Capítulo 2 · Claudia
Cuatro minutos, en una boda, no servían para nada y servían para destruirlo todo.
Lo sabía porque había visto romperse amistades por una mesa mal asignada, primas que dejaban de hablarse por un ramo lanzado hacia el lado equivocado y una novia llorar cuarenta minutos dentro de un armario porque su padre había dicho “segunda boda” delante del fotógrafo.
Cuatro minutos eran una unidad ridícula para la vida normal. En el Hotel Vera, con Marcela Rius vomitando en la planta de arriba, las flores muertas en algún almacén y una filtración rozando la prensa, eran casi un lujo.
Y ahora Adrián Vidal pretendía usarlos.
—No —dije.
Él no apartó la mirada.
—No he propuesto nada todavía.
—Tú propones antes de hablar. Se te nota en la cara.
Adrián bajó la vista un instante hacia su maleta, como si aquella acusación pudiera guardarse entre dos camisas. Luego volvió a mirarla. Siete años no le habían quitado esa manera irritante de medir la temperatura de una sala sin mover más que los ojos.
—Si corregimos a Elena ahora, va a preguntar por qué me han llamado.
—Porque Tomàs Montcada tiene el criterio sentimental de una piedra.
—Eso no es una respuesta útil.
—No estoy intentando ser útil contigo.
Marta Beltrán carraspeó detrás del mostrador. Lo hizo sin mirarlos, claro, porque Marta era profesional hasta para meterse donde no la llamaban.
—La señora Rius lleva dos minutos mirando hacia aquí —informó—. Tres, si contamos desde que él ha entrado por la puerta y a ti se te ha puesto cara de querer cancelar el convenio de Ginebra.
—Gracias, Marta.
—De nada. También ha preguntado si os preparo una sala.
Cerré los dedos alrededor de la carpeta.
—No hay “os”.
—A ella sí se lo parece.
Marta lo dijo con la misma neutralidad con la que habría informado de una habitación lista. En recepción se mentía poco; se administraba la verdad con discreción y se dejaban los incendios emocionales a cargo de quien tuviera peor suerte.
Adrián giró apenas la cabeza hacia el bar. Elena Rius seguía junto a Tomàs Montcada. El padre del novio hablaba por teléfono, pero la madre de la novia tenía la vista puesta en ellos con una serenidad carísima. No parecía curiosa. Parecía propietaria de la situación.
Tuve que recordar que no lo era. Aquella boda era suya.
El cronograma era suyo. La lista de alergias, los horarios, el contacto del DJ, el nombre del tío que no podía sentarse cerca de la mesa doce porque había discutido con el padre de Biel en una junta de accionistas; todo eso estaba en mi carpeta, en su cabeza y en las ojeras que nadie le pagaba.
Adrián no podía entrar, sonreír poco, decir dos frases correctas y convertirse en solución.
No otra vez.
—No vas a hablar antes que yo —dije.
—De acuerdo.
—No vas a convertir esto en un despacho.
—Es una filtración.
—Es una boda.
—Con nombres sensibles.
—Con una novia arriba que cree que va a morirse por culpa de unas peonías.
—Entonces tenemos dos crisis.
—Tengo dos crisis.
Adrián aceptó el golpe con un gesto mínimo. Ese era el problema. Que no se defendía cuando una parte de él sabía que no tenía derecho. Si hubiera discutido, si hubiera entrado con soberbia, si hubiera dicho algo brillante para quedar por encima, lo habría podido odiar con más limpieza.
Pero Adrián Vidal tenía la indecencia de llegar con cuidado.
—Claudia —dijo Marta.
—¿Qué?
—Elena viene.
No venía. Avanzaba. Había mujeres que caminaban y mujeres que desplazaban el peso de una habitación con los tacones.
Elena Rius pertenecía al segundo grupo. Tomàs Montcada la siguió un paso detrás, todavía con el móvil en la mano y el cansancio de quien había comprado demasiadas soluciones caras en la vida como para distinguir una buena de una mala.
—Adrián —dijo Elena, tendiéndole la mano—. Gracias por venir tan rápido.
—Elena.
Adrián estrechó la mano de Elena sin besarla. Bien. Odiaba los besos sociales en mitad de una crisis. Los hombres besaban mejillas y luego se iban a sentarse. Las mujeres recogían vasos.
—Claudia no me había dicho que te conocía tan bien —añadió Elena.
Ahí estaba. La puerta abierta. El momento exacto de cortar la mentira antes de que creciera.
Abrí la boca.
—Nos conocemos desde hace años —dijo Adrián.
No mintió. Esa era su especialidad: construir una mentira con ladrillos verdaderos.
Elena me miró con una satisfacción breve, casi íntima, como si hubiera descubierto una herramienta que nadie le había enseñado en la primera reunión.
—Entonces mejor. No tendremos que perder tiempo en presentaciones.
—Sí vamos a perderlo —dije.
Adrián giró la cabeza hacia mí.
—Solo el justo —añadió, antes de que Elena pudiera endurecer la boca—. Necesito saber quién ha recibido el correo, quién tenía el listado y si alguien ha contestado al blog.
Tomàs se guardó el móvil.
—Nadie ha contestado.
—¿Seguro?
—Por mi parte, sí.
Adrián no dijo que eso no bastaba. Lo dejé sobre la mesa sin tocarlo.
—Perfecto. Entonces lo primero es que nadie reenvíe nada más. Ni a abogados, ni a primos, ni a asistentes, ni a personas de confianza que no estén aquí. Cada reenvío crea otra boca, otra captura y otra excusa.
Elena cruzó los brazos.
—Ya se lo he enviado a mi hermana.
Noté un punto detrás del ojo derecho. Pequeño. Puntual. Asesino.
—¿A Marta? —preguntó Tomàs.
—A mi hermana Clara. Marta es la cuñada.
Adrián asintió con calma.
—Bien. Necesito que le escribas ahora mismo y le digas que no lo reenvíe, no comente nada y no pregunte en ningún grupo. Nada de “¿sabéis algo de esto?”. Nada de “por favor discreción”. La discreción, cuando se pide en un WhatsApp familiar, dura catorce segundos.
Marta Beltrán soltó algo parecido a una tos. No la miré, pero supo que estaba disfrutando.
Elena apretó la tableta contra el pecho.
—No me gusta que me den órdenes.
—No te las doy. Te explico dónde se rompe esto si no lo paramos ahora.
Lo odié un poco más por hacerlo bien.
—El correo original —dije, recuperando terreno—. Me lo reenvías a mí y a Adrián. Sin añadir comentarios. Sin reenviarlo a nadie más. Tomàs, tú harás lo mismo con quien lo haya recibido por tu parte.
El padre del novio asintió.
—Lo haré.
—Y necesito saber si algún proveedor tenía el listado completo de invitados.
—¿Eso importa? —preguntó Elena.
—Importa mucho.
—La imprenta lo tenía —dije—. Seguridad también. Catering tenía mesas y alergias, no datos completos. El DJ tenía nombres para el vídeo, pero no apellidos de todos. La familia tenía demasiadas versiones, porque alguien decidió hacer un seating plan emocional en paralelo.
Elena levantó la barbilla.
—Mi sobrina solo quería ayudar.
—Tu sobrina ha colocado a dos exsocios enfrentados en la misma mesa porque los dos son Aries.
Tomàs parpadeó.
Adrián me miró de lado. La boca se le quedó quieta, justo donde una sonrisa habría sido imperdonable.
—Eso sí que podría acabar en prensa —dijo él.
—No animes —murmuré.
Elena respiró por la nariz, despacio.
—Quiero una solución.
—La tendrás —dije.
—De los dos.
Esa palabra cayó con una precisión insoportable.
Los dos.
Sentí el impulso físico de corregirla. De decir “no somos dos”, “él no es mío”, “esto no es lo que usted cree”.
También sentí, con una traición miserable del cuerpo, el calor de Adrián a mi lado.
No me tocaba. No le hizo falta. Hay hombres que ocupan la piel incluso a distancia cuando una ha cometido el error de haberlos querido desnudos.
Pero Elena no estaba mirándonos como madre.
Nos miraba como cliente. Como una mujer que acababa de encontrar una razón para no despedirme en mitad del vestíbulo: la organizadora no estaba sola; tenía acceso a alguien de reputación, alguien que Tomàs respetaba, alguien que parecía parte de su círculo íntimo.
Alguien de confianza.
Mentira útil.
La clase de mentira que se mete bajo la piel.
—Trabajaremos coordinados —dije.
Adrián no se movió. Solo me miró.
Elena relajó los hombros medio centímetro.
—Eso espero.
Tomàs consultó su reloj.
—Tengo una llamada en diez minutos. Adrián, cualquier cosa que necesites, me escribes directamente.
—Lo haré.
—Claudia.
—Tomàs.
El padre del novio se alejó primero. Elena tardó un segundo más. Antes de irse, se inclinó hacia mí con una sonrisa que no llegó a serlo.
—Marcela no debe enterarse de esto.
—Marcela no se enterará de nada que no necesite saber.
—Y las flores.
—Estoy en ello.
—No quiero “algo bonito”. Quiero lo que se pidió.
—Entonces quizá debería haber encargado una primavera privada.
La frase salió antes de pasar por ningún filtro de supervivencia.
Marta dejó de teclear.
Tomàs, que aún no se había ido del todo, fingió no escuchar. Adrián sí escuchó. Se le notó en la boca. No sonrisa; memoria.
Elena me miró con hielo suficiente para llenar una barra libre.
—Tiene cuarenta y ocho minutos.
—Pensé que era una hora.
—Han pasado doce.
Se fue.
Cerré los ojos un segundo. Más habría sido rendirme.
—Buena frase —dijo Adrián.
—Era mala frase.
—Era tuya.
—Eso no la mejora.
Marta levantó una mano desde recepción, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Sala pequeña libre. Y antes de que preguntéis: sí, cocina ya cree que habéis vuelto. No sé cómo. No he sido yo.
—Marta.
—Yo solo gestiono habitaciones. Los milagros y los rumores los lleva cocina.
Giré hacia Adrián.
—Ven.
Él cogió la maleta.
—¿Dónde la dejo?
—En recepción.
—Llevo equipo.
—¿Equipo de crisis o equipo de ex?
—Portátil, cargador, documentación.
—Entonces en recepción. Lo otro lo dejaste hace años.
La frase me salió más baja de lo que habría querido. No lo bastante baja para que él no la oyera.
Adrián no contestó.
Bien. Mal. Daba igual.