Capítulo 20 · Claudia
A las seis y dieciocho de la tarde, entendí que el cuerpo podía seguir funcionando aunque la persona que lo habitaba hubiera pedido una pausa hacía horas.
Dijo “familia directa, por aquí”. Dijo “copas después del brindis”.
Dijo “no, Ramon, el bolígrafo tampoco se enciende”.
Dijo “Marcela, respira antes de entrar al salón”.
Dijo “Dani, si el DJ vuelve a poner La última ronda, lo enviamos a desmontar sillas sin zapatos”.
Dijo tantas cosas útiles que casi pudo fingir que dentro no tenía un correo de su padre sin abrir y una conversación rota con Adrián esperando en algún sitio donde no hubiera bandejas.
La boda entró en su fase bonita.
Esa era la más peligrosa para mí.
Cuando todo empezaba a parecer fácil, la gente olvidaba el trabajo.
Las sillas ya no eran un problema, eran ambiente.
Las flores ya no eran emergencia, eran estilo.
El ramo ya no era sustitución, era personalidad.
La novia ya no era una mujer que había llorado en bata, era una imagen preciosa levantando una copa.
La wedding planner dejaba de existir justo cuando más agotada estaba.
Marcela y Biel bailaron el primer baile oficial con los zapatos ya algo vencidos y una risa que no salía en el cronograma.
Elena lloró otra vez. Tomàs aplaudió sin mirar el móvil.
Eso merecía medalla. Vera observaba desde el fondo con una copa de agua, la postura recta y las ojeras cumpliendo turno.
Inés se había quitado un zapato durante treinta segundos detrás de una columna y luego lo había vuelto a poner con la solemnidad de quien regresa a la guerra.
Dani había recuperado el bolígrafo de Ramon por tercera vez y lo llevaba en el bolsillo del chaleco como trofeo.
Núria Campos se había ido.
No expulsada. No vencida. Se había ido porque Vera le había hecho entender que quedarse sin material era peor que marcharse con dignidad. No publicó la captura. No publicó la carpeta. El artículo quedó en esa zona incómoda de los rumores que no matan pero ensucian.
Eso, por ahora, era victoria.
Por ahora.
Estaba junto a la mesa del seating, recolocando tarjetas que ya no importaban, cuando Marta se acercó con dos cafés.
—Uno es para ti.
—Si viene de Adrián, lo tiro.
—Viene de recepción. Somos una institución neutral con mala leche.
Lo cogí.
—Gracias.
Marta se apoyó en la mesa.
—Carla ha venido.
Levanté la vista.
—¿Aquí?
—Puerta de personal. Llorando. Vera la ha metido en despacho. Dice que quiere pedir perdón y contar todo lo que recuerda.
—¿Ahora?
—Ha visto el artículo. Ha entendido tarde. Pasa mucho.
Miré hacia el salón. Marcela bailaba con Laia, riéndose. Biel hablaba con un primo. Elena corregía la postura de una copa con la mirada.
—No quiero verla hoy.
—No tienes que verla. Vera está con ella. Adrián también.
El café se quedó a medio camino.
Marta alzó una ceja.
—No le he llamado yo. Vera sí. Para que escuchara sin que tú tuvieras que hacerlo.
Dejé el vaso sobre la mesa.
No sabía qué sentir con eso.
Rabia, por supuesto. Siempre había una de reserva.
Pero también algo parecido a alivio.
—Ha pedido no estar contigo —añadió Marta.
—¿Adrián?
—Sí. Dijo: “Que yo no baje. Si hay algo importante, se lo manda Vera por escrito. Ella tiene una boda que cerrar.”
Miré hacia el pasillo.
—Qué oportuno aprender ahora.
—Algunos hombres son lentos. El ascensor también y seguimos usándolo.
—Yo he dejado de usarlo.
—Solo porque te da miedo quedarte encerrada con él.
Cogí el café.
—Recepción habla demasiado.
—Recepción sobrevive escuchando.
Marta se fue antes de que pudiera responder.
El brindis de Ramon llegó cinco minutos después y, contra todo pronóstico, fue breve, decente y sin anécdotas sexuales. La sala aplaudió. Dani casi se emocionó. Ramon intentó recuperar el bolígrafo al bajar y recibió una mirada que lo hizo reconsiderar su identidad.
Luego vino la tarta. Las fotos. El baile. La barra. La parte en que los adultos fingían que no iban a quitarse los zapatos y terminaban haciéndolo debajo de mesas con manteles largos.
Dejé que el evento la absorbiera.
Esa era la forma más segura de no pensar.
Hasta que Marcela me encontró en el pasillo lateral, justo antes del lanzamiento simbólico del ramo que había negociado para que no implicara violencia real entre primas.
La novia llevaba el pelo algo deshecho, los labios sin la precisión inicial y una felicidad cansada que le sentaba mejor que cualquier maquillaje.
—Te he buscado —dijo.
—Si es por el ramo, no lo lances cerca de las lámparas. El hotel cobra cristales como si fueran joyas.
Marcela sonrió.
—No es por el ramo.
—Mala señal.
La novia se acercó y, sin pedir permiso, la abrazó.
Me quedé rígida un segundo. Luego aceptó el abrazo con una torpeza que habría avergonzado a cualquier persona emocionalmente funcional.
Marcela olía a perfume, cava y flores que no eran peonías.
—Gracias —dijo.
—Para eso me pagas.
—No me estropees el momento.
—Es mi forma de regular la glucosa sentimental.
Marcela se apartó, con los ojos brillantes.
—Ha sido una boda preciosa.
Miré hacia el salón.
—Ha sido una boda viva. Preciosa a ratos. Desquiciada en otros. Bastante peligrosa para varios delitos menores.
—La recordaré bien.
—Entonces mi trabajo está hecho.
Marcela me miró con más seriedad.
—No todo lo que se rompe antes de empezar está perdido.
Cerré un poco los dedos alrededor del café.
—No uses tu boda como metáfora contra mí. Es muy pronto y llevo tacones.
—No lo digo por Adrián.
Mentira amable.
Marcela continuó:
—Lo digo por mí. Esta mañana pensé que si algo salía mal, era una señal de que todo estaba mal. Las flores, el artículo, mi madre, Biel, su padre. Pensé que una boda imperfecta significaba un matrimonio defectuoso.
—No.
—Ya lo sé. Ahora.
Tragué saliva.
—Eso sí es una buena conclusión para una novia.
—Y tú deberías aplicarte alguna versión. No con él si no quieres. Contigo.
Ahí estaba otra vez.
La gente, ese día, había decidido hablarle como si Fuera un centro de mesa mal colocado que necesitaba ajuste emocional.
—Marcela.
—Ya paro. Pero no te vayas sin comer tarta.
—Eso sí puedo prometerlo.
Marcela le apretó la mano y volví al salón.
Me quedé en el pasillo con el café frío.
Durante casi dos minutos, nadie le pidió nada.
Fue raro.
Sacó el móvil.
El correo de su padre seguía allí.
Lo abrí.
No lo leí entero al principio. Solo vi frases sueltas.
“Sé que no quieres saber de mí...”
“Adrián quizá pueda explicarte...”
“Estoy intentando arreglar lo que pasó...”
“Hay gente preguntando por tu empresa...”
“Si no quieres que ciertos documentos salgan...”
Dejé de respirar con normalidad.
No era arrepentimiento.
Era amenaza con chaqueta de padre.
El correo tenía fecha de dos meses antes. Antes de la boda. Antes de Núria. Antes de que Adrián apareciera en el Hotel Vera. Su padre había vuelto a moverse alrededor de su vida y Adrián lo había sabido tarde, mal, pero no lo había inventado.
El suelo no se abrió.
Qué poco espectacular era descubrir otra capa de mierda familiar.
Bloqueé el móvil y apoyé la espalda en la pared.
Entonces salieron las lágrimas.
No muchas. No dramáticas. Dos o tres. Suficientes para molestar.
Me las sequé con el dorso de la mano y me enfadé con el cuerpo por llegar tarde también.
—No deberías leer eso sola.
La voz de Adrián llegó desde el extremo del pasillo.
No me sobresalté. Quizá porque una parte de mí ya había notado su presencia. Mal asunto.
Él estaba a varios metros. No se acercó más.
—Te dije que no te acercaras.
—Estoy lejos.
—Eso no siempre te ha impedido hacer daño.
Adrián aceptó la frase sin moverse.
—No.
Miré el móvil.
—Lo sabías.
—Sabía que había escrito. No sabía todo lo que decía.
—Porque no lo leíste entero.
—No. Lo vi tarde, vi el inicio, vi que era tu padre y lo cerré. Pensé que abrirlo más era entrar donde no debía.
—Pero no decirme que existía también era entrar.
—Sí.
—Otra vez.
—Sí.
El pasillo quedó lleno de música lejana. Una canción mala, no la suya. Por suerte. O por misericordia accidental del DJ.
Guardé el móvil.
—Hoy no puedo decidir qué hago con eso.
—No tienes que hacerlo hoy.
—Qué frase tan sensata. Casi molesta.
—La he ensayado con Vera.
Eso sí le arrancó una risa mínima. Injusta. Rota.
Adrián no sonrió demasiado. Solo lo justo.
—Carla ha contado algo más —dijo.
—Marta me ha dicho que estabais con ella.
—El hombre que le pidió la acreditación no era tu padre. Le enseñaron una foto. No lo reconoció. Pero sí dijo que hablaba de ti con demasiada confianza. Como si supiera que te afectaría más lo económico que lo floral.
—Mi padre sabe eso.
—Sí.
—Núria también lo sabe ahora.
—Sí.
—Y tú.
La frase no fue acusación. No del todo.
Adrián bajó la vista.
—Sí.
Respiré, cansada.
—Estoy harta de que todo el mundo conozca mis puntos débiles.
—Puedo irme.
—Eso no los borra.
—No.
—Y quedarte tampoco.
Él levantó la mirada.
—Lo sé.
Bien. Otra vez esa respuesta que no arreglaba nada, pero al menos no lo empeoraba.
Me limpié debajo del ojo con cuidado.
—No quiero que me salves.
—No puedo.
—Bien.
—Ni aunque quisiera.
—Mejor.
—Pero puedo estar en una habitación sin tocar nada hasta que me digas qué necesitas.
La frase fue torpe. Casi administrativa. Muy de Adrián intentando aprender a no ocupar.
Miré hacia el salón. Marcela lanzaba el ramo en ese momento. No lo lanzó fuerte. Lo dejé caer hacia Laia, que lo atrapó con las dos manos y cara de no haber pedido ese pronóstico. La gente aplaudió. Jana grabó con el móvil de otra persona y decidí fingir que no lo veía.
La boda estaba terminando bien.
No perfecta.
Bien.
Suficiente.
—Necesito acabar esta boda —dijo.
—Vale.
—Necesito que Vera me mande todo lo de Carla por escrito.
—Lo hará.
—Necesito cambiar contraseñas, revisar accesos, hablar con un abogado y quizá denunciar a mi padre si esto viene de él.
—Sí.