Capítulo 1 · Claudia #2
Porque faltaban treinta y cinco horas para la ceremonia.
Porque otra persona no sabría dónde estaba cada caja, cada alergia, cada resentimiento familiar y cada mesa con invitados que no podían sentarse juntos sin provocar una guerra de cubiertos.
Porque había dormido cuatro horas en dos días y aun así conocía esa boda mejor que cualquiera de los que iban a salir sonriendo en las fotos.
Porque necesitaba cobrar.
Esa razón no se podía decir en voz alta.
—Porque otra persona tardaría seis horas en entender el problema —dije—. Yo ya estoy dentro.
Elena no pestañeó.
—Entonces demuéstrelo. Tiene una hora para darme una solución creíble.
Elena se alejó hacia el bar con la tableta contra el cuerpo, tiesa, impecable, insoportable.
Esperé a que estuviera de espaldas para soltar el aire por la nariz. Entonces miré el móvil.
El número desconocido seguía llamando.
Contesté.
—Claudia.
—Buenos días. ¿Hablo con la responsable de la boda Rius-Montcada?
Voz masculina. Correcta. Demasiado relajada para esa hora.
—Depende de quién pregunte.
—Soy Tomàs Montcada, padre del novio.
Me enderecé.
—Buenos días, Tomàs.
—Acabo de recibir una llamada de Elena. Flores, prensa, nervios. He tomado una decisión.
Aquello ya no sonaba a boda. Sonaba a despacho.
—Necesitaré que nadie reenvíe el correo y que me den acceso al original.
—Ya hay alguien ocupándose.
Apreté el móvil.
—¿Perdón?
—He llamado a un consultor. Trabaja con nosotros en reputación. Es discreto. Eficaz. Conoce este tipo de situaciones.
No.
La palabra no salió, pero me raspó la lengua.
—Tomàs, con todo el respeto, no puedo tener a una persona externa interfiriendo en la organización a estas alturas.
—No va a interferir. Va a evitar que mañana mi hijo se case bajo un titular desagradable.
—Necesito saber su nombre.
Hubo una pausa mínima. Lo bastante breve para no ser dramática. Lo bastante larga para que mi cuerpo recordara antes que la cabeza.
—Adrián Vidal.
El vestíbulo siguió funcionando. Las copas tintinearon. Alguien pidió hielo. Un botones pasó empujando trajes. El mundo, que tenía muy poca educación, no se detuvo para que pudiera caerme por dentro con discreción.
—No —dije.
—Llegará en media hora. Le he dado su contacto y el del hotel. Sé que no es lo ideal, pero ahora necesitamos a alguien que sepa apagar incendios.
Miré mi carpeta. La esquina mordida. Las notas. Su nombre escrito en la portada con tinta negra, como si eso todavía significara que mandaba en algo.
—Yo apago incendios.
—Estoy seguro.
No sonó seguro. Sonó rico.
—Pero esto es reputación —añadió él—. Déjele trabajar.
La llamada terminó antes de que pudiera decidir si colgar primero habría sido una victoria.
Me quedé con el móvil en la mano.
Siete años deberían haberme educado mejor. Deberían haberme quitado la memoria exacta de Adrián, no solo los detalles útiles: la colonia que usaba cuando quería fingir que no se había arreglado, el desorden de sus llaves, su manera de quedarse dormido con una mano todavía buscándola.
No había borrado lo demás. Su boca en mi cuello una noche de julio. El peso de su palma en la cintura, abierta y caliente, sin prisa. La forma en que decía mi nombre cuando me deseaba y no cuando quería calmarme.
Tampoco había borrado la manera limpia, cobarde, casi educada en que se había ido.
Abrí el chat de Inés.
“Inés. Sala pequeña. Ahora.”
La respuesta llegó al instante.
“Trae café. Y no vengas sola.”
Escribí:
“Flores muertas. Posible filtración. Novia vomitando. Madre con tableta. Adrián Vidal viene.”
Tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
“Entonces ven ya.”
La sala pequeña no era una sala. Era el cuarto donde el hotel guardaba carpetas, manteles de emergencia, carteles de “suelo mojado”, cargadores sin dueño y dos sillas plegables que siempre pellizcaban la parte de atrás de los muslos.
Inés Roca estaba sentada sobre una caja de copas, café en mano, libreta abierta.
—Dime que lo de las flores es un rumor —pidió.
—Es una realidad con margen de maquillaje.
—O sea, no hay flores.
—Hay algunas. Feas.
—Eso no es margen. Eso es un ramo pidiendo auxilio.
Dejé la carpeta sobre una pila de manteles.
—Necesito alternativas en blanco, crema, verde, algo que aguante calor y que no parezca comprado para pedir perdón.
—Tenemos orquídeas en lobby.
—No voy a desmontar el lobby.
—No he dicho desmontar. He dicho robar con criterio.
—Anótalo.
Inés apuntó. No preguntó por Adrián todavía. Ese era uno de sus talentos: sabía dejar que una desgracia terminara de entrar antes de diseccionarla.
Dani Salvat apareció sin llamar, camisa remangada, pinganillo colgando del cuello y cara de haber perdido la paciencia en una bandeja de canapés.
—Tenemos un problema.
Inés me señaló.
—Haz cola.
—El camión de mobiliario ha llegado con treinta y dos sillas color marfil y ciento veinte color “lo que había”.
Cerré los ojos.
—Define “lo que había”.
—Beige triste.
—¿Cuánto de triste?
—Residencia de ancianos con presupuesto.
La palabra perfecto volvió a zumbarme dentro del cráneo. Una boda no se caía de golpe. Se descosía por sitios pequeños: una flor blanda, una silla fea, una novia mareada, una madre vigilando, un correo reenviado.
—Fundas —dije.
—Hay ochenta.
—Mantelería.
—¿Vas a vestir sillas con manteles?
—Si hace falta, visto a los invitados.
Inés ya estaba escribiendo.
—Hay fundas antiguas en almacén. Color cava.
—El cava es beige con autoestima. Sirven.
Dani me miró.
—Marcela pidió blanco roto.
—Marcela ahora mismo está sentada en un baño intentando no vomitar sobre un vestido de seis mil euros. No distingue blanco roto de cava con autoestima.
—Su madre sí.
—Su madre distingue hasta el fracaso de lejos. Por eso vamos a bajar la luz del salón, subir velas y llenar las mesas de verde.
—No hay flores.
—Habrá verde.
—¿De dónde?
Señalé a Inés.
—Del lobby.
Inés levantó las manos.
—Yo solo he sugerido delincuencia ornamental.
—Aprobada.
Dani salió a buscar las fundas. Inés cerró la libreta y por fin me miró como si se hubiera guardado la pregunta entre los dientes.
—Adrián Vidal.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Ibas a hacerlo.
—Iba a preguntar si ese es el Adrián o un Adrián administrativo.
Solté una risa breve.
—El administrativo habría sido más útil.
El móvil vibró. Número desconocido. Mensaje nuevo.
“Claudia. Soy Adrián. Me han pedido que vaya al Hotel Vera. Antes de que me cuelgues, esto no lo he buscado yo.”
Inés leyó la pantalla desde su silla. No fingió lo contrario.
—Qué considerado. Te avisa de que va a arruinarte la mañana.
Escribí una respuesta. La borré. Escribí otra. También la borré.
Al final guardó el móvil sin contestar.
—Tenemos flores muertas, sillas feas, una filtración, una novia en el baño y al hombre que me dejó tirada viniendo a explicarme cómo se controla una crisis.
Inés cogió la libreta.
—Voy a necesitar otro café.
—Yo voy a necesitar que no me mires así.
—Te miro normal.
—Tu normalidad es muy ofensiva.
Marta asomó desde el pasillo.
—Claudia, Elena Rius pregunta si puede ver la propuesta alternativa de flores.
—Todavía no existe.
—Le he dicho que estabas ultimando detalles.
—Gracias.
—Y acaba de llegar un señor por recepción preguntando por ti.
Mi corazón hizo algo breve y estúpido. Lo odié por eso.
—¿Ya?
—No sé si es “ya” o “por desgracia”, pero lleva traje, maleta de cabina y cara de haber dormido bien. Así que no es proveedor.
Salí al pasillo antes de pensar demasiado.
Si pensaba, me quedaba dentro. Si me quedaba dentro, perdía territorio.
Y yo no había sostenido bodas imposibles, novias al borde del colapso y madres con tabletas para esconderme en un cuarto de manteles porque Adrián Vidal hubiera decidido aparecer con media hora de antelación.
El vestíbulo seguía igual y distinto. Los técnicos arrastraban cables.
Un botones empujaba un carro con fundas de trajes.
La señora de la pamela ya discutía con alguien nuevo.
En recepción, Marta fingía estar absorta en una reserva con la concentración teatral de quien piensa contarlo todo en cocina antes de comer.
Y delante del mostrador estaba Adrián.
No llevaba el traje de un hombre rico. Llevaba el traje de un hombre que sabía exactamente qué podía permitirse y qué no necesitaba demostrar.
Azul oscuro, camisa blanca, sin corbata.
La barba más corta que antes. El pelo un poco más gris en las sienes.
Una maleta negra junto a la pierna y el móvil en la mano.
Su camisa le quedaba abierta en el cuello lo justo para ser injusta. Lo noté y me odié por notarlo. También noté los hombros, más anchos o quizá solo menos míos; la boca seria; esa quietud de hombre que no necesitaba levantar la voz para ocupar una habitación.
El cuerpo me recordó cosas antes de pedir permiso. Una pared. Su risa contra la piel. Un verano entero reducido a una respiración en la nuca.
No. Trabajo. Flores. Prensa. Novia viva. Yo también, si podía permitírmelo.
Levantó la vista y me encontró entre todo el ruido del vestíbulo.
Se quedó serio.
Tampoco pidió perdón.
Eso, al menos, evitó que le tirara la carpeta.
—Claudia.
Crucé los últimos metros con los bolígrafos aún en el moño, la tirita despegándose dentro del zapato y una boda entera a punto de caerse detrás. Cada paso hacia él fue una falta de disciplina del cuerpo. El mío recordaba la distancia exacta a la que Adrián empezaba a ser peligroso.
—Llegas pronto.
—Me pareció mala idea llegar tarde.
—Llegar tarde siempre se te dio mejor.
Adrián encajó el golpe sin mover apenas la cara. Habría preferido que se defendiera. La defensa permite odiar con orden. Aquella calma le dejaba demasiado espacio al recuerdo.
—No he venido a complicarte el trabajo.
—Ya lo has hecho.
—Entonces intentaré ser útil.
Miré la maleta. Luego a él. Luego a Elena y Tomàs, que los observaban desde el bar como si no fueran dos adultos separados por años, errores y una boda ajena, sino una solución empaquetada que acababa de llegar en una maleta negra.
Adrián estaba a menos de un metro. Demasiado cerca para un ex, demasiado lejos para alguien cuya espalda había conocido con la boca. Me obligué a mirar la maleta, la recepción, cualquier cosa que no fuera el hueco abierto de su camisa.
—Regla uno —dije—. Esta boda es mía.
—Lo sé.
—No das órdenes a mi equipo.
—De acuerdo.
—No hablas con la novia.
—No pensaba hacerlo.
—No hablas con la madre de la novia sin mí delante.
Adrián tardó un segundo.
—Eso quizá será más difícil.
Estreché los ojos.
—¿Por qué?
Él bajó la voz.
—Porque les han dicho que somos pareja.
Me quedé quieta.
El vestíbulo siguió funcionando. Las copas tintinearon. El ascensor abrió sus puertas con desgana. Alguien pidió hielo. La vida, que tenía muy poco sentido del espectáculo, no se detuvo para que pudiera insultar a Dios con calma.
—¿Qué?
—Elena cree que me has llamado tú.
—Yo no llamaría a un ex ni aunque estuviera ardiendo el salón.
—Ya. Eso pensé.
—¿Y por qué demonios cree eso?
Adrián pasó una mano por la mandíbula. Ese gesto sí lo recordaba. Mal asunto.
—Tomàs me presentó como alguien de confianza. Ella preguntó de quién. Alguien dijo que tuya.
—¿Alguien?
—No sé quién.
—Qué cómodo.
—Claudia.
—No.
—Si la corregimos ahora, preguntará por qué soy de confianza.
—No eres de confianza.
—Para ella no hace falta que sea verdad. Solo hace falta que lo parezca durante unas horas.
Ahí estaba. El Adrián que arreglaba crisis convirtiendo mentiras pequeñas en estructuras habitables. El hombre que sabía hablar bajito mientras todo se incendiaba. El que había sido capaz de irse sin portazo, sin grito, sin una escena a la que pudiera odiar con facilidad.
Miré a Elena Rius, después al móvil lleno de mensajes, después al hombre que no debería estar allí.
—Esta mentira no dura ni cinco minutos.
Adrián sostuvo mi mirada.
—Entonces tenemos cuatro minutos para decidir cuánto nos conviene que parezca verdad.