La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 9 · Claudia
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Capítulo 9 · Claudia

A las once y veintisiete de la noche, llevaba dieciséis horas de boda sin boda.

La ceremonia aún no había ocurrido. El vestido seguía en su funda.

El ramo seguía siendo una promesa sostenida por eucalipto, pánico y transferencia aceptada.

La familia seguía viva, que era más de lo que habría apostado durante la cena.

La filtración no había salido publicada, aunque el blog había visto el mensaje, no había respondido y eso podía significar calma, cálculo o que el becario estaba cenando.

El hotel, por su parte, seguía produciendo problemas con regularidad industrial.

Una habitación había perdido agua caliente.

Un primo de Biel se había dejado el traje en Girona.

La tía Clara había preguntado si podía incluir “unas palabras espontáneas” después del brindis de Ramon.

Jana había entregado voluntariamente el móvil, pero llevaba media hora mirando un reloj inteligente con demasiada concentración.

Y Marcela, después de tres galletas, dos vasos de agua con gas y una conversación de veinte minutos con En el baño de cortesía, había decidido que quizá sí quería casarse, pero solo si nadie le hablaba de centros de mesa hasta el día siguiente.

Una novia razonable, dentro de lo posible.

Estaba en el office de personal contando tarjetas de mesa cuando Adrián entró con dos cafés.

—No —dije.

—No he hablado.

—Traes café. Eso ya es una intervención.

—Uno es para Inés.

—Inés no está.

—Entonces sigue siendo para Inés, pero en peligro.

Miré el vaso. Café de hotel. Malo, seguro. Caliente, quizá. Gratis, dudoso.

—No acepto sobornos.

—Lo he cargado a mi habitación.

—Tu habitación es mi habitación.

—Entonces técnicamente te debes un café.

Me habría gustado no reírme. No lo hice del todo, pero algo en mi cara cedió un milímetro y Adrián lo vio. Por supuesto que lo vio. Tenía un talento irritante para detectar rendijas.

—Déjalo ahí —dije.

Él dejó el vaso junto a las tarjetas, a una distancia prudente de la tinta.

—El blog ha publicado otra cosa.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Nada de la boda. Una nota sobre un restaurante de Sarrià con cucarachas.

—Nunca pensé que las cucarachas me traerían paz.

—Temporal.

—No me quites cucarachas con precisión.

Adrián se apoyó contra la encimera del office.

Había perdido la chaqueta en algún momento.

La corbata no había existido, gracias a Dios.

La camisa blanca ya no estaba impecable; tenía una arruga en el costado y una mancha mínima de café cerca del puño.

Aquello debería haberlo hecho menos atractivo.

No fue así. Decidí culpar al cansancio. El cansancio tenía mala reputación y aceptaba casi cualquier crimen.

—Vera ha conseguido que Elena no toque más el orden de entrada —dijo él.

—Vera debería dirigir países pequeños.

—Creo que los países pequeños son más simples que una boda.

—Sin duda.

Ordené las tarjetas por mesas. Ocho. Nueve. Diez. La ocho tenía una nota nueva en rojo: “NO ARIES JUNTOS”. Las bodas eran educación continua.

Adrián bebió de su café.

—Sobre el pago...

—No.

—Vale.

El silencio duró tres tarjetas.

—¿Eso es todo? —pregunté.

—Has dicho no.

—Desde cuándo te detiene.

—Desde que intento hacerlo mejor.

Dejé una tarjeta torcida y la enderezó con demasiada fuerza.

—No sueltes esas frases en el office. Hay cuchillos de cocina cerca.

—No era una frase. Era...

—Si dices constatación, te tiro una caja de minutas.

Adrián levantó las manos.

—He aprendido algo.

—Tarde.

—Sí.

Otra vez. Esa aceptación sin adornos. Sin adornos. Sin defensa. Adrián de joven habría intentado explicar. Adrián de ahora parecía haber descubierto que algunas frases solo empeoraban cuando se les añadía contexto.

Eso no lo hacía inocente.

Lo hacía más difícil de odiar con eficiencia.

Mi móvil vibró sobre la encimera.

Marcela: “Claudia, ¿puedes subir cinco minutos? No es crisis. Bueno. Poco.”

Laia: “Es por el velo. Y por si puede casarse sin madre. Broma. Creo.”

Cogí el café.

—Voy arriba.

—Voy contigo.

—No.

—Marcela nos ha incluido a los dos en su estructura criminal de comunicación nupcial.

—No uses mis frases contra mí. Es apropiación verbal.

—Solo subo hasta el pasillo. Tengo que revisar con Marta una lista de huéspedes.

—Qué casualidad.

—Nada en este hotel parece casualidad ya.

Salieron juntos por el pasillo de servicio.

A esa hora, el hotel tenía otro sonido. Menos tacones, más carros.

Menos risas, más cubiertos. Una boda en víspera era una maquinaria cansada: lámparas aún encendidas, flores en cubos, personal que bostezaba en esquinas, invitados que subían con zapatos en la mano y hombres que preguntaban si el bar seguía abierto aunque el bar llevara cerrado media hora para la gente normal.

En el ascensor, por una vez, no había nadie.

Entré primero. Adrián después. Las puertas se cerraron.

No deberían haberlo hecho con tanto ruido.

—No hables —dije.

—No iba a hacerlo.

—Tu presencia ya hace ruido.

—Eso no sé cómo corregirlo.

—Vete a Sant Cugat a la habitación sin baño.

—Marta dijo que te aprecia.

—Marta miente con estilo.

El ascensor subió. Planta uno. Dos.

En el espejo, la imagen era ofensiva: ella con el moño medio caído, el vaso de café, las ojeras y una mancha de bolígrafo en la muñeca; él a su lado, cansado al fin, no impecable, con la tarjeta de la habitación en el bolsillo.

Si alguien entraba, no vería una mentira.

Vería dos adultos demasiado agotados para desmentirse.

Eso era más peligroso que una story.

—La canción —dijo Adrián.

Cerré los ojos.

—He dicho que no hablaras.

—Ya.

—Y has decidido empezar con el peor tema.

—No teníamos que haber dejado que la pusieran.

—No la dejamos. Jana cometió un delito musical.

—Me refiero a que quizá debería haber dicho algo antes. En el grupo.

—¿Qué? ¿Hola, soy Adrián, esta canción nos recuerda a una noche de mierda maravillosa antes de que yo me largara?

Él giró apenas la cabeza hacia mí.

Sentí que se me calentaba la cara. Estupendo. El cuerpo colaborando con la fiscalía.

—No fue una noche de mierda —dijo él.

—No empieces a corregir mis recuerdos.

—No corrijo. Los míos son otros.

El ascensor se detuvo entre la segunda y la tercera planta.

Miré los números.

—No.

Las puertas no se abrieron.

—No, no, no.

Adrián pulsó el botón de apertura. Nada.

—Tranquila.

—No me digas tranquila dentro de una caja parada.

—No estamos encerrados. Solo...

—Si dices temporalmente detenidos, te mato y tendrán que abrir para sacar el cadáver. Problema resuelto.

Él pulsó el botón de alarma. Una voz de recepción respondió con demasiada normalidad.

—Recepción, ¿todo bien?

—Marta —dije—, dile al ascensor que hoy no.

Pausa.

—Ah. Sois vosotros.

—No digas sois.

—El técnico está revisando desde esta tarde. Debería moverse en un minuto.

—Debería es una palabra peligrosa en hostelería.

—Lo sé. Por eso la uso desde recepción y no desde dentro. Respirad. Os veo en cámara.

Levanté la vista hacia la esquina del ascensor.

—¿Nos ves?

—Sí.

—Pues mira para otro lado.

—No puedo. Es mi trabajo.

Adrián tosió. Lo miré.

—Ni una risa.

—No he hecho nada.

La comunicación se cortó.

El ascensor siguió parado.

De pronto, el espacio era pequeño de verdad. No narrativamente. Físicamente. Café en la mano, pared a la espalda, Adrián a menos de un metro, el espejo multiplicando lo que yo llevaba horas intentando reducir.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Estoy en un ascensor con mi ex, grabada por recepción y con una novia preguntando si puede casarse sin madre. Estoy viviendo mi sueño de infancia.

—Claudia.

—No uses esa voz.

—¿Cuál?

—La que usas cuando decides no discutir.

—No estoy discutiendo porque estás agobiada.

—Estoy furiosa.

—También.

—No me leas.

—No puedo evitarlo siempre.

—Pues aprende.

El ascensor dio un tirón pequeño. Perdí el equilibrio. No habría pasado nada si no llevara café, una carpeta y dieciséis horas de cansancio encima. El vaso se inclinó, intenté salvarlo, el pie le falló apenas y Adrián me agarró por el antebrazo.

Un segundo.

Nada más.

El café no cayó.

Yo tampoco.

Su piel sí hizo una estupidez.

Adrián me soltó de inmediato, como si recordara la regla tres y todas sus derivadas.

—Perdón.

—No me has tocado.

—Sí.

—Ha sido prevención laboral.

—De acuerdo.

—No cuenta.

—No estaba contando.

Pero los dos miraron el sitio donde sus dedos habían estado.

El ascensor volvió a moverse.

Planta tres.

Las puertas se abrieron.

Marta estaba al otro lado con una tablet y una cara indecente de neutralidad.

—Técnicamente, veintidós segundos.

—Marta —dije.

—No he visto nada.

—Acabas de decir que nos veías en cámara.

—No he visto nada útil para recepción.

Adrián salió primero y se apartó para dejarme pasar. Otra educación pequeña, otro problema.

—Voy a recepción —dijo él.

—Sí.

—Claudia.

—¿Qué?

Él miró hacia Marta, luego de nuevo a mí.

—La canción no era horrible porque desafinara.

No respondí.

—Era horrible porque nos gustaba igual.

Se fue hacia las escaleras antes de que pudiera encontrar una frase que no delatara nada.

Marta levantó las cejas.

—No he visto nada, pero he oído eso.

—Te odio.

—Lo sé.

Llegué a la habitación de Marcela con el café intacto y el pulso haciendo el ridículo. La novia estaba sentada en la cama con el velo sobre las rodillas. Laia sostenía una aguja. Jana, sin móvil, parecía una adolescente castigada en una película de sobremesa.

—¿Crisis poco? —pregunté.

Marcela levantó el velo.

—Mi madre quiere que lo lleve cubriéndome la cara al entrar.

—¿Y tú?

—Yo quiero respirar.

—Entonces no.

—Dice que queda más solemne.

—También un entierro y nadie lo agenda por estética.

Marcela sonrió.

Laia clavó la aguja en un cojín.

—Gracias.

Dejé el café sobre la mesita y cogí el velo. Era bonito, suave, caro y preparado para molestar. Lo examinó como quien evalúa a un enemigo delicado.

—Lo llevas hacia atrás. Entra con la cara libre. Si tu madre quiere misterio, que lea una novela.

Jana murmuró:

—Yo leo mucho romance.

—Eso explica tus crímenes musicales.

—Perdón.

Suspiré.

—Dame el móvil.

Jana abrió los ojos.

—¿Me lo devuelves?

—No. Quiero borrar la playlist.

La chica se lo entregó con la tristeza de una persona amputada de internet.

Mi móvil vibró justo cuando desbloqueaba el de Jana.

Adrián: “Marta ha confirmado lista de huéspedes. Hay una periodista de sociedad alojada en el hotel con nombre falso.”

Dejé de respirar medio segundo.

Otro mensaje.

Adrián: “Está en nuestra planta.”

Nuestra.

Qué palabra más inoportuna.