Capítulo seis — Justificación táctica #3
Un rato después, desde la barra, vi a Irene bailar con Ángela y con Elena en el espacio libre junto a la escalera, las tres riendo de algo que no se oía, y pensé una cosa muy impropia de mi profesión: que no necesitaba saber de qué se reían.
Que me bastaba con que la noche tuviera ese rincón y con que ella estuviera dentro.
La música era mala y el hielo de mi copa se derretía a una velocidad subóptima.
Documenté el momento igual que los buenos tickets: sin solución, pero con fecha.
A la una y media, en la puerta, entre los abrazos de despedida, Elena nos abrazó a los dos a la vez —Elena abraza en paquete— y nos dijo «gracias por existir, pareja», y yo sentí el brazo de Irene en mi cintura, sosteniendo la representación, y pensé que los ingenieros de puentes tienen una palabra para esto: carga muerta.
El peso que la estructura aguanta sin que se note, hasta que la estructura es el peso.
Llevé a Irene hasta su portal caminando por Malasaña vacío, y en la puerta nos miramos con una incomodidad nueva: habíamos roto una regla juntos.
El paseo hasta allí había sido de veinte minutos y merece constancia.
Irene habló de todo lo de la noche con su velocidad habitual —Ángela se pasa, Javi es un caso, qué buena gente Elena, qué raro ha sido todo— y yo escuchaba y respondía, y los dos manteníamos sin escribir la parte del beso, que iba caminando entre nosotros como un tercer peatón.
En Hortaleza paramos en un semáforo rojo sin tráfico a la vista, y durante los treinta segundos del muñeco rojo no dijimos nada, y fue el mejor silencio de la noche, lo cual es una categoría de dato que mi sistema no tenía prevista: silencio compartido de calidad alta.
—Lo del beso —dijo ella, ya en la puerta.
—Regla dos, infracción de forma —dije—. Justificación había. Aviso, no.
—¿Lo documentamos?
—Lo documento —dije—. Mañana. En el registro.
—¿Hay un registro?
—A partir de mañana, hay un registro.
Se rio bajito, subió, y desde el rellano me lanzó un «buenas noches, ingeniero» que se quedó flotando en la calle del Pez mucho después de que la puerta se cerrara.
En casa, Bug estaba en el router y no preguntó.
Me senté, abrí el documento —«Contrato_noviazgo_falso_v1.
pdf», que es como lo archivé yo, porque los archivos se llaman como son y no como quisiéramos que fueran; ahí dentro estaban las tres reglas y la cláusula de expiración, las 12:00 del treinta de mayo, sin reproches— y creé una página nueva al final, titulada «Registro de incidentes».
Escribí la primera línea:
«Incidente 001 — 8 de mayo, 23:47 aprox. — Contacto tipo beso, en público, sin aviso previo. Iniciativa: parte A (Irene). Justificación táctica: defensa narrativa ante broma de A. sobre 'sentar la cabeza'. Duración: 4-5 s. Consecuencias: aprobación del colectivo, consolidación de la cobertura.»
Me quedé mirando la última casilla. El formulario lo había diseñado yo y era honesto: tenía una casilla más, la que importaba, la que venía directa de la regla primera.
«Atisbo detectado en parte B (yo): sí/no.»
Escribí «sí». Lo miré un rato. No lo borré, porque borrarlo habría sido falso, y no borrarlo era una infracción.
Debajo, la casilla siguiente, la de la regla primera, la que sostenía todo el edificio: «Notificado a la otra parte: pendiente.»
Pendiente.
Miré esa palabra hasta que dejó de parecer una palabra.
La regla decía que todo atisbo se documentaría y se notificaría a la otra parte.
Documentado estaba: cuatro líneas, hora aproximada, duración estimada.
Notificarla a ella significaba decirle a Irene, en un café de calibrado o donde fuera, que su beso de fuerza mayor me había movido el servidor.
Y decírselo significaba cambiar el contrato.
Y cambiar el contrato significaba admitir que el contrato ya no servía para lo que se firmó, que era para que nadie saliera dañado, que era para que todo terminara limpio a las 12:00 del treinta de mayo.
Sin reproches.
Hice la prueba del nueve, la que hago con los tickets difíciles: me imaginé la notificación.
«Irene: registro atisbo conforme a la regla primera.
Fecha: ocho de mayo. Naturaleza: el beso no fue una actuación para mí.
» Imaginé su cara recibiéndolo, el café de calibrado siguiente, la conversación incómoda, la opción de rescindir todo por mutuo acuerdo antes de la boda —que era la opción sensata, la que protegía a las dos partes—, y descubrí que mi sistema rechazaba esa opción con más energía que ninguna otra operación del año.
Eso también era un dato. Lo archivé bajo silencio.
Cerré el portátil.
En la pantalla negra me quedé mirando mi propia cara tres segundos, y luego le di de cenar a Bug, me acosté, y no dormí hasta las tres, que es lo que hacen los hombres que tienen todo bajo control.
El incidente 001 quedó registrado. El registro era ordenado, fechado, preciso.
La notificación quedó pendiente.
Pendiente, en mi sistema de clasificación interno, es la palabra más peligrosa que existe.