La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1) Capítulo 1 · Claudia
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La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1)

La boda que fingimos (Noches de hotel nº 1)

Por Alma Santel

© inepub.com

Capítulo 1 · Claudia

La mañana en que Adrián Vidal volvió a entrar en mi vida, el Hotel Vera olía a jazmín caro, café recién hecho y desastre.

Yo todavía no lo sabía. A las siete y doce, mi mundo era otro: una novia encerrada en el baño de cortesía, una boda de lujo a treinta y cinco horas de convertirse en noticia por las razones equivocadas y un audio de cuarenta y siete segundos que acababa de dejarme sin flores.

Sin flores para la ceremonia.Sin flores para los centros de mesa.Sin flores para el arco de la terraza.Y, lo imperdonable, sin ramo.

El ramo de Marcela Rius. La novia que llevaba ocho meses jurando que no era complicada mientras me escribía a las dos y media de la madrugada con asuntos como “Duda mínima servilletas” o “Urgente olor velas”.

Guardé el móvil en el bolsillo trasero del pantalón negro y empujé la puerta del baño con el hombro.

Llevaba una carpeta bajo el brazo, dos bolígrafos en el moño, una tirita en el talón izquierdo y el sujetador mal colocado desde las seis y veinte.

La tela me rozaba donde no debía cada vez que respiraba hondo.

Una molestia íntima, ridícula, perfectamente a la altura de un día decidido a morderme el cuello.

—Marcela —dije, sin alzar la voz.

Marcela estaba sentada en el suelo, con el vestido de prueba recogido sobre las piernas, una bata blanca del hotel encima y la cara color papel mojado. Una dama de honor le sujetaba el pelo con una mano y con la otra revolvía un neceser minúsculo, inútil para una crisis de ese tamaño.

—Me voy a morir —murmuró Marcela.

—No. Te vas a casar mañana. Para la agenda es peor, pero médicamente más optimista.

La dama de honor soltó una risa nerviosa y enseguida pidió perdón. Marcela levantó la cabeza lo justo para mirarme con un ojo maquillado y el otro a medio hacer.

—No puedo hacer esto.

—Puedes. Has sobrevivido a tu madre, a la prueba del menú vegano sin avisar al chef y al grupo de WhatsApp de las primas de Biel. Esto es solo estómago.

—Mi madre está abajo.

—Ya lo sé.

—Y está preguntando por las peonías.

Sonreí con la parte de la cara que no estaba ocupada en calcular cuánto costaba alquilar un coche, asaltar tres floristerías y convencer a alguien de que el blanco roto podía ser una decisión estética y no una catástrofe.

—Tu madre pregunta por muchas cosas antes de desayunar.

Marcela cerró los ojos.

—Quería que todo estuviera perfecto.

Aquella palabra, perfecto, agotaba más que una boda completa.

La oía tanto que a veces, al volver a casa después de un montaje, creía escucharla en la lavadora, en el ascensor, en el vecino del tercero arrastrando una silla.

Una boda no era perfección: era gente sudando dentro de ropa cara, zapatos crueles, maquillaje resistiendo por orgullo y familiares que se toleraban gracias al cava.

—Todo va a estar controlado —dije.

No dije perfecto. Había límites.

Revisé el bajo de la bata, el encaje del vestido de prueba, las manos. Nada grave. Marcela olía a laca, menta y miedo. Encima del mármol había un vaso de agua, un paquete de galletas saladas abierto con los dientes y un móvil boca abajo que no paraba de vibrar.

—Estás limpia. Respira por la nariz. Sorbitos pequeños. Y no mires el móvil.

—Es mi madre.

—Precisamente.

La puerta se abrió sin llamar. Marta Beltrán, jefa de recepción, asomó la cabeza con la expresión de una mujer que había visto llorar a demasiadas novias antes de las nueve.

—Claudia.

Solo dijo eso. En el Hotel Vera, cuando Marta no añadía un “perdona” delante, significaba que alguien estaba a punto de arruinarle una hora.

—Ahora voy.

Marta miró a Marcela y cambió de cara con una rapidez profesional.

—Te han subido jengibre y agua con gas. Sin limón. El limón te daba asco, ¿no?

Marcela parpadeó.

—Sí.

—Está en camino.

Marta cerró la puerta. Dejé instrucciones muy concretas a la dama de honor: diez minutos sin móvil, dos galletas, agua en sorbos, nada de café, nada de llorar encima del vestido y nadie llamaba a la madre de la novia hasta nuevo aviso. Luego salí al pasillo con el móvil ya en la mano.

La pantalla estaba llena.

Audio de la florista.Tres llamadas perdidas de Inés Roca.Un mensaje de Dani Salvat: “Necesito saber ya si el arco lleva estructura o si hemos de improvisar con lo que hay. Y por lo que hay quiero decir aire y mala leche.”Otro de Elena Rius, madre de la novia: “Claudia, estoy en recepción. Necesito verla.”Uno del banco: “Cargo rechazado. Revise saldo disponible.”

Ese último lo borré sin leer el resto. No por estrategia. Por supervivencia.

El ascensor tardó una eternidad. El Hotel Vera tenía ubicación, escaleras nobles, una terraza preciosa y un personal que funcionaba con más dignidad que horas de sueño. Pero los ascensores eran lentos, estrechos y rencorosos. Se detenían en plantas donde no había nadie, quizá por afición al drama.

Apreté el botón otra vez.

No servía de nada. Aun así lo hice.

Mientras esperaba, abrí el audio de la florista, no para escucharlo, sino para mirar la duración. Cuarenta y siete segundos bastaban para destruir ocho meses de trabajo.

“Claudia, no me mates, pero hemos tenido un problema con la cámara del almacén. Las peonías no han aguantado. Las blancas han llegado blandas, las otras tienen los bordes fatal, el ramo no se puede montar con eso, y el proveedor de refuerzo no me coge. Estoy intentando…”

No me mates.

Nadie entendía la violencia real de una boda. La sangre habría sido más sencilla que una novia que llevaba un año imaginándose una foto exacta, una madre con dinero para reclamar, un hotel con calendario lleno, un proveedor desaparecido y una autónoma que no podía permitirse devolver un anticipo.

El ascensor se abrió. Dentro había un camarero con un carro de copas limpias y cara de querer no existir.

—Bajo —dije.

—Yo también.

El carro ocupaba medio ascensor. Entré de lado, con la carpeta contra el pecho. A mitad de trayecto, el camarero me miró por el reflejo del espejo.

—¿Es verdad que no hay flores?

Cerré los ojos un segundo.

—¿Quién lo ha dicho?

—Cocina.

Claro. Cocina siempre lo sabía todo antes que la dirección, la novia y Dios.

—En cocina exageran.

—En cocina han dicho “no hay ni una puta flor”.

—Eso es una exageración con vocabulario.

—Vale.

—No repitas nada.

—No repito nunca nada.

Lo miré.

—Ayer le contaste a medio hotel que el tío del novio había pedido hielo para meter los pies.

—Eso era información sanitaria.

El ascensor llegó a la planta baja. Salí antes de que las copas terminaran de quejarse.

El vestíbulo tenía esa elegancia pensada para que la gente bajara la voz sin darse cuenta: suelo oscuro, sillones color crema, lámparas doradas y olor a detergente caro.

A esa hora, sin embargo, la magia estaba reventada por la realidad.

Cajas de vino junto a la entrada de servicio.

Fundas de trajes colgadas de un perchero temporal.

Dos técnicos peleándose con una pantalla LED.

Una señora con pamela hablando por teléfono como si evacuara una ciudad.

En medio de todo, Elena Rius esperaba.

La madre de Marcela tenía el pelo perfectamente colocado, un vestido azul marino que no pedía permiso y una tableta en la mano. No parecía preocupada por la boda de su hija. Parecía una jueza revisando pruebas.

Estiré la espalda y caminé hacia ella.

—Elena. Buenos días.

—¿Dónde están las flores?

Ni saludo. Ni anestesia.

—Estamos ajustando la entrega.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta que tengo ahora mismo.

Elena me miró de arriba abajo. No de forma evidente. Peor: con práctica.

—Marcela quería peonías blancas.

—Y las tendrá.

—Me acaban de decir que no.

—¿Quién?

—Eso da igual.

No daba igual. Daba nombre, apellido y despido emocional para alguien.

—Marcela tendrá una solución a la altura de lo que pidió.

—No he contratado soluciones. He contratado una boda.

El móvil volvió a vibrar en mi bolsillo. No miré.

—Ha contratado que yo me ocupe de que la boda funcione incluso cuando algo falla.

—¿Algo?

Elena levantó una ceja. Tenía cejas de heredera, de esas que parecían diseñadas para arruinar desayunos.

—Las flores son la mitad de la decoración.

—La mitad visible.

—No juegue conmigo, Claudia.

—No lo estoy haciendo.

Elena bajó la voz.

—Esta boda no puede dar sensación de improvisación. Hay gente importante invitada.

Gente importante. Nunca decían personas queridas. Decían gente importante.

—Lo sé.

—Y medios.

Me quedé quieta.

Medios era otra liga. Medios era reputación, titulares blandos con intención de cuchillo, familias ricas fingiendo que la vergüenza era un asunto externo. Medios era la clase de problema que antes me habría hecho pensar, contra toda lógica, en Adrián Vidal.

Lo pensé de todos modos.

No como solución. Peor: como memoria del cuerpo antes que la razón. Su voz baja junto a mi oído en una cocina estrecha. Un pulgar en mi nuca. La forma en que él sabía esperar medio segundo antes de besarme, como si también eso pudiera negociarse.

Apreté la mandíbula hasta que el recuerdo se rompió en algo utilizable.

—¿Medios? —pregunté.

Elena tocó la pantalla de la tableta y me la giró. Había un correo abierto, reenviado cuatro veces, con un asunto que me puso la piel de los brazos fría pese al aire acondicionado.

“Posible filtración menú e invitados boda Rius-Montcada.”

Cogí la tableta sin pedir permiso y leí rápido.

Un blog de sociedad había recibido parte del listado de invitados y una foto borrosa del menú.

Nada irreversible. Todavía. Pero había nombres de empresarios, un concejal, una presentadora de televisión y dos apellidos que salían demasiado en prensa económica.

—Necesito que me reenvíe el correo original —dije.

—Necesito que lo resuelva.

—Para resolverlo necesito verlo.

Elena recuperó la tableta.

—Marcela está nerviosa. Las flores no están. Y ahora esto. Dígame por qué no debería llamar a otra persona.