Capítulo 4 · Claudia #2
—He dicho que no.
Adrián giró entonces.
—Puedo adelantarlo.
No lo dije como salvador. Lo dije bajo. Casi mal. Aun así fue gasolina.
Lo miré.
—Ni se te ocurra.
—Es un pago de trabajo. Se factura después.
—No.
—No tiene que significar nada.
—Eso lo dices tú muy bien.
La frase se quedó entre ellos con siete años de retraso.
Inés miró hacia la puerta de la terraza.
—Voy a bajar a fingir que no estoy aquí. Decidid rápido antes de que las flores mueran por segunda vez.
Se fue.
Apreté el móvil hasta que me dolieron los dedos. Me molestaba que Adrián hubiera visto el rechazo. Me molestaba más que no hiciera una cara fácil: ni pena, ni sorpresa, ni esa incomodidad de los hombres que descubren que una mujer lleva meses tapando agujeros con elegancia barata.
—No necesitaba que vieras esto —dije.
—Lo sé.
—No es tu problema.
—También lo sé.
—Entonces deja de parecer dispuesto a arreglarlo.
Adrián metió las manos en los bolsillos. Un gesto mínimo. Controlado. Antes habría apoyado una mano en mi nuca. Antes yo habría sabido que estaba intentando no discutir.
—No quiero arreglarte la vida, Claudia.
—Menos mal. Ya probaste a salir de ella y fue bastante eficaz.
Él encajó el golpe. Esta vez sí le cambié la cara. Poco, pero le cambié.
—No me fui porque no me importaras.
—No estamos haciendo esto en una terraza con flores robadas.
—No. Pero no voy a dejar que uses esa versión como si fuera completa.
—¿Quieres una versión completa? Te fuiste cuando mi padre acababa de pedir otro préstamo a mi nombre, cuando yo estaba empezando la empresa, cuando no sabía si iba a poder pagar el alquiler del local y cuando tú decidiste que Madrid era más fácil que quedarte a ver cómo yo me hundía.
Adrián no respondió enseguida.
El ruido de la ciudad subió desde la calle. Un claxon. Una moto. Alguien arrastrando una maleta por la acera con ruedas defectuosas. La vida adulta tenía esa banda sonora: cosas que no iban suaves y aun así avanzaban.
—No sabía lo del préstamo —dijo él.
—Claro que no. Te fuiste antes de hacer preguntas incómodas.
—Claudia.
—No. Ahora no. Paga las flores Tomàs, Elena, Mercabarna, el Espíritu Santo o mi dignidad vendida por Bizum, pero tú no.
El móvil vibró. Júlia: “El proveedor solo bloquea stock diez minutos.”
Miré el mensaje.
Diez minutos. Otra unidad ridícula. Otra forma de medir un derrumbe.
Sacó una tarjeta personal de la funda del móvil. La que usaba para cosas pequeñas: gasolina, farmacia, cafés de madrugada cuando no quedaba nada decente en la cocina. La introdujo. El dedo se le quedó sobre confirmar.
—No tienes que vaciarte por una boda que puede pagar flores tres veces —dijo Adrián.
—No me conoces tanto como para decirme qué tengo que hacer.
—Te conozco lo suficiente para saber que prefieres romperte tú antes que pedir margen.
Pulsé confirmar.
Pago aceptado.
La pantalla verde la insultó un poco.
Guardó el móvil.
—Ya está. Problema solucionado.
—Eso no es una solución.
—Para las flores, sí.
Adrián me miró como si quisiera decir demasiadas cosas y, por una vez, decidiera no convertir ninguna en frase correcta.
—¿Qué pasa si esta boda sale mal? —preguntó al fin.
Me reí sin humor.
—Qué manía con las preguntas útiles.
—¿Qué pasa?
—Que Elena retiene el último pago. Que no me recomienda a nadie. Que la florista me deja de fiar. Que el banco decide que mi empresa tiene la solvencia de una silla plegable. Que vuelvo a hacer cumpleaños infantiles en salones con globos sudados. Elige tu catástrofe favorita.
Adrián no apartó la mirada.
—Entonces no es solo una boda.
—Nunca es solo una boda. Pero gracias por llegar en el capítulo dos de mi ruina personal.
—No voy a dejar que te quedes sola con esto.
Sentí algo breve en el pecho y lo aplastó antes de que hiciera nido.
—No me prometas cosas prácticas con voz grave. Me envejece.
—No era una promesa.
—Mejor.
—Era una decisión.
Eso sí me hizo mirarlo.
Durante un segundo, la terraza dejó de ser una terraza.
Fue una cocina pequeña, una cama sin hacer, una maleta abierta.
Fue el mismo hombre, más joven, con menos gris en las sienes y más facilidad para decir que necesitaba tiempo.
Y fui yo, de pie frente a él, fingiendo que no me temblaban las manos porque el orgullo, entonces, todavía me venía grande.
Marta apareció por la puerta de la terraza y salvó la escena con la eficacia de una mujer que podía interrumpir un parto si recepción lo requería.
—Claudia.
—Dime algo que no cueste dinero.
—No prometo nada.
—Marta.
La jefa de recepción miró a Adrián, luego a mí, luego otra vez a su tablet.
—Tenemos un ajuste de habitaciones.
—No.
—Aún no sabes qué es.
—Lo has llamado ajuste. En hotel eso siempre significa que alguien va a dormir donde no quiere.
Marta suspiró.
—Tomàs ha pedido alojar al señor Vidal esta noche para que pueda trabajar desde aquí hasta la boda.
Miré a Adrián.
—No.
—Yo puedo buscar otro hotel —dijo él.
Marta negó con la cabeza.
—Toda la zona está imposible. Boda, congreso médico y una cancelación de vuelos que nos ha llenado las últimas habitaciones. El problema es que Elena ha dado por hecho que ya compartíais alojamiento.
Me quedé muy quieta.
—Marta.
—Lo sé.
—Dime que no.
—Hay una habitación disponible en el sistema.
—Marta.
—La tuya.
Adrián volvió la cabeza hacia mí.
No lo miré.
—No es una habitación —dijo—. Es mi base de trabajo.
—Ahora también es la reserva del señor Vidal —dijo Marta—. Y, según el comentario interno que alguien ha escrito con una alegría que merece despido, aparece como acompañante.
Cerré los ojos.
La terraza olía a eucalipto, café malo y humillación administrativa.
Marta bajó la voz.
—Hay una cama.
Adrián dijo algo muy bajo. No llegó a palabra. Más bien a problema.
Abrí los ojos y miré al cielo de Barcelona, que no tenía ninguna intención de ayudar.
—Por supuesto que hay una cama.