Capítulo trece — La señal #2
—Tres mil quinientos euros —repetí, y ya no había nada bajo la voz—.
Es lo que vale esto. Que sepáis lo que vale: una boda que nadie ha pedido, en un sitio que elegisteis vosotras, con una fecha que pusisteis vosotras, para dos personas que llevamos un mes siendo la comidilla de medio barrio mientras creíamos que nadie miraba.
Me callé. No iba a decirlo delante de Andrés y de Pepe. No por mí: por ellos, que estaban allí con cara de haber entrado en la función a mitad. Mi padre me miraba fijo, sin entender nada todavía, y la cara de mi padre sin entender fue lo que me partió: llevaba un mes sin entender nada, como todos.
—Irene —dijo Daniel, levantándose a mi lado—. Siéntate. Respira. Esto se gestiona.
Se gestiona. Las dos palabras cayeron en la mesa como caen las cosas que deciden un partido.
Yo lo miré, y lo vi sacar la carpeta del brazo —con calma, con ese cuidado de quirófano— y ponerla sobre el mantel, junto al sobre de la señal.
Dos documentos, uno al lado del otro: el desastre de mis sueños y la gestión del suyo.
—He traído la versión dos —dijo, mirándome a mí y hablándole a todos—.
No es el momento de discutirla, pero está aquí.
Hay un apartado que cubre exactamente esto: la disolución programada, con el manejo de las fincas, las señales, los plazos.
Podemos resolver el tema de la señal esta misma noche, hay un procedimiento de cancelación que devuelve el setenta por ciento, y el resto lo podemos asumir las dos partes a medias, como coste de la operación. Y las madres…
—Las madres —dije yo—, ¿qué?
Daniel se calló. Porque no había nada que decir sobre las madres que cupiera en un apartado. Y fue ahí, con su carpeta abierta en la mesa y mi decisión de aquella tarde todavía caliente en el pecho, cuando me llegó el eco.
No sabes querer sin un pliego de condiciones.
Lo oí con la voz de Nuria, clara, deletreada, aunque nunca la había oído en mi vida: lo oí porque Daniel me lo había contado en la cena de Chamberí con la mano en la mía, y porque era verdad, y porque la carpeta de la mesa era la prueba.
Diez años de quejarse de la frase y ahí estaba él, bajo la frase, con su versión dos y sus apartados, gestionándome.
Gestionándonos. Convertiendo la noche en la que yo iba a soltarlo todo en una reunión de seguimiento.
Y yo hice lo que hago yo: actué.
Saqué de debajo de la barra la copia del contrato que guardaba desde la firma, doblada en cuatro en el cajón de la caja registradora, la desdoblé despacio y la puse sobre la mesa, encima de la carpeta de Daniel, encima del presupuesto de Nerea.
La cláusula de expiración, las 12:00 del día siguiente a la boda, sin reproches, con mi rúbrica torcida debajo.
—Esto también está aquí —dije—. Y vence el domingo a las doce.
Silencio. Las velas de Belén parpadeaban. Lucía, en la puerta de la trastienda, se quedó con la fuente en la mano; Blanca no se movió de la barra, pero dejó de secar el vaso que llevaba cinco minutos secando.
—Irene —dijo Daniel, y en su voz hubo algo que no había oído nunca: miedo de verdad—. ¿Qué estás haciendo?
—Lo que toca. —La voz me salió más firme de lo que era yo—.
Ejecutar. Sin reproches. Es lo bueno de la cláusula, Daniel: que no hay que gestionarla.
No hay apartado, no hay versión dos, no hay procedimiento de cancelación.
Se lee, se cumple, y se acaba. Sin reproches.
—Se me quebró lo justo, y lo usé—. Tú me enseñaste.
Que las cosas con fecha no se pudren: terminan. Pues que termine.
—Esto no es un contrato —dijo él, bajito—. Esto somos nosotros.
—¿Desde cuándo? —dije—. Porque yo el miércoles vi una pantalla. Y esta noche veo una carpeta. Y en ninguna de las dos…
—Basta —dijo Andrés.
Se levantó sin ruido, se quitó las gafas de leer —las llevaba desde el cocido— y miró primero a Belén y luego a mí, tranquilo: ha visto arder cosas peores.
—Aquí hay dos asuntos —dijo—. Uno es de mayores, que lo hablamos en casa, Belén.
Y otro es de vosotros dos, que es el único que importa, y ese no se habla con público.
—Señaló la carpeta y el sobre, con dos dedos, sin tocarlos—.
Esto de aquí se quita de la mesa. Y vosotros os quedáis solos, que lo que tenéis que deciros no cabe en sobres.
—Andrés, la cena… —empezó Belén.
—La cena se acabó, mujer. —Y en su voz, por primera vez en la historia conocida de los Beltrán, hubo un filo que no era para mí—. Se acabó cuando trajiste eso a la mesa de estos chicos sin preguntar. Lo demás era decoración.
Belén se sentó. Mi madre la cogió de la mano por debajo de la mesa, y las dos se quedaron así, cogidas, como dos niñas delante de la directora.
Y Pepe, que no había vuelto a hablar, se levantó, recogió el sobre con la señal —no el presupuesto, el sobre, con la hoja del membrete— y lo dobló despacio en cuatro, ceremonial: iba a tener que devolverlo.
—Irene —dijo mi padre, sin mirarme, doblando—. Lo que sea que esté pasando aquí… tú dirás cuando quieras. Que no hace falta que sea hoy. —Pausa—. Pero dinos pronto.
Yo no contesté. No iba a decirlo delante de todos.
Que en ninguna de las dos había un «quédate» sin anexo.
Que la frase que llevaba dos semanas ensayando se me había muerto en la garganta aquella misma tarde, de puro cansancio de esperar el momento sin pantallas.
Que la señal de tres mil quinientos euros me había quitado lo último que me quedaba: la ilusión de que esto, lo nuestro, era lo único real en medio del montaje.
También era un montaje. Solo que uno con peor presupuesto.
Mi madre lloraba sin ruido, con la mano de Belén en su brazo.
Belén no lloraba: miraba la carpeta de su hijo con una cara que nunca le había visto, una cara de estar haciendo cuentas tarde.
Andrés y Pepe seguían sentados, rígidos, dos hombres que han visto venir la tormenta y no saben de qué dirección.
—La boda del sábado —dije, y me oí a mí misma volver al trabajo, que es donde yo me refugio cuando el suelo se va—.
El contrato cubre el sábado. Vence el domingo a las doce, así que el sábado seguimos siendo pareja delante de quien haga falta: es lo último que queda por entregar.
Y lo entregamos bien, como todo lo demás. —Miré a Daniel—. ¿Recoges a qué hora?
Daniel me miró fijo. Vi pasar por su cara todo lo que no iba a decir delante de su madre: la pelea del miércoles, el grifo, lo que su padre le había contado de madrugada. Y vi también que no iba a pararme. Por orgullo, por método, por miedo: igual me daba. Asintió una vez, seco.
—A las cinco y cuarto —dijo él—. Vermut de la peña en El Portón antes de la boda, que es tradición. ¿Vamos juntos?
—Juntos —confirmé—. Y el guion de después: «seguimos siendo amigos». ¿Lo ensayamos ahora o…?
—No hace falta —dijo, y su voz se apagó en la última palabra.