Capítulo 20 · Claudia #2
—Necesito dormir doce horas o que alguien me quite los pies y me los devuelva en dos días.
—Eso quizá Dani sabe gestionarlo.
Casi sonrió.
—Y necesito que no confundas esto con perdón.
Adrián asintió.
—No lo confundo.
—Ni con volver.
—Tampoco.
—Ni con que el beso pueda repetirse porque tuvimos una crisis y una cama grande.
Adrián tardó medio segundo.
—Ese punto lo gestionaré peor, pero lo gestionaré.
La honestidad de la frase me entró con una mezcla absurda de calor y rabia.
—Al menos avisas.
—Estoy intentando no venderte una versión mejor de mí de la que puedo sostener.
Lo miré.
Esa sí era nueva.
No suficiente.
Pero nueva.
Vera apareció al fondo del pasillo, como si el hotel la hubiera generado al detectar emoción no autorizada.
—Elena quiere hacer un agradecimiento final a Claudia delante de todos.
—No —dije.
—Le he dicho que dirías eso.
—Entonces no preguntes.
—No estoy preguntando. Estoy avisando para que puedas poner cara de no querer morirte cuando ocurra.
Cerré los ojos.
—Vera.
—Ha insistido Marcela. Elena solo ha aceptado porque parece menos mala idea que discutir con su hija el día de su boda.
Adrián dio un paso hacia atrás, apartándose del camino.
No dijo nada.
Lo vi.
A veces reparar no era acercarse. Era saber quitarse de la puerta.
Entró al salón con Vera.
Marcela estaba junto a Biel, con el micrófono en la mano. Elena a su lado. Tomàs detrás, incómodo pero presente. Los invitados empezaron a callarse.
—Solo un momento —dijo Marcela—. Antes de seguir bailando, quería dar las gracias a la persona que ha conseguido que hoy llegáramos hasta aquí.
Sentí todas las miradas girar.
Odiaba aquello.
Lo odiaba con una claridad saludable.
Marcela sonrió.
—Claudia ha salvado esta boda unas siete veces desde ayer. Algunas ni las sabéis. Mejor.
Risas.
Me quedé en la entrada, sin avanzar.
—Pero sobre todo —siguió Marcela—, me ha recordado que una boda no tiene que salir perfecta para ser nuestra.
Elena cogió el micrófono.
Aquello sí fue peligro.
—Y yo —dijo la madre de la novia— debo añadir que, cuando una contrata a alguien para que sostenga un día importante, conviene no confundir exigencia con presión. Claudia ha trabajado hoy más de lo que nadie verá en las fotos. Gracias.
Silencio.
Luego aplausos.
No enormes. No de película. Aplausos reales, algo desordenados, con copas en la mano y gente que quizá no entendía todo, pero entendía lo suficiente.
No lloré.
Ya había gastado eso en el pasillo.
Pero algo se le aflojó en los hombros.
No la deuda.
No el pasado.
No Adrián.
Solo una cuerda.
Desde el fondo, sin entrar en la luz, Adrián aplaudió también.
No fuerte.
No buscando que yo lo viera.
Pero yo lo vi.
Y esta vez no me molestó tanto.
Cuando el aplauso bajó, volví al pasillo antes de que alguien intentara abrazarme con perfume. Adrián no me siguió.
Dani apareció con un plato pequeño de tarta.
—Orden de la novia. Si no comes, amenaza con casarse otra vez para obligarte.
Cogí el plato.
—Dile que eso sí sería imperdonable.
—También dice que sabe fatal que lo de las peonías haya salido mejor que su idea original.
—Eso no se lo digas a Elena.
—No tengo instinto suicida.
Comí un bocado de tarta de pie, junto a la pared, con los zapatos matándola, el móvil lleno de problemas y una boda casi salvada a sus espaldas.
Era demasiado dulce.
Le di igual.
Adrián apareció al fondo del pasillo, pero no se acercó hasta que levanté la vista.
Esa espera pequeña fue lo que terminó de desarmarla un poco.
—Puedes venir —dijo.
Él caminó hasta quedar a una distancia prudente.
—¿Tarta?
—No comparto galletas. La tarta es negociable.
Le ofreció el tenedor.
Adrián dudó apenas. Luego probó un bocado.
—Muy dulce.
—Como las bodas cuando mienten.
—Esta ha mentido menos al final.
Miré hacia el salón.
Marcela y Biel bailaban otra vez. Elena hablaba con Vera. Ramon buscaba su bolígrafo. Inés estaba sentada por una vez en horas. Dani se lo impedía a un invitado con pinta de pedir whisky fuera de hora.
—No me hace débil necesitar ayuda —dije.
La frase salió baja. Casi sin querer.
Adrián no se movió.
—No.
—Pero me hace vulnerable elegir de quién la acepto.
—Sí.
—Y tú todavía no eres una elección segura.
La respuesta no me gustó. A ninguno de los dos.
Pero era verdad.
Adrián asintió.
—Entonces no me elijas todavía.
Lo miré.
—¿Qué?
—Elígete a ti. Elige acabar la boda. Elige descansar. Elige abrir ese correo mañana con quien tú quieras. Si algún día quieres que esté cerca, me lo dices. Si no, no lo convierto en otra decisión mía.
Me quedé callada.
No porque la frase fuera perfecta.
Porque no lo era.
Era torpe, lenta, quizá aprendida a golpes durante demasiadas horas. Y por eso, de pronto, importó.
—Me debes una conversación horrible —dijo.
—Sí.
—Larga.
—Sí.
—Sin frases de consultor.
—Lo intentaré.
—Y sin decidir por mí.
—Eso no lo intento. Eso lo hago.
Sostuve su mirada.
No era perdón.
No era reconciliación.
No era volver.
Pero la boda seguía sonando detrás, la tarta estaba demasiado dulce, me dolían los pies y, por una vez en mucho tiempo, no tuve que fingir que podía cargar sola con cada caja.
Le tendí el plato para darle a las manos una tarea que no fuera buscarlo.
—Sujeta esto.
Adrián lo cogió sin preguntar.
Me agaché, me quité un zapato, luego el otro, y apoyé los pies descalzos sobre la moqueta del pasillo.
Adrián bajó la mirada a mis tobillos hinchados, al talón marcado por la tirita, y no hizo comentario.
Solo sujetó el plato y esperó, como si por fin hubiera aprendido que cuidar también podía ser no ocuparlo todo.
—Esto no significa nada romántico —dije, porque necesitaba decirlo antes de que el silencio lo hiciera por mí.
Adrián miró los zapatos en su mano libre.
—Por supuesto.
—Es logística.
—Todo lo importante empieza así en este hotel.
Casi sonrió.
Esta vez no lo impidió del todo.