Capítulo trece — La señal
El jueves veintisiete de mayo, a las ocho de la tarde, La Media Naranja cerró con cartel de «reservado» en la puerta y seis comensales de más en la mesa del fondo.
Las madres habían montado la cena sin consultarnos, que era ya su estilo: la mesa del fondo —nuestra mesa, la del enchufe— llevaba un mantel que no era del bar, dos velas en tarros y un ramito de naranjas machacadas que seguro que llevaba la firma de Belén.
Lucía servía con cara de funcionaria en horas extra; Blanca había puesto el cierre de la barra a las ocho en punto, algo que no hacía nunca, y eso solo ya era un parte meteorológico.
Los cuatro mayores llegaron juntos: mi madre con falda de domingo, Belén con el collar de mi madre —el de los lunares, el bueno—, Andrés y Pepe con la solemnidad de los hombres que saben que hay sorpresa pero no de qué tipo.
Daniel llegó a las ocho menos cuarto, con la carpeta bajo el brazo.
La adiviné en la puerta: de cartón, del tamaño de un folio, la carpeta de la propuesta del miércoles.
Había pasado la tarde —me lo dijo después— imprimiendo dos originales, porque era su costumbre, porque las cosas importantes se firman por duplicado.
Uno estaba bajo su brazo. El otro, supuse, esperaba en su casa.
No supe entonces lo importante que iba a ser ese segundo original.
Los primeros cuarenta minutos fueron los mejores cuarenta minutos de las últimas semanas, y lo escribo con toda la amargura de saber lo que viene después.
Mi madre había hecho cocido, Belén había traído el flan de sobre que era institución en su casa, y la mesa del fondo —mi mesa, la del enchufe— nunca había estado tan bonita: mantel de casa, velas en tarros, y un centro de naranjas machacadas con romero que era una maravilla y que yo no podía mirar sin pensar en el azulejo de la entrada.
Andrés brindó con agua —«que al volante, no»— y el brindis fue largo y torpe y precioso: por «lo que viene», dijo, y nadie supo qué era lo que venía, y todos brindamos igual.
Andrés y Pepe debatieron el once del domingo con el entusiasmo de dos generales en retirada.
Belén le contó a mi madre la del niño que lloró en la graduación de infantil, y mi madre se rio tanto que se limpió los ojos con la servilleta de papel, y las dos madres brillaban.
Brillaban de verdad, con esa luz que tienen las personas cuando creen que están a punto de dar la noticia buena de la temporada.
Lucía iba y venía con las fuentes; Blanca, desde la barra, observaba la mesa con la atención que ella pone en todo, y yo, con el vaso en la mano y Daniel a mi derecha, pensé: qué pena que esto sea una despedida.
Porque era una despedida, aunque solo lo supiera yo.
Yo, que llevaba desde el domingo con una fotocopia en el cajón de la mesita y una frase en la garganta; yo, que aquella misma tarde había tomado la decisión más grande de mi vida adulta, sentada en la cama con la fotocopia en las manos, mirando la letra de mi madre en el margen de mi mentira.
Me explico, porque aquí es donde tengo que explicarme bien.
Aquella tarde, antes de la cena, entendí por fin por qué había guardado la fotocopia cinco días sin enseñársela a nadie.
No era por desconfianza de Daniel —ya era por desconfianza de Daniel.
Era porque era lo último que me quedaba.
Todo lo demás había dejado de ser mío: la mentira era de las dos madres también, el contrato era de todo el barrio, mis sentimientos eran una pizarra de apuestas, y hasta la fecha de caducidad que yo misma había exigido se me había vuelto contra mí como un perro que cuidas.
La fotocopia era la única información del mundo que solo tenía yo.
La última habitación de la casa con llave.
Y una persona que lleva un mes perdiendo el control no suelta la última llave: se duerme con ella.
Pero aquella tarde la miré —«bueno, un poco sí es amor», «y mira», «paciencia»— y me di cuenta de una cosa que me dejó sentada en la cama un rato largo: la llave no me protegía de nada. Solo me retenía a mí.
Me probé decirlo en voz alta, allí mismo, a la fotocopia, como ensayo: «Mamá, lo encontré.
Sé que lo sabéis desde abril.» Sonó mal.
Probé otra: «Daniel, mi madre tiene una copia de tu contrato con anotaciones.
» Sonó peor, porque era un parte. Probé la de verdad, la gorda, la del taxi, susurrada al dormitorio vacío: «Daniel, me he enamorado de ti, y lo he decidido fuera de contrato.
» Esa sonó bien. Esa sonó a mí. La repetí dos veces, me la aprendí de memoria como se aprende la carta de un menú nuevo, y guardé la fotocopia en el bolso decidida a que aquella noche saliera del cajón para siempre.
Y decidí soltarla.
Decidí que aquella noche se lo contaba todo.
Todo todo. Primero a Daniel —la frase del banco, la del viernes, la del taxi, todo lo que llevaba dos semanas tragándome entre interrupciones— y después, con él, a las cuatro personas de aquella mesa: que la boda del veintinueve era una representación, que el novio era de mentira, que las dos madres lo sabían desde el veinticinco de abril y que sus dos hijos se habían enamorado de verdad dentro de su propio montaje.
Y que la fotocopia salía del cajón, y que lo que viniera después —rabia, risa, decepción, lo que fuera— venía ya de verdad. Sin cobertura. Sin fecha de caducidad.
Fue la primera tarde en semanas que respiré con los pulmones enteros. Me puse el vestido bueno, me maquillé como para una guerra, y bajé al bar decidida a decir la verdad.
Y entonces mi madre se levantó, pidió silencio con la cuchara en el vaso, y dijo:
—Bueno. Ya que estáis los seis… —miró a Belén, y Belén asintió, y las dos tenían la cara de las noticias buenas—. Tenemos la sorpresa. Rosa.
Mi madre sacó de la bolsa un sobre. Un sobre grande, de esos de las gestorías, y lo puso sobre el mantel despacio, a dos manos, como se pone la primera piedra. Yo miré el sobre, miré a Daniel, y en su cara vi lo mismo que debía de haber en la mía: una intuición entrando por la puerta sin llamar.
—Nosotras —dijo mi madre— hemos estado mirando. Ya lo sabéis, que no somos de mirar sin más. Y hemos visto tres fincas. Tres. Y hemos elegido.
—El Robledal —dijo Belén, y se le rompió la voz de contenta—. El Robledal, chicos. Con la terraza esa y el cenador y el señor ese tan amable.
—Nerea —dijo Lucía, desde detrás, con voz de dato confirmado.
—Nerea. Que nos ha hecho un precio de amigas, porque se lo hemos contado todo, que somos las madres y esto hay que…
—Mamá —dije. La palabra salió sola, plana—. ¿Qué es eso?
El sobre. Mi madre lo abrió, sacó un folio plastificado —el presupuesto, reconocí la tabla de Nerea con su letra de comercial— y debajo, doblada en cuatro, otra hoja. Con membrete. Con una cantidad.
—Es la señal —dijo mi madre, sencillamente, en el tono de quien anuncia que ha comprado el pan—.
La hemos pagado nosotras, entre las dos, que era lo justo.
Es para el dieciséis de octubre. Tres mil quinientos euros.
Se puede cambiar de fecha sin coste dentro del año, que lo miramos bien, y si se cancela devuelven el setenta por ciento, que también.
Pero no se va a cancelar. —Sonrió a la mesa entera, y a mí en particular—.
El dieciséis de octubre, Irene. Que octubre es buena época, que ya lo dijimos, y las fotos salen…
—¿Qué habéis hecho? —dijo Pepe.
Mi padre no había hablado en toda la cena. Habló entonces, mirando el folio plastificado con la cara que pone con las facturas del taller: leyendo. Y su pregunta no era para nadie en concreto, que era lo terrible: era para la mesa entera.
—Hemos puesto la señal, Pepe —dijo mi madre, recuperando un hilo de orgullo—. Que era ahora o nunca, que las fechas de octubre se agotan, que Nerea nos lo dijo mil veces, que…
—¿Tres mil quinientos euros? —Pepe miró a Andrés, buscando un aliado en el otro hombre—. ¿Tú sabías esto?
Andrés negó con la cabeza. Cuarenta años de casado y todavía se llevaba sorpresas con Belén: no enfado; algo peor, decepción en diferido.
—Belén —dijo Andrés, bajito—. ¿Qué has hecho?
—Lo que tocaba —dijo Belén, y ya no sonaba a noticia buena; sonaba a la frase que la gente dice cuando la noticia buena se les ha torcido en las manos—. Lo que había que hacer. Que vosotros no lo ibais a hacer nunca, que lleváis un mes dando vueltas como…
Se calló. Porque había llegado al borde de la frase que nadie podía decir delante de Andrés y Pepe, y lo vio, y se echó atrás, y en ese echarse atrás se le cayó a mi madre la sonrisa de las dos semanas.
—¿Habéis pagado? —dije.
No grité. Eso lo recuerdo con claridad: no grité. La voz me salió baja y lenta, y la mesa entera se quedó mirándome.
—Tres mil quinientos euros —dije—. Habéis pagado tres mil quinientos euros. Por una boda. Nuestra boda. Que no existe.
—Irene —dijo mi madre, y la sonrisa le empezó a entender tarde—. Hija.
—No existe, mamá. —Me levanté. Lo hice despacio, que es lo peor—. ¿Qué boda es esa? ¿La de quién? Porque la mía no la ha pedido nadie. Yo no me he prometido con nadie. ¿De quién es esa fecha, ese sitio, esa señal?
—De la vuestra —dijo Belén, ya sin voz de noticia buena—. Cuando llegue. Que llegará, que…
—¿Cuándo llegará? ¿En octubre? ¿El dieciséis?
—Miré a Daniel. Miré la carpeta bajo su brazo.
Y ahí, con la carpeta en el borde de mi visión y la señal en medio de la mesa, se me juntó todo de golpe: el mes entero, la pizarra, la fotocopia, el banquete de ciento veinte, la madre de mi novio falso pagando una señal de verdad por una boda que era mentira, y yo, con mi cláusula de expiración guardada en el cajón como un amuleto, siendo la última en enterarse de mi propia vida.