Capítulo 13 · Claudia
Encontraron a Biel en la terraza, sentado en el suelo detrás de uno de los maceteros grandes, con la chaqueta sobre las rodillas y una botella de agua sin abrir entre las manos.
No lloraba. Eso habría sido más sencillo.
Un novio llorando podía recibir pañuelos, frases horribles y una palmada torpe.
Biel solo estaba quieto, con la cara vuelta hacia la ciudad, como si hubiera descubierto que Barcelona seguía encendida aunque su vida familiar estuviera intentando convertir su boda en una junta extraordinaria.
Llegué sin aliento y con la boca todavía demasiado consciente de Adrián.
Eso era injusto. Las crisis deberían borrar los besos. No hacerlo convivir todo en el mismo cuerpo como una mudanza mal hecha.
—Biel —dije.
Él no se giró enseguida.
—No me voy a tirar.
—Bien. Lo agradezco. El seguro de responsabilidad civil no cubre dramatismos de terraza.
Adrián se quedó dos pasos atrás. Otra vez. Aprendiendo los bordes. Lo odié un poco por hacerlo bien.
Biel miró la botella.
—No sé si quiero entrar mañana.
Me senté en el suelo sin pensarlo demasiado. La madera de la terraza estaba fría y seguramente iba a dejarle una marca ridícula en el pantalón, pero los novios escuchaban mejor cuando una se bajaba al barro. O a la madera cara.
—¿No quieres casarte con Marcela o no quieres casarte con tu padre sentado en primera fila?
Biel soltó una risa pequeña, fea.
—Eso ha sido muy específico.
—Trabajo con bodas. La mitad de las dudas no son sobre la pareja. Son sobre los testigos.
Adrián se acercó lo justo para dejarles espacio y, al mismo tiempo, impedir que alguien saliera a la terraza sin que él pudiera verlo. Vigilancia discreta. Hombre útil. Hombre peligroso por razones no previstas.
Biel abrió la botella, bebió un trago y la dejó entre sus pies.
—Marcela no se merece despertarse mañana con esto.
—Entonces no la castigues desapareciendo.
—No he desaparecido.
—Estás escondido detrás de una planta decorativa a las dos y media de la mañana.
—Vale.
—Eso, en protocolo nupcial, cuenta.
Biel se pasó una mano por el pelo.
—Mi padre me ha dicho que todo lo que está pagando le da derecho a esperar que yo actúe como un adulto.
—Traducción: actúa como el adulto que él quiere cobrar después.
Adrián miró hacia la puerta de la terraza. No dijo nada. Le noté la frase contenida en el cuello.
—No quiero firmar —dijo Biel—. Pero si no firmo, mañana va a convertirlo todo en una demostración. Lo conozco. No va a gritar. Peor. Va a hacer comentarios. Va a decir delante de quien toque que hay decisiones que requieren madurez. Marcela lo va a notar.
—Marcela nota hasta cuando alguien cambia una vela de sitio —dije—. Sí, lo va a notar.
Biel cerró los ojos.
—Genial.
—Pero también te conoce. Y si mañana entras con esa cara, va a pensar que no quieres casarte con ella.
—Eso no es verdad.
—Entonces vuelve a su habitación y díselo antes de que su cabeza monte una película con peor guion que esta boda.
Biel miró a Adrián por una vez.
—¿Y mi padre?
Adrián se acercó entonces. No mucho. La distancia de los hombres que saben hablar con otro hombre sin convertirlo en una partida de pulso.
—Tu padre quiere que firmes antes de tener asesoramiento. Eso ya te dice bastante sobre el documento.
—No puedo montar una guerra mañana.
—No tienes que montar una guerra. Tienes que no firmar.
—Eso para él es lo mismo.
—Entonces el problema no es mañana. Es que lleva tiempo tratándote como alguien que solo puede obedecer o decepcionarle.
Biel bajó la mirada.
La frase no era brillante. Era precisa. La sentí moverse en un sitio que no era suyo.
Quizá porque la palabra obedecer no pertenecía solo a los hijos con padres ricos.
También pertenecía a autónomas que aceptaban retrasos, novias que tragaban cambios por no molestar y mujeres que fingían que una cama compartida era solo logística.
—No firmes —dije—. Y mañana, si tu padre intenta usar la boda para presionarte, me lo mandas.
Biel me miró.
—¿Qué vas a hacer?
—Sentarlo con Ramon y los Aries.
Por primera vez, el novio sonrió de verdad.
—Eso suena ilegal.
—No, solo socialmente cruel.
Adrián extendió la mano. No para tocarme. Para ayudar a Biel a levantarse. El novio la aceptó.
Cuando volvieron al interior, Marcela estaba en la puerta de la habitación de cortesía con una bata sobre el pijama y los ojos enormes. Al ver a Biel, caminó hacia él sin mirar a nadie más.
—¿Quieres no casarte? —preguntó.
Biel negó con la cabeza al instante.
—Quiero casarme contigo sin que mi padre me meta un contrato en la boca.
Marcela se llevó una mano a la cara.
—Qué asco de frase. Ven aquí.
Se abrazaron en medio del pasillo, mal, cansados, con ropa de dormir y toda la elegancia reventada.
Aparté la vista. No por pudor. Por protección.
Las bodas de verdad eran eso, no la flor ni la foto ni la minuta: dos personas intentando encontrarse por debajo de todo lo que otros habían colocado encima.
Adrián estaba a su lado. También miraba a otro sitio.
—Eso sí es una boda —dijo él en voz baja.
—No lo pongas bonito.
—No lo estoy haciendo.
—Sí.
—Vale. Lo intento menos.
No contesté. No se fiaba de su voz.
A las tres y diez, Marcela y Biel volvían a sus habitaciones con un acuerdo simple: nada de firmas antes del lunes, nada de hablar con padres hasta después de desayunar y nada de desaparecer detrás de plantas sin avisar. Lo anoté mentalmente como norma nueva para futuras bodas.
A las tres y veintidós, Inés confirmó que el ramo estaba montado.
A las tres y treinta, Dani informó de que Ramon había sido localizado en el bar de un hotel vecino y que, de momento, no llevaba puro.
A las tres y cuarenta, Marta escribió: “Núria Campos ha pedido desayuno en habitación a las siete. Persona enferma o periodista. Probablemente periodista.”
A las tres y cincuenta, Adrián y yo regresamos a la 317.
Ninguno habló del beso.
Eso no lo deshacía. Solo lo dejaba en medio, como la almohada caída en el suelo cuando abrieron la puerta.
La recogí y la lanzó de nuevo al centro de la cama.
—Muralla restaurada.
—Ha sufrido bajas.
—La guerra es así.
Adrián no sonrió del todo. Me quité los zapatos, dejó la chaqueta sobre la silla y se tumbó encima de la colcha, en su lado, con una obediencia que rozaba lo absurdo.
Apagué la luz.
La habitación quedó en penumbra.
Durante mucho rato, ninguno durmió.
Lo supe por su respiración. Él seguro que lo supe por la suya. Había intimidades muy irritantes que no necesitaban tocarse.
—No voy a pedirte nada por lo de antes —dijo Adrián al fin.
Miré al techo.
—Bien.
—Pero tampoco voy a fingir que no pasó solo porque te resulte más cómodo.
—No uses cómodo para referirte a mí a las cuatro de la mañana.
—Perdón.
—Y no pidas perdón por cada frase. Parece que vas soltando recibos.
Él respiró. Una risa mínima, sin alegría completa.
—Vale.
Silencio.
—No quiero volver a ser la mujer que espera algo de ti —dije.
La frase salió más baja de lo previsto. Menos afilada. Peor.
Adrián tardó en responder.
—No quiero que vuelvas a serlo.
—Qué respuesta más rara.
—Es la única decente que tengo.
Giré la cara hacia la muralla de almohadas. No lo veía bien, solo la sombra de su perfil al otro lado.
—¿Y qué quieres?
Él también giró la cabeza.
—No contestar eso con una boda encima.
—Por una vez, sensato.
—Me está costando.
Cerré los ojos.
Podría haber dicho algo. Algo defensivo. Algo que restableciera el orden. No lo hice. El cuerpo, cuando está agotado, se queda sin personal para vigilar todas las puertas.
Me dormí tarde.
Y mal.
Me desperté a las seis y dieciocho con el móvil vibrando en la almohada y una pierna fuera de la colcha.
La muralla seguía en su sitio, más o menos.
Adrián estaba dormido de lado, de espaldas a mí, con un brazo doblado bajo la cabeza.
No había cruzado frontera. No había aprovechado nada. Ni siquiera roncaba.
Qué rabia.
El mensaje era de Inés.
“Ramo listo. Marcela llorará, pero bien. Baja.”
Otro de Vera.
“Día de boda. Cero margen para idiotas.”
Otro de Marta.
“Núria ha bajado a recepción. Lleva vestido de invitada. No está invitada.”
Me senté de golpe.
Adrián abrió los ojos al instante.
—¿Qué pasa?
Le lancé el móvil.
Él leyó y se incorporó.
—Mierda.
—No está invitada, pero va vestida como si lo estuviera.
—Intentará colarse.
—No si le arranco la cremallera antes.
Se vistieron sin mirarse demasiado. Me metí en el baño primero, se lavó la cara, se rehízo el moño con dos horquillas y rabia, se puso la ropa negra de trabajo y descubrió una marca tenue en la base del cuello.
No era un chupetón, gracias a Dios: solo una sombra pequeña, un roce quizá de barba, quizá de su propia piel traidora después del beso. La cubrió con corrector a golpes.
Cuando salió, Adrián ya estaba con camisa limpia.
No dijo nada.
Bien.
—Si miras mi cuello, te mato —advertí.
—No lo he mirado.
—Mentira.
—Sí.
—Agradezco la honestidad tardía.
Bajaron juntos. No porque quisieran. Porque la mañana ya había decidido que la mentira seguía de servicio.
En el vestíbulo, el Hotel Vera amanecía con olor a café, flores nuevas y personas que no habían dormido suficiente para ser amables.
Dani daba instrucciones a dos camareros.
Inés revisaba el ramo dentro de una caja abierta.
Vera hablaba con seguridad. Marta observaba a Núria Campos desde recepción con la calma de una francotiradora administrativa.
Núria llevaba un vestido color champán, discreto, elegante y absolutamente preparado para pasar por invitada si nadie miraba la lista.
Caminé hacia ella.
Adrián me siguió.
La periodista sonrió.
—Buenos días.
—No estás en la lista —dije.
—Solo bajaba a desayunar.
—Con tocado.
—Me gusta arreglarme.
—A mí me gusta pagar facturas. No siempre ocurre.
Núria no perdió la sonrisa.
—No sabía que el desayuno tuviera control de acceso.
—El desayuno no. La boda sí.
Adrián intervino, bajo.
—Núria, no intentes entrar. No merece la pena.
—¿Eso es consejo profesional o personal?
—Advertencia educada.
—Qué pena. Pensé que hoy estabais celebrando amor.
Di un paso más.
—Hoy celebramos que una novia llegue viva al altar, que ya es bastante. Tú desayunas, recoges y haces check-out.
—Tengo late check-out.
Marta, desde recepción, levantó una tarjeta.
—Cancelado por dirección. Compensado sin coste. Qué disgusto.
Núria miró a Marta. Luego a Vera. Luego a Adrián y a mí.
Núria dejó de sonreír.
—Esto es un error.
—No —dijo Vera desde la entrada del despacho—. Esto es hostelería con memoria.
Núria recogió el bolso del sillón.
—No podéis impedir que escriba.
—No —respondió Adrián—. Pero podemos impedir que robes material privado desde dentro.
La periodista se acercó a él un paso.
—Cuidado, Adrián. A veces la gente que protege secretos acaba saliendo en ellos.
Sentí que la frase buscaba algo. Una reacción. Una grieta.
Adrián no se la di.
—Entonces escribirás una pieza muy aburrida.
Núria se fue hacia el ascensor.
Todo el vestíbulo respiró un poco mejor. Poco. El día aún era joven y ya había amenazado bastante.
Inés me llamó desde la mesa de flores.
—Ven.
El ramo estaba dentro de una caja blanca.
No eran peonías. No era lo previsto. No era perfecto.
Era precioso.
Ranúnculos blancos, lisianthus, eucalipto suave, una hortensia pequeña casi escondida y, en el centro, una cinta azul discreta que Marcela había pedido sin saber muy bien por qué. Nada enorme. Nada vulgar. Nada de rosas.
Lo miré más tiempo del necesario.
—Está bien —dijo.
Inés se ofendió.
—Está de puta madre.
—Eso no cabe en briefing.
—Pero es verdad.
Adrián se colocó a su lado.
—Marcela va a llorar.
—Bien.
—Bien.
—Pero si llora encima del ramo, lo pagas tú.
Él me miró de lado.
—¿Eso cuenta como permitir que ayude?
—Cuenta como amenaza floral.
La mañana, durante una hora, fue casi buena.
Marcela lloró al ver el ramo. Elena no dijo que no eran peonías.
Biel desayunó con cara de haber sobrevivido a su padre y a sí mismo.
Tomàs evitó hablar de documentos. Ramon entregó su discurso a Dani para revisión previa, probablemente bajo coacción.
Jana pidió disculpas por tercera vez y prometió no tocar música, móviles ni signos del zodiaco.
Adrián y yo trabajamos juntos.
Demasiado bien.
Él cerraba huecos antes de que yo tuviera que pedirlo. Yo le daba nombres, él los cruzaba con riesgos. Él desviaba preguntas de prensa, yo desviaba preguntas de familia. En un momento, Elena nos pidió opinión sobre el acceso a la terraza y ambos respondieron a la vez:
—Por la escalera lateral.
Elena me miró.
—Inquietante.
—Eficiente —corrigió Adrián.
—No presumas —dije.
Marcela, desde la silla de maquillaje, sonrió.
Cometí el error de sentirme en calma durante tres minutos.
Solo tres.
A las diez y cuarenta y seis, Marta me llamó desde recepción.
—Claudia.
—Dime que Núria se ha ido.
—Núria se ha ido.
—Por fin una alegría.
—Ha dejado algo.
Miré a Adrián. Él ya había oído el tono por el altavoz.
—¿Qué?
—Un sobre para ti.
La alegría murió con la eficiencia habitual.
Bajaron juntos.
El sobre estaba en recepción, blanco, sin remitente. Solo su nombre escrito a mano: yo.
Dentro había una copia impresa de una captura bancaria borrosa. No se veía todo, pero sí lo suficiente: pago rechazado, nombre de Eventos, fecha de la víspera.
Y debajo, una nota breve.
“Esto también puede formar parte de la boda.”
Sentí que el ramo, arriba, acababa de volverse mucho más caro.