Capítulo 10 · Claudia
La periodista de sociedad se llamaba oficialmente Núria Campos, aunque en la reserva aparecía como N. C. Vidal.
Marta Beltrán dijo aquello con la cara de quien sabía que los apellidos falsos eran más ofensivos cuando elegían uno que ya estaba complicando la noche.
—¿Vidal? —repetí.
—Sí.
—Qué detalle.
—Puede ser casualidad.
—Marta.
—No lo es, pero recepción debe contemplar la opción hasta que pueda insultarla con pruebas.
Estaban los cuatro en el pequeño despacho junto a recepción: Marta, Adrián, Vera y yo.
Era un espacio pensado para impresoras, cajas de tarjetas magnéticas, sobres de bienvenida y conversaciones que no debían ocurrir delante de huéspedes.
La impresora respiraba cada pocos segundos con un ruido enfermo.
En una estantería había un paquete de caramelos de cortesía abierto y una taza con bolígrafos que no escribían.
Vera revisaba la pantalla de reservas.
—Llegó ayer por la tarde. Una noche. Habitación 319.
Miré a Adrián.
—Nuestra planta.
Él no corrigió la palabra. Eso fue imperdonable.
—Está dos puertas más allá —dijo Marta—. Ha pedido late check-out mañana. Dice que tiene una reunión familiar.
—Qué familia más amplia tiene el periodismo —murmuré.
Adrián estaba serio de una forma distinta. No tensión de ex, ni de cena, ni de tarjeta magnética. Trabajo limpio.
—¿Ha preguntado algo en recepción?
—Por horarios del desayuno, terraza y salones privados. También pidió si el hotel tenía prensa del día. Eso lo pide gente de noventa años o gente que quiere parecer normal.
Vera cruzó los brazos.
—No podemos echarla por ser periodista.
—No —dijo Adrián—. Pero podemos limitar accesos. Sin acreditación de invitada, no entra en zonas privadas. Sin pulsera o lista, no pasa a ceremonia ni cena.
—No hay pulseras —dije.
—Habrá.
—No voy a convertir una boda en un festival.
Vera me miró.
—Pulsera no. Marca discreta. Tarjeta, sello, lo que sea. Dani puede controlar entradas con lista.
—Los invitados se ofenderán.
—Los invitados se ofenden si el cava está a seis grados y no a cinco. Eso no es criterio.
Apoyé las manos en el respaldo de una silla.
—Si Núria Campos está aquí, la filtración no es solo por correo. Alguien la avisó para que viniera.
—Sí —dijo Adrián.
—Y alguien le habló de mi empresa.
—También.
Marta, que tecleaba con velocidad precisa, levantó un dedo.
—Dato: ha llamado dos veces desde la habitación a recepción. Primera para pedir contraseña wifi. Segunda para preguntar si el señor Adrián Vidal estaba alojado en el hotel.
Volví la cabeza hacia él.
Adrián no cambió de expresión.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Hace cuarenta minutos.
—¿Qué le dijisteis?
—Nada. Que no podemos dar información de huéspedes.
—Bien.
Solté una risa corta.
—Mira qué bonito. Ya no soy solo organizadora insolvente. Ahora soy parte de una historia con un consultor reputacional que comparte apellido falso con una periodista.
—No comparte apellido —dijo Marta—. Lo ha usado ella.
—Gracias por la precisión que no me calma.
Vera se separó de la mesa.
—Plan. Marta, alerta a recepción: cero información de habitaciones, horarios privados o proveedores.
Dani controla salones. Inés controla personal externo.
Claudia, tú sigues con Marcela y montaje.
Adrián, tú redactas una comunicación interna para familia directa: evento privado, no se comparten imágenes ni datos hasta mañana. Corta. Sin sonar a amenaza.
—Si no suena a amenaza, no la leerán —dije.
—Que suene a amenaza con perfume.
—Eso sí.
Adrián asintió.
—Lo hago.
—Y vosotros dos —añadió Vera—, evitad pasearos por la planta como si estuvierais protagonizando el contenido que ella quiere.
Abrí la boca.
Vera levantó una mano.
—No me expliques que no protagonizas nada. Esta noche, por desgracia, sí.
No había insulto en la frase. Solo gestión. Mucho peor.
Salieron del despacho con tareas repartidas.
El vestíbulo, pasada la medianoche, tenía un cansancio distinto.
Invitados regresando de copas breves, una pareja discutiendo en voz baja junto al ascensor, un niño dormido atravesado en un sofá, Elena Rius hablando con Tomàs en el bar vacío aunque el bar ya no servía a nadie excepto a familias que pagaban demasiado.
Localicé a Inés junto al office, con un inventario de proveedores en una mano y una botella de agua en la otra.
—Tenemos periodista infiltrada —dije.
Inés cerró los ojos.
—Claro. Faltaba fauna.
—Habitación 319.
—Nuestra planta.
—No digas nuestra.
—Perdón. Tu planta con tu ex, tu cama y tu escándalo.
—Mucho mejor.
Inés bebió agua.
—¿Qué necesitas?
—Lista cerrada de personal externo, fotos de acreditaciones si las tienen y que nadie hable de dinero, flores, Adrián, habitaciones ni canciones.
—O sea, silencio monástico en una boda catalana con barra libre mañana.
—He pedido cosas más imposibles.
—No muchas.
Adrián apareció entonces con el móvil en la mano.
—He enviado el texto a Vera.
Lo cogí sin pedir permiso. Leyó.
“Recordatorio para familiares y personas cercanas: por privacidad de los novios, os pedimos no compartir imágenes, listados, ubicaciones, detalles de menú ni incidencias internas hasta que la celebración haya finalizado. Gracias por ayudar a que Marcela y Biel disfruten de su día sin ruido externo.”
—Demasiado amable —dije.
—Si lo hacemos duro, pensarán que hay algo grave.
—Hay algo grave.
—Precisamente.
Inés leyó por encima.
—Yo añadiría: “Jana, esto va por ti”.
—No —dijimos Adrián y yo.
Inés sonrió.
—Qué pareja.
—Inés.
—Perdón. Qué unidad temporal de gestión sentimental.
Adrián guardó el móvil.
—Vera lo ha aprobado.
—Bien —dije—. Ahora cada uno a lo suyo.
—Lo mío está en la planta tres.
—Lo tuyo está en ninguna parte si Marta encuentra una silla con respaldo.
—La periodista también está en la planta tres. Conviene que revise desde cerca.
—No uses a la periodista para acercarte a mi cama.
Inés levantó las manos.
—Me voy. No por discreción, por salud auditiva.
Se marchó con la lista.
Adrián y yo quedamos junto al office. A unos metros, Elena nos vio. Claro que nos vio. Elena veía todo lo que podía usarse después. Me acerqué con una copa de agua y mi vestido intacto.
—Me dicen que tenemos una periodista alojada.
—Sí —dije.
—¿Y qué hacemos?
—Evitar darle material.
Elena miró a Adrián.
—¿Eso incluye separar habitaciones?
Cerré los ojos un instante.
Adrián respondió antes de que pudiera suicidarse profesionalmente.
—Al contrario. Ahora mismo cualquier cambio visible generaría más preguntas. Lo mejor es mantener la versión estable y aburrida.
Estable y aburrida.
Vera estaría orgullosa.
Elena asintió.
—Perfecto.
Lo miré.
—No digas perfecto —pidió él, anticipándose.
Elena me observó a ambos. Una mirada corta, suficiente.
—Cada vez lo hacéis mejor.
—No estamos ensayando —dije.
—Qué pena. Saldría barato.
Elena se fue.
No respiré hasta que la mujer estuvo lejos.
—Has dicho al contrario —murmuró.
—He dicho lo que convenía.
—Convenía a quién.
—A la boda. A tu contrato. A que la periodista no huela movimiento.
—También a ti, que acabas de blindar tu derecho a una tarjeta de mi habitación.
Adrián metió las manos en los bolsillos.
—Si crees eso, no voy a convencerte ahora.
—Qué cómodo.
—No. Cansado.
La palabra me salió sin barniz. Lo miré. Por primera vez aquella noche, Adrián parecía cansado de verdad. No elegante, no contenido, no útil. Cansado. Con la piel menos firme bajo los ojos y la camisa arrugada donde había apoyado los brazos durante horas. No era justo que eso lo hiciera más humano.
—Pues vete a dormir —dije.
—Después de revisar la planta.
—Adrián.
—No voy a entrar en la habitación si no quieres.
—El problema es que todo el mundo quiere que entres.
—¿Y tú?
La pregunta salió baja.
No debería haberla hecho.
Tampoco debería haber tardado en responder.
—Yo quiero que mañana haya boda.
—No era eso.
—Es la única respuesta disponible.
Subieron por las escaleras de servicio para evitar el ascensor, decisión que presenté como logística y mi cuerpo interpretó como cobardía con cardio.
En la tercera planta, el pasillo estaba en penumbra.
Moqueta beige, apliques dorados, un carro de limpieza aparcado junto a la pared.
Había una bandeja con restos de cena frente a una puerta, dos copas con marcas de pintalabios y una tarjeta de “no molestar” caída en el suelo.
La 317 estaba a la izquierda.
La 319, dos puertas más allá.
Me detuve antes de llegar.
—¿Cuál es tu plan? ¿Mirar la puerta hasta que confiese?
—No. Ver si hay movimiento, llamadas, salidas.
—Eso en mi barrio se llama cotillear.
—En el mío también, pero facturamos distinto.
Casi se rio. Mal.
La puerta 319 se abrió en ese momento.
Una mujer salió al pasillo con ropa cómoda, el pelo recogido y un móvil en la mano. Treinta y muchos, quizá cuarenta. Aspecto de huésped normal. Demasiado normal. Al vernos, sonrió con una suavidad profesional.
—Buenas noches.
No contesté. Adrián sí.
—Buenas noches.
La mujer me miró, luego a Adrián. Un segundo más de lo educado.
—Perdón, ¿sois de la boda?
Noté el plural como una mano en la espalda.
—El evento es privado —dijo Adrián.
—Claro. Disculpad. Es que he visto movimiento y pensé que quizá había algún problema.
—Ninguno —dije—. El hotel solo está practicando su deporte favorito: complicar la vida a gente con sueño.
La mujer sonrió.
—Entonces descanso tranquila.
No se fue. Miró la tarjeta de la habitación en la mano de Adrián. Luego mi carpeta. Luego la distancia entre ambos.
—Bonita boda, por lo que se ve.
—Todavía no se ve —dije.
—Mañana, entonces.
—Mañana se verá lo que los novios quieran enseñar.
La sonrisa de la mujer se afiló apenas.
—Por supuesto.
Volvió a entrar en la 319.
La puerta se cerró con un clic suave.
Esperé tres segundos.
—La odio.
—Probablemente sea ella.
—No me digas probablemente. Me obliga a no empujarla por el hueco de la escalera.
—No hay hueco.
—El Hotel Vera siempre decepcionando.