La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo nueve — Fuera de contrato
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Capítulo nueve — Fuera de contrato

El lunes diecisiete de mayo amanecí sabiendo algo que llevaba semanas sin saber, y el saberlo no me hizo la vida más fácil: me estaba enamorando de Daniel Beltrán.

Lo suelto así, en frío, porque ya no da para más épica.

El domingo por la noche me había besado en una plaza vacía cerrando un trato que llevaba un año negociando consigo mismo, y yo le había correspondido firmando sin leer, y al subir la escalera de casa me di cuenta de que el contrato —mi armadura, mi puerta de salida, mi brillante idea del diecisiete de abril— se me había quedado pequeño de golpe, como un abrigo de invierno en mayo.

No me protegía de nada. Solo me estorbaba para abrazar.

¿Y qué hace una persona como yo con ese dato? Pues lo que hace siempre: lo convierte en tarea.

El lunes en el bar lo miré distinto. No distinto de cara —de cara seguí sirviéndole la caña, cobrando, cambiándole el posavasos— sino distinto por dentro, que es donde cuentan estas cosas.

Cada gesto suyo me llegaba con una segunda lectura: la manera de alinear el vaso con el grifo era pulcritud, sí, pero también una manera de cuidar las cosas de mi bar; las notas invisibles que tomaba eran obsesión, sí, pero obsesión conmigo en el medio; y el beso del domingo no había sido fuerza mayor ni justificación táctica: había sido un hombre que por fin se permitía algo que no sabía documentar.

Yo llevo años leyendo a la gente por oficio, y aquel lunes leí a Daniel de corrido, entero, sin anotaciones al margen, y lo que decía el texto era clarísimo y aterrador.

Lucía me pilló mirándolo. O Blanca. Da igual, eran las dos, a las once de la mañana, detrás de la barra.

—Bueno —dijo Lucía, dejando la libreta—. Es hoy.

—¿Qué es hoy?

—El día que lo admites. Yo llevo desde el miércoles pasado con la tabla preparada. —En efecto, sacó de debajo de la barra un papel doblado en cuatro—. No es juicioso. Es estadística. Puri me dijo el viernes que me pusiera las pilas, que «esto se mueve».

Desplegó el papel en la barra. No era una tabla: era un diagrama. Cajas, flechas, rombos de decisión, números de nodo. Un diagrama de flujo, con letra de Lucía y todo.

—¿Un organigrama? —dije.

—Un protocolo de actuación —corrigió Lucía—. Para ti. Por si decides hacer algo con lo que sea que te pasa.

Lo leí. Lo recuerdo entero, que es lo malo de estas cosas:

«NODO 1: ¿Estás segura? → Si no: volver a nodo 1.

Si sí: nodo 2. / NODO 2: Elige momento sin público, sin familias, sin testigos.

→ Nodo 3. / NODO 3: ¿Él menciona el contrato, las reglas o los anexos?

→ Sí: saltar al nodo 7. No: nodo 4. / NODO 4: Decirlo.

Sin adjetivos. / NODO 5: ¿Responde con palabras de persona o con palabras de ingeniero?

→ Persona: nodo 8. Ingeniero: nodo 6. / NODO 6: Esperar una semana máximo.

No más. → volver a nodo 3. / NODO 7: HUIR.

Literalmente. Con dignidad, pero huir. / NODO 8: FIN. Ya está. Dejar de gestionar.»

—¿El nodo siete es «huir»? —dije.

—Literalmente —confirmó Lucía—. Correr. Tú sabes hacerlo, yo te he visto.

—¿Y por qué el nodo seis espera una semana máximo?

—Porque tú no esperas —dijo Lucía—. Tú actúas. Si le das más de una semana a un ingeniero para procesar una declaración, él te devuelve un informe. —Cerró el bolígrafo con un chasquido—. Una semana es el plazo en el que una persona se transforma en un expediente. Menos, si hay carpeta de por medio.

—¿Carpeta? —dijo Blanca, oliendo lluvia.

—Es un decir —dijo Lucía.

No era un decir. Lo sospeché en ese momento y lo confirmé el viernes: Lucía llevaba tres semanas estudiando a Daniel con la misma libreta con la que estudiaba al proveedor de vinos, y había llegado a conclusiones.

Las dejé correr. A veces es mejor no saber lo que tus amigas saben de ti antes de que tú lo sepas.

—¿Y el nodo ocho?

—Ese lo puse yo —dijo Blanca, que hasta entonces había estado fregando un vaso que ya estaba limpio—. «Dejar de gestionar». Es la parte que más trabajo te va a dar, bonita. Lo otro es fácil: decirle a un hombre que lo quieres es tirar la caña. Lo difícil es no recogerla tú cinco minutos después.

—No le voy a decir que lo quiero —dije, automática.

—Bueno —dijo Lucía, doblando el diagrama—. El nodo uno existe por algo.

Ese mismo martes, la pizarra de las apuestas registró su primera corrección técnica.

Puri, con la información de las madres —que habían salido del domingo con dos fincas vistas y un criterio de evaluación, lo cual en el barrio es noticia de última hora—, cogió la tiza y modificó su propia cuota: del «mayo» inicial pasó a apuntar, con letra firme, «antes de lo que creéis».

Manu protestó por la falta de precisión («¿antes de que creemos qué, Puri?

»), Puri no se inmutó («Antes, Manu. Antes.

»), y Beni, desde su extremo de la barra, dejó caer que su junio «se queda corto» y que si alguien quería traspasarle la apuesta, que hablara con él.

Había mercado. Había cotización. Había una pared entera del bar apostando sobre mi vida amorosa con mejor información que la que tenía yo.

Lucía, con frialdad profesional, abrió una segunda pestaña en su libreta y empezó a llevar el libro de cotizaciones: cada apuesta nueva, cada cambio de cuota, cada rumor de pasillo documentado con fecha. «Para la posteridad», dijo. «Para el juicio», dijo Blanca, y no se supo a quién defendía.

Me negué a mirar la pizarra el resto de la semana. En todo lo demás, cedí.

El miércoles, en el café de calibrado, estuve a punto de ejecutar el nodo dos.

De hecho, preparé el momento sin darme cuenta: quedamos tarde, fuera de horas, y el bar estaba vacío, y Lucía no estaba, y la luz era la de siempre, y todo el nodo dos estaba servido en bandeja.

Y entonces Daniel sacó la libreta pequeña —esa, la de «las cosas que no son de contrato»— y escribió algo, y yo vi que escribía con la cabeza gacha y la oreja un poco roja, y el momento se volvió tan bonito que me dio miedo estropearlo, y salí por el nodo siete sin que él mencionara ni una sola regla.

Huí literalmente, como manda el protocolo. Le dije que tenía que revisar el pedido de la fruta. A las siete de la tarde. Un miércoles. Él asintió con total seriedad, apuntó algo en la libreta, y yo subí las escaleras de casa pensando que me iba a morir de cobardía antes de morirme de amor.

Arriba, con el pedido de la fruta delante y sin verlo, me di cuenta de dos cosas.

Primera: que huir también es un idioma, y que yo lo hablaba con fluidez.

Segunda: que Daniel, al verme huir, no había hecho lo que hacen los hombres cuando una mujer huye: no había fingido que no pasaba nada.

Había apuntado algo. Había registrado mi huida como se registra un dato, con cuidado, para entenderla después.

Y eso —que alguien se tome en serio hasta tu cobardía— me pareció de pronto la cosa más triste y más hermosa que me habían hecho nunca.

El jueves lo decidí de verdad, que en mí decidir es una cosa física, como zapatos nuevos: se siente en todo el cuerpo.

Decidí que el viernes le pediría una cita.

Una cita de verdad, sin familias, sin peña, sin testigos, sin justificación táctica, sin partida presupuestaria: la primera en la historia de la operación que no apareciera en ningún documento. Fuera de contrato.

El jueves por la noche me costó dormir, que es la prueba definitiva: yo duermo como las personas de campo, en cuanto apago la luz.

Aquella noche hice mil inventarios. Conté los días que faltaban para el veintinueve —ocho— y los que faltaban para el treinta —nueve—, y me pregunté, mirando el techo, qué demonios iba a hacer yo con un sentimiento que tenía fecha de caducidad anterior al yogur.

La respuesta era fácil y la evité toda la noche: iba a hacer lo que hago con todo lo que me importa, que es lanzarme y rezar por que haya agua.

Solo que esta vez, por primera vez en mi vida, quería que la otra persona saltara también. No delante. No por mí. Solo también.

Blanca me preparó el atuendo con la eficiencia silenciosa de las mujeres que saben cosas: me sacó del armario un vestido que yo no me ponía desde una boda del diecinueve, lo miró, dijo «este, que tiene historia pero no demasiada», y lo dejó colgado en la puerta, a la vista, como el pan del día siguiente.

—¿Y si se tuerce? —le pregunté.

—Se tuerce o no se tuerce —dijo Blanca—. Pero vas con la verdad puesta, que es lo único que sienta bien del revés. —Y antes de irse, desde la puerta, soltó la suya—: Sea lo que sea lo que pase mañana, Irene: no firmes nada.

Me reí. Ella no.

El viernes veintiuno de mayo, a las ocho y media, salí del bar y lo dije. Sin ensayo, sin diagrama, con las manos en los bolsillos del delantal que me acababa de quitar:

—Daniel. ¿Cenas conmigo esta noche?

Él levantó la vista de su portátil. La mesa del fondo, la luz de siempre, los azulejos de naranjas de fondo.

—¿Calibrado? —preguntó, que es su manera de pedir datos.

—No. —Tragué—. Cena. Sin agenda. Sin café. Sin nada que revisar después. Solo tú y yo, en un sitio donde no conozcamos a nadie, y si alguien pregunta, que pregunte.

Hubo un silencio. Daniel miró el portátil, miró la barra vacía, miró su vaso de agua alineado con el grifo. Vi pasar por su cara todo el proceso que conozco de memoria: la consulta del reglamento, la búsqueda del apartado aplicable, la comprobación de que el apartado no existía.

—Eso no está en el contrato —dijo al fin.

—Ya lo sé —dije—. Es lo bueno.

—¿Motivo? —preguntó, y luego se corrigió él mismo, levantando una mano—. Perdón. Esa pregunta es del contrato. Retirada. —Respiró—. ¿Dónde?