Capítulo 3 · Claudia #2
La pregunta era sencilla. Por eso dolió.
Me agaché para recoger un pañuelo del suelo y lo tiré a la papelera. Ganó tres segundos. No muchos, pero algo.
—Porque ahora mismo necesito que tu madre no me eche de esta boda.
Marcela se quedó callada.
Laia también.
La confesión no tuvo música ni drama. Solo una mujer con una carpeta, una tirita despegada y el orgullo puesto donde no debía.
—¿Puede hacerlo? —preguntó Marcela.
—Puede intentarlo.
—Pero esta es mi boda.
—Sí.
—Y yo te quiero a ti.
No estaba preparada para eso tampoco.
Marcela no lo dijo con épica. Lo dijo cansada, con el pelo recogido de cualquier manera, una bata blanca y la piel todavía pálida del vómito.
Quizá por eso entró mejor. Porque no sonaba a gratitud perfecta.
Sonaba a una novia que, en medio del desastre, recordaba quién había contestado correos a las dos de la mañana sobre servilletas.
—Pues entonces intenta no morirte antes de mañana —dije.
Marcela sonrió.
—Lo intentaré.
Adrián terminó la llamada.
—Tenemos una hora antes de que el blog decida si publica o no.
—Elena me dio cuarenta y ocho minutos —dije.
—Yo he conseguido doce más.
—No presumas de mis miserias.
—No era presunción.
—Te conozco.
Se hizo un silencio incómodo. No largo. Lo justo para que Marcela y Laia se miraran.
Abrí la puerta de la habitación antes de que alguien decidiera hacer de terapeuta con peinado de boda.
—Marcela, capturas. Laia, jengibre. Nadie llama a Elena. Nadie dice flores. Nadie dice prensa. Nadie dice Adrián.
—¿Ni tu Adrián? —preguntó Laia.
La miré.
—Tienes cara de querer vivir, Laia.
—Perdón.
Adrián salió detrás de mí al pasillo. La puerta se cerró. Durante tres segundos, ninguno habló.
Desde la habitación se oyó una risa ahogada.
—Les has caído bien —dijo Adrián.
—No he venido a caer bien. He venido a que mañana haya boda.
—Pueden ser ambas.
—No seas optimista. Da mala imagen.
Caminaron hacia el ascensor. En el pasillo, una mujer de limpieza empujaba un carro de sábanas con la concentración de quien sabía que las bodas ensuciaban más que las despedidas de soltero y se quejaban con mejor perfume.
Me aparté para dejarla pasar. Adrián hizo lo mismo. Sus hombros casi se rozaron.
No se tocaron.
Mi cuerpo se enteró igual.
Ridículo.
—Lo estás haciendo bien —dijo él.
—No.
—Sí.
—Estoy robando flores del lobby, cubriendo sillas feas con fundas que huelen a trastero y fingiendo que mi ex no acaba de ser adoptado por una familia rica como recurso de emergencia.
—Eso, en términos de boda, es hacerlo bastante bien.
Apreté el botón del ascensor.
—No necesito que me felicites.
—No era felicitación.
—¿Qué era?
Él tardó en contestar.
—Constatación.
—Otra palabra cara.
—Es gratis.
—Lo único gratis en una boda suele salir caro.
El ascensor llegó. Esta vez venía con dos invitadas dentro, ambas cargadas con fundas de vestido y una botella de agua de litro y medio. Al ver a Adrián y a mí, una de ellas sonrió con la velocidad obscena de quien acaba de reconocer un rumor en directo.
—Ay —dijo—. Vosotros sois…
—No —respondí.
La mujer parpadeó.
—No he dicho nada.
—Me adelanto por eficiencia.
Adrián tosió. No lo miré porque si se estaba riendo, aunque fuera por dentro, podía empujarlo por el hueco inexistente del ascensor.
Bajamos en silencio. O casi. Las invitadas susurraron dos veces.
Una dijo “qué monos” y la otra “se nota que se quieren pero ella está enfadada”.
Pensé en girarme y explicarles que aquello no era una novela, que la gente se quería a veces de formas estúpidas y aun así se hacía daño con una precisión de cirujano barato.
No lo hice. Había que elegir las batallas. Por desgracia.
En la planta baja, el hotel había subido de volumen.
Llegaban más familiares. Un niño corría con una pajarita en la mano.
Dani coordinaba a dos camareros con fundas color cava con autoestima dudosa.
Inés discutía por teléfono junto a un jarrón incompleto.
Marta atendía a una pareja que quería adelantar el check-in porque “solo necesitamos dejar unas cosas”, frase que en hotelería significaba ocupar una habitación antes de tiempo y pedir hielo.
Mi móvil vibró otra vez.
Marcela había creado un grupo nuevo.
Nombre: “Crisis boda sin mi madre”.
Participantes: Marcela, Laia, yo, Adrián.
Miré la pantalla.
—No.
Adrián también recibió la notificación.
—Práctico.
—No digas práctico. Es un secuestro digital.
Marcela escribió:
“Prometo no reenviar nada. Pero necesito que me digáis que lo tenéis controlado.”
Laia añadió:
“Y que nadie mencione peonías.”
Adrián respondió antes de que pudiera arrebatarle el móvil.
“Lo tenemos en marcha. No contestéis a nadie. Capturas aquí.”
Lo fulminé.
—¿Perdón?
—Era más rápido.
—Es mi novia.
Una señora que pasaba con una pamela giró la cabeza.
Cerré los ojos.
—La novia de la boda —aclaró, tarde.
Adrián se tapó la boca con el puño. Esta vez sí. Se estaba riendo.
—No te atrevas.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara está intentando no morir.
Inés llegó hasta ellos con una tablet en la mano.
—Tenemos flores de emergencia. Tenemos fundas dudosas. Tenemos al chef amenazando con escribir una carta de despedida si Elena vuelve a preguntar por el olor de las velas. Y tenemos esto.
Le enseñó la pantalla.
Era un vídeo de Instagram. Una historia.
Quince segundos grabados desde el vestíbulo, probablemente por alguna invitada aburrida con demasiado esmalte y poco pudor.
Se veía a Adrián y a mí frente a recepción, hablando muy cerca.
No se oía bien. Se veía a Elena Rius al fondo, observándonos.
Sobre la imagen, un texto con tipografía alegre:
“Cuando tu wedding planner tiene a SU CHICO apagando incendios antes de la boda. Esto promete.”
Sentí cómo algo le bajaba por la espalda. No fue frío; fue cansancio con ganas de matar.
—¿Quién ha subido eso?
Inés amplió el usuario.
—Una prima. No sé si astróloga, dama o amenaza general.
Adrián ya tenía el móvil en la mano.
—Hay que hacer que lo quite.
—No —dije.
Él me miró.
—¿No?
—Si lo quitamos ahora, parecerá importante. Ya lo habrán visto veinte personas. Si llamamos la atención, lo verán cien.
Adrián sostuvo mi mirada un segundo. Luego asintió.
—Tienes razón.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de “me gusta cuando eres competente”.
—No sabía que tenía esa cara.
—La tienes. Era insoportable antes y lo sigue siendo ahora.
Inés levantó la tablet entre los dos.
—Perdonad que interrumpa este intercambio repulsivamente útil, pero la historia ya la ha visto Marcela.
El grupo vibró.
Marcela:
“Perdón. Jana es imbécil. Pero mi madre la ha visto y dice que si os preguntan, mejor no desmentir nada hasta que pase la boda porque da imagen de equipo sólido.”
Laia:
“Ha dicho literalmente: ‘Por una vez, Claudia ha previsto algo’.”
Leí el mensaje dos veces. No porque no lo entendiera. Porque mi cuerpo se negó a aceptar la frase a la primera.
—Voy a matar a Elena —dije.
—Eso sí saldría en prensa —apuntó Inés.
Adrián guardó el móvil despacio.
—Tenemos un problema.
—Tenemos varios. Sé más específico.
—La mentira ya no está en el vestíbulo. Está en los móviles.
Miré alrededor. El Hotel Vera seguía haciendo lo suyo: recibir gente, esconder manchas, producir calma falsa. Un camarero pasó con copas. Una niña lloró porque no quería ponerse los zapatos. Elena Rius hablaba con Tomàs junto al bar, serena ahora, casi satisfecha.
Claro. Para mí, acababa de pasar de autónoma al borde del despido a mujer con un hombre útil al lado. Una categoría social absurda, antigua y muy efectiva.
El móvil vibró de nuevo.
Elena Rius:
“Claudia, mientras resolvemos el tema del blog, mantengamos la versión sencilla. Tú y Adrián sois pareja. No necesitamos más preguntas.”
No “¿te parece?”.
No “si estás de acuerdo”.
Mantengamos.
Enseñé la pantalla a Adrián.
—¿Ves esto?
—Sí.
—Esta mentira no dura cinco minutos, decías.
—Lo dijiste tú.
—No me arruines la indignación con precisión.
Inés miró hacia la recepción, luego hacia ellos.
—Necesito una respuesta operativa. ¿Qué sois para la boda?
—Nada —dije.
—Un recurso temporal —dijo Adrián.
Inés me miró con una decepción cansada.
—Fatal. Los dos. De verdad. Parecéis adultos sin briefing.
—Inés.
—No. Ahora mismo Elena cree que sois pareja, Marcela cree que quizá no pero le calma pensar que sí, una prima lo ha subido a Instagram, cocina ya lo ha convertido en leyenda y el blog está buscando grietas.
Si vais a desmentirlo, hacedlo ya y asumid el incendio.
Si no, sonreíd poco, no os toquéis de forma rara y trabajad juntos sin mataros hasta mañana por la noche.
Abrí la boca.
No salió nada útil.
Adrián tampoco habló.
Eso los condenó más que cualquier frase.
Inés bajó la tablet.
—Bien. Entonces felicidades. Tenéis una relación falsa de treinta y seis horas y una boda real que salvar.
—No —dije.
—Sí.
—No voy a fingir que estoy con él.
—Ya lo estás haciendo. Solo que fatal.
Adrián me miró.
—Podemos limitarlo.
—No empieces a gestionarme.
—No te gestiono. Propongo daños mínimos.
—Daños mínimos habría sido que no cruzaras esa puerta.
—Lo sé.
La respuesta fue demasiado limpia. Se metió donde no debía. Aparté la vista.
Marta llamó desde recepción.
—Claudia.
—¿Qué?
—Elena pregunta si subís los dos a la terraza para revisar la nueva propuesta floral.
Los dos.
Otra vez.
Inés se cruzó de brazos.
—Treinta y seis horas.
Adrián no se movió.
Miré el vídeo de la historia, el mensaje de Elena, las flores de emergencia, las fundas color cava, el móvil lleno de capturas y el hombre que no debería haber vuelto convertido en parte del plan por una cadena de estupidez, dinero y necesidad.
Luego metió el móvil en el bolsillo.
—Regla tres —dije.
Adrián me miró con una seriedad que casi parecía prudencia.
—Dime.
—Si alguien pregunta, no hemos vuelto.
—De acuerdo.
—Estamos viéndolo.
Inés soltó una carcajada seca.
—Ay, madre. Qué horror. Eso sí suena a pareja.
La ignoré.
—Y no me tocas.
Adrián tardó medio segundo en contestar.
—No lo haré.
Ese medio segundo fue un problema. No por duda. Por memoria.
Caminé hacia la terraza sin esperarlo.
A los tres pasos, él me alcanzó.
A los cuatro, una invitada nos miró y sonrió.
A los cinco, entendí que la mentira ya no necesitaba permiso.
Solo necesitaba público.