La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 21 · Claudia
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Capítulo 21 · Claudia

A las dos y media de la madrugada, la boda dejó de fingir que todavía era una boda.

Ya no había fotógrafos buscando espontaneidad, ni primas con móviles levantados, ni tías pidiendo otra copa “muy cortita”, ni hombres con chaqueta al hombro diciendo que al día siguiente madrugaban mientras seguían pegados a la barra.

Quedaban sillas torcidas, copas con huellas de pintalabios, servilletas hechas una pena, pétalos pisados y una pista de baile que olía a cava derramado, perfume caro y pies cansados.

Estaba en el salón principal con los zapatos en una mano y el plato de tarta ya vacío en la otra.

No recordaba haber terminado la tarta. Eso tampoco era una rareza.

En una boda, una podía hacer muchas cosas sin estar presente: sonreír, resolver pagos, evitar homicidios, besar a un ex en una habitación de hotel y comer azúcar como si fuera anestesia.

Adrián seguía a mi lado, sujetando el plato porque se lo había pedido.

No lo hacía de forma simbólica. No ponía cara de hombre que entiende la vida. No aprovechaba el gesto para acercarse. Solo sujetaba el plato.

Eso, de todas las formas posibles, me tocó más que cualquier gesto grande.

—Puedes dejarlo ya —dije.

—Me dijiste que lo sujetara.

—No era una orden vitalicia.

Adrián miró el plato, luego la papelera más cercana.

—No sabía si podía moverme.

—Tampoco exageres la obediencia. Te queda rara.

Él dejó el plato en una bandeja abandonada sobre una mesa auxiliar. Dani pasó por detrás, cargando una caja con restos de decoración y la expresión de quien llevaba muchas horas oliendo a boda ajena.

—Si vais a discutir, hacedlo hacia la derecha —dijo—. Estoy recogiendo por zonas y vuestra tensión ocupa pasillo.

—No hay tensión —respondí.

Dani ni siquiera redujo el paso.

—Claro. Yo también miro así las mesas plegables.

Adrián bajó la cabeza, casi sonriendo.

Señalé a Dani con un zapato.

—No te pago para opinar.

—No me pagas tú.

—Pues peor. Te puedo odiar gratis.

Dani desapareció detrás de las columnas con la caja.

Desde el otro lado del salón llegó la voz de Inés dando instrucciones a dos camareros para que no mezclaran copas limpias con copas que “habían visto demasiado”.

Vera hablaba con seguridad junto a la entrada.

Marta había subido a recepción y, probablemente, ya había decidido qué versión del desastre iba a contar primero.

Marcela y Biel se habían ido hacía veinte minutos.

La salida no había sido perfecta. Marcela lloró al despedirse de mí y acabó manchándome la camisa negra con maquillaje.

Biel abrazó a Adrián con una torpeza honesta que dejó a los dos incómodos.

Elena me dio dos besos, uno de ellos casi real, y le dije que el lunes hablaríamos de futuras recomendaciones.

No me contestó. Eso, viniendo de ella, casi era una promesa.

Núria Campos se marchó antes del postre.

No porque la echaran. Eso habría sido demasiado limpio.

Se marchó después de recibir un mensaje de Adrián, revisado por Vera, en el que se le recordaba con una amabilidad muy cara que el hotel había documentado sus intentos de acceso a zonas privadas, las llamadas a recepción y el uso de nombre falso en la reserva.

Nada publicable sin exponerse. Nada emocionante. Solo hechos. Aburridos.

La periodista abandonó el Hotel Vera con una maleta pequeña y la cara de quien no había conseguido suficiente sangre para justificar el madrugón.

No supe si odiaba o admiraba la eficacia de aquello.

Probablemente las dos cosas. Últimamente, con Adrián, casi todo venía en pareja mal combinada.

—Necesito ver el ramo antes de que lo tiren —dije.

—Marcela lo ha dejado en conservación.

—¿En conservación?

—Inés ha dicho literalmente: “Ese ramo ha costado dinero, dignidad y una discusión sentimental. Nadie lo tira hasta que Claudia lo vea mañana con ojeras.”

—Inés debería dirigir países pequeños junto con Vera.

—Harían una dictadura eficiente.

Casi sonrió. Otra vez. Estaba ocurriendo demasiado. El agotamiento debía de estar bajándole la vigilancia.

Caminó hacia la terraza. Adrián me siguió, pero no más cerca de lo prudente.

Esa distancia que ahora manejaba con un cuidado irritante: no invadir, no desaparecer, no pedir sitio.

No sabía qué hacer con un hombre que aprendía en tiempo real.

Era mucho más cómodo cuando repetía el error antiguo.

El cuerpo podía reconocer un patrón y defenderse. Esto era otra cosa.

La terraza estaba casi vacía. Habían retirado mesas, manteles, botellas y la mayor parte de las flores. Quedaban algunas ramas de eucalipto en el suelo, una brida rota, dos copas olvidadas y una silla sola mirando a Barcelona como si también necesitara aire.

Me senté en esa silla.

No de forma elegante. Me dejé caer.

Adrián se quedó de pie junto a la barandilla.

—Si te quedas ahí como vigilante emocional, me pondrás nerviosa —dije.

—No sé dónde ponerme.

La respuesta fue tan simple que no tuve una frase rápida.

—Eso es nuevo.

—Sí.

La ciudad seguía encendida al otro lado.

Coches, terrazas, ventanas iluminadas, una moto demasiado ruidosa en alguna calle cercana.

Barcelona de madrugada no era romántica.

Era práctica, húmeda, con olor a basura recogida tarde y gente volviendo a casa con los zapatos en la mano. Mucho más de fiar que cualquier postal.

Apoyé los pies descalzos sobre la madera. Me dolían hasta las uñas.

—Me has besado en el momento más inoportuno posible —dije.

Adrián no se giró enseguida.

—Diría que me besaste tú.

—No empieces con precisión jurídica.

—Vale.

—Y luego dijiste que sí había pasado.

—Porque había pasado.

—Eso tampoco ayudó.

—Lo sé.

Solté una risa corta.

—Vuelves a saber demasiadas cosas.

Adrián se apoyó de lado en la barandilla. No estaba relajado. No del todo. Tenía la camiseta negra bajo la camisa abierta, el pelo cansado, una sombra de barba y la cara de un hombre que no podía seguir escondiéndose detrás de la eficacia.

—No sé qué hacer ahora —dijo.

Lo miré.

—Eso también es nuevo.

—También.

—Antes siempre sabías.

—No. Antes fingía mejor.

La frase quedó entre los dos sin adornos. Noté que no venía a pedir absolución. Eso era importante. Me molestó que fuera importante.

—Te fuiste —dijo.

—Sí.

—No solo a Madrid. Te fuiste de la parte fea.

—Sí.

—Y yo me quedé con mi padre, con la deuda, con la empresa a medias, con la vergüenza de no saber explicar por qué alguien que me quería había decidido que yo era demasiado.

Adrián cerró los ojos un segundo.

—No eras demasiado.

—No me corrijas el daño.

Él los abrió.

—Tienes razón.

—Adrián.

—No era corrección. Era... —se detuvo—. Vale. Era corrección.

—Aprendes lento, pero algo haces.

Él bajó la mirada al suelo de la terraza. Había una flor pequeña, aplastada junto a su zapato.

—Me dio miedo tu vida. No tú. Pero tu vida también eras tú. Y yo no supe distinguirlo. Vi deudas, problemas, llamadas de tu padre, miedo, trabajo, mi propia ambición. Lo mezclé todo y lo llamé oportunidad cuando en realidad era una salida.

No contesté. No porque no tuviera palabras. Tenía muchas. Demasiadas. Todas afiladas, todas cansadas.

—Y después —siguió él— me dije durante años que irme había sido lo responsable. Que si me quedaba habría acabado mal, que yo no podía salvarte, que tampoco era justo meterme en una situación que no entendía. Todo eso tenía parte de verdad. Pero había otra parte que no quise mirar.

—Que me dejaste sola.

—Sí.

La madera de la terraza crujió cuando Moví un pie.

—No necesitaba que me salvaras.

—Lo sé.

—Necesitaba que te quedaras a preguntar qué silla había que cargar.

—Lo sé.

—No lo sabías entonces.

—No.

—Y que lo sepas ahora no arregla lo de entonces.

—No.

Miré hacia el salón. Inés cruzaba con una bolsa de manteles. Dani discutía con alguien por una caja de copas. Vera hablaba por teléfono con la espalda recta. El Hotel Vera seguía viviendo de mentiras limpias y restos sucios.

—Hoy has cargado algunas sillas —dije.

Adrián levantó la vista.

—No suficientes.

—No. Pero algunas.

Él asintió despacio.

La terraza quedó en silencio. No cómodo. Tampoco insoportable.

—No sé si puedo volver contigo —dije.

—No te lo estoy pidiendo esta noche.

—Bien. Porque si me lo pidieras esta noche diría que no, aunque quisiera decir otra cosa.

—Entonces no lo pediré.

—No seas tan correcto que parezcas ensayado delante del espejo.

—No tengo terapeuta.

—Deberías. Yo no cobro por ordenar hombres.

Eso sí lo hice sonreír. Apenas. Pero de verdad.

Me levanté de la silla. Fue un error: los pies protestaron, la espalda también, y durante un segundo tuve que agarrarme al respaldo. Adrián se movió por reflejo y se detuvo antes de tocarme.

Lo vi.

Ese freno. Ese aprendizaje físico.

No arreglaba Madrid.

Pero abría una puerta pequeña.

—Puedes ayudarme a caminar hasta la habitación —dijo.

La frase me salió como si pidiera una grúa.

Adrián no se permitió alivio. Bien.

—¿Cómo?

—Sin cara de triunfo.

—Eso puedo.

—Y sin convertirlo en escena.

—También.

—Y si me tocas la cintura porque hay una periodista invisible, te lanzo por la terraza.

—No quedan periodistas.

—Siempre queda alguna.

Adrián se acercó. Le ofreció el brazo, no la mano. Eso fue sensato. Me agarré a su antebrazo con los dedos fríos y los pies muertos. No hubo música. No hubo frase. Solo dos personas cruzando una terraza llena de restos, una de ellas cojeando con dignidad insuficiente.

En el pasillo, Dani me vio pasar.

—No digo nada —anunció.

—Acabas de hacerlo —dije.

—Lo mío era un silencio decorativo.

—Decóralo menos.

Subimos a la tercera planta por el ascensor porque no pensaba convertir mis pies en mártires. Esta vez el ascensor no se paró. Probablemente porque el hotel ya había gastado todo su presupuesto de humillación mecánica.

La habitación 317 seguía igual. Cama excesiva. Muralla de almohadas vencida. Portátil. Chaqueta. Cajas. Una noche entera comprimida en un cuarto con olor a detergente industrial.