidad.

Pausa.

—Tío Vid tarda más en sentirse orgulloso. Pero cuando lo hace, le dura más.

La miro.

—¿Vas a poner el botón en la ventana de la forja?

—En la ventana de mi cuarto —dice—. Que es mi ventana, no la de tío Vid, que es la suya.

Una pausa.

—Aunque creo que él también debería poner algo. Pero tío Vid nunca lo hace. Cada año, nada.

Miro hacia la ladera noreste, que no es visible desde aquí pero que está presente de todos modos, como los lugares con humo constante permanecen en la conciencia de quienes los han observado lo suficiente.

—¿Sabe del ritual?

—Todos en Dern lo saben —dice—. Simplemente no pone nada.

Una pausa.

—Creo que todavía no sabe qué quiere dejar atrás. O lo sabe pero no está listo.

✿

Vidar está en la plaza.

No esperaba encontrarlo aquí; lo había imaginado en la forja, que es donde suele estar cuando no está en ningún sitio concreto.

Pero está en la plaza, apoyado contra la vieja higuera con su abrigo oscuro empapado de lluvia, los brazos cruzados y esa postura de quien está presente en un lugar sin haber decidido del todo qué hacer con esa presencia.

Me mira cuando llego. Un gesto de reconocimiento.

—Primera Lluvia —digo, porque hay que decir algo y es lo que hay.

—Cada año —confirma.

Nos quedamos un momento el uno junto al otro bajo la lluvia que empieza a amainar, mirando la plaza con su gente dispersa, con esa cualidad de los días sin obligaciones. La higuera sobre nosotros ofrece un techo parcial, insuficiente pero presente.

—No pones nada en la ventana —digo, porque Signe lo dijo y porque en Dern, por lo visto, dices lo que ves.

Me mira. No con sorpresa, con la evaluación habitual, registrando un nuevo elemento.

—Signe —dice, y no es una pregunta sino una acusación afectuosa, de esas que solo existen entre personas que se conocen lo bastante bien como para saber quién dijo qué.

—Signe —confirmo.

Un silencio. La lluvia continúa, más suave ahora, de esa que ha decidido quedarse un rato en lugar de apresurarse por terminar.

—¿Qué pusiste? —pregunta.

La pregunta me sorprende, no la pregunta en sí sino el hecho de que la haga. Vidar, que mide cada palabra.

—Lavanda de Caldavar —digo—. El último manojo que traje. Ya marchito. Aquí ya no sirve.

Se queda callado un momento.

—Tiene sentido —dice, y su tiene sentido tiene la misma cualidad que el de Signe, que es herencia o aprendizaje o ambas cosas, esta forma de evaluar y confirmar sin necesidad de elaborar.

—Deberías poner algo —digo, no como instrucción sino como observación.

—Hmm.

—No tiene que ser grande —añado, porque Petra dijo eso y porque ahora parece relevante—. El tamaño de la cosa no es el tamaño de lo que representa.

Vidar me mira con esa atención evaluadora que nunca es hostil y que he aprendido a no interpretar como hostil, un aprendizaje que llevó más tiempo del debido pero que ya está completo.

No responde.

Pero mira el campanario un momento, luego sus manos, luego un punto intermedio que no es nada concreto pero que tiene la extensión del pensamiento activo.

No sabré qué decide, si es que decide algo, porque Signe aparece con Brum para decir que el almuerzo está casi listo en la posada y que Petra dijo que quien llegue después de que la sopa esté en la mesa come sopa fría, lo cual viniendo de Petra es una amenaza real y no retórica.

Camino a la posada con Signe y Brum.

Vidar se queda en la plaza.

✿

El almuerzo de la Primera Lluvia es el más grande que he visto servirse en una mesa de madera.

Petra sirvió para toda la isla que quisiera venir, y toda la isla quiso venir porque así es en la Primera Lluvia: el almuerzo es el otro lado del ritual, lo que sucede después de soltar.

Pones algo en la ventana y luego vienes a la mesa y comes con los demás, que es una forma de decir que lo que salió dejó espacio para lo que está aquí.

La mesa de la posada se extendió con tablas extra que claramente existen para este propósito específico, colocadas sobre caballetes que Petra guarda en algún lugar del cuarto trasero y que salen una vez al año para este almuerzo.

Caben dieciséis personas en la mesa, con cuatro más al borde en un banco largo, y los niños circulan entre las patas de las sillas con la indiferencia de quienes crecieron en espacios comunales y no distinguen entre la mesa de los adultos y el espacio para moverse.

Termino entre Signe y la Sra. Sigrid, una combinación que requiere un tipo específico de atención dividida: Signe hará preguntas sin respuestas simples y la Sra.

Sigrid hará observaciones que necesitan respuestas precisas, y ambas cosas sucederán al mismo tiempo con la misma probabilidad que la lluvia en un día de Primera Lluvia.

Odi está al otro lado de la mesa con el herraje de hierro en el cinturón brillando aun mojado por la lluvia.

Solveig está en la esquina con su marido, al que todavía no me han presentado formalmente pero sé que existe por el volumen de conversación que oigo a través de la pared por las noches.

La Sra. Hild está allí con su hijo, el de la tos que empeora en invierno, que hoy no da señales de aparecer, dato clínico útil sobre la etapa de la estación.

Runa está junto a Petra, con ese nuevo espacio en los ojos que noté cuando volvió con el pastel, que hoy tiene aún más profundidad, como si cada semana de sueño recuperado estuviera devolviendo algo que había sido guardado.

Liss está debajo de la mesa.

No sé por qué y decido que no necesito saberlo.

La sopa es de pescado y raíces con esas hierbas de Petra que no logro identificar del todo pero que hacen lo que hacen, el ánimo inclinándose ligeramente hacia lo positivo antes de que notes que se estaba inclinando.

El pan es el mismo de siempre pero en la cantidad que solo existe cuando Petra ha decidido que toda la isla necesita suficiente pan.

Hay queso local y pescado ahumado y una conserva de remolacha de color violeta que mancha los dedos, con esa nota más profunda que estoy empezando a reconocer como lavanda de mar en la receta.

Y entonces entra Vidar.

Entra después de que todos estén sentados, con el abrigo mojado de lluvia y el pelo húmedo y esa expresión habitual que toda la isla ha aprendido a no interpretar como hostilidad.

Toma el último asiento libre y se sienta con el movimiento eficiente de alguien que no convierte el acto de sentarse en una declaración.

Signe lo mira. Él la mira. Algo pasa entre ellos que no tiene palabras y no las necesita.

Luego me mira a mí.

Yo miro mi plato.

La sopa está buena. El pan está caliente.

La lluvia golpea el tejado de la posada con ese ritmo que aprendí esta mañana como el vocabulario de Dern, y la mesa a nuestro alrededor tiene el ruido específico de muchas personas que se conocen bien y comen juntas, diferente de cualquier otro tipo de ruido humano, más irregular y más completo.

—Estás pensando en algo —dice Signe, en voz lo bastante baja para que no llegue más allá de mí.

—Siempre estoy pensando en algo —digo.

—Algo específico.

La miro.

—La isla —digo, y es cierto más allá de ser una respuesta conveniente—. Estoy pensando que Dern tiene un almuerzo al año donde todos vienen porque primero soltaron algo por la ventana y luego vienen a comer juntos, y que esto es algo que Caldavar no tiene, y que nunca noté que faltaba hasta ahora.