Capítulo 4 · Claudia
La terraza del Hotel Vera estaba pensada para que nadie recordara que Barcelona podía oler a tubo de escape antes de las diez de la mañana.
Tenía suelo de madera oscura, barandilla de hierro negro, maceteros demasiado limpios y una vista discreta de tejados, antenas y balcones donde alguien siempre había tendido una sábana en el peor sitio posible.
Agradecía esa sábana. Le quitaba solemnidad al conjunto.
Las bodas necesitaban menos solemnidad y más gente reconociendo que, detrás de cualquier ramo caro, había alguien cortando bridas con los dientes.
Inés había desplegado sobre una mesa auxiliar tres opciones de emergencia con la dignidad de una cirujana trabajando con instrumental prestado.
Ranúnculos blancos. Lisianthus. Eucalipto.
Hortensias pequeñas. Una rama de algo que no identifiqué y decidí no preguntar porque, si no sabía el nombre, tampoco podía sufrir por él.
Elena Rius observaba las flores con los brazos cruzados.
Marcela estaba a su lado, ya vestida con ropa cómoda, pálida pero de pie. Eso contaba como victoria. Laia sostenía una botella de agua, un cargador, un móvil y una galleta a medio comer. Parecía una dama de honor y una unidad móvil de cuidados intensivos.
Adrián se había colocado medio paso detrás de mí. No pegado. No lejos. La distancia exacta que utilizaban los hombres que sabían parecer apoyo sin cargar nada en las fotos.
Lo notaba igual.
—No son peonías —dijo Elena.
—No —respondí.
—Marcela pidió peonías blancas.
—Marcela pidió una boda elegante, ligera y sin sensación de funeral burgués. Las peonías iban a ayudarnos con eso. Estas también pueden hacerlo.
Inés bajó la mirada a su libreta. Dani, que había subido con dos camareros y un jarrón robado del lobby, fingió toser. Laia se llevó la galleta a la boca para no sonreír.
Elena no movió ni una ceja.
—Funeral burgués.
—He dicho sensación.
—Qué tranquilidad.
Marcela tocó una de las flores con la punta del dedo.
—A mí me gustan.
No respiré. No todavía. Las novias podían decir que algo les gustaba y cambiar de opinión treinta segundos después si una madre inclinaba la cabeza con el ángulo correcto.
Elena miró a su hija.
—Son más pequeñas.
—Quizá mejor —dijo Marcela—. El vestido ya tiene mucho.
La frase era buena. Muy buena. No sabía si había salido de Marcela, de la galleta o del instinto de supervivencia, pero la habría enmarcado.
—Exacto —dije, antes de que Elena pudiera encontrar una grieta—. El vestido pesa visualmente. Con peonías grandes, el ramo competía. Con esto conseguimos algo más limpio. Más editorial.
—No me vendas editorial cuando quieres decir improvisado.
—Improvisado es salir a comprar flores sin criterio. Esto es rehacer el concepto con lo que sí funciona.
Adrián no habló. Gracias a Dios o a su sentido mínimo de conservación.
Elena tomó una flor entre dos dedos, con cuidado de no parecer interesada.
—¿Y el arco de la ceremonia?
—Más verde. Menos flor. Caída lateral. Nada simétrico.
—Marcela quería simetría.
—Marcela quería no vomitar encima del vestido y eso tampoco estaba en el moodboard.
—Claudia —murmuró Inés.
—Perdón. Ha sido más gráfico de lo necesario.
Marcela soltó una risa pequeña.
Oí a Elena. Eso cambió más que cualquier argumento.
Lo vi en la forma en que la mujer bajó los hombros apenas un milímetro.
No aprobaba la solución, no le entusiasmaba, no le habría dado un abrazo a nadie aunque el hotel ardiera y un bombero le trajera peonías en la boca.
Pero su hija se había reído. A veces, en una boda, eso valía más que un contrato.
—Quiero ver el ramo montado antes de las siete —dijo Elena.
—Lo verás.
—Y quiero que parezca una elección.
—Lo parecerá.
—No. No que lo parezca. Que lo sea.
Sostuve su mirada.
—Entonces lo será.
Elena me observó un segundo más. Después giró hacia Adrián.
—¿Y la filtración?
Por supuesto. Nada moría del todo. Solo cambiaba de mesa.
Adrián dio un paso leve hacia delante.
—El blog no tiene confirmación. Ha enviado un correo de tanteo y está usando datos incompletos. Hemos pedido silencio a las personas que tenían capturas, hemos identificado varios grupos donde pudo circular información y vamos a enviar una respuesta neutra si insiste.
—¿Neutra?
—Privado. Logístico. Aburrido.
Elena entrecerró los ojos.
—No quiero aburrido. Quiero cerrado.
—Cerrado llama más la atención. Aburrido hace que busquen otra cosa.
Tomàs Montcada, que había subido detrás de su exmujer o de su consuegra o de quien fuera exactamente en aquel mapa familiar que aún no dominaba del todo, asintió como si aquello ya lo hubiera pagado otras veces.
—Adrián tiene razón.
Elena pareció molesta por no poder discutir esa frase sin discutir también con Tomàs.
—Bien. Entonces que sea aburrido.
Sentí una punzada absurda en el orgullo.
No por la filtración. Por cómo todos aceptaban la solución cuando salía de la boca de Adrián.
Ella había dicho cosas sensatas durante ocho meses y Elena las había tratado como sugerencias de una becaria con agenda bonita.
Él decía aburrido y aquello se convertía en estrategia.
Adrián me miró de reojo, como si lo hubiera notado.
No tenía derecho a notarlo.
—Pero no quiero que esto parezca descontrol —añadió Elena—. Si alguien pregunta por la organización, vosotros dos habéis previsto el cambio.
—No —dije.
La palabra salió limpia. Demasiado rápida.
Elena me miró.
—¿No?
—No voy a decir que estaba previsto. Diré que se ha ajustado por criterio estético y disponibilidad de temporada.
—Eso es lo mismo.
—No. Lo mismo sería mentir mal.
Adrián bajó la mirada un momento. Otra vez esa sombra de sonrisa sin permiso.
Elena respiró por la nariz.
—Usted es muy literal cuando le interesa.
—Soy literal con las facturas y flexible con los centros de mesa.
Marcela volvió a tocar las flores.
—Mamá, están bien.
—Tú dirías que están bien aunque te casara con un cactus si te dieran agua con jengibre.
—Probablemente.
Laia se atragantó con la galleta.
Decidí cerrar la reunión antes de que alguien descubriera que el cactus también podía tener presupuesto.
—Inés, Dani, necesitamos confirmar compra, transporte y montaje.
Marcela, tú vuelves a la habitación, comes algo que no salga de un neceser y revisas capturas con Laia.
Elena, te mando la propuesta de texto floral antes de publicarla en el briefing del equipo.
Tomàs, Adrián necesita autorización para responder si el blog insiste.
—La tiene —dijo Tomàs.
—Por escrito.
Tomàs parpadeó.
No aparté la vista.
—Por escrito —repitió.
Adrián me miró entonces con algo más serio que reconocimiento. Algo que a mí me molestó porque se parecía demasiado al respeto.
Tomàs sacó el móvil.
—Te lo envío ahora.
—Gracias.
La terraza empezó a vaciarse con ese desorden educado de las familias con dinero: nadie corría, nadie cargaba nada pesado y aun así todo el mundo parecía convencido de estar participando en una emergencia.
Marcela se fue con Laia. Elena bajó hablando por teléfono en voz baja.
Tomàs siguió enviando un mensaje junto a la barandilla.
Dani cargó el jarrón del lobby como si estuviera secuestrando una planta con futuro.
Me quedé con Inés y Adrián frente a las flores de emergencia.
—No están mal —dijo Inés.
—No están mal no es una frase que pueda poner en un moodboard.
—Pon “ligereza mediterránea”.
—No me hagas daño.
Inés sonrió apenas.
—Mercabarna pide pago antes de salir.
Ahí estaba el golpe real. No el romántico. No el floral. El que no lucía en fotos.
Cogí el móvil.
—¿Cuánto?
Inés le enseñó la pantalla.
La cifra no era imposible. Eso la hacía peor. Lo imposible liberaba. Lo posible exigía hacer algo.
Calculé rápido. Anticipo de Marcela cobrado.
Segundo pago retrasado porque Elena había pedido “revisar algunos conceptos”.
Factura de la florista original pendiente de compensación.
Hotel pagado aparte por la familia, gracias a Dios.
Su cuenta profesional con menos aire que una novia dentro de una faja.
El cargo rechazado del banco esperando como una rata debajo de la alfombra.
—Lo pago yo y lo regularizamos luego —dijo Inés.
—No.
—Claudia.
—No.
Adrián no dijo nada. Ese silencio fue peor que una pregunta.
—Puedo pedir que lo carguen al hotel como reposición decorativa —insistió Inés—. Luego ya veremos.
—No voy a meter al hotel en mi agujero.
—Tu agujero está decorando nuestra terraza mañana.
—Gracias por la imagen.
El móvil vibró en su mano. Número de la florista.
Me aparté hacia la barandilla y contesté.
—Dime.
La voz de Júlia, su florista habitual, sonaba rota y rápida.
—Tengo una parte salvable, pero no puedo asumir el refuerzo si no entra el pago. Ya sé que es una mierda, Claudia, pero el proveedor me pide transferencia al momento. Después del último evento todavía me debes...
Cerré los ojos. No por vergüenza. Por cálculo.
—Lo sé.
—No te lo diría si pudiera cubrirlo.
—Lo sé.
—No quiero dejarte tirada.
Esa frase, en boca de cualquiera, habría sido misericordia. A mí me entró como un tenedor mal puesto.
—Mándame el enlace de pago. Ahora.
—¿Seguro?
—No me preguntes eso si quieres cobrar.
Colgó.
Cuando se giró, Adrián estaba mirando hacia la ciudad. No hacia mí. Como si no hubiera oído. Como si supiera que fingir no haber oído era la última educación posible.
Inés sí la miraba.
—No tienes por qué hacerlo tú sola.
—No lo hago sola. Tengo una caja de flores mediocres, dos camareros robando plantas y un ex convertido en herramienta de reputación. Estoy arropadísima.
—No me uses el sarcasmo cuando estás asustada. Me da pereza.
Abrí el enlace de pago.
Tarjeta profesional. Rechazada.
Lo intenté otra vez. Rechazada.
El mensaje apareció con una educación miserable: operación no autorizada.
A veces la banca tenía una delicadeza casi poética para humillar a una autónoma.
Inés se adelantó.
—Dame el móvil.
—No.
—Claudia.