Capítulo seis — Justificación táctica
El sábado ocho de mayo me puse corbata.
Lo había anunciado yo mismo por mensaje —«Traeré corbata»— y soy un hombre de palabra escrita.
El problema es que la cena era en el Mesón El Portón, cuyo nivel de formalidad, según mi investigación previa en internet, se clasificaba como «mesón castizo, raciones, grupo grande, ruido garantizado», y la corbata era claramente un exceso de especificación.
Me la puse igual. Los excesos de especificación son mi manera de rezar.
La tarde previa la dediqué a preparación operativa: leí reseñas del local, estudié la foto de la carta, localicé dos rutas de vuelta andando y revisé la cronología de pareja en su versión tres, que ya me sabía mejor que algunas verdades de mi propia vida.
Bug supervisó desde el router con su cara de auditor jubilado.
A las siete, mi madre mandó un mensaje que confirma todo lo que hay que saber sobre la infraestructura de este barrio:
«Esta noche tienes la cena con los amigos de Irene. Ve guapo. No hace falta que me contestes.»
No se lo había contado yo. Se lo había contado Rosa, que lo sabía por Irene, que se lo había dicho a Rosa el martes.
Las madres habían cerrado el círculo de información en cuatro días.
Mi madre ya sabía mis planes de sábado antes que mi propia agenda.
Contesté «iré guapo, mamá» porque había batallas que no se podían ganar y era sano reconocerlas pronto.
Irene me recogió en mi portal, que era la logística acordada —llegar juntos, entrar juntos, sentarse juntos— y cuando me vio bajar con la corbata se detuvo en la acera, me miró de arriba abajo, y dijo:
—Vas de boda ya.
—Es una cena de presentación ante el colectivo social primario de la novia —dije—. Perdón. De la ex. De la que no es la novia. Voy a empezar de nuevo: es una cena importante.
—Quítate la corbata, ingeniero.
Me la quitó ella, allí mismo, en la calle, con dos dedos, de un tirón limpio, la enrolló y se la metió en el bolso.
—Devuélvela en el descuento —dije.
—Las corbatas no se devuelven en los mesones. Es ley de la peña.
Ella iba de azul —un vestido azul que no era el de «modo nuera» sino otra cosa, otra categoría para la que mi taxonomía no tenía apartado— y llevaba el pelo suelto, y yo hice lo único que sé hacer cuando un dato supera la capacidad del sistema: lo ignoré en tiempo real y lo procesé en diferido, durante toda la cena, en segundo plano, con pérdida de rendimiento general.
En el metro repasamos. El peñón de la peña: quién era quién.
Ángela, la organizadora, voz de altavoz y corazón de marchamalo —«te va a interrogar a ti, no a mí; contéstale todo, le encanta»—.
César, el de siempre, bromista fácil. Javi, «que dirá que ya lo sabía desde diciembre; sonríe y no le des datos, los usa». Y Mario.
—¿Qué sabe la peña de nosotros? —pregunté, porque la información de entrada era escasa.
—Lo que sabe mi madre, más lo que se han inventado ellos —dijo Irene, contando con los dedos—. Que llevamos desde febrero. Que eres ingeniero. Que eres serio —lo dijo con comillas, como un diagnóstico ajeno—. Y que arreglas aparatos. Lo del datáfono corrió.
—¿Por quién corrió?
—Por mi madre, que se lo contó a la madre de César, que se lo contó a César, que lo mandó al grupo. La red de madres es el servidor principal de este barrio, Daniel. Internet es una copia de seguridad.
Asentí y actualicé mi modelo de amenazas: la cobertura ya no dependía de nosotros dos. Éramos un rumor bien administrado por mujeres de sesenta años, la infraestructura de comunicación más robusta conocida.
—Mario es bueno —dijo Irene, mirando el túnel—. Prepárate para eso. Es lo peor que te puede tocar: un ex bueno. Si fuera un imbécil, la noche sería gratis.
—¿Qué tengo que hacer con un ex bueno?
—Nada. Existir. Dejar que te caiga bien. —Me miró—. Te va a caer bien, Daniel, y vas a odiarlo por ello.
El Mesón El Portón era exactamente lo que anunciaba: mesa larga para veintitantos, paredes de ladrillo, jamones colgando como jurisprudencia, y un nivel de decibelios que a las nueve y cuarto ya calificaba como evento.
La peña llegaba por oleadas. Irene entró y el local cambió de frecuencia —«¡IRENE!
»— y durante tres minutos no pude registrar nada que no fuera abrazos, en un volumen y a una velocidad que mi sistema de etiquetado no daba abasto a procesar.
Luego me tocó a mí.
La mesa, mientras tanto, era un organismo que convenía estudiar.
Veintipico de personas, raciones que llegaban por oleadas sin que nadie las hubiera pedido —bravas, croquetas, oreja que solo comían los valientes y Javi—, y un sistema de turnos de palabra que mi formación no alcanzaba a modelar: todos hablaban a la vez y, sin embargo, todo el mundo era escuchado; era una red sin protocolo que funcionaba mejor que cualquier red con protocolo que yo hubiera visto.
Irene estaba en el centro exacto del ruido, y de vez en cuando me tocaba el brazo por encima del mantel para traducirme una referencia: «ese es el que se disfrazó de su propio primo», «esa anécdota es mentira pero la dejas pasar», «no comas oreja».
—¿Y tú cómo ves esto? —me preguntó César en un momento dado, señalando el conjunto con la copa.
—Como un sistema distribuido —dije—. Sin punto único de fallo.
—¿Eso es bueno?
—Es lo mejor que sé decir de nada —admití, y César lo tomó como el cumplido que era, y me rellenó la copa.
—Tú eres Daniel —dijo Ángela, plantándose delante con los brazos cruzados y la sonrisa de una presidenta de comunidad—. La ley de la peña: los nuevos se aprueban entre todos. No lo hago yo, que conste. Es la ley.
—Sométanme —dije.
—Me gusta —decidió Ángela, y me señaló una silla—. Sentaos ahí, que os vea todo el mundo.
El interrogatorio de la peña no fue un interrogatorio: fue una jarana con preguntas dentro.
César me preguntó si era verdad que arreglaba datáfonos —la historia, descubrí, ya circulaba; la anécdota uno del banco había salido a bolsa y subía—.
Javi dijo que él ya sabía desde diciembre que Irene tenía novio, y ante mi «¿cómo?
» genuino explicó que «se le nota en la cara a la gente», lo cual como método predictivo me pareció indefendible y como resultado, inquietante.
Alguien me sirvió vino sin preguntar. Alguien me quitó la silla cuando fui al baño.
Aprobé, supe después, en la segunda ronda de croquetas: Ángela le dijo a Irene, solemne como un acta, «este se queda», y la mesa golpeó el mantel a modo de aprobación parlamentaria.
Desde mi silla de nuevo en cuarentena vi a Irene trabajar su propio terreno, y quiero dejar constancia porque nadie más lo estaba viendo con atención: Irene en la peña era otra Irene.
En el bar manda; en la peña se deja querer, que es más difícil.
Se sabía las historias de todos —la rodilla de César, el examen de oposición de la hermana de Ángela, el perro de Javi— y las devolvía como quien devuelve pelotas al otro lado de la red, sin fallar una.
Vi también, porque ya me daba cuenta de estas cosas, cómo dos o tres veces alguien decía «¿y el niño?
» a alguien, o «¿y la casa?» a alguien, y cómo esas preguntas bordeaban a Irene sin tocarla, como el tráfico que bordea una plaza.
Ella sonreía y servía la conversación hacia otro lado.
Era buena. Era tan buena que solo se notaba si mirabas mucho.
Yo miraba mucho. Tenía un año de práctica y un contrato que me daba permiso.
Mario y Elena llegaron a las diez menos diez.
Mario. Voy a ser justo con Mario, porque es lo que me enseñó mi padre: ser justo con los que no te hacen falta enemigos.
Mario es alto, con la barba de tres días de los profesores de gimnasia, la risa fácil y esa manera de ocupar la mesa sin pedirle permiso al espacio.
Entró abrazando. Me abrazó a mí —«¡Daniel!
¡El famoso!»— con una fuerza que era ochenta por ciento cariño y veinte por ciento presentación física, y se sentó dos sillas más allá con Elena de la mano.
Elena. Elena es el contrario de un interrogatorio: Elena es una manta.
Me preguntó a qué me dedicaba y escuchó la respuesta entera —la versión larga, la de logística y trazabilidad, la que nadie escucha entera— asintiendo y haciendo preguntas reales, y a los diez minutos sabía lo de mi empresa alemana, lo de Bug y lo de mi madre maestra, y dijo:
—Es que tenéis que venir a ayudarnos con la boda. Irene sabe de montajes de eventos y tú de… sistemas. —Lo dijo sin ironía, con esa fe conmovedora en que la gente sirve para lo que sabe—. Os meto en el grupo de los nuestros. El de la gente que de verdad va a hacer cosas, no el de los invitados.
—Elena —empezó Irene.
—Ya está, ya estáis dentro —dijo Elena, tecleando en su móvil, y mi teléfono vibró con una invitación a un grupo llamado «Boda M&E — LOS NUESTROS (de verdad)»—.
Y una cosa: en la boda hay un rato de palabras, de los amigos, ya sabéis, el micro libre después de la comida.
Quiero que digáis algo. Los dos o una de vosotros, como queráis.
Es que sois… —buscó la palabra y encontró la peor— … ejemplo.
—¿Ejemplo? —dije.
—De que se puede —dijo Elena, radiante—. Ella con lo suyo, que todo el mundo decía que Irene no sentaba la cabeza, y tú saliendo de tu mesa del fondo. Si vosotros podéis, puede cualquiera. Lo vais a contar, ¿verdad?
Irene dijo «claro» con la cara de hostia contenida que yo ya sabía reconocerle —la cara de sonreír por el procedimiento mientras algo por dentro hace inventario— y yo asentí, y así fue como, a las once y cuarto de la noche, el contrato adquirió una obligación nueva no firmada por nadie: hablar en público, en la boda, del amor que no teníamos.
Lo anoté en el registro interno bajo «deuda pendiente: micro libre».
Tengo buena memoria de trabajo. Esa noche la maldije.