La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 11 · Claudia
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Capítulo 11 · Claudia

A la una y catorce de la madrugada, descubrí que una habitación de hotel podía ser más incómoda que una reunión con Elena Rius.

Adrián estaba de pie junto a la mesa, con el portátil abierto y la manta doblada sobre el respaldo de la butaca.

Había dejado la chaqueta colgada en una percha.

Los zapatos seguían puestos. La camisa, arrugada ya en serio, le hacía parecer menos de crisis y más de hombre.

Eso era un problema añadido que nadie había solicitado.

El clic sonó como una mala decisión.

—No vuelvas a hacerlo —dije.

Adrián no fingió no entender.

—Lo sé.

—Tocarme para que una periodista compre una versión entra dentro de “hacerlo”.

—Sí.

—Lo digo porque quizá tu manual de reputación tiene anexos sobre cinturas ajenas.

—No hay manual.

—Qué pena. Podríamos demandarlo.

Él se quedó serio. Tampoco se acercó. Me quedé al otro lado de la habitación, junto a la mesa, con las manos quietas. Agradecí la distancia y me irritó agradecerla.

—No lo hice para aprovecharme —dijo él.

—Eso ya lo sé.

Adrián levantó la vista.

—¿Lo sabes?

—Sí. Lo cual no lo mejora. Solo me deja sin una razón limpia para odiarte ahora mismo.

Aquello sí le movió algo en la cara. Un cansancio breve. Casi una risa que no llegó a nacer.

—Puedo darte otras.

—Ya tengo archivo.

Fue hacia la cama, recogió las cajas que seguían encima y las apiló junto a la pared.

Kit de costura, tarjetas sobrantes, medias de emergencia, bridas, una cola caliente que no recordaba haber traído y que, en ese momento, le pareció una herramienta razonable para casi todo. La cama quedó libre. Peor.

Adrián miró la butaca.

—Duermo ahí.

—No cabes.

—He dormido en sitios peores.

—No conviertas mi habitación en una prueba de nobleza masculina.

—No era mi intención.

—Lo sé. Esa frase también se está volviendo molesta.

Abrí el armario. Dentro había dos perchas vacías, una almohada extra y una bolsa de lavandería que alguien había colocado como si una persona en su sano juicio fuera a pensar en lavar ropa durante una boda. Sacó la almohada y la lanzó hacia el centro de la cama.

—Muralla.

Adrián miró la almohada.

—¿Perdón?

—Tú a un lado, yo al otro. Encima de la colcha. Vestidos. Sin heroísmo de butaca. Sin acercamientos accidentales. Sin tocarme para demostrarle nada a nadie.

—No ronco.

—Eso dicen todos los hombres hasta que alguien los graba.

—No voy a dormir.

—Mejor. Así no roncas.

Él bajó la vista al portátil.

—Tengo que revisar lo de Núria. Y las capturas. Y el mensaje interno.

—Yo tengo que revisar los centros de mesa, el ramo, los nombres de la mesa ocho, el velo, los puros ilegales y que Marcela no decida casarse en zapatillas por agotamiento espiritual. Podemos competir por ver quién se muere antes o podemos trabajar.

—Trabajemos.

La palabra cayó con una eficacia molesta.

Durante media hora, la habitación fue exactamente lo que había prometido que sería: logística con sábanas.

Adrián sentado en la silla estrecha, yo en el borde de la cama con la carpeta sobre las piernas.

Él revisaba capturas, horarios de publicación, nombres de perfiles, mensajes reenviados sin permiso.

Ella corregía el plan de mesas, cambiaba horarios, tachaba “peonías” en tres documentos distintos y escribía “línea floral depurada” tantas veces que la frase empezó a parecer un diagnóstico.

Pero el cuerpo no entiende de logística. Cada vez que Adrián se inclinaba hacia el portátil, la camisa se le abría un poco más en el cuello. Cada vez que cruzaba una pierna, el colchón se hundía apenas. Nada pasaba. Esa era la obscenidad.

Trabajaban bien.

Ese era el problema más grave de todos.

No hablaban de Madrid. No hablaban de la mano en la cintura. No hablaban de la canción. No hablaban de cómo la cama parecía estar escuchando. Hablaban de listas, entradas, blogs, horarios, flores y familiares con tendencia a decir lo que no debían después del segundo vino.

Y funcionaba.

Adrián no invadía. Preguntaba lo justo. No corregía por gusto.

Cuando encontraba una fuga, la señalaba sin convertirla en una clase.

Le discutía dos de cada tres propuestas, pero la tercera solía servir.

Él aceptaba sus noes si tenían sentido y los peleaba cuando eran orgullo puro.

Eso la obligaba a distinguirlos. Qué falta de educación.

—La captura del seating no pudo salir de la mesa de Jana —dijo él, girando el portátil.

Me acerqué a la pantalla. Demasiado. Se dio cuenta tarde. Olía a café, a camisa usada, a ducha rápida de hotel y a algo que mi memoria reconoció antes que mi orgullo. Adrián no se movió. Eso también me tocó.

—¿Por qué?

—Ángulo. La historia está tomada desde el lateral del salón, cerca de la puerta de servicio. Jana estaba al otro lado cuando empezó la canción.

—Puede haberla enviado antes.

—La captura tiene la vela encendida de la cena. En la foto de Jana de la canción todavía no estaban todas encendidas.

Miré la imagen. Tenía razón.

Maldito fuera.

—Entonces alguien del servicio o alguien cerca de la puerta.

—O Núria entró antes.

—No estaba en lista.

—Una periodista que reserva con apellido falso no se detiene ante una lista impresa.

Me froté la frente con el dorso de la mano.

—Necesito que mañana Dani ponga a alguien en cada acceso.

—Y que el personal no tenga móviles visibles en salones.

—Eso les va a encantar.

—Es una boda. Nadie está aquí para ser feliz salvo, en teoría, dos personas.

—Y una de ellas quiere casarse en el baño.

Adrián bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

—Biel parece bastante estable.

—Biel está a dos comentarios familiares de huir por lavandería.

Mi móvil vibró.

Marcela: “Biel está en recepción. Dice que necesita hablar contigo. Ha bajado solo.”

Laia: “No sé si esto es crisis poco o crisis grande.”

Jana: “Yo no he puesto música.”

Me levanté.

—Crisis con novio.

Adrián ya estaba cerrando el portátil.

—Voy contigo.

—No.

—Si es Biel, puede hablar mejor con alguien que no le venda centros de mesa.

—Yo no vendo centros de mesa. Los sobrevivo.

—Aun así.

Lo miré. Tenía una respuesta preparada, algo con suficiente veneno para dejarlo en la 317.

Pero entonces pensé en Biel en recepción, solo, probablemente con la corbata en la mano y la familia durmiendo encima de una bomba de apellidos.

Pensé en la boda de Marcela. Pensé en las flores pagadas con mi tarjeta personal y en el segundo pago aprobado.

Pensé en lo mucho que odiaba necesitar una herramienta útil.

—No hablas por encima de mí.

—No.

—No le das consejos de hombre a hombre con voz de anuncio de whisky.

—No sé hacer voz de anuncio de whisky.

—Todos sabéis.

Bajaron por las escaleras de servicio. El hotel estaba más desnudo a esas horas: bandejas en el suelo, un carrito de vasos sucios, flores en cubos de plástico, una aspiradora abandonada junto al ascensor como un animal vencido.

Iba delante. Adrián detrás. No se tocaban.

No le hizo falta. La escalera era estrecha y la conciencia de mi cuerpo ocupaba más que él.

Biel estaba en recepción con una camisa blanca desabrochada en el cuello y el móvil en la mano. Tenía la cara de un hombre que había descubierto tarde que casarse no consistía en querer a alguien, sino en sobrevivir al teatro que todos montaban alrededor.

Marta estaba tras el mostrador, despierta por pura vocación de amenaza.

—Dice que no es emergencia —informó—. Traducción: lo es.

Biel levantó la vista cuando los vi llegar.

—Perdón. No quería molestar.

—Has elegido mal el hotel para no molestar —dije—. ¿Qué pasa?

Él miró a Adrián, dudó y luego volvió a mirarme.

—Mi padre quiere que mañana, antes de la ceremonia, firme un documento.

Sentí que algo se colocaba en posición de ataque.

—¿Qué documento?

—Un acuerdo interno de la empresa familiar. Dice que es solo para dejarlo cerrado antes del viaje. Que no tiene importancia.

Adrián se quedó inmóvil a su lado.

—Si no tiene importancia, puede esperar —dijo.

Biel soltó una risa sin humor.

—Eso he dicho.

—¿Y?

—Y me ha contestado que no convierta mi boda en una demostración de inmadurez.

Marta murmuró algo detrás del mostrador. Sonó a insulto bien educado.

Apoyé la carpeta contra la cadera.

—¿Marcela lo sabe?

—No. Y no quiero que lo sepa. Ya tiene suficiente.

Adrián habló por una vez.

—¿Te están presionando para firmar antes de la boda porque mañana habrá testigos, fotos y nadie querrá discutir?

Biel me miró.

—Sí.

—Entonces no firmes esta noche.

—No sabes lo que es mi padre.

—No. Pero sé lo que es que alguien use una situación emocional para forzar una decisión profesional.

No lo miré. No quería reconocer la frase.

Biel se pasó una mano por la cara.

—Si me niego, mañana va a estar insoportable.

—Mañana ya iba a estarlo —dijo—. Eso venía incluido con la reserva.

Biel soltó aire por la nariz. Casi rió.

—Marcela no se merece esto.

—Marcela se merece que no te cases con un contrato atravesado en la garganta —dije.

Adrián miró a Marta.

—¿Hay una sala pequeña libre?

Marta levantó una ceja.

—Depende. ¿Para hablar o para esconder un cadáver familiar?

—Hablar.

—Qué decepción. La azul, al fondo.

Giré hacia Adrián.

—No vamos a negociar un documento familiar.

—No. Vamos a darle a Biel una frase para salir de ahí sin incendiar la boda.

—¿Una frase?

—Una frase y una frontera.

Odiaba que eso sonara útil.

Veinte minutos después, Biel subía de nuevo con una frase ensayada en el móvil: “Papá, mañana me caso. Cualquier decisión empresarial la vemos el lunes con abogados y sin invitados durmiendo en la planta de arriba.” No era brillante.

Era mejor. Las frases brillantes provocaban respuestas. Las prácticas cerraban puertas.

Biel nos dio las gracias dos veces.

La segunda, me miró de una forma distinta.

—Marcela tenía razón contigo.

—No difundas eso. Me perjudica.

Cuando el novio se fue, la recepción quedó casi vacía. Marta revisaba la pantalla. Adrián estaba a su lado, cansado y más cerca de lo prudente de parecer necesario.

—Has estado bien —dije.

Él me miró.

—Cuidado. Eso casi ha sido un cumplido.

—Era una incidencia administrativa.

—Claro.

El ascensor se abrió detrás de ellos.

Núria Campos salió de dentro con una chaqueta sobre los hombros y el móvil en la mano.

Los vi. Vio a Biel alejándose. Vio a Adrián y a mí juntos en recepción a la una y cincuenta y dos de la madrugada.

Sonrió.

—Vaya noche movida —dijo.

Pensé que la periodista no había venido a mirar una boda.

Había venido a esperar que alguien se rompiera delante de ella.