La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 12 · Claudia
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Capítulo 12 · Claudia

A las dos y cinco, decidí que Núria Campos tenía una cara muy empujable.

Personalmente, le habría parecido muy higiénico meterla en un carrito de lavandería y bajarla por la escalera de servicio.

—No voy a preguntarte por qué estás despierta —dije.

Núria sonrió con tranquilidad.

—Insomnio.

—Qué casualidad. Justo en la planta de la boda.

—El hotel está completo. No elegí habitación.

Marta, desde recepción, hizo un ruido mínimo que significaba mentira, pero no mi mentira.

Adrián dio un paso lateral, no para tapar a mí, sino para cambiar el ángulo desde el que Núria podía grabar con el móvil.

La periodista lo noté. Claro que lo noté.

—Adrián Vidal —dijo—. No esperaba verte en este tipo de eventos.

—Entonces no has investigado bien.

—He investigado bastante.

—Se nota por el apellido de la reserva.

La sonrisa de Núria perdió medio grado de temperatura.

Crucé los brazos.

—Si necesitas algo, recepción te atiende. Si necesitas una historia, prueba con el restaurante de cucarachas.

—No escribo sobre cucarachas.

—Hoy sí.

Marta bajó la mirada a la pantalla, pero a mí me pareció ver algo parecido a orgullo en mi cara.

Núria miró hacia el ascensor, después hacia las escaleras por donde Biel acababa de desaparecer.

—Parecía nervioso el novio.

—Es víspera de boda —dijo Adrián—. La gente normal se pone nerviosa antes de casarse.

—¿Y la gente no normal?

—Busca habitaciones con apellido falso.

Habría querido no disfrutarlo. Lo disfrutó.

Núria sostuvo la mirada de Adrián unos segundos. Luego volvió a mirarme.

—Solo espero que mañana vaya todo bien.

—Qué amable.

—Sería una pena que una boda tan cuidada terminara siendo noticia por detalles evitables.

Avancé un paso.

Adrián no me tocó. Aprendía, maldito fuera. Pero su cuerpo se movió apenas con el mío, como si dijera estoy aquí sin tener que usar la mano.

—Mañana no va a pasar nada que tú puedas usar —dije.

—Eso no depende siempre de quien organiza.

—No. Pero depende bastante de quien se atreve a colarse.

Núria inclinó la cabeza.

—Buenas noches.

Se fue hacia la 319 con la copa vacía aún en la mano, como si llevar un objeto absurdo la convirtiera en huésped y no en problema.

Cuando la puerta se cerró, solté el aire.

—La odio con método.

—Es buena —dijo Adrián.

—No elogies al enemigo. Da mala suerte.

—Es buena, pero ha venido con algo incompleto.

Marta salió de detrás del mostrador con una llave de almacén.

—Lo cual significa que alguien le prometió más de lo que tiene.

—O que espera provocarlo —dijo Adrián.

—Entonces no vamos a provocarlo —sentenció Claudia.

Marta me miró.

—Dicho por ti a las dos de la madrugada tiene valor cómico.

—Hoy todos estáis muy valientes.

—Es el sueño. Nos vuelve sinceros.

Subieron otra vez. No por el ascensor. Me negué con una mirada y Adrián ni siquiera lo propuso. En la escalera, la luz blanca les hacía parecer enfermos. O quizá lo estaban un poco. Enfermos de cansancio, de café malo, de un pasado que no terminaba de quedarse donde lo habían enterrado.

En la tercera planta, pasaron frente a la 319 sin hablar. La puerta estaba cerrada. Una línea de luz por debajo. No supe si eso la tranquilizaba o la irritaba más.

La 317 nos recibió con la cama intacta, el portátil abierto y la manta todavía sobre la butaca.

—Voy a ducharme —dije.

La frase fue práctica. El silencio que produjo, no.

Adrián miró hacia la ventana.

—Claro.

—No digas claro como si hubiera que firmar consentimiento notarial.

—Estoy intentando no decir nada mal.

—Entonces no digas nada.

—Vale.

Cogí la bolsa de farmacia, la camiseta vieja que había dejado encima de una caja y unos pantalones de algodón que usaba para dormir en montajes. Cuando entró en el baño, cerró la puerta con pestillo. No por miedo. Por estructura narrativa y salud mental.

La ducha salió demasiado caliente al principio y luego tibia, porque el Hotel Vera también tenía sentido del humor en las tuberías.

Apoyé las manos en los azulejos y dejé que el agua me mojara el pelo alrededor de la cara.

Tenía los pies destrozados. La tirita del talón se despegó del todo y quedó triste junto al desagüe.

El sujetador, por fin fuera, me dejó dos marcas rojas bajo el pecho.

Me dolía la espalda. La mandíbula también.

No lloró.

Otra vez.

Empezaba a parecer cabezonería más que fortaleza.

Cuando salió, con la camiseta vieja y el pantalón de algodón, Adrián estaba sentado en el suelo junto a la pared, con la espalda apoyada y el portátil sobre las rodillas.

No en la cama. No en la silla. En el suelo.

Como si hubiera decidido rebajarse voluntariamente a elemento no romántico del mobiliario.

Levantó la vista y la bajó casi al instante.

Aquello la desarmó más que una mirada.

—Puedes usar el baño —dije.

—Gracias.

—No me des las gracias por una ducha en una habitación que no querías ocupar.

—Gracias por no echarme.

Dejé la toalla húmeda sobre una silla.

—No provoques.

Él cerró el portátil y se puso en pie. Al pasar junto a mí, dejó una distancia suficiente. Demasiada. La clase de distancia que se nota porque una parte idiota del cuerpo se pregunta por qué no hay roce.

El baño se cerró.

Me quedé sola con la cama.

No era metáfora. Era peor: un mueble grande, blanco, caro, perfectamente preparado por alguien que no sabía que había montado una trampa con funda nórdica.

Cogí la almohada extra y la puse en el centro. Luego otra. Luego un cojín. La muralla quedó ridícula, blanda y muy poco fiable. Como casi todo lo que protegía algo de verdad.

El móvil vibró.

Inés: “Ramo en montaje. Tiene buena pinta. No se lo digas a nadie, que se confían.”

Dani: “Ramon pregunta si su discurso puede incluir una anécdota de despedida de soltero. He dicho que si lo hace, el puro se lo fuma por vía interna.”

Vera: “Núria Campos: no accederá a zonas privadas. Marta tiene instrucciones. Dormid algo. O fingidlo de forma convincente.”

Dejé el móvil sobre la mesilla.

Dormid algo.

Qué concepto tan exótico.

Adrián salió del baño con el pelo húmedo y la camisa cambiada por una camiseta negra. Llevaba el pantalón del traje todavía, lo cual era una mezcla absurda de hombre de crisis y hombre que no había previsto dormir donde dormía. Tenía una toalla en la mano.

Miré la muralla de almohadas como si fuera una solución institucional.

—Lado izquierdo mío —dijo.

—De acuerdo.

—Tú derecho.

—De acuerdo.

—No cruzas frontera.

—No.

—Si cruzas, te mando al suelo con todas las almohadas.

—Lo tendré en cuenta.

Él se sentó en el borde derecho de la cama, encima de la colcha, como había prometido. Ni un zapato. Ni un gesto raro. Me tumbé de lado, de espaldas a él, con una distancia casi ofensiva.

Apagué la luz principal y dejé solo la lámpara de la mesilla.

La habitación cambió al instante. La luz baja volvió más suaves las paredes, más grande la cama, más visible la distancia entre los dos.

Me tumbé en su lado, también encima de la colcha, mirando al techo. La camiseta vieja olía a detergente de casa, no de hotel. Aquello la descolocó más que las sábanas. El hogar era un olor peligroso cuando compartías habitación con alguien que había tenido llaves.

Durante unos minutos, no pasó nada. Solo el roce de la ropa al moverse, el zumbido del aire acondicionado y la respiración medida de Adrián al otro lado de una frontera de almohadas que Ya no respetaba ni en pensamiento.

Y eso fue insoportable.

—¿Estás despierta? —preguntó Adrián.

—No. Contesto dormida para optimizar tiempo.

—Quería decirte algo.

—Empieza mal.

—Lo sé.

—Sigue peor.

Él no se movió.

—Lo de Biel. Cuando le dije que no firmara esta noche, no era solo por él.

—Ya lo he supuesto.

—No te lo dije entonces, pero tu padre me pidió dinero.

Me quedé quieta.

El hotel, fuera, sonó de pronto demasiado lejos.

—¿Qué?

Adrián siguió de espaldas.

—Antes de irme a Madrid. Me pidió dinero. No mucho al principio. Luego más. Dijo que era para cerrar un asunto tuyo, que no querías preocuparte, que estabas al límite. Yo no le creí del todo, pero tampoco supe qué parte era mentira.

Incorporé medio cuerpo.

—¿Y no me lo dijiste?

—No.

—¿Por qué?

Él giró al fin. La luz de la mesilla le dejaba media cara en sombra.

—Porque fui cobarde.

La respuesta era demasiado simple. Demasiado poco defendible. Habría preferido una excusa más larga para poder romperla en pedazos.

—Dime algo peor —pidió.

Adrián tragó saliva.

—Porque una parte de mí pensó que si me quedaba, acabaría metido en un problema que no sabía sostener. Tu padre, la empresa, tus deudas, mi trabajo. Y en vez de decirte eso, en vez de quedarme a hablarlo como un adulto, acepté Madrid y lo llamé oportunidad.

Me senté del todo. La almohada-muralla se hundió entre los dos como una frontera patética.

—Te fuiste porque mi vida te dio miedo.

—Sí.

La palabra entró limpia.

Dolió más por eso.

Me levanté de la cama.

—Maravilloso. Siete años esperando una explicación y resulta que la respuesta era una mierda, pero al menos venía bien etiquetada.

—No espero que me perdones.

—Qué generoso.

—No lo digo para quedar bien.

—No, claro. Tú ahora vienes en versión honesta, eficiente, madura, con frases cortas y pagos desbloqueados. Qué cómodo haber llegado tarde pero con herramientas.

Adrián se levantó también, al otro lado de la cama.

—No hay versión que arregle aquello.

—Entonces no la estrenes en mi habitación.

—No quería...

—¿Qué no querías? ¿Complicarme? ¿Tocarme? ¿Ayudarme? ¿Hacer que una periodista crea que somos pareja? ¿Dormir aquí? Llevas todo el día no queriendo cosas que pasan igual.

Él rodeó la cama despacio. No llegó hasta mí. Me detuve a dos pasos.

—Tienes razón.

—Deja de decir eso.

—No sé qué quieres que diga.

—Nada. Quiero que mañana haya boda. Quiero que Marcela no se entere de la mitad. Quiero que Elena no me use como servilleta. Quiero que Núria Campos se atragante con su sacacorchos falso. Quiero dormir seis horas de hace tres años. Quiero no recordar esa canción. Quiero...

Se calló.

Porque lo siguiente tenía forma de él.

Adrián me vio.

El muy imbécil lo vio.

No se acercó más. Solo dejó caer la mirada a su boca un segundo. Uno. Suficiente para cambiar la temperatura de la habitación sin tocar el termostato.

—Claudia —dijo.

—No uses mi nombre.

—Vale.

Pero ya lo había usado.

Y yo estaba muy cansada. Demasiado cansada para sostener todas las puertas a la vez.

Dio un paso.

Él no.

Otro.

La muralla de almohadas quedó detrás, inútil como todo protocolo creado por personas que subestiman el cuerpo.

—Esto no arregla nada —dije.

—Lo sé.

—No significa que vuelva a confiar en ti.

—Lo sé.

—No puedes tocarme y pensar que se borra Madrid.

—No lo pienso.

—Bien.

Entonces lo besé.

No fue bonito. No al principio. Fue torpe, rabioso y más rápido de lo recomendable.

Mi boca encontró la de Adrián con la intención exacta de cerrar una discusión a golpes de hambre.

Él tardó medio segundo en responder, quizá porque todavía le quedaba una parte decente intentando preguntarse si debía. Después dejó de ser decente.

Me besó con una mano en mi nuca y la otra suspendida en el aire durante un segundo absurdo antes de caer en mi cintura. No apretó. No me sujetó como quien reclama. Me tocó como si no supiera cuánto permiso tenía, y eso, precisamente eso, me rompió una defensa por dentro.

Agarré su camiseta.

La tela era fina. Caliente. Real.

Adrián dio un paso atrás hasta la pared. O yo lo empujé. Daba igual. Mi espalda tocó la pintura, la lámpara de la mesilla iluminó mal, una almohada cayó al suelo y mi respiración hizo algo nada digno contra mi boca.

Él se apartó apenas.

—Para si quieres parar.

—No me des instrucciones hasta para besar.

—No era una instrucción.

—Pues calla.

Lo besé otra vez.

Esta vez fue peor. Más lento. Más reconocible.

El cuerpo sí tenía memoria, y la tenía sin ética.

Recordaba la forma de mi mandíbula bajo los dedos, el sonido breve que él hacía cuando le mordía el labio, la manera en que se contenía justo antes de perder una parte del control.

Lo recordaba todo con una precisión traidora.

Adrián me levantó apenas, no del suelo, no del todo, solo lo justo para cambiarles el equilibrio. Me pegué más. La cama estuvo cerca. Demasiado cerca.

Mi móvil vibró sobre la mesilla.

Una vez.

Dos.

Tres.

Los dos se quedaron quietos.

Frente contra frente. Respirando mal.

—No —murmuré.

El móvil insistió.

Marcela.

Cerré los ojos.

—Voy a matar a alguien con velo.

Adrián soltó una risa rota contra su mejilla. Aquello casi fue peor que el beso.

Cogí el móvil sin separarme del todo porque mi cuerpo, al parecer, había dimitido de la gestión.

—Marcela.

La voz de la novia llegó pequeña, despierta y aterrada.

—Claudia, perdón. Mi padre acaba de decirle a Biel que si no firma mañana, no paga el viaje ni una parte de la boda. Biel se ha ido de la habitación. No sé dónde está.

La realidad entró sin llamar.

Me aparté de Adrián.

La boca le ardía. La rabia también. Todo, en general, ardía en lugares mal coordinados.

—No te muevas —dijo a Marcela—. Voy.

Colgó.

Adrián ya estaba cogiendo la chaqueta.

Lo miré.

—Esto no ha pasado.

Él se quedó con la chaqueta en la mano, la boca aún marcada, los ojos oscuros y una honestidad que llegaba siempre tarde.

—Sí ha pasado.

—Adrián.

—Pero ahora hay que encontrar al novio.

Eso me salvó. Que no intentara hablar del beso. Que no pidiera nada. Que volviera al trabajo porque el trabajo, al menos, sabía dónde poner las manos.

Abrí la puerta.

En el pasillo, la luz de la 319 se apagó justo cuando salían.

Núria Campos no estaba durmiendo.

Y no sabía qué había visto.