La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 10 · Claudia #2
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Capítulo 10 · Claudia #2

Adrián se giró hacia la 317.

La puerta de su habitación. De la habitación. Del error con cama grande, tarjetas duplicadas y galletas requisadas.

—Entra tú primero —dijo.

—Qué detalle. ¿También vas a poner una toalla en el suelo para delimitar territorios?

—Si hace falta.

—No bromees con ser útil.

Abrí con su tarjeta. La luz de la habitación estaba encendida porque nadie la había apagado. La cama seguía allí, indecentemente hecha. El portátil de Adrián en la mesa. Mis cajas en una esquina. La segunda tarjeta, ya en su bolsillo. Una escena doméstica sin haberla pedido.

Entró y dejó la carpeta sobre la butaca.

Adrián se quedó en el umbral.

—Trabajaré en el suelo del pasillo si prefieres.

—No seas ridículo. La periodista acaba de vernos juntos. Si te sientas en el pasillo, mañana titula “ruptura en la planta tres”.

—No titularía eso.

—¿Ahora defiendes su estilo?

Él entró y cerró la puerta.

El clic sonó más alto de lo necesario.

Fue directa al baño con el neceser, no porque necesitara lavarse, sino porque necesitaba una puerta.

Se miró en el espejo. Tenía mala cara. Mala de verdad.

No la mala cara estética de una protagonista cansada.

Mala cara de autónoma con café, alergia al romanticismo ajeno y una deuda pagada con tarjeta personal.

Se lavó las manos. Se mojó la nuca. Volvió a salir.

Adrián estaba de espaldas, colocando una manta doblada en el suelo junto a la butaca.

—¿Qué haces?

—Mi cama.

—Eso no es una cama. Es una denuncia cervical.

—Me vale.

—No seas noble en mi moqueta.

—No estoy siendo noble. Estoy cansado.

Miré la cama. Luego la manta. Luego la ventana.

—La cama es grande.

La frase salió antes de que su dignidad pudiera amordazarla.

Adrián se quedó quieto.

—No he dicho compartirla.

—Yo tampoco.

—Claudia.

—He dicho que es grande. Es un dato arquitectónico.

—No es arquitectura.

—Hoy todo lo que no sea una emoción me sirve.

Él dejó la manta sobre la butaca.

—Puedo dormir encima de la colcha. Vestido. Con una muralla de cojines. Sin tocarte.

—Lo vendes fatal.

—Intento venderlo fatal.

—Eso sí te está saliendo bien.

Durante un segundo, los dos estuvieron a punto de reírse. No lo hicieron. Quizá por prudencia. Quizá porque reírse en una habitación compartida a medianoche, después de una falsa relación, una canción, un pago y una periodista en la puerta de al lado, era más peligroso que discutir.

Mi móvil vibró.

Grupo “Crisis boda sin mi madre”.

Marcela: “Estoy mejor. Gracias por hoy. A los dos.”

Laia: “Y Jana promete no poner música nunca más. Ni respirar cerca del DJ.”

Jana: “Lo siento de verdad. Pero, objetivamente, hacéis buena pareja falsa.”

Escribí: “Jana, duérmete.”

Adrián leyó el mensaje en su móvil y, por fin, sonrió un poco.

—No le falta razón.

Levanté la vista.

—¿Perdón?

—Falsa. Ha dicho buena pareja falsa.

—No lo arregla.

—No mucho.

Alguien llamó a la puerta.

Los dos se quedaron inmóviles.

Otro golpe. Suave.

Señalé a Adrián sin hablar: ni se te ocurra.

Fui a abrir yo.

En el pasillo estaba Núria Campos, o N. C. Vidal, con una sonrisa tranquila y una copa vacía en la mano.

—Perdona. Sé que es tarde. ¿Tendríais un sacacorchos o algo para abrir una botella? Recepción no contesta.

Mentira. Recepción contestaba hasta desde el infierno.

Apoyé una mano en el marco de la puerta, bloqueando la visión interior.

—No.

La periodista inclinó la cabeza, intentando mirar por encima de su hombro.

—Ah. Pensé que quizá...

Adrián apareció detrás de mí.

No muy cerca. Lo suficiente.

—Buenas noches, Núria —dijo.

La mujer parpadeó. La sonrisa no se le cayó, pero perdió una capa.

—¿Nos conocemos?

—De tu firma.

—No sabía que leyeras sociedad.

—Solo cuando amenaza con estropear bodas privadas.

Noté el cambio en el pasillo. La periodista ya no preguntaba por un sacacorchos. Estaba midiendo si le convenía sonreír, fingir o atacar.

—No estoy trabajando —dije.

—Entonces mañana disfrutarás del desayuno sin acercarte a zonas privadas —respondió Adrián.

Núria me miró.

—Veo que estás bien acompañada.

La frase era cebo.

Lo sabía.

Adrián también.

Lo que no sabía era que, en el mismo momento en que Núria levantó un poco el móvil que llevaba en la otra mano, Adrián iba a romper una de las reglas.

No de forma grande.

No teatral.

Solo apoyó la mano en mi cintura, sobre la tela negra del pantalón. No fue un gesto grande. Ni teatral. Fue peor: exacto. La palma abierta, cálida, firme sin apretar, en el mismo lugar donde antes sabía detenerse para preguntarle sin palabras si podía seguir.

Desde el pasillo decía pareja.

Desde dentro le encendió la piel con una memoria que no tenía permiso para aparecer en mitad de una amenaza periodística.

Dejé de respirar lo suficiente para odiarlo y desear que no apartara la mano en la misma bocanada.

Núria miró la mano.

Luego sonrió.

—Buenas noches, entonces.

Se fue.

La puerta de la 319 se cerró.

Esperé a que Adrián retirara la mano.

Lo hice al segundo.

Demasiado tarde para que la piel fingiera indiferencia.

Demasiado pronto para que el cuerpo no protestara.

Cerré la puerta de la 317 sin mirar atrás.

Cuando se giró, Adrián ya había dado un paso atrás.

—Perdón —dijo.

Me apoyé en la puerta.

—Has dicho que no me tocarías.

—Lo sé.

—Era una regla.

—Lo sé.

—Entonces no lo digas como si saberlo sirviera de algo.

Adrián me miró con una expresión que no era defensa, ni deseo limpio, ni culpa fácil. Era peor. Era todo mezclado y mal escondido.

—Lo hice porque estaba grabando.

—Ya.

—Y porque si parecíamos incómodos, tenía historia.

—Ya.

—Y porque si no lo hacía, me iba a quedar mirando cómo te deseaba tocar y Núria también habría visto eso.

La frase quedó entre ellos, menos útil que la mentira y mucho más peligrosa.

No debería haber preguntado.

Lo hice igual.

—¿Porque qué?

Adrián bajó la mirada a su propia mano, como si también le hubiera traicionado.

—Porque durante un segundo se me olvidó que era mentira.

La habitación quedó quieta.

Fuera, en el pasillo, alguien arrastró una maleta.

Dentro, la cama seguía excesiva.

Y entendí que la noche acababa de dejar de ser operativa.