La boticaria de Dern Capítulo 2 - Las marcas en la pared #3
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Capítulo 2 - Las marcas en la pared #3

—Has decidido —dice Petra, sin convertirlo en pregunta.

Me pongo de pie y me sacudo la tierra de las manos, un gesto inútil porque ya está bajo las uñas y en los pliegues de los dedos, y ahí seguirá hasta que me lave con jabón.

—Necesitaré algunas cosas —digo—. Para la botica. Tarros nuevos, aunque los de aquí probablemente se puedan recuperar. Estantes adicionales en la pared este. Y un mortero de hierro, si el herrero accede a hacerlo.

—Vidar no acepta encargos personales —dice Petra, con un tono que no es ni confirmación ni negación, solo información.

—Un mortero es una herramienta —digo—. No es personal.

Petra me mira con la expresión que empiezo a reconocer como su versión de esto va a ser interesante.

—Podrías subir y preguntar —dice.

—Podría —acepto.

No digo lo haré, porque subir por el sendero de la ladera hasta la fragua del herrero al que toda la isla menciona con ese tono específico de familiaridad y peso no es algo que se haga sin pensarlo bien, y aún lo estoy pensando.

—El jardín necesitará trabajo —Petra cambia de tema con la facilidad de quien decide cuándo terminan los temas.

—Lo sé. Pero tiene buena base. Maret plantó cosas que vuelven solas.

—Tenía paciencia para el largo plazo —dice Petra. Una pausa—. Era su don también, en cierto modo. Sanaba cosas que tardaban en sanar, y esperaba lo que hiciera falta.

Miro las marcas en las paredes, visibles a través de las ventanas abiertas, el olor a hierbas del jardín que llega flotando desde donde las plantas de Maret volvieron solas.

—Su don —digo, despacio—. También funcionaba así. Sanaba lo necesario.

Petra me mira un momento.

—Así era —confirma.

—Y la gente de Dern. Nunca presentaron cargos.

Considera la frase presentaron cargos como quien traduce de un idioma extranjero.

—No —dice al fin—. El don hace lo que hace. ¿Quiénes somos nosotros para decir lo que otra persona necesita?

Es lo más simple e imposible que alguien me ha dicho sobre este tema en años. En Caldavar, la respuesta a quiénes somos nosotros para decir era un contrato de diez páginas que especificaba el resultado exacto esperado y las penalizaciones por desviación.

Me quedo mirando las marcas en las paredes de Maret un rato después de que Petra se marcha.

Luego vuelvo a la bardana, que todavía hay que arrancar con cuidado para que la raíz no se rompa, porque la bardana tiene sus usos, solo que no aquí, y la plantaré en otro lugar del jardín donde pueda crecer sin ahogar nada.

✿

Esa noche en la posada, Signe aparece para cenar con Brum y una pregunta, sin preámbulos:

—¿Vas a quedarte en la casa de Maret?

—Sí —digo.

Asiente con la satisfacción de quien ve confirmada una predicción.

—Lo sabía —dice—. Le dije al tío Vid que te ibas a quedar.

—¿Qué dijo él?

—Dijo hmm —responde—. Pero un hmm diferente al de ayer. El de ayer era el hmm de alguien que no va a comentar. El de hoy era el hmm de alguien que ya se lo esperaba.

Odi, que está al otro lado de la mesa, mira su plato con la expresión de alguien que deliberadamente no sonríe.

Petra sirve la sopa y no dice nada.

Brum me observa desde debajo de la silla de Signe con su desaprobación constante, y esta vez, con visible esfuerzo, acepta un trozo de pan que dejo en el suelo cerca de él.

No con entusiasmo. Con la resignación de quien decide ser pragmático con las buenas ofertas, aunque vengan de fuentes cuestionables.

Progreso.

—¿Vas a subir mañana a hablar con el tío Vid? —pregunta Signe.

—Quizás —digo.

—El mejor momento es entre las ocho y las diez —me informa, con el tono de quien transmite información táctica—.

Antes de las ocho está tomando café. Después de las diez el trabajo es demasiado intenso para interrumpirlo.

Entre las ocho y las diez está con las piezas más pequeñas, que tienen una pausa natural.

La miro.

—Has planeado esto.

—Estoy dando información útil —dice, con una inocencia que no es del todo inocente.

Brum suelta un brum grave que suena a aprobación.

✿

Todavía duermo en la posada, porque la casa de Maret necesita una limpieza a fondo antes de que me mude —al menos un día entero de trabajo mañana—, y porque hay algo que quiero hacer antes de dormir para lo que necesito la ventana de la habitación de invitados de Petra, la que da a la ladera.

Me asomo a la ventana con el abrigo sobre el pijama. La noche en Dern tiene un frío que Caldavar no tiene, más húmedo, más presente, el tipo de frío que no es hostil pero hay que respetar, y miro hacia la ladera noreste.

La fragua está a oscuras. Sin humo.

Pero hay una luz en una de las ventanas del edificio, baja, amarilla, de vela o farol, lo que significa que no todo se detuvo cuando la fragua se detuvo, que alguien sigue despierto en ese edificio en la ladera donde vive el herrero, el que toda la isla menciona con ese tono que aún estoy aprendiendo a leer.

La campana suena una vez.

Una pausa.

No vuelve a sonar.

Espero un tiempo que no se deja medir, con las manos en el alféizar y el olor de Dern de noche, sal y tierra húmeda y esa nota verde de lavanda marina que ahora identifico antes que las otras, y la luz tenue en la ventana de la fragua, allá arriba, que finalmente también se apaga.

Cuarenta y tres casas. Una de ellas será mía.

No estoy pensando en el herrero.

La piedra suelta está en el lado derecho del sendero, de un gris más oscuro que las otras, plana por arriba pero sin nada sólido debajo. Tercer tramo antes de la gran curva. Lo recordaré cuando suba.

Cuando, escribo en mi mente, y esta vez no lo corrijo a si.

Cierro la ventana. Me voy a dormir.

La campana no vuelve a sonar esa noche.