Capítulo 21 · Claudia #2
Entré primero. Adrián se quedó en la puerta.
—Puedes entrar —dije.
—¿Estás segura?
—No. Pero estoy demasiado cansada para negociar con una butaca.
Él entró y cerró la puerta despacio.
Me apoyé en la mesa y dejé los zapatos en el suelo.
No me quedaba una sola parte del cuerpo que no protestara.
Los pies, la espalda, la nuca, la piel debajo del vestido.
Sobre todo la piel. La conversación horrible seguía pendiente, pero el deseo llevaba todo el día saliendo por grietas: en la mano en la cintura, en la canción, en la cama compartida, en la forma absurda en que Adrián había aprendido a esperar.
—No quiero que esta noche sea una disculpa —dijo.
Adrián entendió antes de que yo terminara.
—No.
—Ni una recompensa.
—No.
—Ni una forma de fingir que estamos bien porque la boda ha salido y estamos cansados.
Él tragó saliva. La miraba como si tuviera que sostener dos impulsos opuestos: acercarse y no hacerle daño.
—Entonces dime qué quieres que sea.
Dejé que la pregunta le entrara. No era elegante. No venía con música. Venía con una cama mal hecha, una muralla de almohadas vencida y un hotel entero respirando detrás de la puerta.
—Quiero que me beses porque quieres —dijo—. Y porque yo quiero. Sin prometerme nada que mañana tengas que desmentir.
—Quiero.
La palabra me salió baja. No bonita. Necesaria.
Di un paso. Adrián no se movió hasta que le puse una mano en el pecho. Debajo de la camiseta, el latido iba irregular. Mucho mejor que cualquier frase ordenada.
—Y mañana hablamos.
—Sí.
—Largo.
—Todo lo que haga falta.
—Sin salvarme.
—Sin salvarte.
Entonces Subí la cara.
Adrián me besó despacio al principio, con una prudencia que casi me hizo enfadar. Su boca rozó la mía como una pregunta abierta, con la respiración contenida. Le agarré la camiseta y tiré de él hasta que la mesa le golpeó la cadera.
—No tan prudente —murmuró.
Él soltó una risa baja contra su boca.
—Estoy intentando sobrevivir.
—Hazlo peor.
Entonces sí me tocó. Las manos en mi espalda, firmes, calientes, subiendo hasta los omóplatos como si recordaran el camino y aun así pidieran permiso en cada centímetro.
Me pegué a él con una decisión que me dolió en los pies y me despejó la cabeza.
No quería que aquello fuese bonito. Quería que fuera verdad, aunque solo sirviera para dejar de mentirme durante una noche.
Adrián me llevó hasta la cama sin empujarme. Me senté en el borde y lo atraje por la cintura. Él se arrodilló delante de mí, pero no para pedir nada. Me quitó la tirita medio despegada del talón con una delicadeza tan absurda que se me apretó la garganta.
—No hagas eso —dijo.
—¿El qué?
—Cuidarme por partes pequeñas.
—Es lo único que sé hacer ahora mismo.
Le pasé los dedos por el pelo y lo besé para no contestar con algo que doliera más.
Él se incorporó entre mis rodillas. La camiseta de Adrián acabó en el suelo, encima de una lista de proveedores. La mía tardó más. Me quedé un segundo con los brazos a medio levantar, expuesta de golpe a la luz baja de la habitación y a los años que habían pasado por mi cuerpo sin pedir permiso.
Adrián se detuvo.
No apartó la mirada de mi cara.
—¿Sí?
A mí me molestó querer esa pregunta.
—Sí. Pero no me mires como si fuera a romperme.
—No te miro así.
—Mentiroso.
—Te miro como si todavía no me creyera que pueda tocarte.
Esa respuesta no me sirvió para burlarme. Me bajó por dentro, incómoda y caliente.
—Entonces aprende rápido.
Adrián obedeció. Le bajé el vestido despacio, no como quien desenvuelve un regalo, sino como quien sabe que la ropa también guarda defensa.
Besó el hombro donde la tela había dejado marca, la curva del cuello, el hueco bajo la mandíbula.
Cerré los ojos solo un segundo. Los abrí enseguida. Quería verlo perder un poco el control.
Y lo perdió.
Lo noté en la respiración. En la forma en que mis dedos se cerraron en la sábana cuando le desabroché el pantalón. En el sonido bajo, roto, nada eficiente, que hizo cuando lo atraje otra vez hacia mí.
—Preservativo —dije, antes de que ninguno fingiera que el deseo anulaba la cabeza.
Adrián se apartó al instante.
—Tengo.
—Bien. Al menos una decisión sensata en esta habitación.
Buscó en la maleta con una prisa torpe. Habría podido reírme si no me temblara un poco la boca. Cuando volvió, ya no había frase útil. Solo mi mano en la nuca de Adrián, la espalda contra la sábana y el peso de él entrando despacio en el espacio que yo le permitía.
—Más lento —pidió.
Adrián obedeció.
No como quien se contiene para quedar bien. Como quien escucha. Como quien entiende que mi cuerpo no era una absolución ni una puerta abierta sin condiciones, sino un lugar al que solo podía entrar si yo seguía queriendo.
—Así —dije, muy bajo.
Él apoyó la frente en la suya.
—Mírame.
—No me des frases.
—No es una frase.
Le clavé los dedos en la espalda.
—Entonces sigue.
Siguió.
No hubo música. No hubo escena perfecta. Hubo sudor, una almohada cayendo al suelo, el golpe sordo de la cama contra la pared y una risa ahogada cuando Adrián maldijo en voz baja porque el hotel entero parecía decidido a escuchar a través de las tuberías.
No me dejé ir de golpe. No era así. Tuve que mirarlo. Tuve que comprobar que seguía allí, que no se escondía detrás de la culpa ni de la prudencia. Cuando el placer me alcanzó, lo hizo con una violencia breve y luminosa que me arrancó el nombre de Adrián de la boca.
Él se quedó quieto después, respirando contra su cuello, hasta que le hundí los dedos en el pelo.
—No pares ahora por educación.
Adrián soltó una risa rota.
—No estoy educado.
—Demuestra.
Lo hice.
Más tarde, mucho más tarde, la habitación quedó desordenada de verdad. No por logística. Por ellos.
Estaba de lado, con una sábana sobre la cadera y el ruido lejano del hotel debajo. Adrián no me abrazaba como si tuviera derecho. Tenía una mano apoyada cerca de la mía, a pocos centímetros, esperando. Lo miré un rato.
Luego entrelazó los dedos con los suyos.
—Esto sigue sin ser perdón —dijo.
—Lo sé.
—Ni volver.
—Lo sé.
—Ni una promesa.
Adrián giró la cabeza hacia mí.
—Entonces que sea una noche en la que no hemos mentido.
Miré la muralla de almohadas en el suelo.
—Mentimos fatal para dedicarnos a esto.
Él me besó los nudillos, sin hacerlo grande.
Cerré los ojos.
Esta vez no lo impidió.