Capítulo trece — La señal #3
La cena se deshizo como se deshacen las cosas que ya nadie puede sostener.
Las madres se fueron primero —mi madre me abrazó en la puerta y me dijo «hija» tres veces sin conseguir la frase; Belén no me abrazó, me miró con una cara que me va a durar años, una cara de saberse culpable y no saber de qué exactamente—, y los padres detrás.
Pepe, al pasar, me dejó la mano un segundo en el hombro.
No dijo nada. Mi padre tampoco, que es su manera de decirlo todo.
Lucía y Blanca cerraron conmigo en silencio —«mañana hablamos», dijo Lucía al salir, y llevaba la libreta bajo el brazo cerrada, que es la única vez que la he visto cerrar—, y me quedé sola en el bar vacío, con los restos de una cena que había empezado siendo la mejor y había acabado siendo la otra.
Apagué las velas de Belén una a una. Al apagar la última vi el sobre de la señal sobre el mantel, y la carpeta de cartón donde Daniel la había dejado, las dos cosas juntas como dos certificados de distinto género.
A las once sonó la puerta. Era Daniel. Había vuelto —no sé de dónde; supuse que dando vueltas, que es lo que hacen los dos en este barrio desde hace semanas— y se quedó en el umbral con la luz de la calle detrás.
Entró sin quitarse la chaqueta, se sentó en la mesa del fondo y sacó la libreta pequeña.
—Repasemos mañana —dijo—. Para que no haya sorpresas.
Y repasamos. Lo juro: nos sentamos en la mesa del fondo, con el bar a oscuras menos la luz de la barra, y repasamos el último día del contrato como dos profesionales entregando una obra. Que no era metáfora: era exactamente eso.
—Diecisiete cuarto —dijo él—. Recojo en tu portal. En coche, que llovizna. Vestido largo, que la finca de noche está mojada.
—Diecisiete cuarto —confirmé—. Vermut de la peña en El Portón antes de la boda, que es tradición. Llegamos juntos, nos sentamos juntos, salimos juntos.
—En la ceremonia —siguió, mirando la libreta y no a mí—, primera fila a la derecha, con la peña. Si alguien pregunta por la boda de octubre, respuesta estándar: «todavía no hay nada decidido». Sin detalles.
—Sin detalles.
—Elena nos ha sentado en la mesa de los nuestros, con Lucía y Blanca. Mario brinda; si brinda por nosotros, agradecemos corto. —Hizo una pausa y añadió, con la voz en su registro más plano—: Tras la comida, si te apetece bailar, bailamos una. Para que no se note.
—Para que no se note —repetí.
—Y a las doce —dijo él, y aquí sí levantó la vista—. El contrato vence a las doce del domingo, pero el sábado a las doce de la noche empezamos a despedirnos. Por partes. Que sea menos…
No terminó la frase. No hizo falta: sabíamos los dos cómo terminaba.
Que sea menos de golpe. Que sea administrable.
Nos quedamos un rato en silencio, con la libreta abierta entre los dos y los diez años que no íbamos a tener repartidos en cuatro folios de listas.
Fue lo peor de la noche, peor que la señal y peor que la carpeta: esa media hora de paz logística, repartiendo el fin a partes iguales, como se reparte una herencia. Como si se pudiera repartir.
—El guion de después —dije, cuando el silencio empezó a pesar de verdad—. «Seguimos siendo amigos». ¿Lo ensayamos?
—No hace falta —dijo, y su voz se apagó en la última palabra.
Se levantó. Cogió la carpeta —la versión dos, la de la gestión— y me la tendió, y esta vez no miró la mesa ni la libreta: me miró a mí, con toda la luz de la barra en la cara y toda la noche encima.
—Es la versión final —dijo—. La dos, con los cambios de esta noche. Léela cuando puedas.
—Daniel…
—No hace falta ahora. —Tenía cara de maratón corrido en cuerpo ajeno—. Mañana a las cinco y cuarto. Sin reproches.
Se fue. La puerta cerró con su campanilla de siempre, el sonido más antiguo de mi vida, y me quedé sola con la carpeta en la mano.
La abrí lo justo: primera página, la tabla de contenidos, cuatro apartados con numeración limpia.
En el último, el apartado de protección de las partes, vi que mi nombre aparecía veintisiete veces.
Cuenta de camarera: los nombres propios se cuentan solos.
Veintisiete veces Daniel Beltrán escribiendo «Irene» en un documento de gestión de crisis, y ninguna de las veintisiete era la frase que yo había bajado a decir aquella noche.
La cerré. La llevé a la caja registradora, abrí el cajón —donde seguía la copia original del contrato, debajo del rollo de papel—, y metí la versión final encima, sin leerla. Cerré el cajón con la llave, que es algo que no hacía desde la firma.
Del bolso saqué después la fotocopia —llevaba toda la noche ahí, contra mi costado, en la cena, en la pelea, en el repaso de la mañana; nadie la echó de menos, nadie supo que estuvo a punto de salir—.
La miré un segundo, las dos letras en el margen, y subí la escalera y la devolví a su sitio: el cajón de la mesita, debajo del cuaderno de cuentas.
Segunda cosa guardada bajo llave en una noche.
La primera no la iba a leer nadie; la segunda, solo yo.
Sin fecha límite, había escrito él el sábado.
Mentira, pensé apagando la última luz. Todo tiene fecha de caducidad. Él me lo enseñó.