Capítulo 17 · Claudia
El maquillaje de Marcela resistió peor que ella.
A las diez y cuarenta y tres, la novia estaba sentada frente al espejo de la habitación de cortesía con la espalda recta, el ramo en una silla, el velo ya corregido hacia atrás y una lágrima muy fina cruzándole la mejilla izquierda.
La maquilladora la persiguió con un bastoncillo como si aquello fuera una intervención quirúrgica.
—No llores más —pidió Laia.
—No estoy llorando.
—Tienes agua saliendo de un ojo.
—Eso no es llorar. Es fuga.
Dejé la carpeta sobre la cómoda y se acercó con la lista de tiempos en la mano.
—La fuga va bien. La controlamos. En quince minutos bajan las fotos familiares. En treinta, entrada a terraza. En cuarenta y cinco, ceremonia. Nada cambia.
Marcela me miró por el espejo.
—¿Núria estará ahí?
La pregunta no salió histérica. Salió adulta. Eso era peor, porque no podía calmarse con una galleta.
—No estará en tu ceremonia —dije—. Vera la tiene controlada en zona exterior, sin acceso a invitados, sin móvil visible y con seguridad respirándole al lado.
—Pero estará.
—Sí.
Marcela cerró los ojos un segundo.
—Odio que todo el mundo hable de mi boda menos yo.
Sentí la frase en un lugar incómodo.
—Entonces hablemos nosotras. ¿Quieres casarte?
—Sí.
—¿Con Biel?
Marcela soltó una risa húmeda.
—Sí, Claudia.
—Bien. Todo lo demás es ruido caro.
La maquilladora intentó intervenir con una brocha. Marcela levantó una mano.
—Espera.
Luego me miró con una atención que no tenía nada de novia frágil.
—¿Y tú?
—Yo no me caso hoy.
—No seas lista.
—Imposible. Me han contratado por eso.
Marcela giró un poco en la silla. La bata blanca del hotel le resbaló del hombro y Laia se la recolocó con un gesto automático.
—He visto cómo has mirado a Adrián abajo.
Cogí una horquilla de la mesa, solo para tener algo en la mano.
—Hoy todo el mundo me mira mirar a Adrián. Es agotador.
—Te ha hecho daño.
—Muchas personas me han hecho daño. Adrián solo tiene mejor timing escénico.
—No me refiero antes. Me refiero ahora.
La habitación se quedó pequeña. Jana, sentada en un taburete con el móvil todavía confiscado, fingió interesarse por una caja de pendientes. Laia miró el ramo. La maquilladora tuvo la inteligencia profesional de hacerse invisible.
Dejé la horquilla.
—Ahora tengo trabajo.
Marcela no cedió.
—A veces lo dices como si trabajar fuera una puerta cerrada.
—A veces lo es.
—Yo lo he hecho con mi madre. Con Biel. Con todo esto. Decir “tengo que ocuparme” para no decir “me está doliendo”. No funciona tanto como una cree.
Respiré despacio.
—Te recuerdo que estás a cuarenta minutos de casarte y que probablemente no quieras adoptar mi trauma como complemento.
Marcela sonrió. Muy poco.
—Ya tengo algo azul.
—Eso ha sido horrible.
—Estoy nerviosa. Se me perdona.
Laia se llevó una mano al pecho.
—Ha sido bonito.
—Tú calla, que perdiste autoridad con lo de Jana y la canción —dije.
Jana levantó una mano sin levantar la vista.
—Acepto mi condena.
Marcela volvió a mirarse en el espejo.
—No dejes que nadie decida tu boda por ti.
Tardé un segundo en entender que ya no hablaba de bodas.
No contestó.
No podía.
El móvil vibró.
Marta: “Núria en terraza exterior con Vera. Sin móvil visible. Seguridad cerca. Adrián en despacho pequeño. No se ha movido.”
Miré la pantalla más tiempo del necesario.
No se ha movido.
Qué forma más absurda de doler.
—¿Todo bien? —preguntó Laia.
—Sí.
Mentira operativa.
Volvió al pasillo con la lista en la mano y una sensación peligrosa en el pecho. No era tristeza limpia. Era cansancio, rabia, deseo mal puesto y la sospecha de que quizá tener razón no te dejaba menos sola.
El Hotel Vera estaba ya en modo boda. Otro animal.
El personal se movía más rápido y hablaba más bajo.
Los invitados empezaban a bajar con vestidos de seda, trajes claros, perfumes caros y esa expectativa irritante de que todo apareciera hecho sin que nadie se despeinara.
En la terraza, el arco vegetal parecía incluso intencionado.
El ramo descansaba en la habitación como si nunca hubiera existido un proveedor fallido.
Las sillas color cava, con luz y distancia, habían dejado de parecer derrota y se acercaban peligrosamente a “paleta cálida”.
Inés esperaba junto a la entrada del salón principal con una tablet.
—La terraza está lista. Dani ha escondido el puro. Ramon sospecha, pero no tiene pruebas.
—Bien.
—Biel está vestido. Ha hablado con Marcela diez minutos. No han llorado. O sí, pero con dignidad.
—Me sirve.
—Tomàs está callado.
—Milagro.
—Adrián está en el despacho pequeño.
Levanté la vista.
Inés no fingió inocencia.
—Lo digo porque me has preguntado con la cara.
—Mi cara está dimitida.
—Tu cara lleva desde las siete trabajando sin convenio.
Miré hacia el pasillo que llevaba a recepción. No veía el despacho desde allí. Bien. Mal.
—No voy a hablar con él.
—No te he dicho que hables.
—Me lo estás colocando delante como una bandeja.
—Solo informo de que, por una vez en todo el día, el hombre ha obedecido una orden y se ha quedado quieto. Es un dato histórico.
—Inés.
—Vale.
La responsable de eventos bajó la voz.
—Claudia, ha metido la pata. Mucho. Pero Núria no ha publicado la captura.
—¿Eso debería agradecerlo?
—No. Debería servirte para respirar mientras decides si lo despellejas luego.
—Qué generosa.
—Soy práctica. Si lo matas antes de la ceremonia, nos falta una persona que sabe contener periodistas. Después del cóctel tengo más margen.
Solté una risa breve. No feliz. Pero risa.
—Recuérdame subirte el sueldo cuando tenga dinero.
—Lo apunto en la sección fantasía.
Dani apareció con el pinganillo colgando.
—Noticia: Ramon ha intentado sustituir el puro por un bolígrafo. Dice que le da seguridad tener algo cilíndrico.
—Déjale el bolígrafo —dije—. Es menos inflamable y quizá firma su rendición.
—Otra cosa. Vera pregunta si quieres revisar a Núria.
—No.
Inés arqueó una ceja.
Repetí:
—No. Si la miro, le doy importancia. Que la vigile Vera. Yo tengo una boda.
Aquello sonó firme.
Casi lo era.
Pero al pasar junto al despacho pequeño, de camino a recepción, vio a Adrián.
La puerta estaba entreabierta. Él estaba sentado dentro, solo, con el portátil cerrado y el móvil boca abajo sobre la mesa. No trabajaba. No llamaba. No escribía. Se había quedado quieto de verdad.
Debería haber seguido.
Siguió.
Solo tres pasos.
Luego se detuvo.
Maldita fuera.
Volvió atrás y empujó la puerta con dos dedos.
Adrián levantó la vista.
—No vengo a hablar.
Él asintió.
—Vale.
—Vengo a decirte que, durante la ceremonia, no te acerques a mí.
—De acuerdo.
—Ni si Núria mira. Ni si Elena interpreta. Ni si Marta decide hacer de narradora.
—De acuerdo.
—Si pasa algo de comunicación, se lo dices a Vera. Vera me lo dice a mí si hace falta.
—Sí.
Me quedé en el umbral. Odiaba que obedeciera. Odiaba haber tenido que pedirlo. Odiaba la sensación de que aquella conversación habría sido más fácil si él hubiera discutido un poco.
—No quería quitarte el control —dijo él.
—Pero lo hiciste.
—Sí.
—Y lo peor es que funcionó.
Adrián no respondió.
—Eso es lo que más me enfada —admitió ella—. Que quizá tenías razón. Que quizá era la forma más rápida de parar la captura. Que quizá sin ti, ahora mismo mi cuenta bancaria estaría en un blog. Y aun así me siento igual que entonces. Como si mi vida fuera algo que los demás gestionan mejor que yo.
Adrián miró sus manos.
—No eres algo que gestionar.
—Pues deja de demostrarlo tan mal.
Él levantó la vista.
—Lo intentaré.
Casi se rio. Casi.
—Otra respuesta mediocre.
—Pero realista.
La frase era de ella. Se la devolvió sin adorno. No como chiste. Como recuerdo.
Dolió menos de lo esperado.
—Bien —dije—. Pues sé realista y quédate aquí.
—Lo haré.
—Y no me mires así cuando pase.
—¿Cómo?
—Como si supieras que te estoy evitando.
Adrián tardó en contestar.
—Lo sé.
—Eso. No lo sepas con la cara.
Cerró la puerta antes de que pudiera sonreír.
La ceremonia empezó con seis minutos de retraso que nadie notó porque había aprendido a llamar “ajuste de entrada” a cualquier derrota inferior a diez minutos.
La terraza estaba llena.
Marcela apareció al final del pasillo con el ramo en las manos y el velo hacia atrás. Sin cara cubierta. Sin misterio impuesto. Parecía nerviosa, preciosa y un poco enfadada. Bien. Las novias enfadadas caminaban mejor que las novias quebradas.
Elena, al verla, se llevó una mano al pecho.
No dijo nada.
Por una vez.
Me coloqué junto a la entrada de servicio, tablet en mano, pinganillo puesto, sonrisa de profesional que había dormido en otra década.
Vio a Biel al fondo, los ojos húmedos, la espalda recta.
Vio a Tomàs sentado, serio, sin documento visible.
Vio a Ramon con las manos vacías y expresión de viudo de puro.
Vio a Núria en la zona exterior, vigilada por Vera y seguridad, con las manos a la vista y la sonrisa guardada.
Y vio a Adrián detrás del cristal del despacho, al fondo del pasillo interior.
No en la ceremonia.
No a su lado.
Quieto.
Donde yo se lo había pedido.
Eso no tendría que haberla conmovido.
La música empezó.
Marcela avanzó.
La boda, contra todo pronóstico, estaba sucediendo.
Revisé una última vez la lista, indicó a Dani la entrada de Laia, corrigió con un gesto a un camarero que se había colocado más cerca de lo prudente del fotógrafo y apreté el pinganillo para decir:
—Vamos.
La palabra salió clara.
Durante unos minutos, todo funcionó.
Los invitados se giraron hacia la novia. Biel sonrió de una forma rota y bonita. Marcela no tropezó. Elena lloró sin sacar pañuelo de escena. Tomàs bajó la cabeza. La terraza olió a eucalipto, a perfume y a Barcelona caliente detrás de las fachadas.
Pudo casi creer que habían ganado.
Entonces Núria Campos se levantó.
No sacó el móvil.
No habló.
Solo se levantó.
Vera se movió un segundo después. Seguridad también.
Pero Vi hacia dónde miraba la periodista.
No a Marcela.
No a Biel.
A la puerta lateral del hotel, donde alguien del personal acababa de dejar una bandeja cubierta con una carpeta encima.
Una carpeta marrón.
Con mi logo Eventos.
Sentí que el cuerpo se me enfriaba de golpe.
La filtración no había terminado.
Solo había cambiado de manos.