La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo seis — Justificación táctica #2
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Capítulo seis — Justificación táctica #2

Elena además venía con lista. Elena es enfermera de pediatría, y se nota: organiza el caos con ternura y sin consultar.

«El seating plan lo hacemos entre los nuestros la semana que viene; Irene, tú controlas de espacios y de gente difícil, que es tu profesión; Daniel, el tema de la música y el micro lo lleva el hermano de Mario pero es un desastre, así que tú le echas un ojo técnico, ¿sí?

» El hermano de Mario, supe así, era responsable del sonido de la ceremonia con la misma preparación con la que yo era responsable de mis emociones.

Asentí. Asentir era gratis y retirarse ya no era una opción disponible en el menú.

Lucía, tres asientos más allá, hizo lo suyo: observó la incorporación al grupo «LOS NUESTROS (de verdad)», me miró por encima de la copa y dijo, en voz baja y con la precisión de una auditora de campo:

—Os han metido en el grupo operativo de la boda de tu ex. Eso en mi profesión se llama consolidación de la deuda. En la tuya supongo que se llama alcance ampliado.

—Ampliación de alcance sin firma —dije.

—Eso. —Brindó conmigo, compasiva—. Que te pille con café, ingeniero.

Mario, a la altura de los segundos, contó la historia del anillo.

La contó mal a propósito, que es como se cuentan las historias propias en la peña: había escondido el anillo en la mochila del gimnasio del colegio, pensando llevar a Elena a ver el atardecer al mirador, y una alumna de segundo había encontrado la cajita buscando una toalla y había salido corriendo por el pasillo gritando «¡EL PROFE MARIO SE CÁSA!

» con la caja en alto, y media escuela de primaria se había enterado antes que la novia.

—Le pedí matrimonio en el patio de mi colegio, con cincuenta niños de testigo y Elena llorando y diciendo «pero ¿dónde está el anillo?

» y yo señalando a una niña de siete años que corría como si llevara el balón de la final —contaba Mario, y la mesa se deshacía, y él se deshacía con la mesa, el primero—. Romántico nivel: funcionario.

Elena le daba codazos de pura adoración.

Yo miré a Irene. Irene se reía —se reía de verdad, con la nariz arrugada— y por un momento la mesa entera era lo que fingía ser: gente que se quiere celebrando a gente que se casa.

Mario era bueno. Elena era buena. El vino era decente.

Y la única mentira de la mesa éramos nosotros dos, que es un pensamiento que no pedí y que llegó igual, con la puntualidad de un ticket de severidad alta.

El momento llegó en el tercio final, como las averías.

Hablaba Ángela, con la copa en alto y el tono de las confesiones de sobremesa, de los noviazgos históricos de la peña, y llegó a Irene con la torpeza cariñosa de quien no sabe que está abriendo una puerta:

—Es que yo flipo, ¿eh? —decía—. O sea, ¡Irene! ¡Irene sentando la cabeza! Si es que nunca la habíamos visto… fija, ¿no? Ni con Mario, perdona, Mario, que conste que lo digo con cariño… ¡Y ahora mírala! ¡Con el ingeniero, que hasta se quita la corbata por ella!

Risas. Mario brindando con buen humor, «perdón aceptado, pero conste que yo lo intenté». Elena asintiendo. Y el silencio de Irene, que duró un segundo y medio y que solo yo oí, porque solo yo llevaba un mes aprendiendo sus silencios.

El silencio de Irene decía: aquí estoy otra vez, la que no sienta la cabeza, la medida de todas las bromas, la etiqueta pegada con cariño.

Y entonces Irene hizo lo que hace Irene: actuó. Se giró hacia mí, me cogió la cara con las dos manos —sin aviso previo de quince segundos, sin justificación táctica consultada, sin ningún trámite— y me besó delante de la peña entera.

El mesón estalló. Palmadas en la mesa, un «¡BIEN!» de César, Ángela fingiendo desmayo. Todo eso llegó a mí en diferido, como el vestido azul.

En tiempo real solo llegó lo otro.

Voy a intentar el apartado técnico, porque es mi formato.

Contacto: cuatro segundos, quizá cinco. Clasificación prevista por el contrato: demostración pública de afecto, con justificación táctica —cerrar la broma de Ángela, proteger la narrativa— pero sin aviso previo, lo cual la convertía en infracción de la regla dos, subapartado de forma.

Todo eso lo calculé después. Durante los cuatro o cinco segundos no calculé nada, porque resulta que hay un nivel de entrada para el que el sistema no tiene manejo: la mano de Irene en mi mandíbula, su barra de labios con sabor a vino, y la certeza absurda, total, de administrador de sistemas, de que el servidor entero llevaba un año funcionando solo para ese momento.

Cuando se apartó, la mesa seguía celebrando y yo intentaba recordar cómo se respiraba.

—Perdón —murmuró Irene, solo para mí—. Fuerza mayor.

—Aprobación retroactiva —murmuré yo—. Concedida.

Ella sonrió y se volvió a la mesa. Yo busqué mi copa y la encontré ya llena, porque César me la había rellenado en señal de aprobación, y bebí, y nadie en aquel mesón notó que el hombre de la corbata acababa de tener la experiencia más desordenada de su vida.

La noche, a partir de ahí, subió un peldaño de intensidad que yo atribuí al vino hasta que dejó de bastarme esa explicación.

Ángela exigió un brindis «por los que se enamoran en silencio y no nos cuentan nada», mirándonos con lágrima profesional.

Mario se levantó y brindó por Irene y por mí con una frase torpe y perfecta —«por los amigos que vuelven a casa contentos»— que la mesa aplaudió sin saber del todo qué significaba.

Elena nos hizo una foto, la primera foto de pareja del expediente, y la subió al grupo de los nuestros con el pie «la pareja más bonita de la peña (después de nosotros)».

En la foto, descubrí luego, Irene y yo nos mirábamos en vez de mirar a la cámara.

Nadie comentó nada en el grupo. Todo el mundo lo vio.

Irene, mientras tanto, seguía siendo Irene: cantó con César el estribillo de una canción del dos mil cuatro, apostó con Javi a que no recordaba el nombre de la canguro de su hija, y dos veces —dos, las registré— me buscó con la mirada desde el otro extremo de la mesa, como se busca el enchufe de la mesa del fondo: para confirmar que seguía ahí.

Yo seguía ahí. Ese era todo el problema.

Menos Blanca. Blanca estaba dos asientos más allá —Lucía y Blanca habían venido como invitadas de la peña, en calidad de «la familia del bar»—, y Blanca no nota las cosas: las lee. Al levantarnos para el cambio de bar pasó junto a mí y me dijo, amable como una carta certificada:

—Qué bien besas por contrato, Daniel. A mí casi se me olvida leer la letra pequeña.

Y siguió de largo. No hubo respuesta posible. Con Blanca nunca la hay.

El segundo bar era uno de copas de la zona, peor iluminado y mejor música, y ahí la noche se ablandó. Mario me encontró junto a la barra, en una de esas conversaciones de a dos que nacen sin permiso, y me dijo, con la sinceridad del vino bueno:

—Oye, que te lo digo de verdad: gracias por venir. A Irene le costaba, esto. Yo lo sé. —Se rascó la barba—. Fuimos novios cuatro años y yo nunca entendí por qué le pesaba tanto lo de la peña, las bromas, eso de «la que no sienta la cabeza». Para mí era cariño. Ahora lo veo. Un poco tarde, ¿no?

—La gente se quiere con el formato que tiene —dije, y me sorprendí consolándole—. Tú la quisiste bien. Mal etiquetada, pero bien.

—Mal etiquetada —repitió Mario, riéndose—. Me gusta. Voy a decírselo a Elena, eso te robo. —Chocó su copa con la mía—. Cuídala, Daniel. La de verdad.

—Eso hago —dije, y la frase salió con un peso que no era contractual.