Capítulo catorce — Fecha de caducidad #3
Y lo hice. Fue la primera decisión importante de mi vida sin análisis previo, y por eso fue la primera que salió bien: cogí la carpeta, la abrí por la mitad —sin leerla, que ya sabía de memoria sus cuatro apartados y sus veintisiete nombres propios—, y la desgarré.
Dos hojas cada vez. El apartado uno, inventario del daño: rrrrip.
El apartado dos, contención: rrrrip. El tres, disolución programada.
El cuatro, protección de las partes, con sus veintisiete «Irene»: rrrrip, con una rabia tranquila que no sabía que tenía.
Apilé los cuartos de folio sobre la mesa y miré aquella pila de gestión muerta; luego, sin pensarlo —que era la consigna de la noche—, cogí el mechero del cajón.
No lo encendí. Solo lo dejé junto a la pila, y en ese gesto de no encenderlo estuvo, creo, todo lo que había aprendido en seis semanas: que hay cosas que se destruyen mejor despacio, a mano, sin espectáculo.
Guardé los restos en la bolsa de la basura de reciclaje, papel con papel, que hasta en eso fui incapaz de romper la clasificación, y sentí, al cerrar el cajón, una cosa parecida al hambre.
Saqué el móvil y escribí a mi padre: «Gracias por el grifo.»
Contestó a los cinco minutos, que en él es inmediato: «Grifo ninguno. Duerme.»
Y debajo, un segundo mensaje que me dejó mirando la pantalla un rato: «Lo que sea que vayas a hacer mañana, hazlo en voz alta. Que por escrito ya está todo.»
No le conté nada de nada. No hacía falta: era mi padre, y mi padre llevaba cuarenta años leyendo dos centímetros de periódico sobre el mundo entero.
Bug se subió a la mesa, olió los restos de la versión dos, y los despreció, que era justo.
Nuevo documento. En blanco.
En la línea del título escribí tres palabras: «Cláusula única.»
Y entonces me quedé mirando el cursor, porque ahora venía lo difícil: el contenido. Toda la vida organizándome en apartados y la única frase que importaba no tenía apartados, ni objeto, ni alcance, ni partes contractuantes.
Lo intenté todo, que es mi manera de no hacer nada.
Primero lo intenté con estructura: abrí el documento con un encabezado —«Anexo 13»— y el cursor se me quedó mirando con tanta vergüenza que lo borré.
Después lo intenté con lista: escribí las tres reglas del contrato original, una debajo de otra, pensando que algo pasaría al escribirlas al lado de una página en blanco.
Pasó: vi que las tres eran buenas reglas para una mentira y malas para todo lo demás, y que el documento más importante de mi vida iba a consistir, precisamente, en tacharlas.
Las dejé escritas. No las taché: las dejé ahí, como se deja la puerta abierta para que salga alguien.
A la una escribí una frase entera y la borré entera.
A la una y media escribí otra. Fuera lloviznaba de verdad —Irene tenía razón en el mensaje de las ocho, como en todo—, y el goteo del grifo nuevo seguía ausente, y a las dos el cursor seguía parpadeando en la página casi en blanco de la cosa más importante que había escrito nunca.
La página, al final, quedó así: tres reglas sin tachar todavía, una línea en blanco, y debajo, una frase corta.
Media docena de palabras y ninguna definición.
Miré el reloj: dos y once. Me quedaban diecisiete horas y media para aprenderme aquella página de memoria y subirme a un coche con la mujer que llevaba dos semanas intentando decirme una frase, y descubrir si un hombre puede leer en voz alta lo que no sabe escribir.
Apagué el ordenador. Antes de dormir dejé el móvil sobre la mesita, con el mensaje de Lucía —«todo lo que firméis vale»— todavía sin contestar, y pensé que el domingo, a las 12:00, expiraba todo lo firmado.
Bueno, pensé apagando la luz. Que expire.
Y a las dos y veinte, ya en la cama, con Bug instalado sobre mis pies como un sello de cera, escribí la primera línea.
No la escribí en el ordenador: la escribí en la oscuridad, de memoria, ensayándola contra el techo del dormitorio.
No tenía ninguna palabra técnica. Solo tenía un nombre, y después del nombre, la cosa más sencilla y más aterradora que he aprendido en treinta y cuatro años: no iba a definirla. Iba a decirla.
La ensayé una vez en voz alta, susurrada, para oír cómo sonaba el resto de mi vida: las tres reglas que iba a tumbar una a una, delante de todo el mundo, sin ningún apartado que las protegiera; y debajo, lo único que quedaría cuando las tres cayeran.
Sonaba mal. Sonaba a micrófono, a boda ajena, a ciento veinte pax mirando.
Sonaba exactamente a lo que tenía que sonar: a algo hecho en voz alta, sin red de documentos, con la única red que en la vida funciona, que es la de la gente que te quiere mirando mientras te caes o no te caes.
Me dormí con la frase entera aprendida de memoria, que era la primera vez que memorizaba algo sin haberlo escrito primero.
Y soñé que el grifo volvía a gotear, y que esta vez no me levantaba a arreglarlo: me quedaba escuchándolo, y a los pocos minutos dejaba de gotear solo, porque a veces las cosas solo piden que las oigas.