Capítulo quince — Palabras de los amigos #2
Lucía me enseñó el móvil: el grupo «Los de siempre» estaba en directo.
Elena había mandado una foto del altar, Ángela había contestado con seis emojis, y Javi había escrito «yo ya lo sabía desde diciembre», que era su frase y era falsa, y nadie le contestó, que era la tradición.
Y debajo, con letra de Lucía, una nota nueva en el grupo de las apuestas —que tenían un grupo, descubrí—: «mercado suspendido por duelo.
cotización congelada.» Las llevaron hasta la última instancia, las cotizaciones. Hasta el último minuto, el bar apostó.
Y entonces fue cuando Mario me encontró.
Estábamos junto a la barra de los gin-tonics —la barra, que es mi hábitat natural y donde uno siempre encuentra a los camareros profesionales refugiados— cuando apareció por mi lado con la chaqueta del traje abierta y la corbata ya en horario de sobremesa. Tenía la cara de las horas buenas.
—Irene —dijo—. Por fin sola. —Me miró, y su cara hizo una cosa rara, una cosa de asentirse a sí mismo—.
Quería darte las gracias. En serio. Por venir.
Por venir con él. —Señaló con la copa a Daniel, que estaba a diez pasos, fingiendo interesarse en unos altramuces, dedicado a vigilar sin vigilar—.
Elena dice que desde que estás con él estás… otra. Más tú. No sé si me explico.
—Te explicas —dije.
—Yo fui un desastre contigo, ¿sabes? —Lo dijo sin dramatismo, casi alegre, como quien confiesa que nunca aprendió a nadar—.
Cuatro años y no te entendí ni una vez lo importante.
Me lo dijo Elena el otro día: «Mario, tú querías a Irene pero no la veías».
Y es verdad. Te quería de memoria. —Se rascó la nuca, rio solo—.
Que te lo diga yo: que te vean es lo único que importa. Lo demás son fotos.
Se quedó un segundo callado, mirándome con la franqueza absurda de los hombres felices en su día feliz, y entonces me soltó la pregunta. La pregunta de verdad, sin anestesia:
—¿Eres feliz, Irene?
Y ahí pasó la cosa más rara de la noche, más rara que el llanto y más rara que el pañuelo: no me dolió.
Llevo tres años con miedo de esa pregunta —la de la peña, la de la etiqueta, la de «la que no sentó la cabeza»—, y cuando por fin cayó, en boca del hombre que mejor derecho tenía a hacérmela, descubrí que ya no tenía dónde clavarse.
Como una flecha que lleva años apuntada a una diana que alguien, sin avisar, ha ido trasladando de sitio.
—Sí —dije. Y era verdad, y era mentira, y las dos cosas cabían en la misma sílaba.
—Me alegro —dijo Mario, sencillamente, y me abrazó, y olió a todo lo que no fue y a todo lo que sí, y se fue hacia Elena, que lo llamaba con los brazos en alto para una foto.
La etiqueta se me cayó ahí. En algún sitio entre el gin-tonic y el abrazo, sin ruido, se despegó de mi espalda después de tres años: la que no sentó la cabeza se fue a casa sin despedirse, y nadie lo notó, y yo noté que no lo notaba nadie, y fue como quitarse un vestido de lana en pleno agosto.
Elena nos reunió a los nuestros para la foto de grupo a las nueve y media: la peña entera, más Lucía y Blanca, más —lo descubrí al colocarme— las dos madres, que habían llegado sin que las viera y se habían sentado juntas en la mesa de los Beltrán-Salcedo con una velocidad de maniobra que delataba meses de entrenamiento.
Belén me hizo un gesto con la mano. Mi madre me sostuvo la mirada tres segundos y me guiñó un ojo.
Estaban raras, las dos: nerviosas, como niñas con un secreto.
—¡Vamos, los novios al centro! —ordenó Elena, colocándome a mí en el centro y a Daniel pegado a mí, con la mano en mi cintura—. ¡Que esta foto es la buena!
La foto fue la buena. En ella, si algún día la veis, salgo sonriendo con los ojos todavía hinchados, Daniel sale tieso como un poste de la luz con la mano en mi cintura, y las dos madres salen en la segunda fila agarrándose del brazo, conteniendo algo que no es solo cariño.
El banquete empezó a las diez en la nave blanca de la finca, con las vigas de madera por las que yo había pasado hacía una semana haciendo números.
La mesa de los nuestros era una mesa en el centro-izquierda de la nave, entre el bufé y la pista, con una disposición que Elena había hecho ella sola, con criterio de enfermera: la peña junta, las dos madres en la mesa de al lado con los padres, y los Beltrán-Salcedo «dos por mesa, para que se vean bien».
Yo me senté con Daniel a mi derecha y Lucía a mi izquierda, y durante el primer plato, mientras el salmón hacía su ronda y el vino el suyo, miré la nave entera con los ojos de la dueña del bar: ciento veinte personas cenando a la vez, el servicio fluyendo, la música baja, y en el centro de todo, dos personas que se habían casado de verdad, sin contrato, sin anexos, sin nada que les protegiera del año entero que venía después.
Fue la primera vez en seis semanas que una boda no me dio miedo.
El segundo plato, con el solomillo, fue cuando la noche empezó a pesar.
No por la comida: por el reloj. A las diez y media miré la hora.
A las once la volví a mirar. Cada brindis era un poquito más difícil de sostener que el anterior, porque la noche avanzaba hacia las doce con la puntualidad de un tren y yo sabía lo que venía después del último brindis: el protocolo de final de noche, la despedida por partes, la vuelta en coche con el guion de «seguimos siendo amigos».
—Deja de mirar el reloj —me dijo Lucía, sin mirarme, con la cuchara en el postre—. Se te nota desde la mesa de enfrente. A las doce no pasa nada. La cláusula vence mañana a las doce. Esta noche no.
—Esta noche a las doce empezamos a despedirnos —dije—. Lo acordamos ayer.
—Ayer —dijo Lucía, con la precisión de una auditora de última hora— era antes de que tú le pusieras la cláusula encima de la mesa y le dijeras que ejecutarais. Las cosas cambian.
—No han cambiado —dije, y me di cuenta de que era mentira.
A las once y veinte, cuando el postre había caído y el café hacía su ronda, el hermano de Mario —el del equipo de sonido, un desastre con credenciales, que Daniel le había echado el ojo técnico por encargo de Elena— cogió el micrófono con cara de pánico y dijo:
—Buenas noches. Vamos con… con el rato de las palabras. De los amigos. Que es tradición. ¿Quien… quién empieza?
Había una lista. Lo supe porque Elena la tenía en el móvil y la consultaba con el ceño fruncido de las organizadoras: Ángela primero, que habló diez minutos y lloró seis; César después, que contó la del anillo —mejor contada que nunca, con Mario queriendo esconderse debajo de la mesa—; Javi dijo que él ya sabía desde diciembre lo que iba a decir, y nadie le creyó, y estuvo bien igual.
Y a las once y cincuenta y cuatro —lo sé porque miré el reloj, porque llevaba toda la noche mirando el reloj—, Elena se levantó, cogió el micro con la soltura de enfermera que pone vías, y dijo:
—Y ahora quiero que hablen ellos. —Señaló nuestra mesa. Señaló a Daniel—. Los que sabéis: la pareja más bonita de la peña. Que además tienen algo que contar, ¿verdad? —Me miró a mí—. Venga. Sin miedo. Palabras de los amigos.
La mesa entera empezó a aplaudir. Y luego la mesa de al lado.
Y en diez segundos la nave entera, ciento veinte personas aplaudiendo hacia nosotros, con las dos madres en la segunda fila de pie, y yo sentada con la sonrisa pegada y el corazón en el sitio donde antes tenía la garganta, pensando: no, no, que no es el momento, que el momento era otro, que esto no estaba en el guion.
Daniel se levantó.
Se levantó despacio, se abrochó la chaqueta —gesto que no había hecho en toda la noche— y caminó hacia el micrófono con la expresión de un hombre que se sube a una nave sin haber leído el manual.
El hermano de Mario le entregó el micro y se apartó tres metros, como se aparta de un artefacto inestable.
Hubo un aplauso de ánimo. Alguien silbó.
Ángela gritó «¡eso es!». Daniel se quedó en el centro de la pista, bajo las vigas que una semana antes había auditado, con ciento veinte pax mirándolo, y sostuvo el micrófono con las dos manos, delante de la boca, como se sujetan las cosas que pueden explotar.
—Buenas noches —dijo, y la voz le salió entera, sorprendentemente entera—. Me llamo Daniel Beltrán. Soy ingeniero. Y llevo seis semanas con un problema técnico del que esta noche vengo a dar cuenta.
Risas. Buenos augurios. Yo tenía las manos heladas y Lucía me agarraba la muñeca por debajo de la mesa sin saber que me la agarraba.
—El problema técnico es el siguiente —siguió Daniel, y sacó del bolsillo interior de la chaqueta una hoja doblada en cuatro—. Hace seis semanas firmé un contrato. Un contrato de verdad, con dos originales, testigos y sello. —Pausa—. Era un contrato de noviazgo falso.
El silencio que cayó sobre la nave fue de esos que tienen física: ciento veinte personas dejando de respirar al mismo tiempo.
En la mesa de las madres, Belén se llevó las dos manos a la boca, y mi madre la agarró del brazo, y las dos llevaban seis semanas esperando a que alguien dijera en voz alta lo que ya sabían, y se les notaba en la cara.
—No os voy a aburrir con las cláusulas —dijo Daniel, desdoblando la hoja—. Solo con las reglas. Éramos tres.
Y leyó la primera.
—«Regla primera: prohibido enamorarse. Todo atisbo se documentará y notificará a la otra parte.
» —Levantó la vista del papel, y la nave entera oyó lo que vino después—: Anulada.
Incumplida desde el dieciséis de mayo, con conocimiento de la otra parte y sin notificación escrita, porque no había papel que diera para lo que estaba pasando.
La explosión de risas y aplausos tapó lo que la frase me hizo por dentro. Ángela gritó algo. César golpeó la mesa. Las madres no aplaudieron: se miraron, con las caras mojadas, conteniendo la carcajada y el llanto con la misma presa.
Daniel esperó a que bajara el ruido. Mi corazón iba por la tercera regla sin haber pasado la segunda.