Capítulo 8 - La ropa equivocada
El lunes por la mañana llama la vecina.
Todavía no conozco a la vecina, no formalmente.
Sé que existe porque la casa de al lado tiene un jardín con rosales que cruzan a mi lado del camino sin que nadie parezca tener opiniones al respecto, y a veces oigo movimiento allí a horas que indican una persona con horario de trabajo manual, que madruga y acaba tarde.
Pero aún no habíamos intercambiado palabras, lo cual en Dern no es inusual porque la gente de la isla sigue su propio ritmo de acercamiento y no fuerza presentaciones antes de que tengan sentido.
Por lo visto, el lunes tiene sentido.
Ronda los cincuenta y cinco, cabello gris con ese tono que empieza oscuro en las raíces y se aclara gradualmente en las puntas, como si el tiempo avanzara de arriba abajo.
Manos con los callos específicos de la costura, de esos que vienen de décadas de presión en el mismo punto.
Un delantal de lino descolorido con manchas de tinte azul y verde que no van a salir, pero que ella claramente dejó de intentar quitar hace mucho.
—Solveig —dice, con el tono directo de Dern que no se anda con rodeos—. Soy la vecina.
Una pausa.
—¿Ese delantal es tuyo?
Miro el delantal que llevo puesto, el que me prestó Petra la semana pasada y que todavía no he devuelto porque no tengo uno propio para el trabajo de boticaria y el de Petra funciona perfectamente.
Es el tipo de razonamiento que en Caldavar sería un préstamo y en Dern se está convirtiendo en algo más que aún no he nombrado.
—Es prestado —digo—. De Petra.
Solveig lo considera.
—Las manchas son distintas a las de un delantal de boticaria —observa—. Hay azafrán en las mangas, donde normalmente no llega el de una boticaria.
—A veces me limpio las manos en las mangas —admito.
—Hmm —dice, con el tono de quien ha identificado un problema y está calculando una solución—. Ven.
No es una invitación. Es una orden. La sigo porque eso es lo que se hace con las órdenes pronunciadas con esa certeza tan particular.
✿
Por dentro, la casa de Solveig es lo que sería la de una boticaria si la boticaria trabajara con tela en lugar de plantas: el mismo principio de espacio organizado por función, las herramientas a la distancia justa, el olor del trabajo absorbido en las paredes hasta dejar de ser el olor del trabajo para convertirse simplemente en el olor del lugar.
Aquí es lino y tinte natural y el metal específico de agujas y tijeras, con una nota más cálida por debajo de todo: la grasa animal que impermeabiliza la tela de lana.
Los estantes guardan rollos de tela en colores que no veo en Caldavar: esos verdes profundos que salen del liquen y no del tinte industrial, los marrones de corteza de roble y nuez verde, un azul que no logro identificar pero que tiene esa cualidad de mar en día nublado que solo existe en Dern.
—Trabajas con tinte natural —digo.
—No hay otro tipo —dice, encogiéndose de hombros como quien nunca consideró la alternativa—. El tinte de fábrica no se adhiere al lino de la isla de la misma manera. Queda plano.
Va a un estante y empieza a evaluar rollos con la velocidad de quien conoce el inventario de memoria.
—Necesitas un delantal de boticaria. Y una chaqueta de trabajo que aguante el frío de Dern, que es diferente del frío de ciudad.
—Tengo chaquetas —digo.
Me mira.
—Enséñamelas.
Voy a buscarlas. Vuelvo con las chaquetas de Caldavar, que son buenas chaquetas según cualquier estándar técnico: tela densa, corte apropiado, cierres que cierran. Solveig las examina con las manos como yo examinaría una hierba desconocida: primero el tacto, luego el olor, luego la evaluación.
—Tela de Caldavar —dice—. Buena para frío seco. Dern tiene frío húmedo.
Dobla una de las chaquetas con el gesto eficiente de quien no necesita pensar para hacerlo.
—Estas estarán empapadas con la primera niebla densa.
—¿Hay niebla densa aquí?
—Niebla la mayoría de las mañanas, al menos cuatro días a la semana a partir de ahora —dice, con la calma de quien anuncia un hecho geográfico—. Se mete en la tela de Caldavar porque esa tela no está hecha para este tipo de humedad.
Deja las chaquetas en el banco de trabajo con aire de diagnóstico concluido.
—Te haré una chaqueta con lana de Dern. Se impermeabiliza de otra manera. Dos días de trabajo si eliges la tela ahora.
—¿Cuánto?
Dice un precio. Es justo para el trabajo descrito, quizás menos que justo si cuentas la tela y el teñido. Acepto de inmediato, y parece ser la respuesta correcta porque Solveig asiente con una satisfacción que no es económica.
—Y un delantal —añade—. Tuyo, no prestado.
—Eso también.
—Elige el verde oscuro —dice, y no es una sugerencia—. Es el adecuado para una boticaria.
Elijo el verde oscuro, que es el verde de Dern, el verde que parece arrancado directamente de las laderas y que ningún catálogo de Caldavar que yo haya visto jamás reprodujo con precisión, porque es un color de lugar, no de proceso.
Vuelvo a la botica con el delantal de Petra bajo el brazo y las chaquetas de Caldavar en las manos, y con la información nueva de que tengo una vecina que hace tela y que aparentemente ha decidido que soy su proyecto de esta semana, lo cual en Dern parece ser una forma de bienvenida que llega tarde pero llega completa.
✿
El delantal de Petra vuelve a la posada ese mismo día.
Petra lo recibe sin comentario, que en Petra ya es comentario suficiente, y me sirve el té con la nota amaderada antes de que me siente.
La conversación que sigue es la primera que he tenido con ella sin una agenda específica, sin preguntas sobre la isla o la campana o el don, solo conversación entre dos personas que ya se conocen lo bastante bien como para no necesitar un propósito declarado.
Me habla de la posada, que lleva cuarenta años en el mismo sitio y que heredó de su tío, quien la heredó de su madre, quien la construyó cuando Dern tenía menos casas y más pescadores de los que tiene ahora: la evolución de una isla que es también la evolución de una posada, porque un lugar que sirve a la gente sirve a la historia de esa gente a lo largo del tiempo.
Me habla de los huéspedes que han pasado, de islas que nunca veré y rutas que ya no existen, con esa memoria específica de alguien que se quedó mientras el mundo se movía.
—Podrías haberte ido a Caldavar —digo, en una pausa—. Con todo lo que sabes del archipiélago.
—Podría haberlo hecho —acepta, sin vacilar—. Pero Dern necesita una posada y Dern me necesita y yo necesito a Dern, que son tres razones suficientes.
—¿Es así de simple?
—Las razones son simples —dice—. La decisión también lo fue. Lo que viene después de la decisión es solo vivir, que no siempre es simple pero tampoco tiene por qué ser complicado.
Me quedo con eso mientras bebo mi té.
—¿Maret se quedó por la misma razón? —pregunto.
—Maret se quedó porque las plantas de Dern necesitaban a alguien que las comprendiera —dice Petra—, y porque ella las comprendía mejor que las de cualquier otro lugar.
Una pausa.
—Y porque había gente aquí que la necesitaba. Razón suficiente para cualquiera.
Miro por la ventana hacia la plaza donde la higuera proyecta su sombra. La campana permanece silenciosa en la torre de piedra, como siempre durante el día.
—¿Ella también curaba lo que no le pedían? —pregunto.
—Siempre —dice Petra—. Su don era así. Y Dern la amaba por ello, no a pesar de ello.
Dern la amaba por ello, no a pesar de ello.
Guardo esa frase en el lugar donde conservo las de Dern que necesitan tiempo para asentarse.
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El martes Odi me muestra el atajo.
No estaba planeado, me lo encuentro en la calle oliendo a mar y con el herraje de hierro en el cinturón, y dice, sin preámbulos:
—Vas a la plaza por el camino largo.
—Es el único que conozco.
—No lo es.
Se da la vuelta y empieza a caminar.
—Ven.
El atajo pasa entre dos casas cuyos jardines se tocan, atraviesa un pasaje de piedra sin señalización alguna pero que lleva décadas allí, a juzgar por el desgaste del camino, y sale al borde de la plaza por el lado de la higuera en lugar del puerto. Reduce el recorrido a la mitad.
—¿Por qué no está señalizado? —pregunto.
—No hace falta —dice—. La gente de Dern lo sabe.
Lo recorro tres veces más ese día para ver si se me queda. Se me queda a la tercera, cuando dejo de pensar en el camino y simplemente camino, que es cuando cualquier ruta nueva se queda de verdad: cuando el cuerpo aprende sin que la mente tenga que gestionarlo.
Pasamos junto a la higuera. Miro la campana, como siempre que cruzo la plaza, con esa pregunta que todavía no tiene respuesta pero empieza a tener forma.
—Odi —digo.
—Hmm.
—¿Conociste a Einar? ¿El hermano de Vidar?
Una pausa con una duración específica. No es vacilación sobre si responder, sino elección sobre cuánto.
—Lo conocí —dice.
—¿Era como Vidar?
—Era diferente —dice, en el tono de alguien que sopesa cada palabra—. Einar era de esas personas que llenan cualquier espacio en el que están. No de forma ruidosa. Simplemente... por completo.
Una pausa.
—Vidar ocupa el espacio de otra manera. Más silenciosa. Pero igual de completa, si prestas atención.
Me quedo con eso.
—¿Signe se parece a él? ¿A Einar?
Odi me mira de reojo.
—Haces muchas preguntas sobre Vidar —observa, sin acusación.
—Estoy intentando entender Dern —digo, y es verdad, más allá de ser una respuesta conveniente. Es verdad: entender Dern incluye entender a las personas que son Dern, y Vidar es parte de esta isla de un modo en que la isla no sería la misma sin él, de esas cosas que sientes antes de comprender.
—Hmm.
Considera.
—Signe tiene los ojos de su padre y su manera de reír. En todo lo demás es de Vidar. Tiene sentido, fue él quien la crió.
—¿Y crees que Vidar lo hizo bien?
Odi deja de caminar un momento, mira la higuera, sigue adelante.
—Vidar hace todo lo que hace de la única manera que sabe —dice—. Con absoluto cuidado. A veces más del que la cosa requiere. A veces menos palabras de las que la persona necesita. Pero nunca menos atención.
Una pausa.