Capítulo quince — Palabras de los amigos
El sábado veintinueve de mayo me desperté a las nueve con la sensación exacta de subirse a una atracción de feria sabiendo que la barandilla está floja.
Hoy era la boda. La de Mario y Elena, quiero decir —la única boda que existía, la de verdad, con iglesia de finca y ciento veinte invitados y niños con corbatitas.
La otra boda, la del dieciséis de octubre con señal pagada y madres en comisión, pasaba a mejor vida sin ceremonia: a las doce del día siguiente, entre copa y copa, un contrato de seis semanas iba a expirar en la casa administrativa de mi cajón registrador, sin testigos, y ni siquiera eso: a las doce de la noche de hoy, según lo acordado sentados en la mesa del fondo a las once de una noche de velas, empezábamos a despedirla por partes.
Me levanté, me duché, y bajé a casa de mi madre a vestirme, que era el plan desde hacía semanas: «la novia se viste en casa de la madre», había dicho la mía, y nadie tuvo corazón de corregirle el vocabulario.
Mi madre me esperaba con el pelo recogido y la plancha encendida.
No dijo «con lo tuyo» en todo el rato, que era su manera de pedirme perdón por el jueves: estuvo hora y media dándome la vuelta a un vestido azul que ya me conocía de memoria, pinchándome un milímetro menos de lo necesario, rindiéndose cada tres minutos.
El vestido era el azul. El de la cena del mesón, el de la noche del beso, el que Daniel nunca supo clasificar.
Me lo había puesto a propósito, y no se lo dije a nadie, ni siquiera a Blanca, que lo habría entendido demasiado bien.
Había una parte de mí que seguía firmando, y el vestido era mi rúbrica.
—Quieta, que te vas a pinchar.
—Mamá, llevo veinte años sin pincharme con tus imperdibles.
—Es que este año te mueves más. —Me giró frente al espejo, me miró de arriba abajo con la cara de las cosas importantes, y dijo—: Hoy no digo nada. Hoy solo miro. Que ya habrá tiempo de decir.
—¿Tiempo de decir qué?
—De lo que sea. —Me alisó un hombro que no lo necesitaba—. Tú a lo tuyo, que dure.
Salió igual. Sale siempre. Cuando termina de abrocharme se asomó al balcón —el de los autobuses de las once, el de mi infancia— y dijo, sin volverse:
—Tu padre llora en las bodas. Yo no. Pero esta me da miedo que sí.
—¿Por qué esta?
—Porque te mira distinto. —Se volvió, y me sostuvo la mirada más de lo que mi madre sostiene las miradas—. Ya está. Dicho está. A las cinco y cuarto bajas, que ese chico es de reloj.
A las cinco y cuarto en punto —lo comprobé con el reloj de la cocina, que adelanta dos minutos, así que eran las cinco y trece de la verdad de Daniel— sonó el timbre.
Bajé. Abrió la puerta del coche. Me esperó con el paraguas grande, por si lloviznaba, como estaba escrito en el mensaje de las ocho y siete.
Y aquí empieza lo raro, porque lo que siguió durante las dos horas siguientes fue la mejor actuación de mi vida y la peor, y las dos cosas al mismo tiempo, en el mismo cuerpo.
El coche olió a limpio. Daniel llevaba el traje gris perla, corbata esta vez sí, color vino, anudada con la exactitud de un hombre que ha mirado un tutorial, y durante los primeros diez minutos cumplimos el guion a la perfección: recorrido, peaje, el tiempo —que había dejado de lloviznar—, la previsión de vuelta.
Logística impecable. Y entonces, en el semáforo de Hortaleza —el semáforo, que en nuestra historia es ya una institución—, el guion empezó a fallar por las costuras.
—¿Has comido? —preguntó, mirando al frente.
—Sí. ¿Tú?
—No. —Pausa de tres segundos—. No tenía hambre.
—Tienes que comer. Hay banquete a las diez.
—Lo sé. —Otro semáforo—. ¿Has dormido?
—No.
—Yo tampoco.
Y se calló, porque el guion decía que a partir de ahí tocaba cambiar de tema, y ninguno de los dos cambió: el silencio se quedó en el coche con nosotros, sentado en el asiento de atrás, y fue el primer fallo de la noche. Un fallo bueno, de esos que no se pueden ensayar.
El Mesón El Portón estaba en plena ebullición de vermut pre-boda cuando llegamos: la peña entera, con vestidos y trajes, ocupando las mesas del fondo con la eficiencia de veinte años de práctica.
Ángela llevaba un tocado. César llevaba chaqué y sufría.
Javi dijo que ya sabía desde diciembre que aquella boda iba a ser histórica, y por una vez nadie le discutió, porque tenía razón sin saberla.
Hubo brindis. Brindamos por los novios ausentes —Mario y Elena estaban en el hotel, vistiéndose en pisos separados, con la logística de una boda bien montada— y por la peña, y por los que no habían podido venir, y por el bar, que no había cerrado nunca tan pronto en treinta y un años.
Lucía y Blanca estaban ya allí, con sendos vestidos —Lucía de granate, con la libreta pequeña asomando por el bolso, «por si hay números», me dijo; Blanca de verde, con cara de saberse el final y venir solo a ver cómo lo cuentan los demás—, y las dos me rodearon eficientes, que conocen la marca de una caída libre.
—¿Cómo vais? —me preguntó Blanca, bajito, mientras el mesón entero se agolpaba en la barra.
—Cumpliendo el contrato —dije—. Hasta las doce.
—El contrato —dijo Blanca, mirando al frente—. Qué palabra tan útil para lo que no queremos mirar.
—¡LOS NOVIOS! —gritó Ángela al vernos entrar, con el instinto de la organizadora que saluda a la pareja equivocada en la boda correcta—. ¡Mirad qué guapos! ¡Venid, que os hemos guardado sitio!
Los novios. Yo aguanté la sonrisa, aguanté la mano de Daniel en la espalda —presupuestada, correcta, doce segundos más de lo presupuestado—, aguanté el vermut y los brindis y la foto de César.
Y durante una hora entera fui la Irene de las últimas seis semanas: la que contesta, la que ríe, la que pone la mano en el brazo de su novio, que para eso se lo ha ganado.
Porque en eso sí iba a cumplir: lo último que quedaba por entregar se entregaba bien.
A las siete menos diez salimos hacia la Finca Los Almendros. En el coche, Daniel condujo con las dos manos en el volante y yo miré el campo pasar y pensé, con una claridad que no me pedí: qué curioso que la mejor actuación de mi vida sea la última y nadie se vaya a dar cuenta de que lo era.
La ceremonia empezó a las siete y media, con el sol cayendo por la escalinata de piedra y un violín tocando algo de lo que hace llorar a las tías.
La nave de la Finca Los Almendros estaba puesta con la precisión de la gente que se casa de verdad: sillas blancas, flores de temporada, y al fondo del pasillo, un arco de tela que se movía con la brisa como si la brisa también estuviera invitada.
La peña ocupó las dos primeras filas de la derecha —«primera fila a la derecha», decía el protocolo, y era la única parte del protocolo que aquel día me gustó seguir—, y en la tercera fila, en la banda de los Beltrán-Salcedo, estaban las dos madres con los dos padres, cuatro sillas juntas, con más programación emocional por metro cuadrado que toda la nave.
Mario esperaba al final del pasillo con la cara de un hombre que ha encontrado la gracia en el patio de su colegio, y cuando sonó la marcha —no la de siempre, una que Elena había elegido con criterio de enfermera: «que suba el pulso pero no llore nadie»—, entró ella del brazo de su padre, y la peña entera se levantó, y yo me levanté con ellos, y lloré.
Los votos fueron cortos y sinceros. Elena dijo que Mario le había enseñado que la felicidad era una clase de gimnasia que se aprende cayendo; Mario dijo que Elena le había enseñado que el tiempo se para cuando alguien te mira de verdad.
Y en el banco de atrás, mientras ellos se decían esas cosas sencillas y perfectas, yo pensé en las frases que llevábamos nosotros —«justificación táctica», «sin reproches», «las 12:00 del día siguiente»— y vi, con una claridad que me raspó, la distancia entre lo que se firma y lo que se dice delante de la gente.
Ellos decían. Nosotros firmábamos. Y durante un momento largo, con el violín y el sol, quise más que nada en mi vida que algún día alguien me dijera algo sin pasarlo antes por un documento.
Lloré de verdad, sin manos en la cara, tres lágrimas escandalosas que me saltaron sin aviso.
No por Mario —por la escena entera: dos personas queriéndose delante de todo el mundo con la cara descubierta, sin anexos, sin nada, la operación más arriesgada que existe hecha con los ojos abiertos.
Llevaba seis semanas viviendo dentro de un contrato y en aquella escalinata entendí que las bodas no son sobre los que se casan: son sobre los que miran.
Sobre lo que los que miran deciden creer.
Daniel me miró llorar. No dijo nada. Sacó del bolsillo de la chaqueta un pañuelo —de papel, doblado en cuatro, con la esquina marcada, el pañuelo más documentado de la historia— y me lo puso en la mano sin mirarme, y volvió a mirar al frente, y en su garganta vi moverse algo que no era logística.
El cóctel fue lo que los cócteles son: cien personas comiendo cosas pequeñas con prisa y hablando de las mismas cuatro cosas.
La peña ocupó el jardín como un estado dentro del estado.
El hermano de Mario —el técnico del sonido, el desastre con credenciales— pasó tres veces por delante de nosotros con unos cables enrollados al brazo y una cara de disculpa anticipada, y en la tercera, Daniel le miró los cables con el ceño fruncido: no puede no mirar los cables, y el hermano le dijo «tú eres el del grupo de los nuestros, ¿no?
el técnico», y Daniel contestó «no soy técnico, soy ingeniero de software», y el hermano dijo «pues lo mismo», y se fue.
Fue el momento más ligero de mi noche hasta entonces.
Lucía y Blanca llegaron en el segundo coche —«las chicas del bar», que las madres ya las contaban como suyas— y Blanca, al verme, hizo lo de siempre: sonrió, me miró de arriba abajo, y dijo:
—Qué guapa estás, bonita. Qué cara de verdad tienes.
—Es la cara de siempre —dije.
—Ya. Ese es el problema. —Y se fue a por una croqueta, dejándome con la frase criando.