Capítulo siete — Letra pequeña #3
—Blanca —dijo Daniel, citándola como a una autoridad— suele decir las cosas primero y mejor. —Dejó el agua—. Solo una duda operativa. Si tu madre y la mía acaban gobernando esto en comisión, ¿a quién le pedimos permiso para respirar?
—A ninguna —dije—. Las madres no piden permiso y no lo dan. Lo que hacen es enterarse.
Daniel asintió, tomó nota mental de algo y no me enseñó qué. Cada vez me lo hacía más, esa cosa de tomar notas invisibles, y cada vez me costaba más no preguntarle qué apuntaba.
—Ah —dijo, como si acabara de llegarle una factura—. La pizarra.
—¿Qué pizarra?
—La de la pared. «¿Cuándo se casan?». He leído las reglas.
He leído el registro. —Hizo su pausa de clasificación—.
Es un mercado de predicciones sobre nosotros con cotización abierta, operado por tu clientela, con entrada mínima de una copa.
—Miró la barra, donde Puri fingía no escucharnos—. Puri lleva la contabilidad.
—Puri lleva la contabilidad —confirmé.
—Es excelente —dijo, y no supe si hablaba de la pizarra o de Puri—. Un sistema de información completo, gratis, mantenido por la comunidad, con incentivos alineados. Mi empresa paga consultoras por esto. —Pausa—. ¿Puedo echar un vistazo a las cuotas?
—¡No! —dije, quizá más alto de la cuenta—. Ni se te ocurra tocar eso. Es mi vida, Daniel, no una hoja de cálculo.
—Toda hoja de cálculo es la vida de alguien —dijo Daniel, y lo dijo tan convencido que no supe si era una broma, y creo que él tampoco.
Puri, desde su taburete, sin volverse: «Quince de mayo, ingeniero, es la cuota intermedia.» Daniel se quedó mirando su documento. Yo me reí tan fuerte que Beni levantó la vista de su vaso, que en Beni es el equivalente a una ovación.
Y entonces, a las nueve y cuarenta y uno del miércoles doce de mayo, llegó lo que tenía que llegar.
Mi móvil vibró. Y en el mismo segundo —el mismo segundo, Lucía lo cronometró con su reloj—, el fijo del bar empezó a sonar. Dos canales simultáneos. Las madres, en sincronía de relojería suiza.
Abrí el móvil. Un mensaje de mi madre:
«El domingo, comida de las dos familias. En casa de los Beltrán. Llegad a las dos. No aceptamos excusas.»
Descolgué el fijo. Era Belén, con la misma sonrisa que a través de un auricular:
—Irene, cariño, el domingo comemos todos juntos. Las dos familias. Tu madre ya lo sabe. No aceptamos excusas, ¿eh?
Cuelgo el fijo, miro a Lucía, miro a Blanca. Lucía mira la libreta. Blanca mira su vaso.
—Dos canales a la vez —dijo Lucía—. Sincronía perfecta. —Anotó algo—. En mi experiencia, cuando dos emisoras emiten la misma señal, es que hay una sola emisora.
—¿Qué emisora?
—Las madres —dijo Blanca desde su vaso, con toda la paz del mundo—. Bonita, no habéis perdido el cupo de eventos. Lo habéis perdido el domingo. Es distinto.
Lo miré en la pizarra de Manu, ahí colgada, tan bonita, tan inocente: «¿CUÁNDO SE CASAN?». Puri, desde su taburete, seguía su telenovela, y yo juraría que sonrió sin volverse.
Caminé hasta la mesa del fondo, donde Daniel llevaba veinte minutos fingiendo leer la misma página, porque Daniel también había oído el fijo sonar a las nueve y cuarenta y uno y también había hecho los cálculos.
Le enseñé el móvil con el mensaje de mi madre.
Leyó. Devolvió el móvil. Se quitó las gafas —no lleva gafas; se tocó la cara donde llevaría las gafas, que es lo que hace cuando un sistema no compila.
—Evento conjunto —dijo—. Tercero. —Hizo una pausa de ingeniero contando costes—.
Las dos partes sabemos que el cupo era de dos.
Las dos partes vamos a ir igualmente, porque la alternativa es explicarle a nuestras madres por qué no.
—Asintió una vez, con la solemnidad de quien firma una enmienda—.
Acuerdo tácito: a partir de hoy el cupo se considera agotado y el asunto no se vuelve a mirar.
Firmado sin leer, como todo lo importante.
—Firmado sin leer —dije.
—Domingo a las dos —dijo—. ¿Ensayo previo?
—Sábado, café con las madres —dije—. Si sobreviven ellas, nosotros sobrevivimos lo que sea.
Quedaban diecisiete días para la boda. Dos familias enteras, comiendo juntas, con dos madres que acababan de descubrir que compartían frecuencia.
«No aceptamos excusas», decían las dos.
Yo tampoco las tenía. Y por primera vez desde el doce de abril, esa falta de excusas no me pareció un problema de logística.
Me pareció, y no supe por qué, algo parecido a una cita.
Subí a casa con esa frase dando vueltas, me duché, y antes de dormir hice algo que no hacía desde el instituto: conté días en el calendario del móvil, marcando el dieciséis con un dedo, luego el veintinueve, luego el treinta.
El dieciséis era domingo: las dos familias.
El veintinueve era la boda. El treinta era la expiración, las doce del mediodía, el final de todo lo firmado.
Tres fechas en fila, como los tres escalones de un andén, y yo en el primero mirando los otros dos sin saber cuál de los tres me daba más vértigo.
El diecisiete era el que no miré. El diecisiete era el lunes después del domingo, el primer día de lo que viniera después, y era el único día del calendario que no tenía nombre todavía.