Capítulo 6 · Claudia
La canción se llamaba La última ronda, aunque habría preferido que se llamara No abras la boca delante de mi ex o Manual urgente para fingir que no te acuerdas de nada.
No era una canción famosa. No salía en bodas, ni en listas de Spotify para cenas con velas, ni en esos vídeos donde una pareja gira en cámara lenta bajo luces cálidas mientras todos los invitados lloran con una copa en la mano.
Era una canción pequeña, de un grupo que había tocado una noche en un bar de Gràcia donde las mesas cojeaban y el baño no cerraba bien.
Adrián la había puesto en mi móvil cuando volvían andando, tarde, con una bolsa de mandarinas comprada en un paquistaní abierto a deshora.
Había dicho que era fea. Él se había reído, me había rozado la nuca con la nariz para quitarme la queja de la boca, y yo había terminado escuchándola contra la pared de su cocina, con las mandarinas rodando por el suelo y la camiseta de Adrián a medio quitar.
Luego la había escuchado durante semanas.
Por supuesto, no pensaba contar eso.
—No tenemos canción —dijo, mirando el mensaje de Marcela.
Adrián seguía en la puerta de la habitación 317 con la tarjeta magnética entre los dedos. La sostuvo unos segundos más de lo necesario, como si también él entendiera que una tarjeta podía ser una llave, una excusa o una forma muy pequeña de volver a entrar donde ya no tenía derecho.
—Podemos inventar una —dijo.
—Fantástico. Otra mentira encima de la mentira. Va cogiendo cuerpo de banquete.
—Me refiero a elegir algo neutro.
—¿Qué es una canción neutra? ¿El himno del ascensor?
Adrián guardó la tarjeta en el bolsillo interior de la chaqueta. El gesto fue tan cotidiano que a mí me molestó. Había cosas que una persona no debería poder hacer con naturalidad después de haberte dejado siete años con la sensación de haber entendido tarde un idioma.
—Algo que no signifique nada —respondió él.
—A Elena no le va a servir algo que no signifique nada. Quiere una escena pequeña. Una frase de catálogo emocional para que su mentira tenga cortinas.
—Entonces dile que no.
Me giré hacia él.
—¿Has conocido a Elena Rius hace media hora y ya quieres practicar la fantasía del no?
—Funciona a veces.
—Con gente que tiene alma, sí.
Él se quedó serio. Bien. Lo último que necesitaba era que Adrián se divirtiera con su vocabulario defensivo.
El móvil volvió a vibrar.
Marcela: “Mi madre insiste. Dice que si no tenéis canción, el DJ puede poner algo elegante y ya está.”
Laia: “Jana propone una de Alejandro Sanz. La he expulsado mentalmente.”
Escribí: “No hay canción. No pongáis nada. Bajo en diez.”
No envió el mensaje.
Porque, en la pantalla, las tres palabras quedaban demasiado limpias.
No hay canción.
Mentira.
Sí la había. No era de bodas. No era bonita.
No era presentable. Pero existía. Existía igual que existía la marca pequeña en la mesa de su cocina donde Adrián había dejado una taza caliente.
Igual que existía una camiseta vieja en una caja que no había tirado porque primero no tuvo tiempo, luego no tuvo valor y después se convenció de que el olvido también podía hacerse por acumulación.
Adrián dio un paso fuera de la puerta para dejar pasar a una camarera que empujaba un carro de toallas. La mujer miró la habitación abierta, la cama, a mí, a Adrián y seguí caminando con la cara profesional de quien iba a contar aquello en lavandería antes de que terminara el turno.
—Genial —murmuré—. Ya lo sabe lencería.
—No sabía que lencería fuera un departamento de inteligencia.
—En hoteles, sí.
Entró en la habitación solo para dejar la carpeta sobre la mesa.
La cama ocupaba más espacio del que le correspondía por ley moral.
No parecía una cama: parecía una pregunta blanca, excesiva, demasiado limpia, hecha por alguien que no sabía que allí iban a dormir dos personas con siete años de hambre mal enterrada.
—Trabaja —dije—. Responde al blog. Yo voy a ver a Vera, al chef y al señor de las gambas tristes.
—Claudia.
—No.
—Solo iba a decir que si en la cena preguntan por la canción, puedo contestar yo.
—Eso es exactamente lo que no va a pasar.
—Lo sé.
—No lo sabes si lo propones.
Adrián apoyó una mano en el respaldo de la butaca, no para sentarse, sino para anclarse un segundo.
—No quiero exponerte.
—Pues vas tarde. Ya tengo una habitación compartida, una cena de pareja, una story circulando y una madre de la novia usando mi vida sentimental como plan de reputación.
—Puedo asumir yo la mentira.
Solté una risa breve.
—¿Cómo se asume una mentira de pareja en solitario? ¿Te abrazas a ti mismo durante los entrantes?
—Digo que fue un malentendido mío.
—Entonces Elena pensará que eres incompetente y Tomàs buscará a otro. La filtración volverá a mi mesa y yo seguiré sin flores de verdad, sin dinero y con una novia que cree que el amor resucita porque tú tienes traje oscuro.
Adrián me miró con una calma que no le gustó.
—Entonces lo has pensado.
—Claro que lo he pensado. No soy impulsiva, soy pobre.
La frase salió con un filo que no iba dirigido a él y aun así le di. Lo vi. Un músculo mínimo en la mandíbula. Una aceptación sin defensa. Odiaba que no se pusiera fácil.
—Perdón —dijo él.
—No.
—¿No?
—No me pidas perdón por existir en mi crisis. Pídemelo si vas a empeorarla.
—Intentaré no hacerlo.
—Respuesta mediocre, pero realista.
Salió antes de que la conversación encontrara una silla y se sentara.
Vera Soler estaba en el pasillo de servicio, delante de una bandeja de canapés de prueba que nadie se atrevía a tocar. El chef, un hombre ancho con cara de haber renunciado a la alegría en 2016, sostenía una gamba entre dos dedos.
—Esto no tiene cara triste —decía—. Tiene cara de gamba.
—La madre del novio opina distinto —respondió Vera.
—La madre del novio puede venir a explicárselo al animal.
Llegué a tiempo de ver a Vera cerrar los ojos un segundo. No por cansancio. Por presupuesto.
—Claudia —dijo la directora—. Bien. Necesito una palabra para las flores que no sea sustitución.
—Replanteamiento.
—Suena a obra.
—Ligereza.
—Suena a ensalada.
—Línea floral depurada.
Vera me miró.
—Esa me sirve. Mentira con zapatos buenos.
—No es mentira. Es lenguaje de boda.
—Lo mismo, pero con IVA.
El chef dejó la gamba en la bandeja.
—Si alguien más me pregunta por la expresión facial del marisco, cancelo proteína.
—No vas a cancelar nada —dijo Vera—. Vas a hacer que esas gambas parezcan felices sin que se note que te odio.
—Yo también te odio.
—Perfecto. Entonces seguimos como siempre.
Habría sonreído si mi móvil no hubiera vibrado otra vez.
Adrián: “El blog ha respondido. Insiste. Pregunta si es cierto que ha habido cambio de decoración por incumplimiento de proveedor y si la organización está en manos de una empresa con problemas de solvencia.”
La pantalla pareció ensuciarse en su mano.
Empresa con problemas de solvencia.
Aquello no era una filtración de boda. Era otra cosa. Más fea. Más cerca.
Vera vio su cara.
—¿Qué pasa?
Bloqueé el móvil.
—Nada que pueda decir delante de una gamba.
El chef levantó una mano.
—Yo no juzgo. Solo emplató.
Vera me quitó el móvil con una naturalidad que habría sido ofensiva en otra persona. Leyó el mensaje. No cambió de gesto, pero el silencio le quedó distinto.
—Esto no lo sabe cualquiera —dijo.
—No.
—¿Quién conoce tus problemas de pago?
Miré la bandeja, las puertas de servicio, el suelo que alguien había fregado mal y tenía una marca de rueda.
—Demasiada gente equivocada.
Vera le devolvió el móvil.
—Vuelve con Adrián. Ahora.
—Tengo montaje.
—Tienes a alguien intentando convertir tu debilidad económica en noticia de boda. El montaje puede esperar tres minutos. Tu reputación, no.
A mí me molestó que Vera usara la misma palabra que Adrián. Reputación. Como si su vida hubiera entrado en una carpeta.
Volvió a la habitación 317 más rápido de lo que habría querido reconocer.
La puerta seguía abierta. Adrián estaba sentado a la mesa, sin chaqueta, con las mangas de la camisa remangadas hasta el antebrazo.
En otra circunstancia, aquella imagen habría sido injusta.
En esa, era directamente una provocación: la vena discreta en la muñeca, los dedos quietos sobre el teclado, la concentración de un hombre que una vez había sabido desabrocharle la risa antes que la ropa.
Él levantó la vista.
—Lo has visto.
—¿Problemas de solvencia?
—Sí.
—Eso no está en ningún listado de invitados.
—No.
—Eso sale de proveedores, banco o alguien que me conoce.
—O alguien que ha visto un pago rechazado.
Recordé la pantalla en la terraza. Su tarjeta. El rechazo. El segundo intento. El pago aceptado con la personal. Inés. Adrián. Júlia, la florista. Nadie más. En teoría.
—No ha salido de aquí —dijo él, antes de que pudiera acusarlo por necesidad.
—No he dicho que sí.
—Lo has pensado.
—Pienso muchas cosas. Algunas implican delitos florales.
Adrián giró el portátil hacia mí. Había escrito una respuesta al blog. Breve. Aburrida. Sin nombres. Sin disculpas. Sin aire de pánico.
Leí.
“Se trata de un evento privado. Los ajustes logísticos y decorativos forman parte de la operativa normal de cualquier celebración de esta escala. No vamos a comentar datos personales, financieros ni de proveedores vinculados a clientes o profesionales externos.”
—Has puesto financieros —dije.
—Para cerrar esa puerta sin confirmarla.
—Suena a que hay puerta.
—Si no lo pongo, preguntarán otra vez. Si lo pongo sobrio, parezco abogado aburrido.
—Qué aspiración tan triste.
—Funciona.
Me senté en el borde de la cama sin pensar. La colcha cedió bajo su peso y el gesto le devolvió una imagen que no quería: Adrián a dos pasos, la puerta abierta, mi cuerpo recordando más rápido de lo recomendable qué significaba compartir una habitación con él.
Adrián no comentó nada.
Bien. Muy mal.
—Envíalo —dije.
—Necesito autorización de Tomàs y Vera.
—La mía no cuenta.
—Tuya es la empresa a la que están intentando tocar. Claro que cuenta.
No debería haberme afectado. Era una frase correcta. Técnica. Sin azúcar. Aun así, algo se me movió debajo de las costillas con una impertinencia absurda.
—La tienes —dije.
Adrián envió el texto a Vera y Tomàs. Luego dejó las manos sobre el teclado, quietas.
—¿Quién te quiere fuera de esta boda?
Me reí sin alegría.
—Elena, por deporte. Mi cuenta bancaria, por coherencia. El universo, por constancia.
—Hablo en serio.
—Yo también.
—Alguien ha dado información sobre dinero.
—Alguien siempre da información sobre dinero cuando cree que una mujer no debería estar cobrando por mandar.
Adrián no respondió enseguida.
Mi móvil vibró.
Marcela: “Mi madre dice que en la cena pondrán música suave. Nada de vuestra canción. Tranquila.”
Laia: “Pero Jana ya está buscando canciones de parejas que vuelven.”
Escribí: “Decidle a Jana que si pone una canción, la siento con los exsocios Aries.”
Adrián leyó por encima, porque el grupo también lo había incluido.
—Sigues siendo eficiente con amenazas sociales.
—Es mi lengua materna.
—¿Y la canción?
—No hay canción.
Esta vez, él no la corregí. Solo bajó la mirada al portátil.
El silencio que dejó fue raro. No acusaba. No pedía. Y aun así llenó la habitación más que la cama.
Odiaba las mentiras cuando el otro aceptaba fingirlas contigo.
—Era una canción horrible —dijo al final.
Adrián levantó la vista.
—Bastante.
—El cantante desafinaba.
—Mucho.
—Y tú la pusiste tres semanas seguidas.
—Cuatro.
—Eso no mejora nada.
—No.
Durante un segundo, la habitación se quedó sin boda. Sin Elena. Sin blog. Solo la mesa, la cama, el portátil, una tarjeta magnética y una canción fea que ninguno había querido nombrar.
Entonces el móvil de Adrián sonó.
Tomàs autorizaba el envío.
Vera también.
Adrián mandó la respuesta.
—Hecho.
Asentí.
—Bien.
—Ahora tenemos que ir a la cena.
—No. Ahora tengo que hacer cualquier cosa menos ir a una cena donde una familia rica va a usarme de prueba de estabilidad emocional.
—Si no vamos, hablarán más.
—Si vamos, también.
—Pero delante de nosotros medirán las palabras.
Cogí mi bolso.
—No conoces a las familias con vino gratis.
—Conozco a las familias con miedo a la prensa.
Eso sí era útil. Y eso la enfadó.
Bajaron juntos, sin tocarse, por el ascensor que esta vez funcionó con una obediencia sospechosa. En el espejo, me vi con el pelo torcido, el maquillaje inexistente y la cara de una mujer a la que le habían robado una cama, una mentira y quizá también parte de su resistencia.
Adrián, a su lado, tenía la camisa remangada, la chaqueta sobre el brazo y la tarjeta de la habitación asomando apenas en el bolsillo.
Parecían algo.
No pareja. No exactamente.
Algo que la gente podía malinterpretar con muy poco esfuerzo.
Al llegar al salón pequeño, Elena Rius los esperaba en la entrada con una copa en la mano y una sonrisa de control.
—Perfecto. Juntos.
—No abuses de la palabra perfecto —dije—. Hoy está muy sensible.
Elena ignoró el comentario y señaló la mesa.
Dos sitios. Uno al lado del otro. Carteles con sus nombres escritos en una caligrafía preciosa y cruel.
Yo.
Adrián Vidal.
Entre ambos, una vela pequeña.
Y detrás de ellos, junto al equipo de sonido, Jana sostenía el móvil con una expresión culpable.
El primer acorde de la última ronda salió por los altavoces antes de que pudiera cruzar el salón.
Adrián dejó de caminar.
También.
Nadie más entendió nada.
Ese fue el problema.