La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 3 · Claudia
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Capítulo 3 · Claudia

Había respondido preguntas peores.

Una vez, una novia le había preguntado si era normal arrepentirse durante la prueba de peinado.

Otra quiso saber si podía cambiar al padrino por su instructor de pilates porque “la energía de mi padre me baja”.

Una tercera, con doscientas personas ya sentadas, preguntó si era tarde para cambiar el menú porque acababa de decidir que el solomillo representaba violencia.

Estaba preparada para casi todo.

No para que Marcela Rius, pálida, descalza y envuelta en una bata del Hotel Vera, la mirara con esperanza porque alguien había convertido a Adrián Vidal en prueba de que el amor volvía si una esperaba lo suficiente.

—No —dije.

Adrián habló al mismo tiempo.

—Es complicado.

Giré la cabeza hacia él tan rápido que me tiró un poco del moño.

—¿Complicado?

—No era el momento de una respuesta larga.

—Era el momento de una respuesta verdadera.

Marcela me miró con la boca entreabierta.

—Entonces no habéis vuelto.

—No —dije.

—Estamos resolviendo una situación —dijo Adrián.

—La situación es que no hemos vuelto.

—La situación también es tu boda —añadió él, con una calma tan práctica que deseé que una de las orquídeas robadas desarrollara veneno.

Marcela bajó la mirada al móvil. La dama de honor, Laia, estaba detrás de ella sujetando la taza de jengibre como si fuera una ofrenda pequeña.

—Mi madre ha dicho que yo había llamado a alguien de confianza —murmuró Marcela—. Luego Laia ha dicho que en recepción decían que era su ex. Y luego mi prima ha escrito en el grupo que eso era muy romántico.

—Tu prima debería tener el móvil confiscado —dije.

—Mi prima tiene tres móviles.

—Entonces también debería tener supervisión adulta.

Marcela soltó una risa mínima, aguada. Eso habría sido bueno si no hubiera venido seguida de un temblor en la boca.

—No puedo con otra cosa que salga mal.

Ahí estaba. La utilidad de la mentira. No era solo Elena. No era solo reputación. Era Marcela agarrándose a cualquier señal de que algo podía recomponerse antes de su boda: las flores, la familia, el estómago, el amor de otros. Lo que fuera.

Odié esa debilidad porque la entendí.

Adrián dejó el portátil cerrado sobre una cómoda, lejos de los restos de maquillaje, horquillas y pañuelos usados. No se acercó a Marcela. Bien. Si hubiera hecho voz baja de hombre comprensivo, quizá habría tenido que esconder un crimen en el office de personal.

—Marcela —dije—, escúchame. Lo de Adrián y yo no forma parte de tu boda.

—Todo forma parte de mi boda ahora mismo.

La respuesta tenía teatro, sí, pero no era mala.

—Vale. Entonces esto también lo gestiono yo.

Marcela se sentó en el borde de una butaca.

La habitación de cortesía para novias era preciosa de una manera poco útil: mucha luz, espejo grande, flores en la pared, una mesa auxiliar diminuta y ninguna superficie real para abandonar el caos.

Había zapatos, pendientes, pañuelos, una bolsita de farmacia, un cargador, una liga azul que alguien había dejado encima de una revista y tres copas de agua, dos de ellas intactas.

Olía a laca, nervios y detergente de sábanas.

Conocía ese olor. Era el perfume verdadero de las bodas.

—Las flores —dijo Marcela—. Mi madre no me lo quiere decir, pero he visto su cara.

Me arrodillé delante de ella, no por ternura sino porque las novias escuchaban peor cuando una les hablaba desde arriba.

—Ha habido un problema con la entrega original.

—O sea que no hay peonías.

—No como las pedimos.

Marcela cerró los ojos.

—Me caso mañana y no tengo ramo.

—Tendrás ramo.

—No será el mío.

—Será tuyo cuando lo lleves.

Adrián me miró. No le devolví la mirada. No porque hubiera dicho una frase bonita. Porque era la clase de frase que, dicha por otra persona, habría podido parecer de tarjeta barata. En mi boca salía con cansancio, y quizá por eso funcionaba.

Marcela apretó el móvil con las dos manos.

—Mi madre va a matarme.

—Tu madre no te va a matar en víspera de boda. Tendría que reorganizar demasiadas mesas.

Laia soltó una carcajada y se tapó la boca.

Marcela sonrió apenas.

—Ella quería que todo se viera impecable.

—Tu madre quiere que nadie pueda decir nada.

—¿Y podrán?

No mentí del todo.

—Siempre pueden decir algo. La gente habla hasta de las cortinas de los baños cuando no sabe qué hacer con su vida.

—Claudia —advirtió Adrián.

—¿Qué?

—Quizá no estamos calmándola.

—Estoy bajándole expectativas. Es distinto.

Marcela volvió a reír, esta vez un poco más. Se limpió debajo de un ojo con cuidado de no arrastrar el maquillaje.

—Me gusta cuando peleáis.

—No peleamos —dije.

—Sí peleáis.

—Discutimos por razones profesionales.

—Eso suena a pareja de hace tiempo.

Me puse en pie.

—No vamos a hablar de eso.

—Me distrae de las flores.

—No tanto como para compensar mi dignidad.

Adrián abrió el portátil.

—Marcela, necesito hacerte dos preguntas sobre la filtración. Rápidas. Sin entrar en detalles que no te sirvan.

La novia se tensó.

—¿Va a salir algo?

—Ahora mismo, no lo sabemos. Precisamente por eso vamos a actuar antes de que otros rellenen huecos.

Odiaba que funcionara. Odiaba la forma en que Marcela dejó de mirar el móvil y empezó a mirarlo a él con atención. Adrián no la dulcificó. No le prometió silencio absoluto. No la trató como una niña con vestido caro. Eso, objetivamente, era correcto.

Odié tener que admitirlo, aunque fuera por dentro.

—¿Has compartido el menú o la lista de invitados con alguien fuera del equipo? —preguntó Adrián.

Marcela frunció el ceño.

—Con mis damas.

Laia levantó una mano.

—Yo no he enviado nada.

—Con mi prima Jana. Pero solo para el seating.

Murmuré:

—La astróloga de mesas.

—No es astróloga. Hizo un curso.

—Peor.

Adrián tecleó algo.

—¿Grupo de WhatsApp?

—Varios.

—¿Cuántos?

Marcela y Laia se miraron.

—Uno de damas —dijo Laia.

—Uno de amigas de universidad —añadió Marcela.

—Uno de primas.

—Uno con mi madre, mi tía Clara y Jana.

—Uno para despedida.

—Uno solo para fotos.

Me llevé una mano a la frente.

—¿Un grupo solo para fotos?

—Para no mezclar.

—Habéis creado una estructura criminal de comunicación nupcial.

Marcela se tapó la cara.

—Lo siento.

—No lo sientas. Dame nombres.

Adrián levantó la mirada.

—Y capturas.

La novia palideció.

—¿De todo?

—No de conversaciones privadas. Solo donde aparezcan menú, lista, horarios o decoración.

Marcela dudó.

Intervine antes de que Adrián usara otra frase razonable.

—Marcela, no estamos buscando culpables ahora. Estamos buscando por dónde se ha escapado la información para tapar el agujero. Luego, si quieres, quemas grupos. Yo llevo mechero metafórico.

—¿Y si ha sido alguien mío?

—Entonces mejor saberlo nosotras antes que un blog con ínfulas.

Adrián me miró.

—¿Nosotras?

—No te vengas arriba. Es plural profesional.

Laia dejó la taza sobre la mesita.

—Yo puedo revisar los grupos con ella.

—Gracias —dije—. Sin reenviar nada. Captura y me lo mandáis a mí.

—Y a mí —añadió Adrián.

Lo señalé.

—Copiado. No protagonista.

—Copiado.

Marcela me observó otra vez con esos ojos de novia agotada que ve señales hasta en la forma de colocar un cargador.

—De verdad no habéis vuelto.

—De verdad —dije.

—Pero os entendéis.

—No confundas coordinación con recaída.

Adrián cerró el portátil demasiado deprisa.

La frase quedó en la habitación, mal vestida.

Me arrepentí en cuanto salió. No porque no fuera cierta. Porque era demasiado visible. Laia fingió mirar por la ventana. Marcela levantó las cejas. Adrián no hizo nada, que era su especialidad más molesta.

Mi móvil vibró.

Dani: “Tenemos fundas. Confirmo olor a armario. También tenemos un tío del novio preguntando si se puede fumar puro en terraza durante la ceremonia. He dicho que solo si quiere casarse él con los bomberos.”

Inés: “Mercabarna manda foto. No mires con hambre homicida.”

La foto llegó después: ranúnculos blancos, lisianthus, eucalipto, algo de paniculata y unas hortensias pequeñas que no ofendían a nadie. No eran peonías. Pero en manos de alguien con talento y miedo suficiente podían parecer una decisión sobria.

Me la enseñó a Marcela.

—Esto puede funcionar.

Marcela miró la pantalla. No lloró. Eso ya era presupuesto emocional ganado.

—No son peonías.

—No.

—Pero son bonitas.

—Sí.

—¿Mi madre va a decir que son baratas?

—Tu madre puede decir que el mar está mal colocado si se levanta con ganas.

Marcela sonrió.

—¿Y tú qué dirás?

—Que cambiamos el concepto floral para hacerlo más ligero, menos cargado, más contemporáneo. Que las peonías habrían competido con el vestido. Que el ramo respirará mejor con la línea del escote.

Adrián me miró de lado.

—Eso también es relato.

—No. Eso es supervivencia estética.

—Perdón.

—Aceptado con rencor.

Marcela cogió mi móvil y amplió la foto.

—Vale.

La palabra no salió feliz. Salió útil. La acepté como se aceptaba todo en una boda: sin pedir pureza.

—¿Vale?

—Vale. Pero quiero algo especial en el ramo. Algo mío.

—Lo tendrás.

—No una cosa enorme.

—No.

—Y no rosas.

—Dios nos libre.

Marcela respiró mejor. Poco, pero mejor. Laia le acercó la taza de jengibre y esta vez la novia bebió.

Adrián se apartó hacia la ventana y habló en voz baja por teléfono. No pidió permiso, pero tampoco invadió. Solo oí trozos: “no respondas”, “captura”, “hora exacta”, “no me nombres”, “privado”. Profesional, limpio, eficaz.

Me molestó recordar cómo era cuando trabajaba bien. Me molestó más recordar cómo era cuando no trabajaba y se sentaba en el suelo de su cocina a pelar mandarinas porque a mí me daba pereza mancharme las uñas.

Las mandarinas, de todos los recuerdos posibles.

El cerebro era un animal imbécil.

—Claudia —dijo Marcela.

—Dime.

—¿Puedo preguntarte algo que no sea de la boda?

—No.

—Entonces te lo pregunto rápido.

Suspiré.

—Treinta segundos.

Marcela miró hacia Adrián. Él seguía de espaldas, junto a la ventana, con el móvil en la oreja.

—Si no habéis vuelto, ¿por qué no has dicho desde el principio que no era de confianza?