Capítulo 18 · Claudia
No corrí.
Correr en una ceremonia era admitir catástrofe. Y si algo había aprendido en años de bodas era que el desastre podía ser real, pero no debía adquirir ritmo deportivo delante de los invitados.
Caminó deprisa, con la tablet contra el cuerpo, la sonrisa muerta pero todavía colocada en la cara. La música seguía. Marcela seguía avanzando. Biel seguía mirándola como si, por fin, algo de aquella jornada no tuviera que negociarse con nadie.
La carpeta marrón estaba sobre la bandeja lateral, junto a copas de agua que nadie había pedido. Dani me vio al mismo tiempo que ella y se movió desde el otro lado con una velocidad discreta.
—No la toques —dije por el pinganillo.
—¿Está ardiendo?
—Peor. Puede tener papel.
—Entendido.
Núria, en la zona exterior, no se movió más. Vera ya estaba a su lado. Seguridad también. Pero la periodista sonreía apenas, como si no necesitara tocar nada para demostrar que sabía dónde mirar.
Llegué a la bandeja y puse la tablet encima de la carpeta. Un gesto pequeño. Cubrir sin parecer que cubría. Dani se acercó con una jarra.
—¿Agua? —preguntó en voz alta, para cualquiera que pudiera escuchar.
—Sí —respondí—. Se ha quedado mal colocada.
Él puso la jarra delante. Con la otra mano, bajo la bandeja, arrastró la carpeta hacia él y la pegó contra su cuerpo.
—La llevo al office —murmuró.
—No. A Vera.
—Vera está con la hiena.
—A Marta. Y nadie la abre sin mí.
—Qué pena. Adoro los sobres traumáticos.
Dani se fue.
Volví a su posición justo cuando Marcela llegaba al arco. Nadie parecía haber visto nada. O sí, pero nadie había decidido todavía que aquello mereciera comentario. En una boda, los invitados perdonaban muchas rarezas si había música y alguien más vestido de blanco ocupando el centro.
El oficiante empezó.
No escuché las primeras frases. No podía.
Tenía la oreja partida entre la ceremonia y el pinganillo, la vista sobre Marcela y la cabeza en la carpeta marrón.
Mi cuerpo estaba allí, sosteniendo el orden, pero una parte de mí ya estaba en recepción, arrancando papeles de una bandeja y buscando huellas de quien quisiera hundirla justo antes del “sí, quiero”.
—Claudia —susurró Marta por el pinganillo.
—Dime.
—Tengo la carpeta.
—No abras.
—La estoy mirando con odio, pero no abro.
—¿Logo?
—El tuyo.
—¿Real?
Pausa.
—Parece impreso de un documento tuyo, pero pegado. Cutre si lo miras de cerca. Desde terraza, convincente.
Cerré los ojos medio segundo.
—Vale.
—¿Quieres que avise a Adrián?
No.
La respuesta salió antes de la razón.
—No.
Marta no contestó enseguida.
—Recibido.
El oficiante hablaba de compromiso, cuidado y elección. De todas las palabras disponibles, tuvo que elegir aquellas. Sentí una risa breve subiéndole por la garganta y la enterró donde enterraba casi todo: junto al presupuesto, la vergüenza y las ganas de sentarse.
Marcela y Biel se miraban.
Bien.
Eso era lo único que importaba ahora.
El blog, Núria, la carpeta, Adrián, las capturas, el dinero, Elena, Tomàs, mi padre, Madrid, la canción, el beso. Todo quedaba fuera durante los minutos exactos que durara la ceremonia. Hice de sí misma una pared.
Marcela dijo “sí, quiero” sin temblar.
Biel también.
El aplauso estalló como si todo hubiera sido fácil.
Dejé que el sonido la atravesara. El cuerpo se le aflojó una décima, nada más. Las bodas no terminaban en el sí. Las bodas empezaban a ser peligrosas cuando la gente bebía después.
Los novios se besaron.
La terraza se levantó.
Elena lloraba ahora sin control elegante. Tomàs aplaudía con una cara que no sabía si era orgullo o alivio empresarial. Ramon intentó sacar algo del bolsillo interior y dani apareció a su lado como una maldición de sala. Núria Campos seguía quieta, vigilada, con las manos visibles.
Adrián no estaba.
No debía notar su ausencia.
La noté.
Cuando los novios empezaron a salir, Inés se acercó con un ramo de repuesto en una mano y la tablet en la otra.
—Ceremonia salvada.
—No digas salvada antes del cóctel.
—Tienes razón. Ceremonia no asesinada.
—Mejor.
—Marta tiene la carpeta. Dice que parece un cebo.
—Lo es.
—¿Adrián?
Miré a los invitados levantándose.
—No.
Inés no insistió. Esa fue su forma más seria de preocuparse.
El cóctel arrancó con apariencia de normalidad.
Los camareros salieron con bandejas. Las copas brillaron.
Las primeras risas empezaron a cubrir el temblor de la mañana.
La música cambió a algo ligero. El fotógrafo pidió a Marcela que levantara el ramo; Marcela lo hizo y sonrió como si el ramo siempre hubiera sido ese.
Habría querido quedarse a mirar esa foto.
No pudo.
Bajó a recepción por la escalera de servicio con Inés detrás. Marta estaba en el despacho pequeño, de pie, con la carpeta sobre la mesa como si fuera un animal muerto.
—No la he abierto —dijo.
—Gracias.
—Pero he pensado frases.
—Luego las compartes.
Abrí la carpeta.
Dentro había tres hojas impresas.
La primera era una copia de un presupuesto antiguo de Eventos, manipulado con líneas subrayadas en amarillo: “pendiente de pago”, “ajuste por incidencia”, “proveedor externo”.
La segunda era una captura borrosa de la pantalla de pago rechazado, tomada desde lejos, probablemente en la terraza.
Se veía parte de mi mano, la pantalla verde anterior no, solo la roja. La tercera era una nota impresa:
“Si ella organiza bodas así, imagina cómo gestiona tu dinero.”
Inés soltó aire despacio.
Marta dijo:
—Vale. Ahora sí insulto con pruebas.
Miré la captura.
No se rompió.
No ahí.
Había un tipo de vergüenza que, cuando llegaba a cierto nivel, dejaba de arder y empezaba a ordenar cajones. Sentí eso. La cabeza fría de golpe. La emoción desplazada a una estantería alta.
—Esto no es de Núria —dijo.
—No necesariamente —respondió Inés.
—La foto está tomada desde la terraza, cuando intenté pagar.
—Estábamos tú, yo y Adrián.
—Y personal pasando. Y Elena lejos. Y Tomàs. Y cualquier invitado con zoom.
Marta se inclinó sobre la foto.
—El ángulo es bajo. Como desde la puerta de la terraza o desde el lateral del pasillo. No desde el bar.
—Alguien que no estaba sentado —dijo Inés.
Miré la hoja manipulada con su presupuesto.
—Esto sale de mis documentos.
—¿Quién tenía ese presupuesto? —preguntó Marta.
—Elena. Tomàs. Vera con copia operativa. Yo. Quizá el proveedor de mobiliario si se lo reenvié con anexos. Y...
Se calló.
Inés me miró.
—¿Y?
Apreté la mandíbula.
—Mi padre tenía acceso a mi correo antiguo.
Marta levantó la vista con cuidado.
—¿Sigue teniéndolo?
—No debería.
La frase era tan débil que casi dio vergüenza oírla.
Inés apoyó una mano en la mesa.
—Claudia.
—No ahora.
—Vale.
Marta cogió la segunda hoja por una esquina.
—Sea quien sea, quería que Núria la viera. Pero la dejó en terraza antes de tiempo o Dani la retiró antes de que llegara a sus manos.
—Núria sabía dónde mirar —dije.
—Entonces alguien le avisó.
—Sí.
La puerta del despacho se abrió.
Adrián estaba allí.
No supe quién lo había llamado. Quizá nadie. Quizá había visto pasar a Inés, o había seguido el movimiento desde recepción, o el hotel entero conspiraba ya para devolverlo a su vida.
—He dicho que no te avisaran —dije.
Marta levantó dos dedos.
—Yo no he sido.
Inés negó con la cabeza.
—Yo tampoco.
Adrián miró la carpeta.
—Lo he visto en la cámara del pasillo.
Me puse rígida.
—¿Has revisado cámaras?
—Con Vera. Las de acceso a terraza. No habitaciones. No zonas privadas.
—Claro. Qué considerado. Cámaras sí, pero con ética.
—Claudia...
—No.
Él no entró del todo.
—Solo te digo lo que sé y me voy si quieres.
—Entonces dilo rápido.
—La persona que dejó la carpeta llevaba uniforme del hotel.
Marta se quedó inmóvil.
Inés cerró los ojos.
Sentí que el suelo se me bajaba un centímetro.
—¿Quién?
—No se ve la cara. Gorra, bandeja, mascarilla. Pero por altura y movimiento no parece camarero habitual de Dani. Y la tarjeta que usó para entrar por servicio no era de plantilla fija. Era acreditación temporal de proveedor.
—Proveedor de qué.
Adrián miró a Marta.
—Mobiliario.
La palabra cayó con una lógica sucia.
Las sillas.
El proveedor que había llegado mal.
Las fundas.
El presupuesto antiguo.
El caos inicial.
Solté una risa corta, sin humor.
—Me han montado una boda con sillas feas y una campaña de desprestigio incluida. Pack completo.
Marta ya estaba tecleando.
—Busco nombre de acreditación.
Inés cogió el móvil.
—Dani puede revisar quién entró con mobiliario y quién sigue en el hotel.
Adrián permaneció en la puerta.
No entraba.
No tocaba nada.
No decidía.
Solo esperaba.
Noté el esfuerzo. Lo cual la enfadó todavía más porque ahora, encima, tenía que reconocerlo.
—¿Algo más? —pregunté.
—Sí.
—Por supuesto.
—Núria no tiene todavía esta carpeta. Pero sabe que existe. Si no la encuentra, puede presionar a quien se la prometió.
—Bien.
—Eso puede hacer que el filtrador se mueva.
—Bien.
—Puedo ayudar a atraparlo sin acercarme a ti.
Lo miré.
La frase era torpe. Extraña. Muy poco elegante.
Y precisamente por eso le creyó.
—No es una caza —dije—. Es una boda.
—Entonces lo hacemos sin que se note.
—No haces nada sin que Vera lo autorice y sin que Marta lo registre.
—De acuerdo.
—Y si tomas una decisión sobre mi empresa sin preguntarme, te saco de aquí aunque tenga que meter a Ramon con el puro en tu habitación.
—De acuerdo.
Marta, sin levantar la vista, murmuró:
—Eso sí me gustaría verlo.
Cerré la carpeta.
—Inés, vuelves al cóctel. Que nadie note que estamos abajo. Marta, dame nombre de proveedor. Adrián, con Vera. No conmigo.
Adrián asintió.
—No contigo.
La obediencia ya no sonó como rendición.
Sonó como cuidado.
Subí sola.
No porque no necesitara ayuda. Porque necesitaba recordar cómo se caminaba sin mirar si alguien iba detrás.
En la terraza, Marcela reía con Biel. De verdad.
Con los ojos arrugados, el ramo en una mano y una copa de agua en la otra.
Elena hablaba con un grupo de invitadas sin mirar el móvil.
Tomàs estaba sentado, apartado, con la cara de un hombre que quizá por una vez entendía que su hijo se había casado sin pedirle permiso para respirar.
La boda seguía.
Ocupé su sitio junto a la entrada.
Dani me pasó una bandeja cerca.
—¿Todo bien?
—No.
—¿Todo fingible?
Miré a Marcela.
—Sí.
Dani asintió.
—Entonces vamos ganando.
Observé el cóctel, las copas, los invitados, la luz sobre las flores que no eran peonías.
Y pensó que quizá su trabajo siempre había sido eso: no impedir que las cosas se rompieran, sino lograr que durante unas horas nadie viera todos los trozos.
El móvil vibró.
Adrián: “Proveedor identificado. No está en el hotel. Pero alguien de dentro le imprimió la acreditación.”
Otro mensaje.
“Vera dice que el acceso lo generó recepción auxiliar. Turno de anoche.”
Miré hacia recepción, aunque desde la terraza no pudiera verla.
Marta no había sido.
Eso lo supe antes de pensarlo.
Pero recepción tenía más manos. Más pantallas. Más gente que veía cosas que nadie creía importantes.
La boda estaba en marcha.
Y yo, por una vez desde que empezó el día, estaba sola de verdad.