La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 2 · Claudia #2
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Capítulo 2 · Claudia #2

La sala pequeña parecía aún más pequeña con él dentro.

Entré primero y me arrepentí cuando tuve que apartar una caja de copas con el pie para hacerle sitio.

La última vez que habían estado solos en una habitación, yo llevaba una camiseta vieja suya y él estaba sentado en el borde de la cama explicando que necesitaba irse a Madrid un tiempo.

Un tiempo. Había palabras que deberían venir con fecha de caducidad obligatoria.

Adrián dejó la maleta contra la pared.

Inés seguía allí, de pie, café en mano, observándolo con la tranquilidad falsa de una mujer que podía montar una mesa imperial para doscientas personas sin despeinarse y aun así disfrutar de una desgracia ajena si venía bien servida.

—Tú debes de ser Adrián —dijo.

—Y tú Inés.

—Qué rápido.

—Me han hablado de ti.

—Espero que mal. Genera autoridad.

Adrián aceptó aquello con una inclinación leve de cabeza.

—Me han dicho que sin ti el hotel se cae.

Inés me miró sin sonreír.

—Eso lo dicen cuando quieren pedirme algo.

—En este caso, información.

—Peor.

Cerré la puerta.

—Tenemos cuarenta y siete minutos para que Elena no me arranque la piel y la use de camino de mesa.

—Cuarenta y seis —corrigió Inés.

—Gracias.

—Precisión ante todo.

Adrián sacó el portátil de la maleta, lo abrió sobre una pila de manteles y conectó el cargador a un enchufe medio escondido detrás de una caja de copas.

La normalidad con la que ocupó el espacio me irritó.

No porque fuera invasivo. Precisamente porque no lo fue.

Preguntó antes de mover una carpeta, apartó una silla rota con el pie y dejó su móvil boca arriba, sin esconder la pantalla.

Parecía un adulto funcional.

Y ahí estaba el peligro.

—Necesito el correo —dijo.

—Lo tendremos cuando Elena decida obedecer una instrucción por una vez en su vida —respondí.

Inés abrió su libreta.

—Mientras, flores. He llamado a Mercabarna. Hay ranúnculos blancos, algo de lisianthus, eucalipto, rosas crema y hortensia pequeña. Nada de peonía decente.

—Rosas no —dije.

—¿Por qué?

—Marcela dijo que las rosas le parecían “boda de prima de pueblo”. Cita textual. Horrible, pero textual.

Adrián levantó la vista.

—¿La novia sabe distinguir una peonía de un ranúnculo?

—No.

—¿La madre?

—Sí.

—Entonces no estamos buscando flores. Estamos buscando una explicación.

Lo señalé con el bolígrafo.

—No. Estamos buscando flores. La explicación no se fotografía.

Adrián aceptó la corrección con un gesto breve.

—De acuerdo. Flores primero. Relato después.

—No digas relato.

—¿Por qué?

—Porque suena a que vas a venderme una mentira con PowerPoint.

Inés bebió café.

—En su defensa, estamos literalmente vendiendo una mentira sin PowerPoint.

La miré.

—Tú no ayudas.

—Nunca dije que sí.

El portátil de Adrián emitió un sonido suave. Correo entrante. Él lo abrió, leyó en silencio y giró la pantalla hacia mí.

El mensaje no parecía gran cosa. Eso era lo peligroso. Un correo de un blog pequeño, redactado con falsa cortesía, preguntando si podían confirmar la asistencia de ciertos invitados, el menú y “el cambio de última hora en la decoración floral”. Me incliné sobre la pantalla.

—¿Cambio de última hora? —murmuró.

Inés se acercó.

—Lo de las flores ya ha salido.

—No puede haber salido —dije—. Lo saben cocina, Dani, tú, yo, Marta, la florista y el camarero bocazas del ascensor.

—Has enumerado media humanidad.

Adrián abrió los datos del correo.

—No han recibido solo el listado. Tienen algo de esta mañana.

—¿De cocina?

—Puede ser. O de una llamada. O de alguien que ha visto una entrega que no llegaba. O de alguien de la familia escuchando a otro alguien.

—Eso no acota.

—No. Pero nos dice que el blog no tiene toda la historia. Está pescando.

Me enderecé.

—¿Y eso es bueno?

—Es mejor que tener un cadáver en mitad del salón.

—No uses cadáver en una boda.

—Apuntado.

Inés tocó la pantalla con un dedo.

—Este blog vive de insinuar. Si nadie responde, publicarán igual.

—Si responden mal, publicarán más —dijo Adrián.

—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunté.

Él me miró. No a Inés. A mí. Como antes, cuando esperábamos el metro y él me preguntaba dónde quería cenar aunque ya supiera que elegiría el sitio con mesas pequeñas y carta corta porque desconfiaba de los restaurantes que necesitaban plastificarlo todo.

—Ganamos tiempo.

—¿Cómo?

—Un mensaje neutro. No confirma nada. No niega el evento. Les da una versión aburrida: ajustes logísticos normales en una celebración privada. Sin detalles, sin nombres nuevos, sin amenaza. Lo suficiente para que no parezca pánico. Lo bastante plano para que no huela a titular.

—O sea, maquillaje.

—Contención.

—Siempre te gustaron las palabras caras.

Adrián bajó un poco la voz.

—Y a ti las frases que hacen daño aunque no haga falta.

Inés cerró la libreta con un golpe.

—Voy a buscar flores robables. Cuando acabéis de usar vuestra ruptura como herramienta de trabajo, avisadme.

—Inés —dije.

—No. Esta parte huele a pasado y yo solo gestiono eventos presentes.

Salió antes de que pudiera detenerla.

La sala quedó más pequeña. O más íntima. Ninguna de las dos cosas me convenía con Adrián a menos de dos pasos.

Adrián volvió al portátil.

—No he venido por ti.

—Ya me ha quedado claro. Viniste porque un señor con dinero te llamó.

—Vine porque la filtración puede hacer daño a una familia, a tu trabajo y al hotel.

—Qué noble.

—No estoy siendo noble.

—Entonces no empieces ahora, que descoloca.

Él soltó el aire por la nariz. No fue una risa. Casi.

—Claudia.

Odiaba cómo decía mi nombre. No con dulzura. No con nostalgia. Lo decía como si aún supiera dónde ponerlo: en la boca, bajo la piel, en ese sitio exacto donde una decide no mirar y aun así se traiciona.

—No estamos aquí para hablar de nosotros.

—No hay nosotros.

—Ya lo sé.

La rapidez me molestó. Era absurdo, pero me molestó. Una parte idiota de mí quería que él dudara, que tropezara, que al menos tuviera la decencia de cargar con la palabra antes de devolverla vacía.

Adrián apoyó las manos en el borde de la mesa improvisada.

—No voy a corregir a Elena si eso te perjudica.

—Mentir también me perjudica.

—Lo sé.

—No lo sabes.

—Lo sé más que entonces.

Ahí estaba. Entonces. La puerta que ninguno había abierto todavía y que, por supuesto, apareció sola, como los problemas caros.

Miré hacia las cajas de copas. Una tenía una etiqueta torcida: “NO USAR. DESPORTILLADAS.” Alguien la había escrito con rotulador rojo y aun así la caja seguía en el cuarto. Muy de hotel. Muy de vida adulta. Todo lo roto bien etiquetado, pero a mano por si hacía falta.

—No vamos a hacer esto —dijo.

—No.

—Bien.

—Pero si quieren creer que somos algo para darte margen, quizá hay que dejarles creerlo hasta que pase la primera crisis.

—¿La primera? Qué optimista.

—Hasta que pasen las flores y la filtración.

—Eso son dos crisis.

—Suelen venir en grupo.

Cogí el móvil. Tenía un mensaje de la florista: “Estoy intentando salvar algo. No me odies.” Otro de Dani: “Fundas encontradas. Algunas huelen a armario y derrota.” Otro del banco. Ese no lo abrí.

Adrián me vio. No el mensaje. El gesto. El dedo deteniéndose sobre la notificación, la pantalla apagada más rápido de lo recomendable.

—¿Todo bien?

—No empieces.

—Solo he preguntado.

—Tú nunca solo preguntas.

Él no insistió. Eso, otra vez, me desarmó más de la cuenta.

El teléfono de la sala sonó. Di un respingo idiota. Adrián me miró, luego miró el aparato.

—¿Lo cojo?

—Ni se te ocurra.

Descolgué.

—Sí.

La voz de Marta llegó desde recepción, baja.

—La novia quiere verte.

—Dile que subo.

—Ha pedido que vaya también Adrián.

Me quedé callada.

—¿Perdón?

—Marcela ha bajado un momento al pasillo, ha visto a su madre hablando con él y ahora quiere saber si “tu Adrián” puede mirar lo de la prensa antes de que su boda se convierta en contenido.

Adrián cerró los ojos un instante.

Apreté el auricular.

—Marta.

—Sí.

—¿Quién ha dicho “mi Adrián”?

—No sabría decirte si ha sido la novia, la dama de honor o cocina a través de la pared. La rumorología tiene eco.

—No es mi Adrián.

—Eso díselo al hotel. Yo solo informo.

Colgué despacio.

Adrián esperó.

Cogí la carpeta, me recolocé uno de los bolígrafos del moño y abrí la puerta.

—Regla dos.

—Pensé que seguíamos en la uno.

—Acaba de morir aplastada por la estupidez colectiva.

—De acuerdo.

—No me contradigas delante de Marcela.

—No lo haré.

—No la calmes con voz de hombre razonable. Las novias confían demasiado en los hombres razonables porque no los han visto desaparecer después de prometer que solo necesitan tiempo.

Adrián se quedó quieto un segundo.

—Eso era para mí.

—Qué rápido.

—Claudia.

—No. Camina.

Él cogió el portátil y me siguió.

En el pasillo, un camarero pasó con un jarrón del lobby lleno de orquídeas blancas. Inés iba detrás, fingiendo que aquello no era un robo con uniforme.

—No mires —dijo Inés.

—No he visto nada —respondí.

—Bien. Porque legalmente estas flores han decidido cambiar de vida.

Adrián observó el jarrón.

—¿Eso forma parte del plan?

—Eso es el plan hasta que encontremos otro —dije.

—Entiendo.

—No, no entiendes. Tú vas a subir conmigo, vas a decir lo mínimo y vas a recordar que la novia necesita creer que su boda sigue siendo una boda, no una rueda de prensa con centro de mesa.

—Lo recordaré.

El ascensor abrió sus puertas con una lentitud casi ofensiva. Entraron los dos. Solos.

Miré los números de las plantas para no mirar el espejo.

Adrián miró el suelo para no mirarla a ella.

Durante dos pisos, funcionó.

En el tercero, el ascensor se detuvo. Las puertas no se abrieron.

Apreté el botón.

Nada.

—No —dije.

Adrián levantó la vista.

—¿Qué?

—No vamos a quedarnos encerrados en un ascensor. Eso sería de mal gusto romántico.

Él me miró por el reflejo y, por una vez desde que había llegado, sonrió apenas.

—Sigues hablando sola cuando estás al límite.

—No hablo sola. Hablo con la infraestructura incompetente.

El ascensor dio un tirón suave y volvió a moverse.

—Falsa alarma —dijo él.

—Qué pena. Ya estaba buscando una forma elegante de culparte.

—Seguro que la habrías encontrado.

Las puertas se abrieron en la planta de Marcela. Salí primero, demasiado deprisa. La dama de honor esperaba en el pasillo con una taza de jengibre en la mano y cara de haber sido nombrada ministra de una república en llamas.

—Está llorando —susurró.

—¿Por las flores, por la filtración o por casarse? —pregunté.

La chica abrió mucho los ojos.

—No lo sé.

—Vale. Entonces entramos despacio.

Adrián se colocó a su lado, sin invadirla. Otra vez ese cuidado. Otra vez ese problema.

Apoyé la mano en el pomo de la habitación de cortesía.

Antes de abrir, lo miré.

—Y, por si no ha quedado claro, esto no cambia nada.

Adrián sostuvo mi mirada.

—No he pensado que lo hiciera.

A mí me habría gustado que doliera menos.

Abrió la puerta.

Marcela estaba de pie junto a la ventana, envuelta en la bata blanca del hotel, con los ojos húmedos y el móvil apretado contra el pecho.

Lo primero que dijo no fue “las flores”.

Tampoco “la prensa”.

Miró a Adrián, luego a mí, y preguntó:

—¿Es verdad que habéis vuelto?