La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo doce — Incidente crítico #3
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Capítulo doce — Incidente crítico #3

Lo dejé trabajar. Mi padre repara cosas del mismo modo que habla: sin prisa, sin explicaciones, con las manos delante y el resto detrás.

Es un hombre que lleva toda la vida arreglando lo que otros dejan para después —grifos, enchufes, la tele de la casa de campo que solo vemos en verano—, y que nunca ha cobrado nada por ello más que un «ya está».

Aquella noche, mientras trabajaba, me fijé en sus manos: nudosas, limpias, de uñas cortadas siempre.

Manos de alguien que arregla. Pensé que yo no tenía esas manos: yo tenía manos de documentar.

Saqué dos cervezas, le puse una al lado, y él la tomó sin soltar la llave inglesa. Bug lo olisqueó, lo aprobó y se fue a su router.

—Tu madre me ha contado lo del jueves —dijo, con la cabeza dentro del fregadero.

—¿Qué pasa el jueves?

—Cena. En el bar de la chica. Las dos han montado algo, que no me han contado el qué, pero llevan una semana con cara de comida —dijo la voz metálica del fregadero—. Tu madre tiene cara de comida desde el mes pasado, pero ahora también la de Rosa, que es más rara.

Asentí, mirándole las manos. Y entonces, porque llevaba dos días tragándome un pozo y porque mi padre estaba con la cara dentro de un fregadero y no podía verme la mía, lo solté.

Todo. En voz baja, con el orden de siempre: la tablet, el contrato, el «papelito», las madres, la reunión, el v2.

0, la pelea. Las cervezas se calentaron.

Bug se quedó dormido en la mesa. Mi padre terminó el grifo, lo abrió, lo cerró, lo abrió: silencio.

Perfecto. Se secó las manos con el trapo, se sentó enfrente de mí, y habló mirando la cerveza, que en él es la manera de mirarte a los ojos.

—Tu madre no te apura por mala —dijo—. Ni por vieja, ni por pesada.

Te apura porque me tiene a mí de espejo.

—Pausa. Buscó la frase, que para él era un esfuerzo de obra completa—.

Yo fui el que dejó todo lo importante para cuando tuviera tiempo.

El viaje, para cuando tuviera tiempo. Lo de tu madre, para cuando estuviera lista la casa.

Tú, para cuando el trabajo me dejara. —Se llevó la cerveza a los labios y no bebió—.

Y el tiempo se acabó antes que las ganas, Daniel.

Sin avisar. Igual que en febrero, que eso fue un aviso, no un susto.

Tu madre lo entendió antes que yo. Por eso te apura: no es que quiera nietos.

Es que no quiere que llegues a mi edad con la lista de lo importante a medio hacer.

—Me miró, dos centímetros de periódico elevados a catedral—.

Eso de la pantalla, lo que le has dicho esta noche a la chica.

Déjalo. Que lo importante no se presenta, hijo.

Lo importante se hace. Aunque salga mal escrito.

Se quedó un rato en silencio, dándole vueltas a la cerveza.

—Tu madre, con eso del jueves —dijo al fin—, se ha pasado.

Yo se lo he dicho. Que las sorpresas entre adultos, con comida de por medio, son cómodas solo para los que dan la sorpresa.

—Pausa—. Pero entiéndela. Ella no está haciendo esto por los nietos, ni por la boda, ni por lo que parece.

Está haciendo esto porque leyó algo —yo no le pregunté qué; mi padre nunca pregunta qué— y lo que leyó le dijo que vosotros dos tenéis miedo.

Y a tu madre, los niños con miedo se le remedian con actos.

Con mesas puestas. Con sorpresas. —Me miró de verdad, que era lo raro—.

No es que tengas que aceptarla. Es que no la dejes sola con el miedo, que es lo que hice yo cuarenta años.

Se terminó la cerveza en dos tragos, recogió su caja, y en la puerta me dio dos palmadas en el hombro que en su escala equivalen a un abrazo con discurso.

Se fue. El grifo no goteaba. La cocina olía a cerveza y a fontanería recién hecha, que es el olor, lo entendí aquella noche, de las cosas arregladas a tiempo.

Me quedé sentado hasta las dos, mirando el portátil cerrado. Y haciendo, por una vez, lo que todo el mundo me llevaba meses pidiendo: pensar sin escribir.

A las dos y diecisiete llegó el mensaje. De mi madre, y al mismo segundo —lo supe sin mirarlo—, el de Rosa para Irene. Mismo contenido, dos versiones, sincronía de relojería:

«El jueves cenáis en el bar. Hemos reservado la mesa del fondo. Traed a las chicas del bar, que ya las contamos nosotras. Tenemos una sorpresa. No aceptamos excusas.»

Miré el portátil. Miré el grifo nuevo, seco, en su sitio. Y pensé en mi padre, que había venido a arreglar un grifo y se había llevado, sin saberlo, la estructura entera.

«Tenemos una sorpresa», decían las dos.

Yo llevaba un mes documentando sorpresas ajenas y era la primera vez que una me producía miedo de verdad: no por lo que pudieran anunciar —eso, sea lo que sea, ya estaba presupuestado en alguna parte—, sino por quién iba a estar sentado a la mesa del fondo cuando la anunciaran, y en qué estado íbamos a llegar los dos, después de una noche que nos había dejado sin plan, sin acuerdo y sin habernos dicho lo que importaba.

Tres días. Quedaban tres días para la boda, cuatro para la expiración, y uno para la sorpresa.

Los conté dos veces. Con el contrato ya no contaba: el contrato, sospeché mirando el portátil apagado, era lo de menos desde hacía tiempo.