La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 7 · Claudia
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Capítulo 7 · Claudia

La canción duró nueve segundos antes de que cruzara el salón pequeño con la velocidad exacta de una mujer que sabía dónde estaba el cable del sonido y no tenía miedo a usarlo.

Jana, la prima de Marcela, era joven, guapa, llevaba un vestido verde precioso y tenía la cara de quien acababa de descubrir que la espontaneidad podía ser perseguida penalmente.

—Era una sorpresa —dijo, antes de que Claudia abriera la boca.

Le quité el móvil de la mano.

—Las sorpresas, en las bodas, se comunican con cuarenta y ocho horas de antelación, autorización por escrito y un adulto presente.

—Pero Marcela dijo que quizá teníais canción.

—Marcela también dijo que quería peonías y mira cómo vamos.

Jana miró hacia el arreglo floral de emergencia, que desde lejos parecía caro si una no había llorado con el enlace de pago en la mano.

—Perdón.

—No me pidas perdón con música de fondo.

Dani apareció junto a la mesa de sonido, cogió el cable con una mano y me miró.

—¿Mato la playlist o solo la entierro?

—Entiérrala sin ceremonia.

La canción murió a mitad de una guitarra mal afinada.

El salón siguió hablando encima, porque la gente rica tenía el don de no notar los incendios que no la manchaban.

Algunos invitados miraron con curiosidad.

Otros fingieron no haber oído nada. Elena Rius apretó la boca como si acabara de apartar una pieza del tablero sin permiso.

Adrián seguía en la entrada.

No se había movido.

Eso fue lo peor. No que hubiera reconocido la canción, no que le hubiera cambiado la cara un segundo. Lo peor fue que se quedó quieto, sin usar aquel momento para acercarse, sin convertirlo en gesto, sin salvar ni invadir.

Por una vez, dejó que el desastre fuera de ella.

Devolví el móvil a Jana.

—Si vuelves a tocar una canción sin permiso, te siento con los Aries.

—La mesa ocho está llena.

—Haré sitio.

Jana se fue con una dignidad rota y el vestido verde salvándola de quedar del todo ridícula.

Dani bajó la voz.

—¿Era vuestra canción de verdad?

Lo miré.

—¿Quieres conservar las piernas?

—No es una pregunta profesional. Retiro.

—Buena elección.

Cuando volvió hacia la mesa, Adrián ya estaba allí.

Había dejado mi silla separada sin teatralidad, solo lo justo para que pudiera sentarse sin tener que rozarlo.

Eso también le molestó. Había hombres que se hacían los caballerosos para que los vieran.

Adrián lo hacía cuando nadie miraba, y eso era una falta de consideración con su rabia.

—No tenías que quitarla tú —dijo él.

—Sí tenía.

—Podía hacerlo Dani.

—Dani no sabe qué estaba quitando.

Adrián no contestó. Me senté a su lado.

La vela entre ellos olía a higo. O a algo que una marca habría vendido como higo, madera y calma. Habría preferido olor a lejía. La lejía no fingía ser experiencia sensorial.

Marcela estaba tres sillas más allá, con Biel a su lado. La novia ya tenía mejor color y un plato con dos trozos de pan, una aceituna y algo de queso que observaba sin entusiasmo. Al verme, levantó la mano con un gesto de disculpa.

Negué con la cabeza. No por generosidad. Porque no quería añadir una novia culpable al inventario.

Elena se sentó enfrente, impecable. Tomàs a su derecha. Entre ambos había una señora que identifiqué como tía Clara, la hermana reenviadora, porque tenía una tableta pequeña, mirada hambrienta y la clase de pendiente caro que sugería que llamaba discreción a saberlo todo antes que nadie.

—Qué canción tan peculiar —dijo tía Clara.

Adrián cogió la copa de agua.

—Por eso la hemos quitado.

—A mí me ha parecido íntima.

—Era técnicamente mala —dije.

—A veces lo íntimo no es perfecto.

Miré a Elena.

—¿Puedo pedir cambio de mesa por motivos sanitarios?

Elena sonrió sin sonreír.

—Clara habla mucho. Se le pasa comiendo.

—Eso explica algunas políticas familiares —murmuró Adrián.

Casi lo miré. Casi. No le iba a conceder la gracia.

La cena informal era, en teoría, una cena ligera para familiares cercanos antes del día grande.

En la práctica, tenía suficientes cubiertos para declarar un tratado internacional.

El salón pequeño estaba preparado con mesas largas, iluminación cálida, arreglos florales ya modificados y un murmullo de personas que fingían no estar pendientes del blog, de la novia, de las flores y, ahora, de Adrián y de mí.

Los platos empezaron a salir. Crema fría en vasitos, croquetas pequeñas que nadie podía comer con dignidad, pan que se rompía en migas sobre manteles caros. No tenía hambre. Tenía una galleta de chocolate en el bolso y la conciencia de haber pagado flores con una tarjeta personal.

Adrián, a su lado, tampoco comía mucho.

—Come —dijo él en voz baja.

—No me des órdenes nutricionales.

—No era una orden.

—Peor. Era cuidado.

Él dejó el tenedor.

—¿También está prohibido?

—Hoy sí.

—¿Solo hoy?

Cogí una croqueta y se la metí en la boca para no contestar. Estaba demasiado caliente. Se quemó la lengua. Perfecto. Daño físico pequeño, manejable, sin archivo sentimental.

Desde el otro extremo de la mesa, un hombre de unos sesenta años, bronceado de barco y camisa demasiado abierta para una cena familiar, levantó la copa.

—Bueno, ya que estamos todos los importantes, propongo brindar.

Dani, de pie junto a la pared, cerró los ojos.

Reconocí al instante al tío del puro. El mismo que quería fumar durante la ceremonia y dar un discurso sorpresa.

Siempre había un hombre así. En todas las bodas.

Venía de serie, junto con las alergias mal comunicadas y las tías que preguntaban si el vestido era blanco puro.

Elena tensó la mandíbula.

Tomàs miró a otro lado.

Marcela dejó el pan.

Biel se puso rígido.

—Tío Ramon —dijo el novio—, quizá mañana...

—No, no. Tranquilos. Dos palabras.

Dos palabras, en boca de un invitado con copa, significaba quince minutos, una infancia traumática y una broma sobre la noche de bodas.

Dejé la servilleta sobre la mesa.

—Voy.

Adrián se inclinó un poco.

—Espera.

—No.

—Déjame.

—¿Por qué?

—Porque a mí todavía no me odia.

—Dale tiempo.

Pero Adrián ya se había levantado.

Lo hice sin hacer ruido. Sin dar palmadas. Sin ponerse en el centro. Caminó hasta el tío Ramon con una copa de agua en la mano y esa expresión de hombre que no venía a cortar nada, solo a moverlo a un sitio menos peligroso.

Lo observé desde la mesa con una mezcla de odio y alivio que no le convenía nada.

—Ramon, ¿verdad? —dijo Adrián.

—Sí.

—Adrián Vidal. Me han dicho que mañana tienes un brindis preparado.

—Algo pequeño.

—Entonces conviene reservarlo. Ahora Marcela está intentando llegar viva a la boda y mañana necesitará que alguien levante el tono con gracia.

El tío Ramon se infló un poco.

—Bueno, gracia tengo.

—Precisamente por eso. Si lo gastas esta noche, mañana nos dejas sin defensa.

La mesa rio. No mucho. Lo justo para transformar una retirada en reconocimiento.

El tío Ramon bajó la copa.

—Visto así.

—Dani te puede guardar un momento mañana antes del postre. Sin puro. Eso sí no lo negocio.

—¿Sin puro?

—Sin bomberos.

Más risas.

Dani, desde la pared, levantó un pulgar mínimo.

Adrián volvió a la mesa sin buscar aplauso. Ese era el tipo de eficacia que más rabia daba: la que no pedía premio.

Miré su plato.

—Has negociado con un tío borracho mejor que con mi ruptura.

—Tu ruptura no estaba borracha.

—Estaba agotada. Es peor.

Adrián no respondió. Su silencio volvió a ser una silla vacía.

Tía Clara se inclinó hacia ellos.

—Se nota que hacéis buen equipo.

—No hacemos equipo —dije.

—Hacemos una intervención puntual —dijo Adrián.

—Qué forma más rara de llamar a una relación.

—No es una relación —dijeron los dos.

La tía Clara sonrió con una alegría insoportable.

—Ay.

—No diga ay —pedí.

—Eso ha sido muy de pareja.

Elena bebió agua. Marcela se tapó la boca. Biel miró a su plato con la resignación de un hombre que entendía que no todas las guerras lo necesitaban.

El móvil de Adrián vibró sobre la mesa. Él me miró y se puso serio.

Lo noté antes de que hablara.

—¿El blog?

Él negó apenas.

—Peor.

La palabra peor tenía un uso injusto aquel día. Competía mucho.

Adrián me enseñó la pantalla bajo la mesa.

Era una captura de una historia nueva. No de Jana. De otro perfil. En la imagen se veía el seating plan familiar, con varios nombres parcialmente visibles, tomado desde un ángulo torcido. Al fondo, desenfocados, Adrián y yo sentados juntos. El texto decía:

“Cena íntima antes de la boda Rius-Montcada. Mucho amor, algunos nervios y la wedding planner más acompañada de Barcelona.”

Sentí una presión en los dientes.

—Voy a confiscar teléfonos por cubos.

—Hay algo más.

Adrián amplió la parte del seating plan.

Mesa ocho. Los dos exsocios Aries. Juntos.

Y uno de ellos acababa de levantarse.

No para brindar.

Para ir directo hacia el otro con una copa llena en la mano.

Me puse de pie.

—Ahora sí es una boda.

La copa salió disparada antes de que llegara.