La boticaria de Dern Capítulo 3 - Encargos personales #3
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Capítulo 3 - Encargos personales #3

—Te lo contaré cuando tenga sentido contártelo —dice, con la tranquilidad de quien no siente necesidad de justificar que posee información y la reparte cuando le parece.

En Caldavar eso me irritaría. Aquí, extrañamente, me parece bien. Dern tiene una forma de revelar las cosas que no es ocultación, es más como el modo en que se revelan las estaciones, cada cosa a su tiempo.

—¿Maret lo sabía? —pregunto.

—Maret sabía muchas cosas —dice Petra—. También era su don, en cierto modo. No solo lo que había en las plantas.

Miro la campana a través de la ventana un momento más.

—La campana sonó dos veces antes del amanecer —digo.

Petra sostiene la taza con ambas manos y no responde de inmediato.

—A veces son dos —dice al fin.

—¿Dos personas añorando, o la misma persona dos veces?

Me mira con esa atención que recalcula algo.

—Prestas mucha atención a las cosas —dice.

—Es el don —respondo—. A veces no puedo evitar fijarme.

—Eso no es un defecto —dice simplemente, como quien constata un hecho.

Sé que no lo es. Pero Caldavar pasó años intentando convencerme de lo contrario, y algunas viejas convicciones son más tercas que la bardana en el lugar equivocado: las arrancas y vuelven, las arrancas de nuevo, y en algún momento te das cuenta de que tendrás que llegar más hondo, hasta la raíz, antes de que dejen de regresar.

Termino el té. Recojo mi bolsa, lo último que quedaba en la posada.

—Gracias —le digo a Petra.

—La casa está donde siempre estuvo —responde, que es la forma que tiene Petra de decir siempre puedes volver, que en Dern es una forma de decir ya perteneces aquí un poco, que es más de lo que esperaba tras tres días.

✿

Esa tarde, en la casa de Maret que empieza a ser la casa de Alana, me siento en la silla junto a la mesa de trabajo con mi libro de recetas y empiezo a inventariar el jardín con lo que Signe me contó y lo que he observado por mi cuenta.

Lavanda marina: tres grupos, floración incipiente, cosechar antes de que abra del todo para máxima concentración de aceite. Usos aún desconocidos más allá del sedante suave que Petra usa en el té; investigar.

Tomillo de ladera: variedad local, olor más penetrante que el tomillo común, probablemente útil para jarabes respiratorios según lo que Signe contó del trabajo de Maret; confirmar con pruebas.

Bardana: arrancada de ubicación incorrecta, replantada en la esquina noreste del jardín donde puede crecer sin ahogar nada más. Raíz medicinal, usos establecidos en los cuadernos.

Especie no identificada, hoja de nervios largos, crece a la sombra del muro sur: recolectar una muestra, prensarla en el cuaderno, investigar por descarte.

Escribo durante una hora, dos, con la vela ardiendo sobre la mesa de trabajo y el jardín oscuro tras la ventana, haciendo el inventario que siempre es el comienzo de cualquier cosa nueva: descubrir qué existe antes de decidir qué hacer con ello.

Cuando me detengo, la vela está a la mitad y el silencio nocturno de Dern se ha asentado afuera con esa cualidad particular que estoy aprendiendo a reconocer, húmeda y verde con sal debajo.

Cierro el cuaderno.

En el muro norte, las marcas de Maret siguen ahí, los negativos de manojos que un día colgaron. Mis propias hierbas están en los estantes por ahora, en frascos, aún sin los ganchos que necesitan para colgar de la pared. Necesito ganchos de hierro.

Añado ganchos a la lista de materiales.

Luego añado no pedir los ganchos al mismo tiempo que el mortero porque parecerá que lo planeé, y luego lo tacho porque claramente lo planeé, y fingir lo contrario sería deshonesto además de ineficiente.

Dejo solo ganchos en la lista.

La campana suena una vez, afuera, distante, en el silencio de la plaza a las diez de la noche.

Una vez.

Alguien en Dern está añorando algo a las diez de la noche de un miércoles de otoño. Ese alguien está arriba en la ladera noreste, en una forja a oscuras, supongo, pero no tengo datos suficientes para confirmarlo, así que lo archivo como hipótesis y no como conclusión.

Apago la vela.

Duermo.

✿

Por la mañana, el mortero está en la puerta.

No hay nota. Es hierro oscuro con esa textura que tiene el hierro bien trabajado, no uniforme sino con profundidad, como si pudieras mirar un poco hacia dentro.

El interior fue trabajado con una precisión que solo sirve a un propósito: una superficie que agarra sin rayar, que rompe sin aplastar, que transforma sin destruir.

En la base, casi invisible salvo por un cambio en la textura que la mano encuentra antes que los ojos, hay una inscripción. La trazo con los dedos antes de poder leerla, porque está en bajorrelieve suave, como si estuviera hecha para sentirse más que para verse.

Tengo que inclinar el mortero hacia la luz de la ventana para leerla.

Que lo que crees aquí encuentre a quienes lo necesitan.

Me quedo en el umbral con el mortero en las manos durante un tiempo que no sabría medir.

No lo encargué anoche. Estaba listo esta mañana. Lo que significa que o bien ya estaba en marcha antes de que subiera ayer, contradiciendo no hoy y cuando tenga el material, o fue hecho durante la noche, entre la campana de las diez y el amanecer, que es otra cosa muy distinta.

Entro con el mortero, cierro la puerta y lo coloco sobre la mesa de trabajo bajo la ventana sur.

Que lo que crees aquí encuentre a quienes lo necesitan.

Signe tenía razón, recuerdo: es el hmm de alguien que ya lo estaba esperando.

Contemplo la inscripción un rato más. Después salgo a recoger las primeras hierbas del jardín, porque el trabajo no espera y el mortero es una herramienta, no un objeto personal, y la mejor forma de honrar una herramienta bien hecha es usarla para aquello que fue concebida.

Pero antes de ir al jardín, recorro en mi mente el sendero de la ladera, paso el recodo, rodeo la piedra gris a la derecha, y pienso en la inscripción que nadie pidió y en el herrero que la grabó de noche sin decírselo a nadie.

Luego voy al jardín.

Hay que recoger el tomillo de la ladera antes de que el sol suba demasiado, y eso es un hecho botánico que no admite distracción sentimental de ninguna clase.