Capítulo siete — Letra pequeña
El domingo nueve de mayo me levanté con la boca seca, tres horas de sueño y un problema nuevo que no estaba en ninguna pizarra del bar: la noche anterior, Daniel me había besado delante de la peña entera y yo le había besado yo primero, y luego él me había mandado un «Duerme bien, Irene» que había resultado ser la cosa más difícil de olvidar de toda la noche.
El sábado, al volver a casa, el grupo «Los de siempre» había seguido fiesta sin nosotros.
Elena había colgado la foto —«la pareja más bonita de la peña (después de nosotros)»— y la foto había generado su propia vida: César había puesto un fuego, Javi había escrito «yo ya sabía desde diciembre», y Ángela había respondido a Javi «tú no sabías nada, hombre, cállate», que era lo que Javi merecía siempre.
Había cuarenta y pico mensajes. Leí todos.
No respondí ninguno. Respondí al privado de Elena —«¡qué noche!
¡os quiero!»— con un corazón y me quedé mirando el techo, con el móvil en la mano y el mensaje de Daniel por encima de todo, el «Duerme bien, Irene», que era técnicamente lo mismo que me decía todas las noches al marcharse del bar y que, escrito, a las dos de la mañana, pesaba exactamente el doble.
Las palabras escritas pesan distinto. Lo sabía de la invitación dorada con olivitos.
El domingo en el bar fue raro, en el sentido técnico de raro: todo funcionaba y todo estaba desajustado.
Daniel vino a su hora de siempre, se sentó en su mesa de siempre, pidió su caña y su agua de siempre.
Yo serví, cobré, discutí la telenovela con Puri y repuse la nevera.
Cada cosa en su sitio. Lo único que no estaba en su sitio era la conversación, que se había movido de sitio sin avisar: los dos sabíamos dónde estaba —encima de la mesa del fondo, brillando— y los dos hicimos lo único que se nos ocurre hacer con las cosas difíciles: la ignoramos con profesionalidad.
Él miró sus documentos. Yo conté los vasos.
El bar entero, que lleva treinta y un años oliendo las cosas antes de que pasen, olió que pasaba algo, y el bar entero se puso de nuestro lado con una discreción conmovedora: hasta Puri, que no calla ni para respirar, se dedicó a comentar la telenovela mirando la tele y no la mesa del fondo.
A la hora del café de calibrado —martes, cuarenta y cinco minutos, versión post-incidente— estuvimos ocho minutos hablando del tiempo.
Del tiempo. En Madrid. En mayo. Los dos.
Con una libreta delante de Lucía si hubiera estado, que no estaba, que a veces la vida te da un café sin auditora y eso te delata.
—El viernes hizo sol —dijo Daniel.
—Sí.
—El sábado también.
—El sábado hizo muchas cosas —dije, y se me escapó, y me quedé mirando mi cortado como si el cortado tuviera la culpa.
Daniel carraspeó. Es lo más parecido a reírse que le vi en toda la tarde.
—Irene —dijo—. Sobre el sábado.
—Nada que documentar —dije, rápido—. Está documentado. Tú lo documentaste.
—Eso —dijo él, y tomó nota mental de algo que no me enseñó—. Cierto. Todo documentado.
Guardó la libreta. Sí: desde hacía unas semanas, Daniel traía una libreta pequeña a los cafés de calibrado, y escribía en ella de vez en cuando con esa letra pequeña y ordenada, y nunca me había enseñado ni una página.
Se la había comprado, me dijo una vez sin que yo preguntara, «para las cosas que no son de contrato».
Llevaba tres semanas sin enseñarme nada de la libreta.
La libreta crecía, y yo, que soy incapaz de no mirar una caja cerrada, no le había preguntado por ella ni una vez.
A veces pienso que ahí, en esas tres semanas de libreta cerrada, empezó todo lo demás.
Y volvimos al tiempo, que hizo sol también el miércoles, y ninguno de los dos mencionó que entre el sábado y el café habíamos intercambiado dos mensajes; solo uno era operativo.
El martes por la tarde, mientras revisaba el albarán de la fruta, Blanca se quedó mirando por la ventana un rato más largo de lo normal, y dijo, sin cambiar de tono, la frase que ella consideraba una anécdota y que yo aún no sabía que era un aviso:
—Han abierto un local dos puertas más allá, en la esquina de la Palma. Uno de esos de café de cadena, todo blanco, que huele a nuevo. «Fika», se llama. —Volvió al albarán—. La chica de la puerta me ha preguntado quién es el dueño de nuestro inmueble. Solo por si, dice.
—¿Por si qué?
—Eso le he preguntado yo —dijo Blanca—. «Por si algún día decidís vender o alquilar», me ha dicho, sonriendo como las gaviotas. —Tachó algo en el albarán—. He sonreído yo también, como las gaviotas. Y he seguido con mi albarán.
—¿Y eso?
—Que en este barrio la gente que sonríe preguntando por inmuebles no es gente de fiar, bonita. Ya lo iremos viendo.
La apunté mentalmente en la lista de cosas de Blanca que parecen chismes y acaban siendo pronósticos. Blanca no vuelve a hablar del tema en todo el día. Eso, viniendo de Blanca, es más preocupante que si hubiera llamado a la policía.
Lo que hay que entender es que yo no pensaba así.
Yo soy de las que actúan: el sábado pasado mi cerebro decidió protegerse con un beso y actuó, y el beso protegió de maravilla, problema resuelto.
Lo que no resolvió fue el resto. Porque el resto —la mano en la mandíbula de un hombre que se recuerda los nombres de todos los silencios del bar— no era un problema que se arreglara solo.
Eso se comparte. Y yo no tenía con quién compartirlo sin activar un conflicto de intereses, porque las únicas dos personas con las que yo compartía las cosas gordas eran las únicas dos personas que también estaban implicadas en el contrato.
O sea: el miércoles a las once, cerré la puerta del almacén del bar con Lucía y Blanca dentro y les conté todo.
—Queremos la versión completa —dijo Lucía, sentada en un cajón de aceitunas como en el banquillo—. Con datos.
Se lo conté todo. El beso de fuerza mayor y su aprobación retroactiva.
Las dos veces que me había buscado con la mirada.
La foto de Elena en la que nos mirábamos en vez de mirar a la cámara —la enseñé, que la tenía guardada, y Blanca hizo un ruidito que no supe clasificar—.
Y el «Duerme bien». Sobre todo el «Duerme bien», que fue lo último que conté y lo que más pesó.
Blanca no dijo nada durante todo el relato, que ya era de por sí una declaración: Blanca sin decir nada es un rotulador sin tinta.
Cuando terminé, se separó de las cajas de vino, se acercó, y me preguntó, con la ternura con la que se pregunta a alguien que está a punto de cruzar una calle con tráfico:
—Irene. Y tú. ¿Tú qué sientes?
La pregunta correcta. La pregunta que la matriz de Lucía no tenía columna para medir. Miré el suelo del almacén, las baldas, el inventario de mi vida ordenado por cajas.
—Siento —dije despacio, probando las palabras como se prueba el café— que esto era para que nadie saliera dañado.
Y siento que cada día que pasa la única manera de que yo no salga dañada es que dure poco.
Y cada día que pasa me da más rabia que dure poco.
—Levanté la vista—. ¿Eso es un sentimiento o un problema de programación?
—Es lo que llamamos en mi casa una mala combinación —dijo Blanca—. Mala combinación con buen proveedor.
—Eso no es un dicho de tu casa —dijo Lucía.
—Es un dicho de ahora —dijo Blanca—. Los dichos se hacen, como las tradiciones. Puri me lo enseñó ayer.
—¿Y qué hace una con una mala combinación con buen proveedor? —pregunté, que a veces le hago a Blanca las preguntas que no le haría a nadie.
—Se queda a ver si el proveedor mejora la combinación —dijo Blanca—. O se va antes de que la combinación le cobre la factura. —Me miró sin ninguna prisa—. Las dos salidas son legítimas, bonita. Lo que no vale es quedarse facturando.
Lucía sacó su libreta. Yo vi el gesto y casi me rio: la libreta aparecía siempre en el momento exacto en que la conversación se ponía seria, como los paraguas con la primera gota.
—Déjame hacer números. —Dibujó una tabla rápida, de memoria, que es su superpoder—.
Ingresos de la operación hasta la fecha: narrativa de pareja consolidada ante la peña, madre tuya tranquilizada, madre suya conquistada, tú con acompañante confirmado para el veintinueve, y punto extra: los tuyos te ven feliz, que eso no tiene precio pero lo pongo igual.
Costes: regla dos incumplida una vez, de forma, sin consecuencias aparentes.
Regla uno… —levantó la vista—. Regla uno en observación.
No pregunto nada. Solo dejo constancia en la columna.
—Escribe lo que quieras —dije—. Que conste todo.
—Quiero dejar constancia de una cosa más, que es gratis —dijo Lucía, y era la primera vez que la oía bajar la voz así, a mitad de camino entre contable y amiga—.
El retorno es positivo siempre que nadie incumpla la primera regla.
Tú has vivido eso, Irene: los contratos no estropean las cosas.
Las estropea la gente que cree que el contrato es lo importante.
—¿Y si el contrato lo puso él?
—Entonces ya sabes lo que te toca —dijo Lucía, y cerró la libreta—. Encontrarte en la letra pequeña.
La frase se quedó un segundo en el aire del almacén, entre las cajas de vino y la luz amarilla.
—Qué historia tan bonita —dijo Blanca al fin, despacio, envolviéndola en toda su ternura—. Un amor con letra pequeña.
—No es un amor —dije.
—Bonita, yo leo lo que leo —dijo Blanca, y no añadió nada más, porque Blanca no añade nada más: suelta la frase y la deja criando.
Salimos del almacén y Puri nos estaba esperando en la barra con la expresión de una abuela que ha estado cuarenta años esperando este momento.
—Yo lo vi todo —anunció—. El otro sábado por la noche.
—¿El qué, Puri? —dije, sabiéndolo ya.
—El beso —dijo Puri—. Y la cara que se quedó el ingeniero, que parecía que le habían actualizado el sistema operativo. Yo de esto sé. —Se giró en el taburete, a mirar la pared de detrás de la barra, la pared de los azulejos de naranjas—. Hace falta una cosa ahí.
—¿Qué cosa, Puri?
—Una pizarra.