Capítulo 3 - Encargos personales #2
No el sonido de un martillo, que era lo que esperaba, sino un sonido más bajo, más constante, el aliento rítmico de los fuelles que controlan la temperatura del horno, con una cualidad casi respiratoria, como si la fragua fuera un ser vivo con su propio metabolismo.
Luego el olor, que llega con el sonido porque el viento a esta altura de la ladera viene del noreste: humo de madera dura, limpio y caliente, con algo metálico debajo que solo pertenece al hierro calentado y a nada más en el mundo.
El edificio aparece en el último recodo del sendero: más grande de lo que parecía desde abajo, piedra y madera oscura como todas las casas de Dern pero con una puerta principal más ancha, pensada para trasladar materiales, y una segunda abertura más pequeña en el lado sur que existe claramente para la ventilación. La puerta principal está abierta.
Me detengo en el borde del sendero, dudando.
No me han invitado. Pero la puerta está abierta, y en Dern una puerta abierta también es información, eso lo aprendí de Petra, que me explicó que aquí una puerta abierta significa que el espacio no está cerrado al mundo aunque el dueño no esté esperando visita.
Es distinto de una invitación, eso es cierto.
Pero también es distinto de una prohibición.
Entro.
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La fragua desde dentro es, antes que nada, cálida.
No el calor sofocante que esperaba desde fuera, sino un calor dirigido, que viene del horno contra la pared norte y se irradia en gradiente, más intenso cerca de la fuente y más suave en los bordes donde están los estantes.
Los estantes son de hierro, naturalmente, y sostienen piezas en distintas etapas, algunas claramente terminadas, algunas claramente a medio hacer, y algunas que no puedo clasificar porque no sé leer las etapas de una pieza de hierro como sé leer una planta en proceso.
Herramientas colgadas en las paredes en un orden que no es decorativo sino funcional: cada cosa en el lugar donde la mano la encontraría sin buscar, dentro del radio de movimiento que tiene sentido para alguien que trabaja en este espacio concreto.
El yunque en el centro, hierro oscuro con la pátina de uso que el buen hierro desarrolla: no se oxida, solo se ahonda.
El suelo de piedra tiene las marcas del trabajo, pequeñas imperfecciones y decoloraciones que registran años de chispas y salpicaduras de metal enfriado.
Y en la esquina, cubierto por un paño de lino oscuro, hay algo.
No es grande. Del tamaño de un objeto que podría caber en dos manos ahuecadas, quizá, con una forma que el paño no define completamente.
No sé por qué me fijo en eso precisamente, hay otras piezas en varias superficies, la mayoría visibles, y mi mirada podría haberse posado en cualquiera de ellas.
Pero se posa en esa, la esquina cubierta, y se queda.
—No fuiste invitada.
La voz viene de detrás de mí y no me hace dar un respingo, de lo cual estoy orgullosa, porque claramente debería habérmelo hecho dar y solo no lo hizo porque estaba tan absorta catalogando el espacio que la parte de mí responsable de los sobresaltos estaba ocupada en otra cosa.
Me doy la vuelta.
Es alto, eso es lo primero. Tan alto que el marco de la puerta interior por la que acaba de pasar le queda visiblemente a la altura de la frente, lo que explica la marca en la viga donde la madera ha chocado con su cabeza, repetidamente.
Pelo castaño oscuro, corto pero no de barbería.
Mangas enrolladas hasta los codos, y en los antebrazos finas cicatrices paralelas que son claramente de herrero, años de chispas que dejaron marcas pero no historias, y una cicatriz más ancha en la mano izquierda que no coincide con las demás, con una geometría diferente, no accidental.
El delantal de cuero viejo le cubre el torso y lleva ese olor a fragua fundido en el material, probablemente permanente ya, como el azafrán está fundido en mis manos.
El rostro es de esos que pasan la vida leyéndose como hostiles porque su expresión en reposo no hace concesión estética alguna.
No frunce el ceño, no está tenso, no hay nada activo en él, simplemente es lo que es, sin el ajuste que la mayoría de la gente hace a su expresión según quién mire.
Eso es inusual. La mayoría de la gente se ajusta, a veces sin darse cuenta.
Él claramente no, y la ausencia de ese esfuerzo se interpreta como severidad si no prestas atención, pero en realidad es una forma concreta de honestidad.
Los ojos son marrón oscuro y me observan con una atención que no es hostil. Es evaluadora, que no es lo mismo.
—Vidar —digo, porque sé el nombre.
—Alana —responde él, porque también sabe el mío, lo que no me sorprende porque Dern es pequeño y Signe no sabe guardar un secreto.
Hay una pausa en la que ninguno de los dos añade nada.
—¿Aceptas encargos? —pregunto, porque esa es la razón por la que subí, objetivamente.
—Depende —dice él.
—Necesito un mortero de hierro.
No responde de inmediato. Me observa con esa atención evaluadora durante un momento más largo de lo que requieren las respuestas simples, y me quedo callada porque he aprendido que llenar el silencio mientras otra persona piensa rara vez mejora la situación.
—No acepto encargos personales —dice al fin.
—Un mortero es una herramienta —digo—. No es personal.
—Todos los encargos son personales.
Eso me detiene. No porque esté equivocado; de hecho, si se considera cómo funciona el don de Vidar, es precisamente correcto.
Cada objeto absorbe la intención de quien lo encargó.
Así que cualquier encargo lleva algo de la persona que lo solicita en el proceso de forja, lo cual convierte cada encargo en algo personal en el sentido más literal de la palabra.
Lo digo de todos modos:
—Un mortero es para moler hierbas. La intención es que funcione bien para moler hierbas. Eso no parece particularmente íntimo.
—La intención que pasa al objeto no es la que declaras —dice—. Es la que tienes.
Me quedo con eso un segundo.
—Así que el problema no es el mortero. Es que no sabes lo que tengo.
No responde. Pero tampoco discrepa, lo que en Vidar, empiezo a sospechar, equivale funcionalmente a estar de acuerdo.
—Soy boticaria —digo—. Ahora vivo en la casa de Maret. Voy a trabajar aquí. Necesitaré herramientas que duren, de calidad, hechas por alguien que entienda que un instrumento de trabajo es una extensión de quien lo usa.
Pausa.
—Eso es lo que tengo.
Otro silencio. Vidar mira un punto detrás de mí durante un momento, no la pieza cubierta en el rincón, pero cerca, hacia algo que no logro identificar; luego vuelve a mirarme con la misma expresión neutral de siempre, que solo parece evaluativa porque es lo único que tengo con qué compararla frente a la ausencia total de expresión.
—Hoy no —dice.
No no. Hoy no, que son respuestas diferentes.
—¿Cuándo? —pregunto.
—Cuando tenga el material.
—Siempre tienes material —digo, mirando los estantes donde claramente hay material en distintas fases de trabajo.
Las comisuras de la boca de Vidar se mueven de una manera que no llega a ser una expresión reconocible, pero se le acerca. No le devuelvo la sonrisa porque técnicamente no hubo sonrisa a la que responder, pero algo en mi pecho da un pequeño vuelco que archivo como datos y no examino ahora.
—Lo enviaré con Signe —dice al fin.
—Puedo venir a recogerlo.
—Lo enviaré con Signe —repite, con el tono definitivo de quien no está negociando el método de entrega.
Miro alrededor de la fragua una última vez: las piezas en los estantes, el yunque, las herramientas colgadas en orden de alcance, la pieza cubierta en el rincón sobre la que no pregunto porque ya sé que este no es el momento para esa pregunta.
Hay un momento en que miras un lugar nuevo y sientes que llegarás a conocerlo mejor con el tiempo, no como predicción, sino más bien como un reconocimiento retroactivo de algo ya decidido.
Siento eso ahora, en esta fragua, y es información que no sé dónde archivar todavía.
—Gracias —digo.
Emite un sonido que no es una palabra pero funciona como un hmm de asentimiento. Ya estoy aprendiendo a interpretar los hmm de Vidar según el contexto, lo cual es un avance teniendo en cuenta que nos conocemos desde hace apenas cinco minutos.
Salgo por la puerta abierta y empiezo a bajar por el sendero de la ladera.
✿
En la tercera sección rodeo la piedra gris más oscura sin mirar, en el lado derecho, antes del gran recodo.
No tropiezo.
Lo anoto como una victoria proporcional a lo que es: pequeña, pero real.
✿
Petra está en la posada cuando me detengo a recoger el resto de mis cosas, que no es mucho, porque nunca lo fue, y me mira con la expresión que es su versión de una pregunta: aproximadamente la ausencia de expresión más una ligera inclinación de la cabeza.
—Fui a la fragua —digo.
—Hmm —dice.
—Va a hacer el mortero.
Petra coloca una taza de té en la mesa delante de mí, se sienta enfrente y junta las manos sobre la madera con el aire de alguien que tiene tiempo.
—Vidar no hace piezas nuevas para gente nueva —dice—. Generalmente.
—Dije que un mortero es una herramienta.
—¿Qué dijo él?
—Que todos los encargos son personales.
Petra guarda silencio un momento con esa expresión que no es una sonrisa pero se le parece.
—¿Qué más dijo?
—No mucho. Que lo enviará con Signe cuando esté listo.
—Lo enviará con Signe —repite, con una inflexión ligeramente distinta a la mía, como si las mismas palabras tuvieran un peso diferente cuando ella las dice.
No pregunto qué significa esa inflexión. Pero lo anoto.
El té tiene su nota amaderada de siempre, esa que me hace bajar los hombros antes de que note que estaban tensos.
Lo bebo despacio, mirando por la ventana de la posada hacia la plaza donde la vieja higuera da sombra a los bancos y la campana de la torre de piedra permanece en silencio bajo el calor de la tarde.
—Conoces la historia de la campana —digo. No es una pregunta.
—La conozco —confirma Petra.
—Pero no vas a contármela.