La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo ocho — Sin público #3
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Capítulo ocho — Sin público #3

Malasaña un domingo por la noche es un lugar despoblado con encanto: persianas bajadas, terrazas recogidas, el olor del día que se apaga.

Caminamos por la calle del Pez, pasamos delante del bar —la persiana bajada, el cartel de La Media Naranja apagado— y seguimos.

Sin decidirlo, sin acordarlo, seguimos. La calle de la Palma, la plaza, la esquina donde el Fika seguía abierto con su luz blanca de quirófano.

Y en un punto que no puedo señalar en un plano —creo que fue cerca de la fuente de la plaza, pero sería mentira precisa— paramos.

No hubo aviso previo. No hubo justificación táctica.

No hubo público, que era la diferencia: la otra vez, el mesón entero; esta vez, ni una ventana encendida.

Lo que hubo fue un silencio de esos que ella tiene —de segundo y medio, de densidad alta— y lo que hubo fue que yo dejé de calcular, y lo que hubo fue el beso.

Se besa distinto sin público. Con público, un beso es un mensaje dirigido a terceros: se firma, se entrega, se archiva.

Sin público no hay destinatario externo, y entonces el mensaje solo puede ser para la otra persona, y ese es un formato que mi sistema no tenía registrado.

La besé y me besó y no documenté nada: ni duración, ni hora, ni iniciativa.

No consulté las reglas. No existían las reglas.

Durante un tiempo que no medí, la única especificación vigente era la de ella contra mí, y era la primera vez en mi vida que un sistema funcionaba mejor sin documentación.

Cuando nos separamos, Irene apoyó la frente en mi clavícula un segundo. Ni un abrazo protocolario, ni un gesto de cobertura: una pausa. Y entonces hice algo que me hubiera horrorizado esa misma mañana: intenté encontrarle un término.

—Esto —dije, todavía con la respiración a medio regular—, esto necesita una clasificación.

Irene se echó a reír con la frente contra mi camisa, y yo sentí la risa en las costillas, y comprendí que la clasificación no iba a salir, que no había epígrafe, que «lo de ahora» no cabía en el contrato ni en ninguno de sus anexos.

Se me había terminado el idioma. Un ingeniero sin términos para nombrar la cosa más importante del día es solo un hombre que camina por Malasaña de la mano de una mujer que ríe, y ese, exactamente ese, era yo a las nueve y cuarenta de un domingo de mayo.

—Vámonos —dijo ella al fin—, que tengo que abrir mañana.

—Te acompaño.

—Siempre me acompañas —dijo, y no era una queja.

En la puerta de su casa no hubo despedida de protocolo.

Hubo un «mañana, en el bar» y un beso corto, de esos que se dan cuando ya hay permiso, y subió la escalera, y yo me quedé en la calle como se queda después de los conciertos: con el zumbido en los oídos y la sensación absurda de que la acústica del mundo había cambiado.

En casa, Bug me miró desde el router y no hizo ningún comentario, que era de agradecer.

Me senté. Abrí el documento. Miré el «Registro de incidentes» —una línea, la del beso del mesón, pendiente de notificación— y comprendí que esa página se me había quedado pequeña.

El sistema emitía una alarma que no era de error: era de escala.

Todo lo que había funcionado a pequeño —el contrato, las reglas, el registro— dejaba de funcionar al crecer, y la respuesta de todo ingeniero ante el crecimiento es la misma: más estructura.

Crear documento nuevo. Título: «Anexo 12: protocolo de escalado».

No escribí nada más. No tenía nada más que escribir: no sabía qué escalaba, ni hacia dónde, ni qué protocolo podía contener lo de esa noche.

Escribí el título y dejé el cursor parpadeando, y el cursor parpadeó hasta las dos de la madrugada, y a las dos de la madrugada hice lo último que hace un ingeniero cuando el sistema alarma y no sabe por qué.

Los anexos anteriores —los que había imaginado, los que nunca escribí— eran protocolos de algo: del contacto, de los eventos, de la comunicación.

Este no. Este anexo, el doce, era la primera pieza de toda la documentación que no empezaba por un problema.

Empezaba por un beso, y los besos no se depuran: se repiten o se dejan de dar, y entre medias no hay versión, ni control de cambios, ni responsable de mantenimiento.

Me quedé mirando el título entendiendo, con un retardo vergonzoso, que acababa de crear un archivo para guardar algo que no era información.

Era la primera carta de un hombre que solo sabe escribir en formato.

Y porque soy incapaz de mentirme en un documento propio, añadí una última línea en el «Registro de incidentes», debajo del incidente 001:

«Actualización — 16 de mayo: el atisbo no es un atisbo. Sí, notificado. Destinatario: yo. Fecha de caducidad del estado anterior: hoy.»

Era la primera notificación completa que cumplía. La había enviado a la única parte que llevaba semanas mereciéndosela, y esa parte era yo.

Guardé el archivo. Dejé el problema para la versión siguiente.

Y me acosté con la certeza incómoda de que la versión siguiente ya no dependía de mí.