Capítulo 5 · Claudia
Mi habitación no era una habitación en el sentido sentimental del término.
No tenía velas, ni pétalos, ni vistas pensadas para reconciliar a nadie.
Era una doble estándar al final de un pasillo secundario, reservada desde hacía meses como base de operaciones porque había aprendido, a fuerza de llorar en baños ajenos, que una boda necesitaba un lugar donde esconder cajas, zapatos de repuesto, contratos impresos, medicación para el dolor de cabeza, cinta de doble cara, bridas, medias de emergencia, cargadores y una organizadora cuando ya no pudiera sostenerse de pie.
También había pedido una habitación porque la boda terminaba tarde, el desmontaje terminaba más tarde todavía y volver a casa a las tres de la mañana para ducharse y regresar a las siete era una forma elegante de morir sin aparecer en las estadísticas.
La intimidad no era eso.
Era logística con sábanas.
Ahora, por lo visto, también era la habitación de Adrián Vidal.
—No —dije por quinta vez.
Marta caminaba delante de ellos por el pasillo de la tercera planta con una tarjeta maestra en la mano y la paciencia de quien ya había escuchado suficientes negativas para empapelarlo todo.
—Ya has dicho no en recepción, en el ascensor, delante del office y una vez mirando a una lámpara. El hotel mantiene su postura.
—El hotel puede mantenerla solo. Yo me bajo.
—No hay dónde bajarte. Estamos completos.
Adrián iba detrás, con su maleta negra y el portátil bajo el brazo.
—Puedo irme a otro sitio.
—Qué idea tan original —dije—. Ojalá alguien la hubiera tenido antes de adjudicarle mi cama a un hombre que no invité.
Marta no giró la cabeza.
—He llamado a seis hoteles. Uno tiene una individual libre en Sant Cugat a partir de las once, sin garantía de check-in porque están esperando una tarjeta. Otro ofrece una habitación sin baño privado. He decidido no proponértelo porque aún te aprecio.
—Yo puedo trabajar en el bar y dormir en un taxi.
—No —dijo Marta.
—¿Perdón?
—Tomàs ha pedido expresamente que Adrián esté localizable durante la noche por lo del blog.
Elena ha pedido expresamente que no parezca que estamos improvisando.
Vera ha pedido expresamente que nadie duerma en zonas comunes porque la última vez un primo acabó roncando debajo de una mesa y una reseña mencionó “ambiente de estación”. Así que no.
Me detuve.
—¿Vera sabe esto?
—Vera lo sabe todo seis minutos antes de que pase.
—Quiero hablar con ella.
—Está con el chef, la madre del novio y un señor que ha preguntado si el hotel puede garantizar que las gambas no tengan “cara triste”. Si quieres, te pongo en lista de espera para una crisis directiva.
Adrián bajó la maleta al suelo.
—Marta, de verdad. Si esto complica a Claudia, me voy.
Solté una risa breve.
—Qué considerado. Llegas, me conviertes en tu coartada sentimental y ahora eres mártir con ruedas.
—No he convertido nada.
—Has sido muy manejable para no haberlo hecho.
Él no contestó. La maleta, entre los dos, parecía más educada que cualquiera de sus frases.
Marta deslizó la tarjeta en la puerta 317.
—Antes de pelearos más, conviene que veáis el desastre con datos.
La puerta se abrió.
La habitación olía a limpio industrial y a aire acondicionado recién encendido.
Había una cama grande, demasiado blanca, una mesa estrecha junto a la ventana, una butaca color crema, un espejo de cuerpo entero, dos albornoces colgados en el baño y una bandeja con botellines de agua que el hotel cobraba como si los hubiera bendecido un notario.
Sobre la cama, había dejado la noche anterior tres cajas de materiales: kit de costura, tarjetas de mesa sobrantes, pegamento, tijeras, un paquete de medias, una bolsa con zapatos planos y una camiseta vieja doblada a medias.
Encima de la mesa estaban sus facturas, una carpeta con el seating plan final y una bolsa de farmacia con ibuprofeno, tiritas y unas galletas de chocolate que no pensaba compartir con nadie, mucho menos con su ex.
La cama era enorme.
Eso no mejoraba nada.
—No —repetí.
Marta apoyó una mano en el marco de la puerta.
—A nivel técnico, la palabra no sigue sin liberar habitaciones.
—Saca una cama supletoria.
—No cabe sin bloquear el acceso al baño o convertir la puerta en un ejercicio de contorsionismo.
—Pues bloqueo el baño. Ya tengo experiencia en humillaciones.
—Seguridad no lo permite.
—Pido una hamaca.
—Esto no es un camping con amenities.
Adrián miró el interior de la habitación sin entrar.
—Yo puedo dormir en la butaca.
Lo fulminé.
—Tú no vas a dormir en mi butaca porque eso implicaría que duermes en mi habitación.
—Era una propuesta de mínimos.
—Tus mínimos siempre llegan después de que alguien más pague el máximo.
Marta levantó la tarjeta.
—Voy a decir algo y quiero que nadie me haga responsable de las heridas emocionales que provoque: para la boda, esta habitación ya existe como habitación compartida.
—No existe para mí.
—Para Elena sí. Para Tomàs también. Para Marcela, probablemente de una forma más romántica y menos higiénica. Para el sistema de reservas, desde hace doce minutos, también.
Miré la pantalla de la tablet que Marta le enseñó.
Reserva modificada. Habitación 317. Yo. Acompañante: Adrián Vidal.
Acompañante.
La palabra tenía la misma obscenidad que un pastel cortado con cuchillo de mantequilla.
—Bórralo.
—Si lo borro ahora, salta aviso a dirección porque la habitación está bloqueada por evento.
Si lo cambio a otra categoría, no hay categoría.
Si lo dejo sin acompañante, Elena preguntará por qué Adrián no está alojado y por qué no está localizable.
Y si alguien del blog huele que el consultor externo entra y sale sin habitación, quizá decide que hay otra historia.
—La otra historia es que me han secuestrado una cama.
—Las historias reales suelen vender peor —dijo Marta.
Adrián pasó una mano por la mandíbula.
—Claudia, puedo trabajar aquí unas horas y luego me voy al coche.
—No tienes coche.
—Taxi. Vestíbulo. Donde sea.
—No voy a ser la mujer que deja a un hombre dormir en un vestíbulo para que medio hotel decida que soy despechada.
La frase salió antes de que pudiera sujetarla.
Marta bajó la vista a la tablet con una discreción bastante falsa.
Adrián me miró.
No con sorpresa. Peor: con comprensión.
—No pensaba eso.
—Me da igual lo que pienses tú. El problema son los demás.
—Ya.
—Y no digas ya como si hubieras descubierto la desigualdad en el check-in.
Él abrió la boca. La cerró. Buena decisión. Quizá madurar consistía en aprender cuándo una réplica te convertía en cadáver social.
Marta entró en la habitación y dejó la tarjeta sobre la mesa, entre el seating plan y las galletas de chocolate.
—Reglas operativas: habitación disponible para que trabajéis, descanséis por turnos o discutáis con puerta cerrada, que parece más eficiente para todos. Limpieza no entrará hasta que aviséis. Si necesitáis sábanas extra, las pido. Si necesitáis terapia, no entra en tarifa.
—Marta.
—Sí.
—Te estoy cogiendo manía.
—Normal. Soy la cara visible del sistema. Le pasa a recepción desde que existe el turismo.
Mi móvil vibró.
Grupo “Crisis boda sin mi madre”.
Marcela: “Jana ha borrado la historia.”
Laia: “Pero ya la ha visto media familia.”
Marcela: “Mi madre dice que no pasa nada porque estáis alojados juntos y así Adrián puede ayudarte.”
Leí el último mensaje dos veces.
Luego levantó la vista hacia Marta.
—¿Alojados juntos?
Marta cerró los labios.
—Ah.
—Marta.
—Eso no ha salido de recepción.
—¿De dónde ha salido?
La respuesta llegó antes de que nadie pudiera inventar una mentira útil.
Elena Rius apareció en el pasillo con una copa de agua en la mano y una serenidad que a mí me habría gustado devolver en una caja sin remitente.
—De mí.
Por supuesto.
Marta dio un paso atrás, porque incluso recepción sabía cuándo dejar que una tragedia ocurriera sin testigos más cerca de lo prudente.
—Elena —dije.
—No pongas esa cara. He resuelto un problema.
—Has creado cuatro.
—El blog pregunta, la familia mira, Marcela está nerviosa y tú necesitas margen. Una pareja trabajando junta se entiende mejor que una organizadora desbordada con un consultor externo impuesto por el padre del novio.
—No soy una organizadora desbordada.
—No he dicho que lo seas. He dicho que es lo que parece si no controlamos el relato.
Adrián habló antes que yo. Error.
—Elena, esto no debería afectar a la vida privada de Claudia.
Giré la cabeza hacia él.
—No necesito abogado.
—No estoy siendo tu abogado.
—Pues deja de alegar.
Elena me observó con una atención incómoda.
—Tenéis una forma peculiar de estar juntos.
—No estamos juntos —dije.
—Eso ya lo he entendido.
La frase no tranquilizó a nadie.
Elena miró hacia la habitación abierta. Vio las cajas, la cama, la carpeta, la maleta de Adrián fuera. No sonrió, pero su cálculo se notó igual.
—No necesito detalles. Solo necesito que hasta mañana por la noche nadie me pregunte por qué el hombre que gestiona la filtración está aquí.
Si la respuesta es que es tu pareja, o algo parecido, la gente se aburre.
Si la respuesta es que Tomàs ha traído a alguien porque no confía en tu gestión, tenemos otro problema.
La puñalada fue limpia. Ni siquiera levantó la voz.
Sentí que Adrián se tensaba a su lado. No mucho. Lo suficiente.
—Mi gestión está sosteniendo esta boda —dije.
—Entonces protégela.
Elena se acercó un paso.
—Mira, Claudia. No me caes mal. Eso quizá te sorprenda.
—Me deja sin planes para la tarde.
—Me irrita tu forma de contestar, tu obsesión con tener razón y esa manía tuya de fingir que no necesitas a nadie.
Pero mi hija te quiere aquí. Y yo quiero que mañana no haya titulares, ni flores comentadas, ni una historia de Instagram convertida en chisme.
Si para eso durante treinta y seis horas todos creen que tú y Adrián sois una pareja discreta que trabaja bien bajo presión, no veo el drama.
—Qué suerte.
—El drama lo tendrás el lunes. Como todo el mundo.