La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 5 · Claudia #2
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Capítulo 5 · Claudia #2

Marta miró al techo. Adrián bajó la vista. Habría apreciado que alguien del pasillo se desmayara para cambiar de tema.

Elena continuó:

—Esta noche hay una cena informal con familia cercana en el salón pequeño. No estaba pensada como cena de crisis, pero ahora lo es. Quiero que estéis los dos.

—No.

—Sí.

—Tengo montaje.

—Inés puede cubrir media hora.

—No conoces a Inés.

—Conozco el dinero que estoy pagando.

Silencio.

Ahí estaba otra vez. El idioma más antiguo de las bodas caras.

Adrián habló bajo.

—Iremos el tiempo necesario.

Me volví hacia él.

—No decidas por mí.

—No decido por ti. Estoy evitando que lo haga ella.

Elena inclinó la cabeza, casi divertida.

—Qué mono. Aún crees que son cosas distintas.

Se fue antes de que encontrara una frase que no pudiera costarle el contrato.

Durante unos segundos, el pasillo quedó con ese tipo de calma que no calma nada. Una puerta se cerró al fondo. El ascensor sonó. Una aspiradora arrancó en alguna habitación con una alegría ofensiva.

Marta recogió la tarjeta maestra.

—Voy a recepción. Si alguien pregunta, estáis revisando documentación.

—Estamos revisando mi paciencia —dije.

—Eso no cabe en el sistema.

Marta se fue.

Adrián y yo nos quedamos frente a la habitación abierta.

La cama, allí dentro, parecía más grande cada vez que alguien fingía no mirarla.

—No voy a dormir aquí —dijo él.

—No vas a respirar aquí si puedo evitarlo.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Adrián dejó la maleta junto a la pared del pasillo y entró solo para colocar el portátil sobre la mesa. No tocó las cajas. No tocó las galletas. Se comportó con un respeto que a mí me resultó casi más irritante que una invasión.

—Necesito veinte minutos para responder al blog y revisar las capturas de Marcela —dijo—. Luego bajo al bar o a una sala.

—La sala pequeña está llena de manteles y de mi humillación reciente.

—Entonces al bar.

—El bar está lleno de familia mirando.

—Entonces aquí con la puerta abierta.

Apoyé la espalda en el marco de la puerta.

—Mira qué bien. Ya parecemos un matrimonio separado negociando la custodia del cargador.

Él me miró.

—No digas matrimonio.

—¿Te da alergia?

—Contigo, no.

La frase cayó en la habitación sin pedir permiso.

Me quedé quieta.

Adrián también.

No había sido una frase brillante. Ni seductora. Ni siquiera parecía preparada. Las frases preparadas podían devolverse. Las que salían mal se quedaban donde caían.

Entré, cogió las galletas de chocolate de la mesa y las metí en mi bolso.

—Regla cuatro. Mis galletas no se comparten.

Adrián bajó la vista, casi sonriendo.

—De acuerdo.

—Regla cinco. Trabajas, respondes al blog y luego desapareces de esta habitación.

—De acuerdo.

—Regla seis. En la cena no dices nada que suene a intimidad.

—¿Qué consideras intimidad?

—Mi nombre dicho con esa voz.

Adrián levantó la mirada.

Me arrepentí al segundo. No porque fuera mentira. Porque era información útil.

—Apuntado —dijo él.

—No apuntes nada. Olvídalo.

—Eso se me da peor.

Mi móvil vibró antes de que pudiera responder.

Dani: “Sillas casi salvadas. El tío del puro pregunta ahora si puede dar un discurso sorpresa.”

Inés: “Vera quiere verte. Chef al borde de asesinato. También ha llegado la tía Clara y pregunta por mi pareja. Felicidades.”

Marcela, en el grupo: “Mi madre dice que os ha puesto juntos en la cena para que no os separen. Lo siento. No sé si es bueno o malo.”

Laia: “Yo creo que bueno. Perdón.”

Adrián recibió los mismos mensajes. Lo vi leerlos. También vio cómo intenté no reaccionar a lo de “juntos”. Y vio que no lo conseguía del todo.

—No —dije.

—Todavía no he hablado.

—Estabas pensando.

—Eso no puedo prometer dejar de hacerlo.

—Pues piensa peor.

Él dejó el móvil sobre la mesa.

—La cena puede ayudarnos.

—La cena puede atragantarme.

—Si estamos allí, controlamos preguntas. Si no estamos, inventan respuestas.

—Ojalá fueras malo en tu trabajo.

—A veces lo he sido.

La frase no venía del blog. Ni de Elena. Venía de Madrid, de una maleta abierta, de una despedida sin gritos. No quise recogerla.

—No te toca confesarte en mi habitación robada.

—Lo sé.

—Deja de saberlo todo.

—Estoy intentándolo.

Alguien llamó a la puerta abierta.

Era Vera Soler.

La directora del hotel no necesitaba alzar la voz. Tenía cuarenta y pocos, un vestido negro impecable, ojeras que parecían elegidas a propósito y una manera de mirar las habitaciones como si supiera exactamente qué había ocurrido en todas ellas aunque no hubiera entrado.

—Claudia. Adrián.

—Vera —dije—. Antes de que digas nada, esta habitación no es una decisión mía.

—Casi ninguna tragedia hotelera lo es.

Vera miró la cama, las cajas, la maleta y luego a nosotros. No hizo comentario. Eso la hizo más peligrosa.

—Tenemos tres frentes: blog, cena y una novia que ya respira pero sigue a punto de convertirse en porcelana. Necesito que el hotel no parezca culpable de ninguno.

—El hotel no tiene culpa —dije.

Vera me miró con una ceja leve.

—El hotel siempre tiene algo de culpa. Somos el sitio donde la gente se equivoca pagando más por hacerlo con sábanas limpias.

Adrián inclinó la cabeza, atento.

—Estoy preparando una respuesta neutra al blog.

—Quiero verla antes de enviarla.

—Por supuesto.

—Y quiero que en la cena seáis aburridos.

Se me escapó una risa que no llegó a ninguna parte.

—Esa parte puede complicarse.

—No he dicho felices. He dicho aburridos. Las parejas felices dan conversación. Las parejas que llevan tiempo juntas solo dan pereza. Quiero pereza.

Adrián miró al suelo.

No supe si quería reírse o mudarse a otro país.

Vera continuó:

—Media hora de cena. Sentados juntos. Sin gestos raros. Sin explicaciones. Si alguien pregunta, estáis ocupados con la boda. Si alguien insiste, Claudia hace una bordería ligera y Adrián sonríe poco. Eso debería bastar.

—Me encanta que mi personalidad sea parte del plan de contingencia —dije.

—Es una de tus competencias más fiables.

Vera dejó una tarjeta nueva sobre la mesa.

—Segunda llave. La primera la tiene Claudia. Esta, Adrián.

—No —dijeron los dos a la vez.

Vera me miró.

—Qué sincronía tan poco útil.

—No necesita llave —dije.

—Si trabaja aquí, sí. Si no trabaja aquí, Elena preguntará por qué. Si Elena pregunta por qué, me llama a mí. Si me llama a mí otra vez antes de comer, yo misma empiezo a filtrar cosas al blog por aburrimiento.

Adrián no tocó la tarjeta.

Tampoco.

Vera me observó un segundo. Luego empujó la tarjeta dos centímetros hacia el centro de la mesa.

—No es una alianza. Es plástico magnético. Madurad.

Salió de la habitación con la misma calma con la que había entrado.

La tarjeta quedó allí.

Blanca. Pequeña. Ridícula.

Mucho más peligrosa de lo que tenía derecho a ser.

La miré.

Adrián también.

El móvil vibró otra vez.

Elena Rius: “Mesa de cena actualizada. Tú y Adrián juntos. Mejor no separar lo que ya funciona.”

Leí el mensaje en voz alta sin querer.

Adrián cerró los ojos un segundo.

Cogí la tarjeta de la mesa y se la lanzó contra el pecho.

—Enhorabuena.

Él la atrapó por puro reflejo.

—¿Por qué?

Cogí la carpeta, el bolso, las galletas y la poca dignidad que le quedaba.

—Porque acabas de conseguir cama, cena y novia falsa en menos de una hora. Ni en tus mejores años fuiste tan eficiente.

Salió antes de ver si la frase le dolía.

A mitad del pasillo, el móvil volvió a vibrar.

Grupo “Crisis boda sin mi madre”.

Marcela: “Claudia, mi madre acaba de preguntarme si puedo poner vuestra canción en algún momento de la cena para hacerlo más natural. He dicho que no sabía cuál era.”

Laia: “¿Tenéis canción?”

Me detuve.

Detrás de mí, Adrián apareció en la puerta de la habitación con la tarjeta aún en la mano.

Por una vez, tenía cara de no saber qué decir.

Eso no la tranquilizó.

Porque sí tenían canción.