Capítulo dieciséis — Quedarse #3
Beni mandó una foto de su vaso de siempre, lleno, con la leyenda «a la salud de los novios». Manu mandó la foto de la pizarra, que había vuelto a colgar del derecho, con una sola línea nueva escrita con su caligrafía de boda:
«¿CUÁNDO SE CASAN? — se casaron de palabra el 29 de mayo de 2027. Mercado cerrado con beneficio.»
Y Mario y Elena, que se iban, pasaron por la mesa de las madres a despedirse.
Elena abrazó a las dos madres por turno —«las quiero, que me han cuidado la boda mejor que yo»—, y Mario se paró delante de nosotros con la chaqueta al hombro y la felicidad puesta, y nos dijo, sin anestesia y sin dramatismo, la última frase que le escuché aquella noche:
—Gracias por venir. Los dos. Que os veo bien juntos. —Me miró a mí—. Mal etiquetada, ¿eh? Ya me acuerdo. —Me chocó la mano—. Cuidaos.
Elena nos sacó del paso con la gracia de las novias que saben cuándo acabar las despedidas: «Vámonos, Mario, que si no nos vamos nos casamos otra vez aquí mismo.
» Y entre el barullo de los últimos abrazos, antes de subirse al coche, Elena se volvió hacia nosotros y dijo, señalando la nave donde aún quedaba la hoja tirada en el suelo:
—Eso que has dicho, Daniel. Lo de la cláusula única. —Se le iluminó la cara—. Eso no se escribe. Eso se hace. Que lo sepas.
Y se fueron, los novios, en el coche con las latas, con toda la peña en la puerta y el violín ya recogido, y la noche de pronto se quedó más pequeña y más nuestra.
Salimos de la finca a las cinco. Había amanecido despacio, con el cielo de mayo haciéndose grande, y en lugar de pedir dos taxis pedimos uno, que nos dejó en la plaza de Malasaña, y desde allí caminamos.
Las calles estaban vacías y mojadas de la limpieza nocturna, y el barrio olía a domingo temprano: a pan, a cierre de la noche anterior, a las primeras luces de los bares que abren para los que cierran tarde.
El camino de la plaza al bar es de doce minutos a paso de trabajo.
Aquella madrugada tardamos cuarenta. Porque íbamos despacio, porque nos parábamos en los semáforos en rojo sin tráfico —el de Hortaleza, que ya era nuestro, nos pilló por segunda vez en la historia—, y porque cada vez que uno de los dos decía algo, el otro se paraba a contestar, y las respuestas se volvían conversaciones, y las conversaciones se volvían silencios con la mano dada.
Hablamos de la semana que venía —el lunes, Nerea; el martes, Ramón; el miércoles, nada, que era el plan más bonito de todos—.
Hablamos de la pizarra, que se quedaba. Hablamos de si los martes de calibrado se quedaban también, y decidimos que sí, pero que les cambiaríamos el nombre: de calibrado a desayuno.
Pasamos por delante de la panadería, que ya empezaba a oler, y por delante del Fika de la esquina, que estaba cerrado con su luz blanca apagada, y Irene lo miró de pasada y dijo «cierran antes que nosotros», y seguimos. No era nada. Era el barrio.
Irene iba descalza, con los zapatos en la mano y el vestido azul arrugado, y yo iba con la chaqueta en el brazo y la corbata en el bolsillo, y caminamos por la calle del Pez despacio, sin prisa, con la mano dada, que era lo único que quedaba por hacer.
Llegamos al bar. La persiana bajada, el cartel de La Media Naranja apagado, la pizarra de Manu colgando del derecho en el escaparate, visible desde la calle.
Irene se paró a leerla —la línea nueva, «se casaron de palabra», la caligrafía— y se quedó mirándola con la mano en mi brazo, como se miran los carteles de las películas que ya has visto y que te gustan igual.
En el escaparate, alguien —Beni, juraría— había dejado un vaso de los de siempre junto a la puerta, boca arriba, como ofrenda.
—Mañana hay que abrir —dijo ella, sin apartar la vista—. Es domingo. Abrimos a las diez.
—Yo te ayudo —dije.
—Tú no sabes abrir un bar.
—Aprendo —dije—. Sin documento de requisitos.
Se rio. Me miró. Y sacó las llaves de casa —vivía encima, la escalera de siempre— y yo saqué las mías, por costumbre, por nervios, y las miré un segundo: las llaves de mi piso, de mi despacho, de mi vida ordenada.
Las guardé.
—Esta vez no hay entrega —dije—. Ni documento, ni versión, ni dos originales.
—No —dijo ella, y abrió la puerta del portal—. Esta vez subes a tomar un café y ya está.
—¿Y ya está?
—Ya está —dijo, mirándome con la sonrisa que llevaba seis semanas aprendiendo a ser de verdad—. La puerta se cierra. Lo demás, sin testigos.
Subimos. La escalera olía a domingo, a mi vida empezando otra vez.
En el primer descansillo nos paramos, porque nos daba la gana, y porque nadie tenía prisa ya: ni la boda, ni el contrato, ni las doce del mediodía.
El tiempo, por primera vez en seis semanas, era una cosa que pasaba mientras nosotros estábamos en otra cosa.
En el rellano, antes de entrar, Irene se paró y me miró con la luz del amanecer cayendo por la ventana del descansillo.
—Daniel —dijo—. Te quiero. Sin fecha de caducidad. Sin anexos.
—Lo sé —dije—. Lo he leído en todos tus silencios.
—¿Y tú?
—Te quiero —dije, y no lo definí, y fue la primera frase de mi vida que no necesitó definición.
La puerta se cerró.