La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo dieciséis — Quedarse
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Capítulo dieciséis — Quedarse

El primer baile de Mario y Elena se nos fue de las manos en el mejor sentido posible: duró tres canciones, acabó siendo el baile de todos, y a la una de la mañana la nave de la finca era un desastre organizado de gente feliz, con los camareros ya recogiendo las mesas y el DJ —que había sustituido al hermano de Mario en funciones, para alivio de todos— poniendo las canciones de siempre.

Irene y yo habíamos bailado cuatro bailes seguidos, que era cuatro más que mi historial anual.

A la cuarta, con el vestido azul pegado a la espalda y la corbata —que ella no me había quitado esta vez— ya floja, nos separamos sin decidirlo, cada uno a un lado de la pista, y la miré desde el otro lado como se mira una cosa que uno no acaba de creerse.

Se estaba riendo con Ángela. Se le había corrido un poco el pintalabios.

Nunca en mi vida había estado menos preparado para nada.

Me quedé un rato mirándola bailar con la peña, y pensé en todo lo que había pasado desde la última vez que la había visto bailar: el mesón, el beso, la pelea del miércoles, la señal, la carpeta gris, el grifo.

Seis semanas. Un año de archivo y seis semanas de documento, y todo aquello había terminado, por fin, en una nave de bodas con una mujer bailando mal con su peña y yo mirándola desde el borde de la pista como un idiota enamorado.

Hay una manera de mirar que no es vigilancia y no es registro: es solo quedarse. Aquella noche lo aprendí. Me quedé.

A la una y media me encontró ella, junto a la barra de los gin-tonics, y me dijo al oído, en voz de estrategia compartida:

—Tengo que decirte algo. No aquí. —Miró la nave—. ¿Terraza?

De camino a la terraza pasamos por delante del reloj de la nave, y marcaba la una y veintisiete, y pensé que hacía poco más de una hora, a las doce, se había cumplido la hora en la que, según lo acordado el jueves, teníamos que haber empezado a despedirnos por partes.

La hora había pasado sin que nadie la mirara.

Ni siquiera yo, que llevaba dos meses midiendo el tiempo de aquella operación.

Estaba bailando cuando pasó. Es posible que sea la única fecha límite de mi vida que he incumplido con ganas.

La terraza de la finca daba al jardín dormido, y a esa hora estaba vacía, con las luces bajas y el rumor del baile detrás, filtrado por la piedra.

Nos sentamos en el borde de una fuente apagada, y durante un minuto ninguno de los dos dijo nada, porque todo lo que quedaba por decir era demasiado grande para las tres de la mañana y demasiado importante para seguir esperando.

—Empezaste tú —dije al fin—. Con el micrófono. Quiero decir: yo empecé. Tú terminaste.

—No —dijo Irene, mirando sus zapatos—. Yo empecé hace dos semanas.

—Respiró—. El viernes que fuimos a Chamberí.

Cuando sacaste la carpeta. Yo te iba a decir algo esa noche, Daniel.

Lo llevaba ensayado desde el viernes. «Me he enamorado de ti, y lo he decidido fuera de contrato.

» Así, tal cual. Lo tenía aprendido de memoria, como se aprende la carta de un menú nuevo.

La miré. La luz de la terraza le llegaba de lado, y vi que hablaba con la cara limpia de la gente que confiesa sin defensa.

—Y entonces sacaste el Anexo 12 —siguió—, y mi frase se fue.

No por ti. Por la carpeta. Porque vi que tú querías lo mismo que yo y que solo sabías decirlo con folios, y tuve miedo de que si yo lo decía primero, tú lo recibieras como un dato.

Así que me lo guardé. Y luego el sábado en el coche, y en el banco del jardín, y el miércoles pasado, cuando salí corriendo a revisar el pedido de la fruta a las siete de la tarde.

—Se rio, sin gracia—. Cinco veces. Las conté.

Cinco veces lo intenté y cinco veces se interpuso algo: una pantalla, un coche, una wedding planner, un teléfono.

Mi madre. —Pausa—. Y el domingo pasado, en casa de mi madre, encontré la fotocopia.

Se me paró todo. Lo noté físicamente: el baile detrás, la fuente, el frío.

—¿La fotocopia?

—En el cajón de la encimera. Con el sacacorchos.

—Lo contó entero, con la voz de quien vacía por fin una mochila: la carpeta azul, el nombre del archivo en la cabecera, las dos letras en el margen, el «bueno, un poco sí es amor», el «y mira», el «aquí es donde hay que apretar».

Que sabía desde el domingo. Que no me lo había dicho porque era lo último que le quedaba que fuera solo suyo, y porque si me lo contaba, contaba también todo lo demás, y la frase grande tenía que ir primera.

—Y la frase grande nunca salió —terminó—. Hasta que tú, con un micro en la mano, me adelantaste.

—No te adelanté —dije—. Llevabas dos semanas intentándolo y yo llevaba un año. Te gané por goleada de tiempo.

Se rio. Se limpió la cara con el dorso de la mano, y me preguntó, mirando el jardín:

—¿Y cuándo lo supiste? ¿Cuándo te diste cuenta de verdad?

—El veinticinco de abril —dije—. En casa de mis padres.

Mi madre te soltó el interrogatorio completo —las fechas, los gustos, las intenciones— y tú le devolviste cada bola con la misma gracia con que se sirve una mesa de doce en hora punta.

Y yo pensé: esta mujer está defendiendo mi mentira como si fuera suya.

Y luego pensé: no es la mentira. Es mía.

Todo lo que defiende es mío. Y ahí se me acabó el archivo.

Yo no dije nada durante un rato. Miré el jardín dormido.

Miré sus zapatos. Y le conté lo mío, porque era la noche de contar: que yo no había empezado el dieciséis de abril, cuando ella me pidió el contrato.

Que yo había empezado un año antes, la primera vez que la vi tirar una caña mientras discutía con la tele, y que había pasado doce meses archivándolo como «estado transitorio de baja utilidad».

Que la cláusula de expiración la pedí yo tres veces el primer viernes porque era mi manera de asegurarme de que no me iban a dejar a medias, y que era la frase más cruel que le podía haber dicho a alguien que ya tenía la puerta marcada.

Que mi padre me había arreglado un grifo a la una de la mañana y me había explicado la vida entera con una llave inglesa.

—¿Y el papelito? —dije al final—. ¿Cuándo lo supiste tú? ¿Antes que yo?

—El domingo. Tú lo oíste el sábado, en la finca.

—En la finca oí una palabra —dije—. No entendí nada hasta el lunes, cuando mi madre me recitó la regla primera por teléfono sin saber que la estaba recitando.

Nos quedamos en silencio, con el baile zumbando detrás, y pensé que aquello era lo más parecido a la paz que había sentido en semanas: dos personas que se han contado todo, tarde, mal, pero contado.

—Daniel —dijo ella, mirándome por fin—. ¿Firmas otra vez? Esta vez sin público.

—Firmo —dije—. Sin público, sin papel y sin fecha. —Y añadí, porque era la noche de contar—: No he definido nada de lo nuestro. Lo he pensado esta noche, mirando la hoja en el suelo. Es la primera cosa importante de mi vida que no tiene definición, y no la echo de menos.

Me besó. La besé. En la terraza vacía, con la fuente apagada y el baile detrás, sin un solo documento entre medias, y fue el mejor beso de mi vida, que ya llevaba tres.

Nos quedamos un rato más en la terraza, sentados en el borde de la fuente, y hablamos de las cosas pequeñas, que eran las que nos quedaban.

Le conté lo de la pizarra suspendida, y lo de Puri, y lo de la caña del viernes, que era la última vez que habíamos hablado antes de aquella noche, y le conté lo del segundo original, que estaba en la bolsa de reciclaje de mi cocina, desgarrado en cuartos, con la etiqueta de «papel con papel».

—Lo rompiste —dijo ella, sin sorpresa.

—Lo rompí.

—¿Y la versión final que me dejaste? ¿Esa no la has roto?

—Esa no es mía —dije—. Es tuya. Tú decides qué se hace con ella.

Irene se quedó pensando un momento, mirando el jardín dormido, y luego dijo:

—La voy a guardar. Sin leerla, que es como la quiero. —Me miró—. Es el único documento de tu vida que no me has leído en voz alta, Daniel. Y es el que más me gusta.

—No tiene nada que gustarte —dije—. Es una gestión de crisis.

—Tiene veintisiete veces mi nombre —dijo ella, y me besó otra vez, con la cara fría y la boca caliente, y me dijo, contra mi labio—: Quédate con esa manera de contarme. La de los números. Las palabras ya vendrán.

Y pensé, mientras la besaba, que aquello era exactamente lo contrario de un pliego de condiciones: una aceptación.

Cuando volvimos dentro, la nave estaba en su hora bruja: la mitad bailando, la mitad en las mesas, los niños dormidos sobre las sillas de sus padres.

En la mesa de los nuestros quedaban Blanca y Lucía, hablando en voz baja con cara de guardia nocturna.

Blanca nos vio llegar de la mano y no dijo nada: se limitó a levantar su copa, sin brindis, sin frase, y a beber.

Que en Blanca era el discurso de aceptación más largo que había hecho nunca.

—Qué —dijo Lucía, mirándonos, con la libreta cerrada—. ¿Ya está?

—Ya está —dijo Irene.

—Bien —dijo Lucía, y volvió a su copa, y solo entonces vi que le temblaba un poco la mano, que era la única señal de emoción que Lucía Fernández había dado en toda la noche.

El reencuentro con las familias fue a las dos y media, en la mesa de los mayores, que era donde estaba todo el mundo que importaba.

Los encontramos a los cuatro —Belén y Rosa en el centro, Andrés y Pepe en los extremos— hablando en voz baja y con cara de tres horas de sobremesa esperando que pase algo.

Cuando nos vieron llegar de la mano, las dos madres se pusieron de pie a la vez, con una sincronía que en otra vida me habría parecido militar y que aquella noche era, sencillamente, de madres.

—Sentaos —dijo Belén.

—No —dijo Irene—. Nos sentamos nosotros y vosotras escucháis. —Y se sentó, y yo me senté a su lado, y las cuatro personas mayores de nuestra vida se quedaron de pie como alumnos sorprendidos, hasta que Andrés tiró de la silla de mi madre y la sentó.