La boda ajena (Las del bar 1) Epílogo — La mesa del fondo
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Epílogo — La mesa del fondo

El domingo trece de junio, dos semanas después de la boda, La Media Naranja abrió a las diez con el cartel de la puerta ya cambiado: Manu lo había hecho a mano, con su letra de boda, y colgaba de la mesa del fondo con dos chinchetas.

«Reservado», decía. Y debajo, más pequeño: «(la del enchufe)».

Aquella tarde de junio el bar estaba en su mejor versión de domingo: terraza abierta, Puri en su taburete comentando la telenovela de la tarde con la dignidad de quien ha ganado un mercado, Beni con su vaso de siempre, y Daniel en la mesa del fondo con el portátil, los documentos y la libreta pequeña, que seguía existiendo pero había cambiado de naturaleza: ahora escribía en ella cosas que me enseñaba.

La última, me la había enseñado esa misma mañana, era una lista de la compra. Con una nota al pie: «sin listas».

—Esto es una lista —le dije.

—Es una lista con nota al pie —dijo él—. La nota al pie es lo que la salva.

El martes anterior había vuelto Ramón, como todos los martes, a la una en punto, con la diferencia de que aquella vez trajo a mi madre del brazo, que había empezado a acompañarle «porque los martes me aburro», y las dos cosas juntas —Ramón en la barra, Rosa al lado, la campanilla— me parecieron el mejor arreglo que le había pasado a ese bar en treinta y un años.

Ramón dictaminó la caña («correcta»), probó el pincho nuevo, y se fue a las tres dejando dos euros exactos y una frase suelta: «Esto está en orden.

» Que en Ramón es un informe favorable con fecha.

Belén venía los miércoles, que era el día de Rosa, y las dos se habían repartido la semana del bar como se reparten los mercados: miércoles con ella, jueves con Andrés y Pepe juntos —que venían a ver el Getafe y acababan cenando—, y los viernes, si cuadraba, todos.

Las madres habían pasado de conspirar a las nuestras a conspirar a favor, que era el mismo impulso con mejor dirección.

La última vez, el jueves anterior, las había pillado haciendo cuentas con Lucía sobre el mantel de la mesa tres, y al acercarme habían guardado la libreta con la velocidad de dos niñas.

«Nada», había dicho Belén. «De nada», había dicho Rosa.

No pregunté. Había juramentos que convenía respetar.

El Fika de la esquina seguía abierto, con su luz blanca y su cartel de «próximamente más», y Blanca pasaba por delante cada mañana, registrando sin registrar.

Nadie hablaba de ello. El barrio estaba lleno de cosas que venían; el bar estaba lleno de cosas que ya estaban. De momento, ganaban las segundas.

Habían pasado muchas cosas en dos semanas, y pocas.

Las madres habían cancelado la señal del dieciséis de octubre —Belén lo hizo personalmente, con Nerea, y me lo mandó por escrito, que era la penitencia acordada— y habían recuperado el setenta por ciento, que guardaron «para el futuro», y nadie preguntó qué futuro porque todas sabíamos qué futuro.

El banquete de El Robledal se había convertido en el chiste fijo de las dos familias: «¿te acuerdas de los ciento veinte pax?

», decía mi padre ahora, y todos se reían, y las madres ponían cara de ofendidas que no les salía del todo.

Y la pizarra seguía colgada, con la línea de Manu en el dorso, porque nadie quiso borrarla.

Daniel, por su parte, se había integrado al bar con la misma discreción con que se había integrado a mi vida: sin mudanza, sin anuncio, acumulando.

Tenía su cargador fijo en el enchufe de la mesa del fondo, su corbata en el cajón de debajo de la barra «por si acaso», y un apartado nuevo en el TPV que él mismo había programado, gratis, «porque le daba pena el aparato».

Los martes venía a desayunar conmigo —el antiguo café de calibrado, rebautizado—, y los domingos cerraba conmigo y subía la escalera de casa sin que nadie lo votara.

La libreta pequeña seguía en su bolsillo.

Yo ya no le preguntaba qué apuntaba. A veces me lo enseñaba.

La mayoría eran listas de la compra y frases sueltas, y alguna vez, una frase que no era de compra ni de contrato, que me enseñaba con la cara roja y que yo me guardaba para mí.

A las seis de la tarde sonó el teléfono fijo del bar, que ya no sonaba casi nunca, y era Nerea, de El Robledal, llamando «para confirmar la cancelación y ofrecerles, por si algún día…

». La escuché, dije gracias, colgué, y me volví a la barra, donde Lucía, Blanca, Daniel, Puri y hasta Beni me miraban.

—Era la finca —dije—. Lo del dieciséis de octubre. Por si algún día.

—¡NO! —dijo el bar entero a la vez, con una sincronía de mesa de póker.

Puri levantó el puño. Beni brindó con el vaso. Y Daniel, desde la mesa del fondo, sin levantar la vista de su documento, dijo «confirmado», que era su manera de gritar.

Me reí. Me reí fuerte, con la nariz arrugada y la mano en la barra, y pensé que el bar seguía siendo el mismo bar: los azulejos, el grifo, el olor a café y a cerveza derramada, Puri, Beni, Manu diseñando en la ventana, Hugo en el rincón con sus expedientes.

Lo único que había cambiado era que la media naranja del nombre por fin era una foto: la mía, con Daniel, la de la boda de Mario, que Elena nos había impreso y Manu había enmarcado.

Colgaba entre el menú del día y la foto del fútbol sala del dos mil once, en el sitio donde antes colgaba la pizarra de las apuestas, que había pasado a la pared de enfrente, con su historia escrita.

A las siete, con la luz bajando, Lucía estaba en la barra con la contabilidad de junio —que cuadraba, que era noticia—. Al llegar había recogido del tablón del portal una carta con membrete serio; la leyó dos veces, y me la pasó sin decir nada.

Era la notificación de la junta de vecinos: propuesta de rehabilitación del edificio, que se votaría en la junta de julio. Lo de siempre, pensé, las cosas de los edificios viejos. Lo dejé sobre la barra con la intención de mirarlo luego, que es donde se quedan las cosas que no son urgentes.

Y entonces bajó él.

No lo había visto bajar nunca. El del segundo, el escritor, el que llevaba meses sin salir del piso. Entró por la puerta del portal, con el papel de la junta en la mano, y preguntó, a nadie en concreto, con la voz de quien no ha hablado en días:

—¿Esto es verdad? ¿Van a tirar el edificio?

Lucía levantó la vista de la contabilidad. Lo miró. Y dijo, sin inmutarse:

—No se tira. Se reforma. Que es distinto. —Pausa—. ¿Y usted quién es?

—El que vive encima —dijo el escritor.

—Pues siéntese —dijo Lucía, señalando un taburete—. Que esto se va a poner largo.

El escritor se sentó. Lucía le sirvió un café sin que lo pidiera. Y yo vi las dos caras y pensé que aquel bar seguía siendo el mismo bar.

La media naranja, pensé, apagando la luz de la barra al final del día, con Daniel recogiendo su mesa y las naranjas de los azulejos brillando en la penumbra. Al final era eso. No un nombre. Una casa.

Fin.