La boticaria de Dern Capítulo 1 - Cuarenta y tres casas #2
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Capítulo 1 - Cuarenta y tres casas #2

—Tus manos —dice, con un breve gesto hacia ellas—. El azafrán no sale fácilmente. Y oliste el té antes de beberlo, cosa que la gente corriente no hace.

Me miro las manos. Tiene toda la razón, las manchas amarillo ocre desde las yemas de los dedos hasta los nudillos son permanentes a estas alturas, el resultado de años trabajando con cúrcuma y azafrán y un sinfín de otras plantas que dejan marcas.

En Caldavar la gente a veces preguntaba si estaba enferma, o si había probado un tinte nuevo que salió mal.

Aquí, por lo visto, es solo información diagnóstica.

Eso me complace más de lo que esperaba.

—La boticaria que había aquí murió hace dos años —continúa Petra, y echa a andar de vuelta hacia la posada con el paso de alguien que da por hecho que la seguiré—. Su casa sigue ahí. Nadie la ha tocado.

—¿Por qué no? —pregunto, poniéndome a su paso.

—Porque nadie es boticario —responde, como si fuera evidente, como si las casas esperaran a las personas adecuadas con la misma naturalidad con la que las plantas esperan la estación adecuada.

No tengo nada que decir a eso, así que no digo nada.

Pasamos por la plaza de nuevo, la campana sigue en silencio, y esta vez noto que la piedra de la torre también tiene líquenes en las juntas, el mismo verde oscuro que el muelle, lo que significa que la torre y la plaza son tan antiguas que la isla las ha incorporado por completo.

No son estructuras sobre la isla. Son parte de la isla.

—¿Cómo se llamaba? —pregunto—. La boticaria.

Petra se lo piensa un momento, no como quien intenta recordar, sino como quien decide cuánto compartir.

—Maret —dice—. Conocía cada planta que crece aquí. Incluidas algunas que no crecen en ningún otro lugar.

—¿Como la lavanda marina?

Petra se detiene y me mira con una expresión que recalcula algo.

—¿La conoces?

—No —admito—. La olí en el puerto. No pude identificarla.

Echa a caminar de nuevo, pero algo en su paso cambia ligeramente, una apertura, quizá. Una pequeña.

—A Maret le llevó diez años entender la lavanda marina —dice Petra—. Tienes tiempo.

✿

La posada es un edificio de dos plantas que claramente empezó siendo una cosa y creció con el tiempo de la manera en que crecen los edificios en islas pequeñas, no por planificación, sino por necesidad y solución.

Una ventana aquí, una habitación allá, un porche cubierto que alguien añadió porque tenía sentido esa temporada y luego se quedó.

El resultado no es descuidado. Es orgánico, que es diferente.

Dentro huele a pan y humo de leña y algo más difícil de nombrar, años de gente de paso, de conversaciones que calaron en las paredes, de comidas compartidas y estaciones sobrevividas.

Las tablas del suelo tienen el sonido específico de la madera vieja que conoce el peso de quienes caminan sobre ella: no cruje con alarma. Cruje con reconocimiento.

Petra me muestra la habitación en el segundo piso sin mucho preámbulo, abre la puerta, entra, abre la pequeña ventana para dejar pasar el aire, y se queda de pie como esperando un veredicto.

La habitación es sencilla. Una cama con una manta de lana gruesa en un verde oscuro que claramente se tiñó aquí, no en Caldavar, no con ese tono que parece sacado directamente de las laderas de fuera.

Ese verde que no es color de fábrica, es color de planta, con toda la variación que eso implica, más oscuro en un borde, más gris en otro, esa clase de imperfección que en realidad es otra forma de perfección.

Una pequeña mesa de madera oscura con una vela a medio consumir.

Una silla. Ganchos en la pared, un pequeño espejo, una alfombra de lana trenzada en el suelo que suaviza el frío de la madera.

Y una pequeña ventana, con cristal ondulado, que da a la ladera norte.

Desde donde se ve el humo blanco de la fragua, fino y constante contra el cielo.

Miro durante más tiempo del que debería antes de darme cuenta de que lo estoy haciendo y aparto la vista.

—¿Cuánto? —pregunto.

Petra dice un precio. Es bajo. O generosidad, o un favor, o el coste real de las cosas en Dern, donde quizá la economía funciona con una lógica diferente a la de Caldavar, donde todo tenía un precio no solo por el objeto sino por el estatus de poseerlo. Acepto antes de decidir cuál.

—¿Por cuánto tiempo? —pregunto, porque parece importante establecerlo.

Petra me mira con esa paciencia particular de quien ha visto llegar a gente sin saber cuánto tiempo se quedará.

—Durante el tiempo que necesites.

Esa no es una respuesta sobre el tiempo. Pero parece ser una respuesta sobre otra cosa, y todavía estoy aprendiendo el lenguaje de Dern, así que lo archivo para más adelante.

—La casa de Maret —digo—. ¿Puedo verla?

—Mañana —responde Petra—. Esta noche comes aquí y duermes. Mañana ves la casa.

No es una sugerencia. Pero tampoco es una orden, es esa clase de indicación práctica que viene de alguien que entiende que las personas que acaban de hacer viajes largos con equipaje e historias complicadas necesitan comida y sueño antes que decisiones.

No tengo energía para discutir y, la verdad, tampoco quiero.

—¿Hay melisa en el té? —pregunto, porque sigo con la curiosidad del segundo ingrediente.

La expresión de Petra cambia hacia algo que no es exactamente una sonrisa, pero casi.

—Y lavanda marina —dice—. Ayuda en la primera noche en un sitio nuevo.

La sigo escaleras abajo hasta la cena sin responder, porque aún no sé si lo que siento es gratitud o incomodidad por que me haya calado una mujer que me conoce de hace quince minutos.

Posiblemente ambas cosas.

✿

La cena es un guiso de pescado con hierbas que no sabría nombrar del todo, pan oscuro de corteza gruesa aún caliente del horno, y un queso local con un sabor que no existe en Caldavar, más intenso, más presente, de esos que se te quedan.

Hay otros dos huéspedes en la posada: un hombre de mediana edad al que Petra llama Odi, que me saluda con la cabeza una vez antes de volver a su plato como si los forasteros en Dern no merecieran atención, y una mujer mayor que nadie presenta ni se presenta, y come en silencio con la eficiencia de quien tiene otros asuntos que atender.

Odi es pescador, eso está claro antes de cruzar palabra, por el olor y las manos y por cómo se sienta, como quien está acostumbrado a mantener el equilibrio sobre algo inestable.

Lleva un cinturón con una hebilla de hierro que me llama la atención antes de entender por qué: es el tipo de objeto que tiene presencia, que ocupa el espacio de forma distinta a las cosas corrientes.

Hecho aquí, supongo. Hecho en la fragua de la colina.

Sigo sin pensar en el herrero.

—¿Primera vez en Dern? —pregunta Odi, sin mirarme del todo, concentrado en partir el pan.

—Primera vez que oigo hablar de Dern —admito.

Asiente como si esa fuera la respuesta esperada.

—La mayoría de la gente llega así —dice—. Dern no aparece en los mapas grandes. Tienes que estar buscando, o haberte quedado sin opciones.

Hay una pausa educada en la que, claramente, no pregunta cuál de las dos es mi caso. No le doy esa información. Parte más pan.

—¿De dónde? —pregunta.

—Caldavar.

Algo cambia ligeramente en la habitación, nada dramático, ningún silencio pesado, sino un ajuste sutil de la atención, como cuando suena una nota falsa en un instrumento y el oído la registra antes de que la mente encuentre palabras para lo que ha pasado.

—Caldavar queda lejos —dice Odi, por fin, con el tono de quien comenta la distancia geográfica y absolutamente nada más.

—Lo está —coincido.

La conversación, tal cual, termina por acuerdo tácito. Terminamos la cena en un silencio cómodo, o al menos un silencio que no me exige nada, que en este momento viene a ser lo mismo.

Petra trae una segunda taza de té que no he pedido y la deja delante de mí sin decir nada.

Olor: melisa otra vez, y la lavanda marina, y algo nuevo esta vez, una nota más profunda, más amaderada, que no logro identificar, pero que me hace bajar los hombros en la silla antes de darme cuenta de que los tenía tensos.

No digo nada al respecto. Bebo el té.

✿

La habitación de noche es distinta a la de la tarde: la luz de las velas cambia las proporciones, profundiza las sombras en las juntas de la madera, vuelve el espacio más pequeño y más recogido, de una manera que no es opresiva, solo íntima.

Me siento en el borde de la cama y abro mi bolsa, que es pequeña para una mudanza y grande para una huida, que es técnicamente lo que es esto, aunque sigo sin llamarlo así.

La ropa de Caldavar ocupa la mayor parte del espacio, buenas telas, colores que tienen sentido en una ciudad grande donde la apariencia es información social, cortes que dicen soy profesional y competente a las personas adecuadas en Caldavar.

Aquí quedarán mal de maneras que aún no puedo predecir del todo.

Ya puedo imaginar lo sutilmente fuera de lugar que resultarán, no de forma bochornosa, no de una manera que nadie vaya a comentar, pero lo bastante mal como para que todos sepan que soy de otro sitio antes de que abra la boca.

En el fondo de la bolsa, envueltos en tela de lino: mis manojos de hierbas.

Traje lo que pude, los que sobreviven al viaje, los que no necesitan condiciones especiales para conservarse, los que más uso.

Pero también traje los manojos de lavanda y tomillo de Caldavar que solía cosechar del jardín de mi casa, que era alquilada, que técnicamente nunca fue mía, pero donde el jardín sí era mío en la práctica porque yo era quien lo cuidaba.

Esos manojos ya están marchitos. No sobrevivieron al viaje como yo esperaba, ni como esperaba que ellos esperaran sobrevivir, lo cual probablemente sea optimismo otra vez.