La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo siete — Letra pequeña #2
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Capítulo siete — Letra pequeña #2

A la una de la tarde, Manu —que era diseñador freelance y, por tanto, el artesano oficial de todo encargo raro del bar— bajó del estudio con una pizarra de madera del tamaño de un menú grande.

Lo que pintó en ella, con su rotulador blanco y su caligrafía de boda, merece constar en la historia de este barrio:

«¿CUÁNDO SE CASAN? — APUESTAS ABIERTAS»

Debajo, con letra más pequeña: «El que pierda paga una ronda. El que acierte cobra dos. — La dirección»

—¿«La dirección»? —le pregunté.

—Yo me ocupo de las cuentas —dijo Puri, con la plena dignidad de una directora de banco—. Y del señor que viene a cobrar. Tú no te metas, que es tradición.

—¿Desde cuándo es tradición?

—Desde hoy —dijo Puri—. Las tradiciones empiezan en algún sitio, Irene. La nuestra empieza aquí.

Y apuntó con su bolígrafo la primera línea del registro, en su libreta de resultados de fútbol, que de pronto tenía una sección nueva en la última página:

«PURI — mayo — «lo veo venir como la lluvia» — cantidad: simbólica»

—Mayo —dije—. Qué rápido.

—Bonita —dijo Puri, mirando la tele—, yo te vi la cara en ese beso. Mayo es ser prudente.

Beni, desde el extremo de la barra, se arrimó despacio, sacó su cartera y dejó sobre la barra lo que era, viniendo de Beni, una fortuna: dos euros.

—Junio —dijo Beni—. Los contratos buenos se renuevan.

—¿Y eso, Beni?

—Trabajé treinta y ocho años en la EMT —dijo—. Todo lo que empieza con fecha de fin, al final se queda. Lo he visto.

—Beni, es una apuesta —dijo Puri.

—Ya lo sé —dijo Beni, y volvió a su vaso de siempre, que para él la conversación había terminado.

Manu apuntó a su nombre con una letra preciosa: «MANU — noviembre — «calendario de diseñador, todo llega tarde»». Y en la esquina de la pizarra, con letra diminuta, Manu escribió también: «Ronda a cargo del perdedor histórico: la peña del bar.»

No pregunté cómo sabía Manu lo de la peña. En este bar todo se sabe por osmosis.

—Yo no apuesto —dije, levantando las manos—. Ni de broma. Es mi vida, no una quiniela.

—La dirección no apuesta —dijo Puri, con la sabiduría de haber previsto la objeción—.

Es el árbitro. Además tú no tienes información privilegiada, que es lo que os pasa a todos: vosotros dos sois los únicos que no sabéis nada.

—Lo dijo mirando su telenovela, y me dio un escalofrío pequeño, del bueno: la gente que nos ve desde fuera siempre sabe más que nosotros, y Puri llevaba veintiocho años viéndonos a todos desde su taburete.

Lucía, desde la barra, pidió papel y apuntó la suya con frialdad aseguradora: «LUCÍA — septiembre — «por criterios contables: el verano confunde las cuentas»».

Blanca se negó con una sonrisa —«yo no apuesto a la gente, bonita; apuesto a que el pescado sube»—, y Blanca se fue a su albarán dejando la frase, una vez más, criando sola.

La pizarra quedó colgada entre el menú del día y la foto del equipo de fútbol sala del bar del dos mil once, y durante el resto de la tarde el bar entero pasó por delante de ella como se pasa por delante del tiempo.

Cada cliente que entraba la leía. Cada cliente que entraba sonreía.

Y alguien —no supe quién, porque en ese bar la tinta se gasta sola— añadió debajo de todo, con una letra que no reconocí:

«Apuesta mínima: una copa. Apuesta máxima: la verdad.»

El miércoles por la tarde fue cuando Rosa marcó el fijo, y supe que el asunto de las madres había alcanzado velocidad de crucero.

—Hija. —Pausa de telegrama—. Belén me ha mandado una foto. La tortilla que hizo el domingo en la comida. Parece buena.

—¿Y eso qué es, mamá, una reseña gastronómica?

—Es que las dos hemos quedado —dijo mi madre, como quien anuncia el tiempo—. El sábado, café. Y Belén me ha dicho una cosa que me ha gustado. Me ha dicho: «Las madres tenemos que estar al tanto.»

—¿Al tanto de qué?

—De todo, hija. —Otra pausa, y en la pausa se oyó a mi madre sonreír—. De todo.

—Mamá. —Me apoyé en la barra—. ¿Qué os contáis?

—Cosas de madres, Irene. —Y ahí la voz de mi madre se puso seria de golpe, en el registro que usa para los avisos importantes—.

Te diré una cosa que te digo poco. Estoy contenta.

Contenta de verdad, de las de antes. Que conste que no me fío ni de mi sombra, que con lo tuyo he aprendido, pero estoy contenta.

Belén es buena gente. Y ese chico tiene cara de no irse a ninguna parte.

Tiene cara de no irse a ninguna parte. Lo apunté mentalmente en la lista de frases de mi madre que no sabía dónde guardar. Mi madre creía que eso era un elogio. Y lo era. Y era exactamente el elogio que un contrato con fecha de caducidad no sabe recibir.

Colgué con la sensación de que acababa de ser pisada por algo grande, blando y decidido, como se pisan las cosas que vienen con cariño y sin freno. Mencioné el tema esa noche en el bar, entre cañas, con Lucía y Blanca.

—Vuestras madres han creado un órgano de gobierno —diagnosticó Lucía—. Dos personas con información parcial y mucho amor. En contabilidad eso es lo peor que existe: partida conjunta sin conciliación.

—¿Y qué hacemos?

—Nada —dijo Blanca—. No se puede contra las madres, bonita. Se puede con el banco, con el frutero y con la vida. Con las madres no. —Me miró con su dulzura de cuchillo—. Lo único que podéis hacer es estar donde puedan veros.

—¿Eso qué significa?

—Que os quieren ver juntos —dijo Blanca—. Las madres siempre quieren ver. Y cuando dos se juntan, quieren ver doble.

Lucía asintió, grave, y añadió la frase con la que unió para siempre su destino al de las madres:

—Yo aumentaría la frecuencia de calibrado. Preventivo. Les dais de comer a las dos, no una, y así controláis el menú.

—¡Lucía!

—Que es eficiente —dijo Lucía, encogiéndose de hombros—. Yo lo veo eficiente.

A las ocho, con el bar en su tramo bueno de la noche, le solté a Daniel lo de las madres mientras él revisaba su vaso de agua con la seriedad de un hidrólogo.

Antes, al entrar, se había parado un segundo frente a la pizarra nueva.

La había leído entera, incluida la letra diminuta de la esquina.

Yo lo observé leerla y vi su cara hacer aquello que hace cuando algo no encaja en ninguna categoría: nada.

Luego se sentó, y hasta las ocho no supe que lo de las madres era lo que tenía guardado.

—Belén y mi madre han quedado a tomar café el sábado. Y hablan. Hablan mucho. Mi madre me ha citado la tortilla de tu madre como si fuera literatura.

—Registrado —dijo. Puso cara de estar actualizando un diagrama en algún sitio dentro de la cabeza—. Mi madre me mandó el lunes una foto de tu bar. La terraza. Dijo «qué sitio tan vivo». Mi madre no dice «vivo» de nada que no le importe.

—¿Qué significa eso?

—Que las dos han decidido algo —dijo—. No sé el qué. Pero cuando dos mujeres de esa generación se ponen de acuerdo en algo, no hay documento que lo pare.

—Eso es lo que dijo Blanca, pero con menos palabras.