Capítulo 1 - Cuarenta y tres casas #4
La casa es pequeña. Más pequeña que mi apartamento en Caldavar, pero con ese tipo de proporciones que los pisos de ciudad rara vez tienen: techos lo bastante altos para que el espacio no agobie, ventanas donde deben estar para que la luz entre sin esfuerzo.
Madera oscura, cimientos de piedra como todas las demás, un jardín delantero que creció abandonado durante dos años y alcanzó esa fase interesante en que el descuido parece abundancia.
Petra abre la puerta con una gran llave de hierro y empuja.
El olor me alcanza antes de que la vista se adapte a la penumbra interior: hierbas.
No el olor penetrante de las hierbas frescas ni el concentrado de las tinturas, sino el olor residual de años de trabajo, en capas, múltiple, estratificado en el tiempo, como una biblioteca de aromas donde cada uno fue colocado en su sitio por manos que sabían lo que hacían.
Las paredes tienen marcas.
A lo largo de toda la pared norte, a distintas alturas —algunas a la altura del hombro, otras más arriba, una fila baja cerca del suelo que probablemente era para plantas rastreras—, hay marcas oscurecidas donde antes hubo ganchos o clavos.
Los contornos de manojos que colgaron en los mismos sitios durante años, que fueron grabando sus formas en el yeso.
Una planta colgada el tiempo suficiente en el mismo lugar deja la huella de su volumen en la pared, el negativo de sí misma.
Me quedo mirando las marcas más tiempo del que debería.
No son hermosas, objetivamente. Son solo ausencias con forma de presencia, el registro de un trabajo que cesó. Pero hay algo en ellas que me oprime un poco el pecho, de un modo que no estoy lista para examinar.
—Las hierbas del jardín siguen creciendo —dice Petra, a mi espalda—. La mayoría. Maret plantó cosas que vuelven solas.
—Perennes —digo automáticamente.
—Su don también era así —dice—. Seguía activo en los remedios que preparaba, hasta un año después de su muerte. Luego se desvaneció.
Me vuelvo hacia ella.
—¿El don permanece en lo que se hizo?
—En lo que se hizo con intención —corrige—. No en todo. En los remedios que preparaba para personas concretas, con esmero. Esos duraron más.
Vuelvo a mirar las marcas en las paredes.
Pienso en mis hierbas en la bolsa, los manojos marchitos de Caldavar que no sobrevivieron, las tinturas que traje en frascos de cristal envueltos en tela.
Pienso en el apartamento que dejé, donde no he hecho nada con esa clase de intención desde hace más tiempo del que quiero admitir.
—¿Cuánto? —pregunto, porque la pregunta práctica es más fácil que las otras.
Petra me lo dice. No es lo que esperaba: es un arreglo, no un alquiler, que implica mantener el jardín y atender a quien necesite remedios en la isla. El tipo de arreglo que en Caldavar requeriría un contrato de cincuenta páginas y aquí, al parecer, se resume en dos frases y con eso basta.
—¿Puedo pensarlo? —pregunto.
—La casa no va a ninguna parte —dice Petra, y se va, y me quedo sola en el espacio de Maret con sus paredes llenas de ausencias.
Me quedo durante un tiempo que no se mide bien.
En algún momento empiezo a imaginar dónde colgaría mis propios manojos.
El gancho alto en la pared norte para el romero, que necesita ventilación.
Las marcas bajas cerca de la ventana sur para la manzanilla, que busca la luz.
El espacio en el centro, donde la ausencia más grande sugiere que Maret colgó algo de volumen considerable: lavanda, quizás, o salvia en manojos grandes.
Me detengo en medio de ese pensamiento.
Miro las marcas. Miro mis manos manchadas. Miro el jardín a través de la ventana, descuidado y tenaz y lleno de cosas que regresan solas.
Aún no he decidido nada, me digo, con la convicción de quien ya ha decidido y no está lista para admitirlo.
Salgo de la casa de Maret. Cierro la puerta, pero no le devuelvo la llave a Petra cuando llego a la posada.
Ella no la pide.
✿
Por la tarde subo al punto más alto del sendero que rodea la isla, no la ladera de la fragua, sino el otro lado, el que da al mar abierto.
Desde allí se ve todo Dern abajo: las cuarenta y tres casas, los dos muelles, la plaza con la higuera y la campana silenciosa, los jardines sin vallas, el humo blanco de la fragua elevándose al otro lado.
El viento a esta altura es constante y trae sal y esa tenue nota verde que empiezo a reconocer como lavanda marina, que también crece en las grietas de las rocas aquí arriba, pequeñas flores de color lila grisáceo que serían invisibles si no supieras buscarlas.
Me quedo allí un rato. Sin pensar en Caldavar, sin pensar en la audiencia, sin pensar en lo que viene después. Solo el viento y las cuarenta y tres casas debajo de mí y el olor de una planta que no aparece en ningún catálogo que haya estudiado.
Cuando empiezo a bajar, el sol ya está bajo y el humo de la fragua se ha espesado, última hora de la tarde, el trabajo se intensifica antes del anochecer.
Alguien aquí sabe lo que hace.
No estoy pensando en el herrero.
Cuento las casas una última vez mientras desciendo.
Cuarenta y tres. Lo sé porque ya he contado tres veces, y la tercera estaba prestando atención, pero aun así miré el humo un momento antes de empezar.
Una de ellas será mía el tiempo suficiente para averiguar qué viene después.